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Desde que nacemos, no dejamos de asombrarnos y plantearnos cuestiones sobre todo lo que nos rodea. Es la curiosidad, una facultad muy poco estudiada desde el prisma científico pero que, en los últimos años, está siendo analizada minuciosamente por la neurociencia. Conseguir que la escuela la estimule y que Google no la sacie son dos retos que tenemos por delante.

Sinc. Revista Onlien. 02 de Enero 2016

    ¿Cuántas Tierras cabrían en el Sol?* Es la típica pregunta que te toca cuando estás jugando al Trivial. La que te falta para conseguir el escurridizo quesito verde y ganar la partida. Por más que piensas no consigues dar con la respuesta, mientras notas cómo en tu cabeza algo no deja de crecer: la curiosidad.

“Parece ser un estado mental que aumenta nuestra atención hacia nueva información y también mejora nuestra memoria”, explica a Sinc Colin F. Camerer, investigador del área de Humanidades y Ciencias Sociales del Instituto Tecnológico de California (EEUU).

Su vago “parece ser” está justificado. De momento, no existe una definición científica sobre qué es la curiosidad. Este impulso innato, que experimentamos tanto los seres humanos como otros animales, nos ha permitido mandar robots a Marte –el último llamado, precisamente, Curiosity–, acabar con cientos de enfermedades o fabricar una estructura colosal para recrear cómo fue el principio de todo en el Gran Colisionador de Hadrones (Suiza).

No existe una definición científica de la curiosidad, que experimentamos tanto los humanos como otros animales

Una de las primeras preguntas que formulan los niños es por qué. El propio Albert Einstein declaraba en 1955: “Lo importante es no dejar de hacer preguntas […] No perder jamás la bendita curiosidad”. Pero todavía no existe una definición que pueda explicarla con precisión.


En un estudio publicado recientemente en la revista Neuron, dos neurocientíficos de la Universidad de Rochester (EEUU) reivindican su importancia, dibujando una visión general de su estado actual.

“Ahora mismo no es importante establecer una definición sobre la curiosidad porque es un área nueva de investigación y todavía hay incertidumbre en cuanto a los mecanismos que subyacen”, puntualiza a Sinc Celeste Kidd, coautora del trabajo. Lo que propone es un marco más amplio, en el que la curiosidad se interprete como una fuerza motriz que impulsa el aprendizaje, y no se limite exclusivamente a la búsqueda de información.

Mejora la memoria

Diferentes trabajos han demostrado las bases neurológicas de este escurridizo concepto. Cuando tratas de dar con la respuesta de algo que desconoces, en tu cerebro se activan al menos dos áreas cerebrales: una relacionada con la motivación y la recompensa (ubicada en el estriado ventral) y otra implicada en la memoria (el hipocampo).

Camerer y un equipo de científicos utilizaron imágenes de resonancia magnética para averiguarlo. Según su estudio, en aquellos participantes curiosos que aprendían algo nuevo se intensificaba la actividad en las áreas del hipocampo relacionadas con la consolidación de la memoria, por lo tanto, demostraron que aprender algo motivado por la curiosidad mejora nuestra capacidad de recordar.

“La curiosidad es la forma que tiene el cerebro de marcar la información que merece la pena recordar”, destaca el investigador. Las imágenes cerebrales revelaron también que cuando los participantes fallaban una respuesta, se incrementaba la actividad en las áreas cerebrales de la memoria, puesto que estaban preparándose para conocer la respuesta correcta y retenerla, lo que parece indicar que la curiosidad mejora la memoria cuando la información nos sorprende.

“La curiosidad es la forma que tiene el cerebro de marcar la información que merece la pena recordar”, dice Camerer

Además, aprender motivados por el deseo de conocer nuevos conocimientos provoca que la memoria funcione con más precisión, incluso a medio plazo. Eso fue lo que ocurrió en ese mismo estudio, en el que los participantes con más curiosidad recordaban conceptos con mayor detalle que el resto hasta dos semanas después de haberlos asimilado.

La mirada nos delata

Tratar de responder a cuestiones que nos rodean no es algo exclusivamente humano. Numerosas especies animales muestran rasgos curiosos, y no solo nuestros primos los simios. “Animales tan simples como el Caenorhabditis elegans, un gusano cuyo sistema nervioso contiene solo 302 neuronas, muestran un rudimentario tipo de curiosidad al buscar comida”, señala Kidd. 

