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Acoso Moral: Una mirada psicoanalítica

Fernando Soriano, Cristina Anchustegui

Centro Psicoanalítico de Madrid

Ponencias del XIV Congreso del Centro Psicoanalítico de Madrid

Abstract:

 





 


Términos como "mobbing", "bulling", acoso moral, acoso laboral o psicológico, son cada vez más frecuentes y utilizados en los medios de divulgación actuales.

Aunque con pequeñas diferencias, son en definitiva palabras que expresan mecanismos cuyo fin es el ejercicio del poder y del dominio de manera oculta en el seno de la Sociedad actual, a través de un sofisticado mecanismo perverso, y preferentemente en el medio  laboral, como una forma de  violencia ejercida sobre una víctima.

Mas allá de estructuras perversas-narcisistas como acosadores, y de personalidades masoquistas , dependientes o depresivas, como victimas, a través del presente trabajo se intenta incidir en las particularidades de esta peculiar dinámica dentro de los cambios relaciónales e institucionales actuales.

Dinámica a su vez constituida por la confluencia imprescindible de tres factores; ya que  junto a la presencia del agresor y la victima, se suma el entorno con un especial  funcionamiento grupal que se hace eco de la canalización de la violencia ejercida, como caja de resonancia.

Elementos como el narcisismo, la envidia, los mecanismos de control y dominio, las identificaciones, la dependencia, la perdida de identidad, o el masoquismo, figuran en la literatura actual al respecto, que intentan dar una lectura a este especial fenómeno patológico, y que son estudiados  en el presente trabajo.

En palabras de Heinz Leymann, pionero y experto menciona al respecto: “se constituye en el trabajo como el único lugar en nuestra sociedad occidental industrializada actual, que al igual que en un campo de batalla una persona puede matar a otra sin ningún riesgo de llegar a ser procesada ante un tribunal”.

De forma intermedia, se discuten los aspectos  estructurales y relacionales, que procuran una cada vez mayor demanda en nuestras consultas, como resultado de la expresión clínica del acoso, en todas sus vertientes.

En realidad la expresión "mobbing”, tiene su origen en los conceptos provenientes de la biología y de la etología, intentando condensar las señales de alarma, gritos y manifestaciones que surgen en un grupo de animales, que se sienten amenazados por un predador peligroso.

Este término empezó a utilizarse hace unos diez años, a propósito de los fenómenos que comenzaron a estudiarse como resultado del acoso que muchas personas sufren, por parte de sus jefes o grupo de trabajo, fundamentalmente en el medio laboral.







Acoso moral, acoso psicológico, acoso laboral, luz de gas, "bulling", psico terror, son términos parecidos, que expresan en realidad una situación semejante.

Aunque con ligeras diferencias dependiendo del medio en que tengan lugar, se refieren a situaciones a través de las cuales un individuo, o varios, ejercen una posición de poder o dominio sobre otros.

Mediante mecanismos sutiles y silentes, se ejerce una violencia oculta y soterrada, de la que emanan cada vez más cuadros psicopatológicos.

Ello provoca consultas repetidas a médicos generales, a los servicios de psiquiatría , bajas laborales prolongadas,  y en el peor de los casos, el suicidio.

Heinz Lyeman, primer autor que sistematizó esta dinámica, comenta a propósito de la violencia: "en las sociedades de nuestro mundo occidental altamente industrializado, el lugar de trabajo constituye el último campo de batalla en el que una persona puede matar a otra sin ningún riesgo de llegar a ser procesada ante un tribunal".

Y en el diario "El País, en su edición del 4 de Junio del 2001, afirma a través de un artículo: "mas de un millón y medio de españoles son víctimas de acosos moral en el trabajo".

Lo cierto es que no pasa una semana, sin que a través de los medios de comunicación tengamos noticia de las demandas judiciales que resultan ser más llamativas.

Son interpuestas contra personas que ejercen un poder: jefes de departamento, catedráticos, directores de servicios hospitalarios, y hasta últimamente políticos, para intentar procesarlos.

El crecimiento ha sido tan rápido, que ni siquiera el aparato legislador consigue en todos los países emitir leyes para penalizar este tipo de situaciones, con la suficiente velocidad.

En nuestro país se  intenta legislar dentro de lo que puede enmarcarse como "accidente laboral".

En  otros países se persigue encuadrarlo dentro de los delitos de naturaleza penal.

Incluso nuestros jueces, hoy por hoy, se muestran muy cautos a la hora de estimar una situación de acoso.

Todo eso nos habla de lo peculiar de la dinámica del acoso, por la forma tan  sutil y hermética de ejercer una violencia, de unos contra otros, muchas veces con la connivencia de unos cuantos, inclusive a su vez contando con la complicidad de la empresa, institución o de la misma administración.

