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Al terminar las vacaciones no siempre se cumplen las expectativas que teníamos depositadas ellas. Intentar que todos los problemas interpersonales se solucionen en unos días no suele dar resultado. ¿Qué hacemos con los niños en vacaciones?

PABLO LINDE. Madrid

Las vacaciones son una máquina de generar expectativas. Todo un año de trabajo para ese viaje idílico, esa escapada relajante, esas semanas románticas, ese ansiado tiempo en familia. Lo malo es que cuando se han creado tantas es fácil acabar decepcionado. A veces terminan mal las excursiones, se agotan las conversaciones con la pareja y no se sabe qué hacer tanto tiempo con los hijos. Cuando esto sucede, en el mejor de los casos pasarán los meses, nuestro cerebro se quedará con lo bueno y afrontaremos el siguiente periodo de descanso con la misma ilusión; en un escenario más radical, un balance negativo del periodo de descanso puede suponer un punto de inflexión para la persona y su familia.
No todo el mundo es capaz de romper su rutina con éxito. “A la gente le encanta la cotidianidad: mirar el buzón, ver los partidos de fútbol el fin de semana, seguir un horario de comidas, discutir con los compañeros de trabajo. El ser humano es muy de hábitos. Incluso en vacaciones: la gente suele ir a la misma playa, al mismo chiringuito y, a ser posible, pretenden que les atienda el mismo camarero para que les sirva el plato de siempre”, explica el psicólogo Javier Urra, autor del libro Escuela práctica para padres (Editorial La Esfera de los Libros). Cuando la rutina se rompe, las relaciones sociales cambian, para bien o para mal.
En la dinámica de los días laborables es frecuente que la pareja se vea un par de horas al día y comente fundamentalmente asuntos de su jornada, de intendencia de la casa, de trámites y quehaceres. En vacaciones se encuentran con un panorama totalmente distinto: mucho tiempo sin obligaciones, sin problemas del trabajo sobre los que hablar ni tareas rutinarias que hacer. Y, a más convivencia, más posibilidad de conflicto.

“Pasar 24 horas al día juntos es un cambio muy drástico. Es lógico que fallen cosas. Esto puede sorprender a las parejas que se llevan bien y que creen que no tienen problemas. Pero cuanto más tiempo de convivencia, más roces. Y en vacaciones se pueden producir por mil cosas: decisIones sobre la compra, donde están, donde duermen, qué hacen. La situación es peculiar y hay que saber adaptarse”, argumenta el doctor en psicología Jorge Barraca.

Tanto psicólogos como abogados aseguran que es frecuente un aumento de los divorcios después de las vacaciones por estos motivos. Con cifras oficiales es difícil precisar si es realmente así. Las del Instituto Nacional de Estadística (INE) no reflejan este dato desglosado por meses. El Consejo General del Poder Judicial lo hace por trimestres: en el último de 2011, el que va después del verano, se produjeron el 27% de las rupturas matrimoniales del año, apenas dos puntos por encima de la media anual. Al analizar cifras del último lustro no se observa una tendencia clara.

 

En cualquier caso, esos datos se refieren a la consumación judicial de la separación, que puede llegar tras un largo proceso judicial. Así que, incluso si la decisión de la ruptura se toma en septiembre, por ejemplo, es posible que no se oficialice hasta el año siguiente. El presidente de la asociación de los letrados de familia, Gonzalo Pueyo, sí cree que las vacaciones suponen muy a menudo un punto de inflexión. Aunque matiza que normalmente son un detonante, no un motivo en sí mismo: “Normalmente las consultas en los despachos se producen antes del verano. Ya hay algo que va mal. Se toman las vacaciones para pensárselo o para confirmar que efectivamente la solución es la ruptura matrimonial”. Según cuenta, por su experiencia es más frecuente que este paso lo dé la mujer. “Todavía es habitual un rol del hombre que goza de más libertad fuera de casa y al que le va bien seguir con su esposa, le es cómodo. En este esquema, ellas pasan más tiempo en casa y sufren más la deriva de la relación, por lo que suelen ser las que inician la ruptura”, añade.

