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“Si queremos hacer relevante el papel de los padres, también necesitan derechos. Si un padre está dispuesto a comprometerse legalmente a criar a un niño sin la ayuda de la madre, debería ser capaz de obtener una orden judicial contra el aborto del feto que ayudó a crear”.

Pilar Calderón y Manuel Gómez Julio 4 de 2013

 

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Históricamente, el hombre ha quedado excluido de la decisión de una mujer que no quiere tener su hijo, y hay algunos que desean ejercer el derecho a decidir pero no cuentan con herramientas para ello.

“Si queremos hacer relevante el papel de los padres, también necesitan derechos. Si un padre está dispuesto a comprometerse legalmente a criar a un niño sin la ayuda de la madre, debería ser capaz de obtener una orden judicial contra el aborto del feto que ayudó a crear”. Dalton Conley, decano de la Facultad de Sociología de New York University, no pensó que una afirmación como esta generaría reacciones tan encarnizadas. La idea era parte de un artículo llamado “A Man´s Right to Choose” que apareció en diciembre de 2005 en The New York Times.

Allí planteaba que un hombre está en posición de desventaja si la mujer con la que ha tenido relaciones sexuales consensuadas desea interrumpir su embarazo de manera voluntaria. “Cuando hombres y mujeres se involucran en relaciones sexuales, ambas partes reconocen el potencial de crear vida. Si los dos participan de manera voluntaria, ¿no deberían tener ambos algo que decir en la posibilidad de tener el bebé resultante?”, se preguntaba. El artículo de Conley no era un ejercicio académico. Partía de una experiencia personal cuando tenía poco más de 20 años y su novia había quedado embarazada. Aunque tenía muchas ganas de ser padre, ella no estaba lista y había “preocupaciones médicas menores” sobre el feto. ¿Tenía algún derecho de detener el deseo de su novia de interrumpir su embarazo? No, ninguno.

La polémica se dio en Estados Unidos, donde el aborto inducido es legal hasta los tres meses de embarazo. En Colombia, donde este solo está permitido en caso de violación, por malformación del feto incompatible con la vida y por peligro de muerte de la madre, el debate tiene otros matices. Sin embargo, en ningún caso es un dilema fácil. Por un lado está el derecho que defienden las mujeres a ser dueñas de su cuerpo y, por consiguiente, a tomar una decisión que –desde el punto de vista biológico– las afecta solo a ellas. Por el otro, el que reclaman los padres a participar en la decisión de interrumpir el desarrollo de una vida en cuya procreación participaron 50/50. El hecho de que sea el cuerpo de la mujer y no el del hombre el encargado del embarazo es inmodificable. Pero ¿cómo velar entonces por los derechos del padre sin afectar los de la madre?

En busca de opciones

En la sala de espera de una de las entidades sin ánimo de lucro especializadas en salud sexual y reproductiva había siete mujeres menores de 25 años y un solo hombre, papá de una de ellas. Manuel, coautor de este artículo, había ido para saber qué podía hacer en caso de que quisiera ser papá de un hijo de una mujer que no quiere tenerlo. “La asesora que me atendió me explicó que no podía hacer nada porque estaba de por medio el cuerpo de otra persona –mi pareja–. Desde que trabajaba ahí –añadió–, era la primera vez que un hombre se acercaba con esa situación”.

No contento con la respuesta, al día siguiente fue a otra entidad. Encontraría otra vez que los asistentes eran trece mujeres y tres hombres: un papá y dos novios preocupados. “Después de oír mi caso, la asesora me invitó a preguntarme cómo estaba la relación con mi novia”. La pregunta era pertinente. La actitud de un hombre frente a un embarazo es determinante en la decisión de una mujer para interrumpirlo.

De acuerdo con “El lugar de las masculinidades en la decisión del aborto”, un artículo de 2012 por Mara Viveros y Ángela Facundo, investigadoras de la Nacional, hay tres criterios que afectaron a los hombres entrevistados para desear (o no) interrumpir un embarazo: “La evaluación de la relación afectiva en la que están cuando se produce el embarazo; la ponderación de la compañera como una buena futura madre, y la inadecuación del momento del embarazo”. De igual manera, “hay que agregarle el lugar y el significado que tiene la paternidad para el hombre involucrado”, agrega Bárbara Zapata, docente y terapeuta de familia. Pero eso no resuelve el asunto. Independientemente de las razones por las cuales su novia quisiera interrumpir el embarazo, la asesora de la entidad le dice que desde el punto de vista legal, no hay nada que pueda hacer. Ella tiene todo el derecho de abortar: es su cuerpo.