Fenómeno que en apariencia muchas veces queda condicionado por fines económicos o intereses puramente empresariales, o de política reestructuradora institucional.

         

Lo cierto es que al final queda reducido a una relación perversa, entre un acosador y un acosado, en el seno de una situación grupal.

El acosador como aparente portavoz de su institución, prolongando las consignas marcadas por ella, o movido por situaciones meramente personales.

El acosado como receptor o "chivo expiatorio" del clima de hostigamiento.

Y el grupo de trabajo como marco efectivo que  cual caja de resonancia facilita, a través de identificaciones, defensas o temores, el que tenga lugar esta dinámica.

Estos son los tres elementos que componen la naturaleza de esta actual  y creciente relación patológica, en la cual nos vamos a adentrar intentando realizar un acercamiento psicoanalítico.

Todo ello a partir de las numerosas publicaciones que han surgido últimamente, muchas de ellas con un carácter de difusión popular, y de la experiencia clínica con pacientes acosados.

Todos los autores retratan al acosador con unas características superponibles a las personalidades perverso - narcisistas .

Han sido magníficamente descritas por Otto Kernberg, y nos limitaremos a recoger aquellos aspectos más significativos que entran en acción en este tipo de relaciones.

Marie France Hirigoyen, psicoanalista y criminóloga, de quien parte una exposición muy minuciosa, distingue dos fases distintas  a la hora de crearse el vínculo.

Una primera, que sería una maniobra de seducción narcisista, y una segunda donde se ejerce la violencia perversa.

Partiendo del acosador, su self grandioso, actúa como elemento seductor  desde un Ideal del Yo de la victima que acapara su deseo.

Lentamente, ya que este movimiento puede durar un tiempo, incluso años, actúan la fascinación y el encanto, como ofrecimiento abrumador que despierta admiración y adhesión hacia el.

El acosado crea una unión cada vez mas estrecha, que tiene como fin una lenta incorporación de este personaje, no advirtiendo que ganándose su afecto, interés y estima, acontece un lento borramiento de su identidad.

Todo ello no va encaminado a una relación determinada por el intercambio, sino hacia un distanciamiento suficiente, como para poder ejercer el despliegue de la violencia perversa.











La identificación que realiza el acosado, va provocando una equívoco creciente para distinguir los límites propios y del otro.

Surge entonces la confusión, una extraordinaria dependencia afectiva y lo que es mas importante, una gran dificultad para advertir y tomar conciencia de como  está teniendo lugar el proceso.

La seducción inicial  y vampirización de la víctima, no son más que movimientos encaminados a desarrollar una apropiación del objeto, para el  ejercicio de un poder y control sobre él.

En esta fase, mientras no haya un movimiento de repulsa, el acosador  se siente muy reforzado y admirado.


Cabe preguntarse cómo se refleja este proceso en el medio laboral.

Ocurre muchas veces  que personas con una  gran capacidad técnica o administrativa, son  designados para puestos directivos, la mayoría de las veces muy ambicionados, teniendo a su cargo  la gestión de un grupo humano cuya dinámica desconoce.

Esperándose de él  que cumpla con las consignas  y objetivos que marque la entidad para permanecer en su puesto.

Obviamente entra en un proceso persecutorio, donde además muchas veces entra en un ambiente donde hay personas mas capacitadas para ese puesto que el, por lo que se abren dos flancos tras su nombramiento.


González de Rivera describe el Síndrome MIA, que significa mediocridad inoperante activa.

Se trata de individuos que llegando a la jefatura, provocan el aislamiento de otros,  creando pequeños grupúsculos que controlan a los más eficaces y brillantes por miedo a ser suplantados.

Obstaculizan labores de crecimiento, mediante tareas innecesarias asignadas a estos.

Tarde o temprano destaca un individuo que denuncia o se opone a esta práctica, y sobre el que recae la función de víctima.

No es difícil detectarlo en medios académicos, sobre todo a nivel de cátedras.


Aparece pues la envidia, como uno de los motores principales de acoso.

Controlar, vencer y destruir a quien sienten que les hace sombra, intolerable desde su narcisismo, para llegar a poder aceptarse a sí mismos.

Despreciar a los que sienten como mejores, por ser portadores de valores materiales intelectuales  o morales,  pero de los que sí intentan apropiarse, para sentirse superiores.

Las futuras víctimas actúan como elementos superyoicos, que denuncian su negada y no tolerada mediocridad, de una forma persecutoria.


La identificación proyectiva, pone en marcha el alejamiento de los perseguidores, mediante una comunicación maligna.

