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El dolor psicológico del mobbing

José A. Flórez Lozano. Universidad de Oviedo. DiarioMedi

   El autor analiza las repercusiones que el "mobbing" ocasiona en la dignidad de la persona.

Este problema, que Flórez denomina como el virus laboral del siglo XXI, apunta directamente a la dignidad del individuo.

La solución que propone el especialista es potenciar un liderazgo humanizante y equipos de apoyo mutuo en los que el respeto a la persona sea la seña de identidad de la empresa.


Permítanme comenzar este artículo con una serie de reflexiones sobre el mobbing, un problema cada vez más común en el mundo laboral.

¿Somos capaces de imaginarnos el sufrimiento psicológico de la persona durante ese proceso?, ¿qué consecuencias psicopatológicas a medio o largo plazo tiene esta situación estresante para el afectado y su familia?, ¿se puede equiparar la dignidad de una persona con 600 euros?, ¿quién será el responsable de los posibles trastornos psicopatológicos de esa persona, de la pérdida de su felicidad, de sus amigos e incluso de su familia?
En términos generales, el mundo laboral aún se rige por estructuras excesivamente estrictas y burocratizadas que no impiden la rápida adaptación de los trabajadores.

Centralismo, objetivos marcados desde las alturas -no desde la base-, falta de autonomía en la toma de decisiones o individualismo constituyen los ingredientes más frecuentes de la organización del trabajo.

Son múltiples agresiones subliminales, difíciles de detectar, que van minando el equilibrio psíquico del empleado.


El clima de hostilidad que predomina en esta sociedad, se va infiltrando paulatinamente al medio laboral, llegando incluso a vivirse como una condición absolutamente normal.

Por eso, sólo somos realmente concientes de la punta del iceberg: una gran masa de personas que permanece en silencio es frecuentemente objeto de estas actitudes hostiles que impiden el desarrollo normal de la actividad laboral y la promoción profesional, enquistando al sujeto en disfunciones psíquicas que empujan al sujeto al desmoronamiento psíquico.


El mobbing va más allá del exceso de trabajo, de la presión laboral, de la angustia que se experimenta en esas condiciones laborales.

El mobbing apunta directamente a la dignidad personal, a la libertad, a lo más íntimo de la persona.

Se trata de una actitud mórbida, a veces fríamente calculada, donde la envidia, el odio, la frustración y el resentimiento juegan un papel determinante.

Por eso el mobbing es capaz de herir la sensibilidad psicológica y humana del individuo, una actitud y una táctica abrasadora que la destruye, la oprime y la zarandea; le aturde y le ensordece; que arroja sobre su existencia psíquica el estigma del oprobio.

A veces el miedo al jefe o a los compañeros también consigue hacer diana: "Se inmiscuye en mis huesos", me decía un afectado.

El efecto, naturalmente, es fulminante: abrasa al individuo, que queda absolutamente quemado.


Viscosas calumnias, ensañados vituperios, acosos de infamias, actitudes perversas...

forman parte de ese escenario laboral, ciertamente real, que constituye un caldo de cultivo adecuado -toda una abyección moral- para el desencadenamiento del mobbing.

El afectado se siente anegado hasta el cuello: "¡No puedo más!, ¡siento que estoy asqueado y asfixiado!".

En definitiva, un sujeto posiblemente execrado, difamado, vilipendiado; una criatura sufridora y perseguida por las anatemas de jefes y compañeros.

Su incesante dolor psicológico será la antesala de un cuadro psicológico que cristalizará progresivamente en el síndrome de burn-out.


La víctima del acoso moral manifiesta inseguridad, se siente ridículo -también le ridiculiza el acosador-, responsable de su situación laboral y vive intensamente estas emociones: "¡No lo estoy haciendo bien!, ¡yo soy el único responsable!, ¡me merezco todo esto!".

Al final la víctima acaba creyendo todo lo que dicen sobre él,  mira al enemigo como un amigo (¿síndrome de Estocolmo?)


Una nueva filosofía


Solamente una filosofía de empresa más vanguardista, que fomente la autonomía, el espíritu renovador, la opinión de los trabajadores y la productividad en la innovación será capaz de neutralizar este virus laboral del siglo XXI.

Valores como la comunicación, la comprensión, la capacidad para escuchar, el respeto por la dignidad de la persona, la verdad y la justicia, constituyen los auténticos antídotos frente al desarrollo del mobbing.                                                     


Ciertamente en el quehacer laboral se echa en falta este respeto por la búsqueda de la identidad -contornos de la identidad psíquica-.Esa dejación del individuo individualizado -valga el pleonasmo-, esa irreductible condición humana que es la propia identidad es el origen de muchos conflictos psicológicos y de una práctica laboral que supone básicamente insatisfacción y frustración.


Todo esto explica que el agotamiento, la apatía, la desilusión y la desesperación puedan invadir con el paso del tiempo el psiquismo del trabajador como una tela de araña construida sobre la base de la espesura de la democracia.

Además, las nubes de protestas y reclamaciones que los profesionales acosados han hecho ante jefes y autoridades, han encontrado, en la mayoría de los casos, el silencio como respuesta, lo que ha contribuido a potenciar la sensación de frustración, decepción y desasosiego con la práctica laboral.


El sentido del trabajo


Miguel de Unamuno escribió en su obra El sentimiento trágico de la vida sobre la necesidad ("la sed") del hombre de ser cada vez algo más.

Sin embargo, este impedimento en la promoción profesional junto a la tremenda losa del acoso moral en el trabajo, actúan como potentes agentes estresantes que alimentan sin cesar este cuadro clínico.

Así, muy lentamente, el trabajador es conciente del agotamiento que siente y muestra poca atención y mucho hastío hacia su empleo y sus responsabilidades.

Además, desaparece el "autocontrol emocional" y, por lo tanto, se suceden continuos enfados, molestias y explosiones de cólera.

De este modo, el acosado se va volviendo cada vez más susceptible y agresivo, sorprendiendo a amigos, familiares y compañeros.

Surgen progresivamente la despersonalización que se refleja en frases de gente cercana que le dicen: "Desde luego, ¡ya no te conozco!, no eres el mismo".


Aparece entonces el síndrome con toda su fuerza, evidenciándose en multitud de síntomas como fatiga, irritabilidad, falta de concentración, baja productividad y creatividad, pesimismo y enfermedades psicosomáticas: cefaleas, dolores osteomusculares, aumento del colesterol y del ácido úrico, disminución de la glucosa y de las defensas inmunológicas, molestias gastrointestinales, úlceras, problemas diarréicos, pérdida de peso, sensación crónica de cansancio, hipertensión o insomnio.


Nuestra experiencia clínica nos ha confirmado que también entre los individuos afectados por este síndrome es muy frecuente encontrar un cuadro de depresión asociado a otros trastornos como la bulimia, la hiperfagia, la ludopatía, las compras compulsivas o las adicciones a drogas o fármacos.


Urge por tanto, realizar un diagnóstico precoz de esta enfermedad laboral, potenciando liderazgos humanizantes y equipos de trabajo de apoyo mutuo en los que el respeto a la persona constituya la seña de identidad de la empresa.

¡Merece la pena!