Un caso como el de Manuel no podría ser el único, claro. Muchos hombres que han pasado por este tipo de situación tienen un recuerdo doloroso del episodio. Adolfo es uno de ellos. Tenía 24 años cuando su novia Laura, de 18, quedó embarazada. “Yo tenía claro que era un hijo mío y que tenía que responsabilizarme de él. Eso era lo correcto”. Ella vivía con su tía y acababa de terminar su bachillerato, él vivía con sus padres, trabajaba en el día y estudiaba en las noches. Llevaban tres meses de noviazgo y, por lo general, él utilizaba preservativos, excepto en esa ocasión. Pero Laura se aterró de cómo reaccionaría su papá. Dejó de comer por la depresión y, después de unos días, le planteó que si él no la ayudaba, ella haría lo que fuera necesario para evitar tener ese hijo.

Adolfo y la tía de Laura la acompañaron a una clínica donde un doctor le practicó un aborto que presentó algunas dificultades. El impacto de todo el proceso afectó la relación. Quince días después, Adolfo decidió terminarla: “Ya no quise estar con ella. Me entró remordimiento por haber hecho algo grave. No la he vuelto a ver”. Ahora, a sus 48 años, está casado y tiene dos hijastras. La menor, de 15 años, quedó embarazada hace poco más de un año. Aunque su esposa rechazó la situación, Adolfo dijo que estaba dispuesto a apoyar a la niña si quería tener el hijo. Nació hace cuatro meses y medio.

¿Un asunto femenino?

“No hay en el país las condiciones sociales e institucionales para manejar un caso en el que un hombre quiere ser papá y la mamá no quiere”, asegura Franklin Gil, antropólogo de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional. “Por otra parte, ¿cómo se va a asegurar que esta mujer no va a tener ninguna responsabilidad, que no va a ser estigmatizada por no haber querido ser mamá? Me parece difícil reclamar derechos sobre un evento en el que los dos cuerpos no están en la misma situación”.
En Colombia ocurren entre 300.000 y 400.000 abortos por año, en su mayoría ilegales, y se estima que el 34 % de los casos son de madres solteras cabeza de hogar. En medio de este complejo panorama, la demanda de los hombres por verse más involucrados en la planificación y reproducción ha aumentado en los últimos veinte años, aunque de manera muy incipiente.

Según Claudia Gómez, investigadora de Profamilia, por lo menos la mitad de las jóvenes que van a los 33 centros de jóvenes que tiene la entidad en 29 ciudades del país asisten acompañadas de sus parejas. Consciente de esta situación, Profamilia va a realizar la primera Encuesta de Demografía y Salud para hombres y mujeres en 2015.

Pero no solamente en Colombia se ha enfocado la planificación –y la reproducción– en las mujeres. Solo hasta la Conferencia de El Cairo de 1994 se hizo evidente para la Organización Mundial de la Salud (OMS) que las políticas de planificación debían contar con los hombres. Aunque “desde entonces hasta hoy, no ha habido una recomendación política desde la OMS para decir cómo compartimos la posibilidad de la decisión de la procreación y cómo discutimos el problema del cuerpo”, como anota Hernando Salcedo, uno de los investigadores que llevaron a cabo, entre 1992 y 1995, el estudio El aborto inducido en Colombia, uno de los pocos en el país que habla sobre el aborto desde la experiencia masculina.

En cuanto a políticas públicas en Colombia, por ejemplo el Programa de Educación para la Sexualidad y Construcción de Ciudadanía (PESCC) –que pone de manifiesto la necesidad de incluir ambos géneros en la educación sexual de los colegios– empezó a regir apenas desde el 2008. “La información se le ha entregado a la mujer, por tanto las responsabilidades aumentan para las mujeres y se ha dejado de lado la participación de los hombres. Algunos la reclaman y no tienen respuesta a ese reclamo”, añade Gómez.

Salcedo, por su parte, cree que “el hecho de que la experiencia de la procreación no sea asumida de manera somática por el hombre pone en distancia inmediata todas las posibilidades de lo que implican las consecuencias y decisiones. Pero si uno tuviera más en cuenta a los hombres en el asunto del aborto, incluso replantearía de manera radical el problema del cuerpo”. Al respecto, Mónica Roa, directora de Women’s Link Worldwide, lo ve en estos términos: “La que corre con todos los gastos biológicos y fisiológicos del embarazo es la mujer. Por esa razón, jurídicamente, no se puede condicionar la decisión de abortar o no a lo que opine el hombre. Pero eso no quiere decir que socialmente no deba promoverse que los hombres estén más involucrados dentro de este tipo de decisiones”.

