A pesar de que la familia «tradicional» sigue siendo mayoritaria en España, nuevos modelos se han asentado con naturalidad en nuestra sociedad.
Son mujeres divorciadas con hijos, hombres separados que viven solos, parejas homosexuales...
Así cuentan la experiencia de su vida para ABC
MADRID.
La radiografía de la familia española ha cambiado en la última década.
Nuevos estilos de vida se han abierto camino en nuestra sociedad hasta cambiar, a veces bruscamente, las fórmulas de convivencia elegidas por los ciudadanos.
La familia tradicional, todavía mayoritaria, ha cedido sin embargo terreno a otros modelos, que se han integrado con toda naturalidad.
Recientemente, el Instituto Nacional de Estadística puso sobre la mesa las tendencias detectadas a partir de los datos que lanza el Censo de Población y Viviendas del año 2001.
Y perfiló los nuevos modelos familiares.
Hoy día, cada vez más españoles deciden vivir solos, sobre todo jóvenes que emprenden el camino de su vida sin la compañía de una pareja.
Una soledad que, por imperativos de la edad, también incide en las personas mayores de 65 años.
Otras veces es la mala suerte o las sopresas que reserva la vida, lo que obliga a padres separados y divorciados a reiniciar el viaje solos, mientras la mayoría de las mujeres en esa situación lo hacen junto a sus hijos.
Entre tanto, aumenta el número de parejas que se aventura a la convivencia sin pensar en tener descendencia, aunque aún existen algunos que optan por lo contrario, por formar una densa prole.
Eso sí, cada vez son menos las familias numerosas.
Y, como la sociedad española ya ha entrado en su etapa de madurez, la opción de vivir en pareja de hecho se ha multiplicado por dos.
Una posibilidad exitosa entre homosexuales.
En resumen, así somos y vivimos ahora muchos españoles:
Joven que vive solo
«Cuando vives solo no molestas a nadie y nadie te molesta»
Samuel lleva más de seis años viviendo solo, a pesar de sus 25, una situación en la que afirma sentirse muy a gusto.
«Te da independencia.
No molestas a nadie y nadie te molesta».
Trabaja desde los 16 años.
Al principio, lo hacía para pagarse sus estudios.
Ha sido integrador social y después educador en un centro de enfermos mentales en la localidad valenciana de Bétera, lo que le permitió independizarse a la edad en la que la mayoría de sus amigos seguía con sus padres.
A pesar de todo, afirma que encontrar vivienda no es fácil para los jóvenes, sobre todo cuando no disponen de un contrato fijo.
«Primero viví en un bajo, propiedad de mi padre, hasta que alquilé este piso -un sexto sin ascensor en un barrio céntrico de Valencia-.
Ahora estoy buscando una casa para comprar, pero en algún pueblo, ya que en la ciudad es imposible».
Decidió vivir sin compañía porque, como él mismo confiesa, siempre ha sido «muy independiente», pero eso no le ha impedido mantener muy buena relación con sus padres y su hermana, «incluso mejor ahora que antes», afirma, aunque reconoce que a veces es difícil «en especial a la hora de la comida».
Por ello, Sam, como le llaman sus amigos, destaca que vivir solo, en lugar de aislarle, le ha convertido en una persona más sociable.
«Suelo invitar a menudo a mis amigos y hago más visitas a otras casas.
Además creo en la vida en familia, pienso que es lo mejor, pero cada momento tiene lo suyo».
Tras la experiencia de los últimos años, dentro de algunos más quizá pruebe la nueva aventura de compartir piso.
«Se me acaba el contrato de alquiler y no me lo renuevan, así que tal vez alquile otro piso con amigos».
Por eso no duda en pedir a las administraciones que adopten medidas para controlar el precio de la vivienda, el principal impedimento para que los jóvenes se emancipen.
Viuda mayor en soledad
«Ahora no son los mundos de antes, nadie se casa, todos se amigan»
Su impermeable acento gallego marca cada palabra como si fuese la última.
A sus 88 años, no le tiene miedo a la muerte, consciente de que es el pasadizo directo a los brazos de su amado Jesús.
Más de dos años desde su fallecimiento no han servido para disipar ni uno solo de los maravillosos recuerdos con los que su esposa, Elena Blanco, fue llenando un saquito henchido de instantes y décadas de convivencia.
Todo lo contrario: han inundado cada rincón de su morada de estampitas de vírgenes y fotos de Jesús que imposibilitan su olvido.
«No quiero ir a residencias ni asilos, ésta es mi casa, nuestra casa y me quedo aquí porque así lo quiere mi marido hasta el día que sea».
Hasta entonces, su temblorosa voz se convierte en una daga que empuña con enérgica fiereza cuando se le habla de abandonar su casa o de los contenidos de la televisión.