No hay más que pensar en cualquier perro moviendo su cola impacientemente cuando le queremos dar algo que tenemos escondido en una bolsa. Tanto humanos como animales nos ponemos en alerta ante la novedad o lo inesperado.

“Una persona buscando la respuesta a una pregunta interesante y un perro tratando de averiguar el origen de un aroma desconocido son dos ejemplos del deseo de aprender sobre el mundo que les rodea”, comenta a Sinc Ethan Bromberg-Martin, neurocientífico del Instituto Kavli de Neurociencias de la Universidad Columbia (EEUU).

 

Como los perros cuando mueven su cola, nosotros también mostramos de forma involuntaria nuestra curiosidad. Los movimientos oculares nos delatan. Las personas curiosas que observan un lugar se fijan más en los detalles y en los rincones que otras que no lo son, moviendo más sus ojos.

Pero además, una reciente investigación muestra que el deseo intrínseco de aprender se hace patente cuando nos hacen preguntas. A través de una pantalla de ordenador y una herramienta que medía los movimientos oculares, los voluntarios del estudio leían cuestiones y tenían que esperar unos segundos hasta que la respuesta aparecía. 

Los neurocientíficos han diseñado un algoritmo que predice lo curiosa que es una persona por sus movimientos oculares

“Los participantes más curiosos miraban antes que el resto hacia el lugar en el que esperaban hallar la respuesta, demostrando una mayor anticipación”, apunta a Sinc Jacqueline Gottlieb, investigadora también del Instituto Kavli y una de las autoras del estudio. Con estos resultados, los neurocientíficos han diseñado un algoritmo capaz de predecir lo curiosa que es una persona analizando sus movimientos oculares.

En opinión de Gottlieb, el deseo por conocer información también activaría las áreas cerebrales relacionadas con los sistemas de atención, dado que influye en los movimientos de los ojos, aunque matiza que, de momento, no se ha estudiado.

En su justa medida

Tampoco sabemos si existe una dosis idónea de curiosidad. ¿El exceso o el defecto son negativos? En opinión de Kidd, así es. “Una disminución podría ser un síntoma de depresión, y un exceso podría revelar la incapacidad de mantener atención”, aduce. En su estudio, explica que una sobreexpresión de la curiosidad está relacionada con la distracción, síntoma típico de las personas con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

Un punto de vista que no comparte José Salavert, médico psiquiatra del Hospital San Rafael y del Centro Avanza de Barcelona. Si entendemos la curiosidad como una motivación para obtener información externa, “esta se encuentra plenamente preservada en las personas con TDAH”, argumenta a Sinc. “Que tengan un exceso sería una afirmación algo especulativa”, añade.

Las personas con este trastorno padecen, por una parte, dificultades para concentrarse. El hecho de que se distraigan con los estímulos externos podría interpretarse como una mayor curiosidad por el entorno pero, según el psiquiatra, lo que revela en realidad es una dificultad para sostener la atención. Por otra parte, al presentar comportamientos impulsivos, las personas con TDAH tienden a aburrirse en situaciones que requieren mantener la motivación interna. “En este sentido sí podríamos hablar de mayor curiosidad”, mantiene el experto, entendiéndola como forma de buscar estímulos externos para combatir el aburrimiento.  

Salavert sí está de acuerdo en que una falta de curiosidad está relacionada con enfermedades como la depresión, al quedar completamente mermada por la falta de interés antes cosas que antes sí motivaban al paciente. La dosis adecuada, por lo tanto, en el caso de los niños, sería aquella que les hiciera preguntarse sobre las cosas de las que no están seguros y sobre las que pueden aprender. Es contraproducente “cuando esta sea mayor de la esperable para la edad y les pueda suponer un problema de adaptación en su entorno social, escolar y familiar”, sostiene el psiquiatra.

Imaginación sin límites en la escuela

Precisamente es en los niños en quienes la curiosidad juega un papel fundamental sobre su desarrollo, y la función de los adultos es estimularla al máximo. Ante sus incansables preguntas no hay que responder de forma superficial, aconsejan los expertos.

“Los profesores deben proporcionar a los niños temas ricos y complejos, porque la complejidad fomenta la curiosidad”, dice Engel

“Al principio, al bebé le llaman la atención los estímulos sensoriales, como la luz o el ruido. Poco a poco, va construyendo una imagen del mundo y lo que despierta su curiosidad son, cada vez más, los estímulos cognitivos: cosas que le intrigan y que quiere entender”, cuenta a Sinc Juan Meléndez, profesor del departamento de Física de la Universidad Carlos III.

