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Pedro llega puntualmente a su sesión. Se recuesta sobre el diván y, tras unos instantes pensativo, dice: “Venía para aquí pensando que estoy más... bueno, no, más no. Venía pensando que estoy sereno. Esa es la palabra: más que tranquilo, sereno”. La apertura de la sesión, con sus componentes –un intento fallido de cuantificación comparativa de su estado; una precisión terminológica que establece una diferencia cualitativa y parece satisfacerlo– sesgaron rápidamente mi atención,

B. Miguel Leivi

 

El inconciente y los afectos