Elena ofrece su particular veredicto: «Ahora no son los mundos de antes, nadie se casa, todos se amigan.
La gente anda desnuda por la televisión y antes no había necesidad de eso».
La misma doble faz resplandece cuando la conversación se embadurna en la arena política: «Fraga es un viejito como yo; Rajoy, un liante.
A mí el que me gusta es Felipe (González) que me saludó en un mitin en La Coruña y en una carta».
(La sobrina de Elena se apresura a aclarar que es la misiva en la que se le comunicaba su pensión, si bien reitera una y otra vez que el ex presidente socialista se dirigió a ella personalmente).
Mentando la pensión -que hoy roza los 400 euros-, Elena vuelve a destapar el saco y, enjugando las lágrimas, no disfraza ni un rescoldo de la anécdota y los golpes que dibujaron su destino.
La primera, su propia boda.
La alegría tiñe la brillantez de sus ojos y relata que se enteró por un vecino de que se casaba: acudió a la iglesia y comprobó cómo el sacerdote anunciaba la boda de Jesús y Elena sin que ella nada supiera.
¿Y usted aceptó? «Tenía muchos pretendientes, y me sorprendí del anuncio, pero dije que sí porque lo quería de verdad».
Y tan de verdad.
Se refugió en ese amor cuando perdió a su único hijo después de que sufriera una meningitis a los cuatro meses de edad.
Y volvió a superar el amargo trago que le reservaba la vida hace 18 años.
Un médico -a los que hoy no quiere ver ni en pintura, «aunque a veces tenga que ser»- le diagnosticó cáncer de útero y le aseguró que su vida no se prolongaría más de unos meses.
Entonces, junto a Jesús, asumieron la carga de un amor distanciado, pero siempre presente.
Lo que el doctor no le dijo es que su apego y lucha por escribir algunas líneas más en esa historia de amor fortalecerían la salud de ella, mas no podrían hacer nada por la de él.
Noia, localidad costera enclavada a 36 kilómetros de Santiago de Compostela, disfruta aún con el saco que abre Elena a quien quiera escuchar.
Son demasiadas las palabras que con la muerte de Jesús, ella desprendió de su diccionario: bailar, muiñeira, radio -él la escuchaba todo el día-...
Ya no existen, las ha sustituido por animales -cuida de sus dos gallinas, sus dos conejos y su «quiriqui»-, por el huerto -cultiva hortalizas- y por la familia -hace un año que ejerce de primogénita con el nuevo inquilino de su domicilio, su hermano Manuel, de 83 años-.
Su vocabulario sigue presidido por un singular cóctel de términos -amor y muerte- que acaricia la mayoría de sus frases.
Elena se despide con un «no habéis de cogerme más veces con vida», afirmación que condimenta con un derroche de cordialidad y buen humor que sólo puede tener un significado: está más cerca el reencuentro con su «siempre respetado» compañero.
Separado que vive solo
«Mi mujer me dijo que si me iba lo perdía todo»
Después de llevar 28 años intentando divorciarse de su mujer, a Lorenzo Martín la nueva ley aprobada por el Gobierno -que reduce a la mínima expresión los plazos de separación y divorcio- le parece cosa de ficción.
Sus deseos de separarse se vieron frustrados por una juez que consideró inapropiado que el amor se acabara «por su culpa» en una pareja con un hijo de dos años y otro de tres.
No hubo juicio, pero Lorenzo fue juzgado y condenado a pasar 16 años de su vida junto a su «familia».
La juez le obligó a firmar un papel en el que se comprometía a pedir la separación sólo cuando el menor de sus hijos cumpliera la mayoría de edad.
«Pasé 16 años en mi casa, sin poder hacer lo que deseaba.
No había vida en común, mi mujer y yo dormíamos en camas separadas.
Aguanté por mis hijos», explica.
Así que, como dicen que eso de lo prometido es deuda, cuando su hijo pequeño cumplió los 18 volvió a solicitar la separación.
De eso hace once años.
Otra juez.
Separación con condiciones: una pensión de 45.000 pesetas por cada hijo hasta los 25 años y 40.000 a su mujer, que, para más inri, trabajaba.
«Coincidió con un momento en el que perdí el empleo, después de casi 40 años trabajando como autónomo el dinero no me llegaba», explica Lorenzo.
«Después se solucionó porque como ella trabajaba me eximieron de pasarle pensión -cuenta- aunque once años después todavía queda pendiente la cuestión de la separación de bienes».
Lorenzo sólo pide la mitad, lo que le corresponde, pero su mujer se niega y la justicia no da respuestas.
A sus 57 años vive con su perra Perli en la oficina donde trabaja y ha perdido el contacto con sus hijos, que sólo le reclaman dinero.