Apasionado por la divulgación científica, que aborda en su blog De Tales a Newton, Meléndez considera que la curiosidad tiene un papel “mínimo” en los colegios, donde se dan respuestas prefabricadas que las preguntas que hacen los alumnos, sin ir al fondo de la cuestión. “Por ejemplo, se dice que un cuerpo flota “por el principio de Arquímedes”. Eso no es explicar nada, es dar simplemente un nombre”, denuncia el físico. El niño seguirá sin entender por qué flota un cuerpo pero dejará de hacer preguntas. “Por eso digo que la enseñanza mata la curiosidad científica”, añade.


El filósofo Jean-Jacques Rousseau, en el siglo XVIII, sostenía que la escuela debería ser un ámbito donde se diera rienda suelta a la imaginación sin ningún fin práctico o meta útil, como recuerda Alberto Manguel en Una historia natural de la curiosidad (2015).

Aunque sea necesario memorizar ciertos conceptos –como las tablas de multiplicar o la ortografía–, según Meléndez, los profesores deberían enseñar a los alumnos a distinguir cuándo entiende algo y cuándo no, con problemas que tengan la dificultad justa y se conviertan en un reto para el alumno. Por eso, quien enseña debe ser alguien al que le apasione la materia, que contagie su interés a los alumnos y que haga del aprendizaje algo interactivo.

La sociedad de la información, en la que tenemos las respuestas a golpe de clic, ¿está apagando nuestra curiosidad?

“Tienen que proporcionar a los niños muchos materiales y temas ricos y complejos, porque la complejidad fomenta la curiosidad”, indica a Sinc Susan Engel, profesora de Psicología en el Williams College (EEUU) y autora del libro Hungry Mind: The Origins of Curiosity in Childhood (2015). A partir de ahí, los profesores deben fomentar el interés de los niños para que exploren e investiguen, y animarlos a hacer preguntas y responderlas. “La conversación es clave”, asegura la psicóloga.

Pero la sociedad de la información, en la que tenemos la respuesta a casi cualquier pregunta a golpe de clic, ¿está apagando nuestra curiosidad? Es lo que se teme Meléndez. “Lo que necesitamos es aprender a pensar y eso tiene muy poco que ver con las respuestas que nos da Google: tenemos todos los datos que queremos pero el conocimiento es otra cosa”, recalca.

Precisamente porque los datos son tan accesibles, ahora es más importante que nunca aprender a pensar. Aunque el buscador nos devuelva millones de respuestas en un par de segundos, en realidad seguimos partiendo de la máxima de Sócrates: solo sabemos que no sabemos nada.

*Si has resistido la tentación de buscarlo en Google, la respuesta a la pregunta que arrancaba este reportaje es que en el Sol cabrían un millón de Tierras.

El motor de la ciencia moderna
A pesar de que los científicos se afanan por encontrar las bases científicas de la curiosidad, el escritor Philip Ball pone el acento en su vertiente más intangible: la cultural. “Hay un aspecto cultural importante en la curiosidad: no vas a encontrar todas las respuestas mirando al cerebro”, recuerda a Sinc.

En su libro Curiosidad: por qué todo nos interesa (2013), el que fuera editor de la revista Nature explica cómo el significado de la palabra ha cambiando en función de las diferentes épocas y lugares. Con relatos como el de Eva y su manzana, o el de Pandora y su caja, se tendió a condenarla, pero en el siglo XVII alcanzó todo su esplendor y ayudó al florecimiento de la ciencia moderna.

Actualmente, la ciencia combina la satisfacción de la curiosidad –como enviar robots a planetas lejanos para descubrir qué hay allí– con un sentido más práctico; termina produciendo hallazgos valiosos en términos económicos, con tecnologías que, años más tarde, todos podemos usar, como el láser o el transistor.

“A los científicos se les pide constantemente, cuando solicitan financiación, que justifiquen los beneficios prácticos que tendrá su investigación. Eso es un enfoque muy corto de miras”, advierte Ball, quien se apresura en añadir que la curiosidad no es algo exclusivo de los científicos. “La ciencia no tiene el monopolio de la curiosidad. Tienes que ser curioso para ser un buen artista, historiador, psicólogo, jardinero o padre”, concluye.

 

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