Inicio

Depresión: una señal de alarma

https://www.esquizo.com/


 En los últimos años la depresión, considerada como un padecimiento exclusivo de los adultos, alcanza también hoy a jóvenes, adolescentes y niños.


 


Va culminando el año y surgen palabras e interrogantes como: "¡qué pocas ganas tengo de no hacer nada!", "me siento mal" o "¡no puedo más!", se escucha a cada rato y a todas horas.


 


Normalmente se trata del típico bajón, aunque conviene estar alerta para descubrir si lo que uno padece es un cambio de humor pasajero o un serio trastorno psíquico.

Y es que este malestar se produce muy frecuentemente, más a menudo de lo que se piensa.


En términos médicos se denomina "depresión", y si se quiere emplear otros menos crudos o más literarios: mal oscuro, spleen o bestia negra.


 


En los últimos años la depresión, considerada como un padecimiento exclusivo de los adultos, alcanza también hoy a jóvenes, adolescentes y niños.


 


Y otro detalle, no afecta por igual a ambos sexos.

La mujer es quien más la sufre: dos o tres veces más que el hombre.

De hecho, la permanencia de este trastorno a lo largo de la vida llega a ser hasta el 25 % en la población femenina y el 13 % en la masculina.


 


Otro mal imparable, y casi siempre asociado a la depresión, es la "ansiedad", una especie de alarma que nos proporciona nuestro organismo para avisarnos que algo en nuestra vida no marcha bien.

Si se tienen en cuenta estas señales, el sistema se reequilibra y funciona de nuevo perfectamente.

En caso contrario, la alarma seguirá sonando tanto como sea necesario y seguiremos ansiosos.


 


Pero existen otras formas de explicar cómo y por qué se producen todos estos trastornos.

Así, el frente mecanicista considera que tanto la depresión como la ansiedad son desequilibrios bioquímicos cerebrales que se curan con fármacos.

Mientras por otro lado, los defensores de la tesis psíquica, creen que el spleen no es una patología sino el indicador de un malestar.


 


Para curarlo hay que llegar a sus raíces, comprender qué daño, miedo o pérdida lo han producido, y tanto lo que se habla como lo que se escucha es lo único que resulta útil para remediarlo.

Dos extremos contrarios y varias posturas que afrontan el problema a distintos niveles.


 


Pero en lo que todos coinciden es en que ambas dolencias son modalidades antitéticas de reacción ante la misma sensación de malestar: una de inquietud y otra de apatía.


 


Con la ansiedad, la presión sube, el corazón se acelera, los músculos se contraen y los gestos son excitados, mientras que lo que distingue a la depresión es la inmovilidad.


 


Sus principales síntomas se traducen en un descenso muy acusado del estado de ánimo, con decaimiento y ganas de morir, incapacidad para divertirse o disfrutar de los placeres habituales, cierre de las perspectivas de futuro, rememoración de vivencias negativas y trastornos en el sueño.


 


Evidentemente, en los dos casos el comportamiento del cuerpo responde a una percepción distinta de la realidad.

Para el deprimido, el mundo es gris y sin atractivo.

Para el ansioso, se puebla de peligros y figuras amenazantes.

Un poco como le ocurre a Blancanieves, que cuando va por el bosque descubre cómo las ramas de los árboles se transforman en brazos que quieren atraparla.


 


Propio de campeones.

Los músculos en tensión, máxima concentración y la meta a pocos metros de distancia.

Bien llevada, la ansiedad del atleta es una extraordinaria fuente de energía, y muestra que posee un espíritu competitivo.


 


Un sentimiento típico de personas apasionadas con metas importantes por las que luchar.

Lo fundamental es que no se convierta en un estado de ánimo que lleve a la paralización.