Surge el acosador acosado por sus propios fantasmas internos, y necesita crear un escenario donde pueda combatirlos.

Nada mejor que hacerlo sobre quien ya domina y controla.

Y además precisa expulsar toda la angustia que siente, haciendo un manejo perverso de la realidad, y falseándola en ocasiones hasta límites paranoides.

Y todo ello sin culpa.

Esta en juego su desintegración psíquica.

El odio proyectado se refleja a través de la comunicación perversa que no hace más que trasladar la violencia que siente hacia su víctima.

El objetivo es desestabilizar, hacer dudar y confundir cada vez más al acosado, pero a la vez garantizar su permanencia.

Insinuaciones veladas, reproches, silencios que intentan marcar una superioridad, frialdad en el trato, y distancia,  entre otros, van encaminados a crear malentendidos que el narcisista intentará utilizar en su provecho.

Y todo ello sin que se utilice el lenguaje verbal, sino mas bien el gesto, que hace que la víctima en ocasiones se pregunte qué es lo que ha hecho mal, qué fallo ha cometido o hasta incluso que  pida disculpas, desde su confusión.  Todo ello de forma tenue y silenciosa, sin que pueda ser determinado por las personas circundantes.


A medida que el entorno, del cual nos ocuparemos mas adelante, permite que esta violencia sea cada vez más explicitada, la víctima incurre en movimientos más autoexcluyentes.

La lenta desacreditación que sufre, el acorralamiento y la propia confusión, conllevan a que el fin último sea el exterminio.


Es aquí donde aparece la mayoría de las veces la baja laboral previa consulta al médico, por  la eclosión de toda una sintomatología.


Una vez  negada la subjetividad del acosado, se vuelca una gran violencia sobre él de contenido sádico.

Clásicamente se ha hablado del masoquismo de la víctima   en correspondencia a este sadismo.

Pero lo cierto es que desde estructuras depresivas, histéricas o caracteriales, son las partes mas carentes, masoquistas ó melancólicas las que vinculan a la víctima con su agresor, muchas veces para intentar  ser reparados.

En cambio toda la violencia de este último, va dirigida a la parte más vital, más libidinal, destruyendo el deseo; incluso la posibilidad de reaccionar, como refiere Hyrigoyen.


En lo que parecería ser paradójico, los acosables suelen ser personas vivaces, enérgicas, bien preparadas, eficaces y con un gran sentido de la ética y de lo genuino.

Por eso muchas veces son envidiables y a la vez  molestos, por la denuncia que pueden ejercer  de lo que no ven como lícito.

El narcisista sabe bien como embaucarlos, a la vez que intuye detalladamente cuales son sus partes más carentes, para intentar destruirlo a través de su sadismo.

De forma muy habilidosa, encuentran los emergentes para poner en marcha la pulsión de muerte de sus torturados
.

En estos últimos tiene que tener lugar un proceso de disociación y de negación, que les incapacita para percibir sin confusión la manipulación a la que se ven sometidos.

Son ellos los que hacen las cosas mal, y se muestran torpes a la hora de realizar su tarea.

Para lo cual también la culpa proyectada por el acosador, es incorporada e introyectada por el acosado, entrando asimismo en reacciones y comportamientos perversos que intentan mitigar  el comportamiento del primero.

Como puede ser característico en este tipo de personas, la respuesta agresiva es volcada hacia el propio self, dando lugar de forma paulatina a la aparición de la sintomatología  que muchos asocian al cuadro de las neurosis postraumáticas.

Asistimos pues a la confrontación de dos narcisismos.

Pero no podría tener lugar sin un medio que facilite el tipo de vinculación que intentamos describir.

El resto de los compañeros, la mayoría de las veces no solo no  se sitúa de una forma neutra, sino que desde el inicio proporcionan un caldo de cultivo para que tenga lugar el acontecimiento.

Muchas veces movidos desde el miedo, ya que son capaces de percibir todo el entramado y su revestimiento de violencia, pero deciden permanecer discretos para que nos les  toque a ellos.

Otras veces desde la negación, pues no nos olvidemos que todo transcurre de forma sutil e inapreciable, y sólo cuando la violencia es explicita, inhiben la denuncia para no sentirse perjudicados.

Las mas de la veces, desde la identificación, ya que no quieren sentirse perdedores y quizás algún día tengan que ponerse en el papel del acosador.

De hecho, colaboran de forma grupal, mediante movimientos de exclusión, minando la comunicación y colaborando en el paulatino aislamiento del acosado.

De forma vicariante asisten al desarrollo de  la violencia  perversa, actuando como caja de resonancia, y máxime cuando les es facilitado por el entorno empresarial y social.

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2001