El presidente de la Escuela Vasco-Navarra de Terapia Familiar, Roberto Pereira, explica que más allá de si hay divorcio o no al final del verano, es frecuente que en las vacaciones se produzca una escenificación de un conflicto anterior: “Si las cosas van mal tienden a empeorar”. Pero incluso si van bien y los miembros de la familia no dejan espacio para sí mismos es normal que haya problemas. “Excepto en una época de máximo enamoramiento, no podemos pasar 24 horas con la misma persona. No tiene nada de malo que cada miembro de la pareja haga sus planes independientes, que no todo sea estar juntos. Es como cuando en un matrimonio alguno se jubila y siente que molesta en casa, es una desubicación natural”. Matiza que, en cualquier caso, lo raro sería que no tuviésemos el deseo de pasar más tiempo con la familia: “Si alguien prefiere estar trabajando que compartiendo ese ocio con los suyos, normalmente es señal de que algo falla”.

La pareja no es el único foco posible de conflicto en unas vacaciones. Los hijos o la familia política también pueden generar quebraderos de cabeza. Van desde el no saber qué hacer con ellos cuando son pequeños hasta los frecuentes retrasos al llegar por la noche, o hacerlo con síntomas de haber bebido o fumado porros cuando son adolescentes. “Hay que buscar que los hijos tengan un grado de libertad, no obligarles a hacer cosas de las que estén radicalmente en contra, porque esto solo va a amargar las vacaciones a toda la familia. Y eso comienza desde la planificación misma del viaje, si es que lo hay”, dice Pereira.

La organización es una de las claves, según la opinión de este psiquiatra y psicoanalista. Si en su momento los padres no tuvieron en cuenta que iban a pasar mucho más tiempo de lo que es habitual con la familia y no pensaron actividades de ocio, sobre todo cuando los niños son más pequeños, es frecuente que el tiempo de las vacaciones pase despacio, que las horas juntos se conviertan tediosas y que los roces se acentuen. Esta planificación debe ser aún más minuciosa cuando se trata de hijos únicos o de padres divorciados. “Se encuentran que, de verlos una vez en semana, pasan a convivir 15 días seguidos con ellos. Es fácil que la situación sea incómoda para ambos”, añade. También lo asegura Barraca, quien aconseja “divertirse con los niños, no a pesar de ellos”. “Esto es más fácil de decir que de hacer”, reconoce. “Pero hay que ser previsor, ir con juegos, actividades, que puedan entretener. Aunque también hay que dejarles que vayan por libres, despreocuparse siempre que no haya peligro; es imposible estar todo el día divirtiéndose con ellos”, añade.

Cuando los hijos son algo mayores es una buena ocasión para conocerlos mejor, aconseja Urra, quien matiza que debe ser solo un refuerzo a una relación durante el año, que los padres no pueden pretender comprenderlos con un acercamiento aislado durante las vacaciones. Sin embargo, recomienda aprovechar las épocas en de más convivencia para “hablar de asuntos no normativos, que no sean las notas y el instituto o el colegio”. “Si les contamos cosas sobre nosotros mismos ellos también se abrirán más. Por ejemplo, decirle lo que hacíamos a su edad, también la parte mala, las travesuras, en lugar de ser inquisidor y estar constantemente preguntándole a él. Los adultos les tenemos que plantear a hijos miedos, dudas, que estamos cansados, temas laborales. Que vean que el mundo no se acaba en su yo. Y, ¿por qué no? algún día también, en una conversación franca le podemos preguntar si lo estamos haciendo bien con él, que vea que nos preocupamos”, argumenta.

Lo que no pueden pretender los padres ni las parejas es arreglar en verano todo lo que no marcha el resto del año, cambiar por completo las relaciones interpersonales. Los psicólogos consultados coinciden en señalar que el cambio entre el periodo de trabajo y las vacaciones no debe ser muy fuerte, ni en las actividades ni en los hábitos sociales. Volvemos a las expectativas, de la mano del psicólogo Jorge Barraca: “Las que la gente deposita en el verano son muy altas, por su día a día, porque la publicidad y los medios de comunicación así lo alientan. Esperamos que sea un momento que compense todo el esfuerzo de los otros 11 meses. Es como perder un partido de fútbol por 11 a uno. También hay que disfrutar de la vida el resto del año, hablar con la pareja y los hijos. Quien no esté contento con lo que hace durante todo el año y quiere arreglarlo en unos días tiene que replantearse muchas cosas”.

Si ya no hay tiempo de arreglar unas vacaciones que han salido mal, uno de los secretos de los expertos para que las siguientes mejoren es comenzar a trabajar desde la vuelta al trabajo para que ela ruptura entre la ‘realidad’ del día a día y el ‘oasis’ estival no sea tan fuerte.