«Mi mujer me dijo que si me iba lo perdía todo, también a mis hijos» y no comprende por qué se le ha juzgado por ser honesto, por decirle a su pareja que se le había acabado el amor.
«Son muchos los hombres que mantienen relaciones fuera de su hogar, una actitud que parece que se premia más que el hecho de que un hombre decida divorciarse, sobre todo si tiene hijos», se lamenta Lorenzo.
¿Formar una familia? Ni se le ha pasado por la cabeza.
«Durante muchos años me centré en cuidar de mi madre enferma de Alzheimer -recuerda con ternura-.
He tenido muy buenas amigas que me han ayudado, pero nada más».
Además, constata que los hombres separados tienen menos posibilidades porque suelen quedar en clara desventaja económica.
A Lorenzo le parece bien la nueva ley del divorcio, aunque después de su andadura no confía demasiado ni en la justicia ni en los políticos, aún así le gustaría que se aplicara «con carácter retroactivo».
Tal vez así lograría conquistar lo que él llama su particular «Peñón de Gibraltar».
Divorciada con tres hijos
«Las rupturas conflictivas son una forma de maltrato a la familia»
Dicen muchos expertos que uno de los episodios más dramáticos y dolorosos de la vida, tras la muerte de un hijo, es que se rompan las miles de ilusiones y proyectos iniciados junto a la pareja escogida.
Quizá por eso, Clara B.
-un nombre ficticio escogido por ella misma para conservar su anonimato- se esfuerza por buscar en lo más profundo de su corazón y recordar, sin rencores, la dramática experiencia de sus últimos cuatro años.
«Mi marido un día me dijo que se había desenamorado, que me centraba demasiado en mis hijos.
Y dejó de verme como su esposa».
De sus turnos de voz, ahora pausados, fluyen reflexiones ya maduradas.
«Al principio te debates en el por qué ha ocurrido.
Y con el tiempo llegas a la conclusión que el por qué da igual y que hay que salir adelante y enderezar todos los efectos que la separación pueden haber causado en los niños».
Echando la vista atrás, reconoce que en los primeros meses sentía «vergüenza por no ser capaz de hacerse con la situación» que le sobrevino sin avisar, por no poder atender a la vez a sus hijos y a sus obligaciones laborales, mientras intentaba superar emocionalmente la ruptura.
Clara tiene 36 años, trabaja en un medio de comunicación y cuida de sus tres hijos (de 9, 7 y 4 años).
«Pago toda la hipoteca de la casa y lo que necesitan los niños, porque desde hace dos años mi ex marido no abona la pensión de alimentos.
He conseguido un embargo judicial, pero él recurre las sentencias.
El juez me dice que como yo hay 100.000 mujeres más.
Esto es una expresión más de violencia doméstica.
Es una forma de maltrato real a la persona, ya sea hombre o mujer, y a la familia.
¿Cómo pueden pasar estas cosas?».
Pero el dinero no es lo que más duele.
Los problemas han surgido también en el régimen de visitas acordado.
«Organizo toda mi vida para hacer todo, con prioridad en mis hijos.
Pero siento que él no establece esa prioridad, no hace un hueco en su vida para ellos.
Él elige cuándo ver a los niños y yo me atengo a sus preferencias.
Lo he intentado todo, con mediadores sociales, con acuerdos mínimos...
Pero él va a salto de mata.
A pesar de todo, no me cambiaría por él.
Entiendo el fuerte sentimiento de desarraigo que le provocó la ruptura».
No obstante, Clara defiende la necesidad de potenciar la figura del mediador social y de los psicólogos como vía de diálogo en el caso de rupturas problemáticas, evitando así enfrentamientos en los tribunales que «cuestan un dineral».
Aunque se considera afortunada porque tiene un trabajo, el sueldo no llega a final de mes.
«Mis hijos dan clases en un colegio público, no tengo becas de comedor y la ropa se la pasan de unos a otros, la aprovecho toda», sonríe.
A estas alturas, en trámites del divorcio, ha aprendido, no sin derroche de lágrimas y sufrimiento, una gran lección: «La familia es el núcleo fundamental de la vida, a la que hay que arrimar el hombro todos los días y en la que hacen falta dos personas para educar en valores y para que los hijos identifiquen los roles de forma efectiva».
Matrimonio sin hijos
«La presión social para tener hijos es muy grande»
Esther Lamelas tiene 35 años y es profesora de Infantil.
Carles Castellón, de 36, es técnico de mantenimiento y le encanta viajar.
Esta pareja decidió casarse hace poco más de seis años y desde entonces pactaron que no tendrían hijos.
Con un horario laboral muy variable, Carles tiene poco tiempo libre.
«Llego a casa cansado y los fines de semana prefiero dedicarlos a estar con Esther», afirma.
Ella, por su parte, confiesa que le encantan los niños, pero ya pasa demasiado tiempo con ellos en el trabajo como para tener uno propio.