La controversia

En Colombia –donde los hijos no reconocidos por el padre es un problema mucho más crítico que el de los abortos no consentidos– el tema no ha sido aún motivo de debate. Los incipientes estudios y artículos sobre el tema lo corroboran. Sin embargo, en otros países casos de esta naturaleza ya han llegado a la justicia y han generado la movilización de grupos de hombres que reclaman sus derechos. En China, una ley de 2002 (no exenta de polémica) puso en igualdad de condiciones el derecho del hombre y de la mujer frente a la decisión de tener un hijo y hay algunas mujeres denunciadas por sus parejas por haber infringido ese derecho al practicarse un aborto. En Gran Bretaña, aunque varios casos de hombres que buscan impedir que su mujer interrumpa el embarazo han llegado hasta las cortes, hasta ahora todos los intentos en ese sentido han fracasado.

En Estados Unidos, donde la legislación respalda el derecho de la mujer a abortar si lo desea, sin necesidad del consentimiento del hombre, el tema ha sido motivo de agudas controversias, como la generada por el artículo de Dalton Conley en el NYT, y de encarnizados debates en diversos escenarios. Uno de los argumentos más contundentes es el expresado por Armin Brott, más conocido como “Mr. Dad”, padre de tres hijos y quien se ha convertido en una voz con legitimidad en el tema de la paternidad, para quien la inequidad es evidente. “Una mujer puede legalmente privar a un hombre de su derecho de ser padre o forzarlo a ser contra su voluntad”, dice.

Y es que entre quienes se han organizado para defenderse, el principal cuestionamiento es si puede considerarse justo que las mujeres tengan derechos reproductivos, mientras los hombres solo tienen responsabilidades en ese campo. Se refieren a que cuando el hombre no quiere el hijo y la mujer decide tenerlo aun en contra de su voluntad, de acuerdo con las leyes de un gran número de países, el padre está obligado a mantenerlo. ¿Es equitativo que la mujer tenga el derecho a no ser madre, mientras el hombre está obligado a ser padre?, se preguntan.

Con este argumento ha surgido en Estados Unidos un movimiento a favor de lo que se ha conocido como “el aborto masculino”, es decir, el derecho de un padre a “abortar” sus obligaciones y negarse a mantener un hijo no deseado por él que la madre decide dar a luz. Aunque no ha obtenido hasta ahora apoyo legal, sí lo ha logrado de varias organizaciones que defienden los derechos de los hombres frente a la paternidad, no sin ser motivo de fuertes controversias como la planteada por el experto en bioética Jacob Appel, quien argumenta: “Si se le otorga a un hombre el poder de veto sobre la decisión de una mujer de abortar en casos en los cuales él está dispuesto a sostener el hijo, ¿por qué no darle el derecho de exigir un aborto cuando no quiere hacerlo?”.

Otro tema, usualmente ignorado, es el impacto emocional que puede tener en un hombre el aborto no consentido de su hijo. En un artículo para Fox News publicado en 2011, el doctor Keith Ablow, psiquiatra, asegura que “desconocer que hay un daño emocional en los hombres a los que se les priva del poder decidir sobre si abortar o no un hijo es ingenuo”. En sitios web como www.menandabortion.info, que han abierto sus puertas a hombres que han afrontado un aborto indeseado para que expresen sus sentimientos de pérdida, dolor e incluso rencor, los testimonios son contundentes.

En una disyuntiva de esta magnitud donde se enfrentan posiciones de género tan disímiles y tan arraigadas, no resulta fácil conciliar las partes ni encontrar un punto de equilibrio. Sin embargo, la tesis que parece estarse abriendo paso entre los moderados es la sustentada hoy por Conley quien, aunque ha revaluado su posición de hace ocho años, piensa que “los hombres deben estar más involucrados con la reproducción en relación con los derechos y responsabilidades”. Esta tesis coincide con la defendida por el National Center for Men, cuyo director, Mel Feit, reitera: “Hasta ahora la decisión sobre la reproducción ha estado en manos de las mujeres. Pero si queremos hombres responsables, ¿lo correcto no sería que ellos también tuvieran opción de decidir?”. “Hasta ahora la decisión sobre la reproducción ha estado en manos de las mujeres. Pero si queremos hombres responsables, ¿lo correcto no sería que ellos también tuvieran opción de decidir?”.

*MANUEL GÓMEZ: Periodista, escritor e ilustrador. Ha participado en desminado civil humanitario en Camboya y Afganistán. *PILAR CALDERÓN: Periodista, directora de Diners

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