«Si lo pensamos fríamente mucha gente se echaría atrás a la hora de ampliar su familia.
Tienes un niño que no puedes criar tú y al que cuidan los abuelos.
Tú llegas cansado de trabajar y apenas lo disfrutas.
Además, un hijo acaba con las cenas de amigos y con los viajes», explica Carles, mientras muestra las fotos del verano en África.
«Llega un momento en que todas tus amigas empiezan a quedarse embarazadas y tus padres preguntan cuándo les vas a hacer abuelos.
La presión social es muy grande, porque cuando llegas a los 35 lo que toca es ser madre.
Si decides no serlo, es como si no cumplieras con tus obligaciones», explica Esther.
Pero a ellos parece no importarles demasiado y se toman con humor los comentarios de su entorno.
Carles explica que muchos tienen hijos para evitar encontrarse en soledad en un futuro.
«No nos asusta la vejez porque tenemos claro que no queremos que nos cuiden.
Incluso si tuviésemos hijos, no serían ellos los que nos cuidarían.
Preferimos estar en un asilo y una vejez compartida», afirma el matrimonio.
No obstante, aseguran que si alguno deseara ser padre, «la otra parte acabaría cediendo».
Familia numerosa
«Es importante transmitir a los hijos el sentido de la austeridad»
Miguel es el mayor de ocho hermanos; Carmen, la pequeña, cuenta con seis.
Entre ellos, otros seis varones que, junto con sus padres, forman la familia De Castro-Garrido.
El padre, Jesús, reconoce que «si cuando tenía dos hijos me hablan de ocho digo que están locos.
Ahora mi vida ha cambiado a mejor, he aprendido a ser más organizado, a disfrutar de las pequeñas cosas y a saber lo importante que es la familia».
La madre, Carmen, dejó su profesión de docente cuando llegó el quinto niño, aunque ahora piensa en reincorporarse.
Esta familia vallisoletana cuenta con ocho hijos que, en el caso de los cinco primeros, sólo se llevan un año de diferencia y dos, los tres más pequeños.
Por eso no es de extrañar que la vivienda haya ido evolucionando con la llegada de los niños.
Del piso se pasó al adosado y después a la casa individual en un barrio a las afueras.
Las cinco habitaciones obligan a los niños a compartir las estancias, salvo Carmen, la única niña de los ocho hermanos, que tiene su propia habitación, «aunque protesta porque dice que es aburrido y que la tiene que limpiar ella sola».
En la familia De Castro-Garrido a las 7,30 de la mañana tocan diana y una perfecta organización se pone en marcha...
Cada pequeño, antes de partir a clase, ordena su habitación.
El almuerzo, en el colegio, así que hasta la tarde la familia no se vuelve a reunir para hacer una merienda-cena y «charlar un poco» hasta las 22,30 horas.
La clave para que una familia numerosa pueda «sobrevivir» está «en la organización, en que todos tengan claro el sentido de la colaboración y de la solidaridad», afirma Jesús, un abogado que asegura tajante que «nunca hemos pasado necesidad, pero sí somos austeros.
Hay que transmitir a los hijos el sentido de la austeridad».
La compra se hace una vez a la semana, los sábados, cuando se llena un frigorífico que el viernes «está arrasado».
Por el camino se han consumido hasta 48 cajas de leche aunque, según Jesús, «se gasta más en higiene», y que tiene muy claro que a sus hijos «lo único que quiero dejarles es una buena formación».
Sobre el apoyo que reciben las familias numerosas, cree que «el Gobierno no sólo no las apoya, sino que no apoya a la institución familiar en general».
Pareja de hecho homosexual
«Vivimos nuestra orientación sexual con libertad y dignidad»
Estudiante de tercero de Historia del Arte, presidente de la sección juvenil de la Federación Colegas, vicepresidente del Consejo de la Juventud de Andalucía.
A David Cedeño, de 27 años, no le sobra tiempo para aburrirse desde que llegó a Córdoba hace siete años.
Una experiencia que supuso para él todo un cambio vital: empezó a vivir con naturalidad su orientación sexual.
«En el pueblo no tenía referencia de lo que me estaba ocurriendo y de lo que sentía.
Se pasa mal, tienes un conflicto interior, no sabes qué te ocurre ni en qué eres diferente.
Y una vez que descubres tu homosexualidad te planteas cómo vivirla sin problemas, sin miedos, como los demás».
Desde hace dos años vive con su pareja, Fran, también estudiante de Biología.
«Mi familia, mis amigos, todos lo han aceptado muy bien.
Hacemos la misma vida que cualquier otra pareja y damos muestras de afecto en cualquier lugar.
A veces son los amigos que vienen con nosotros quienes se dan cuenta de que nos miran o comentan».
Aunque han recibido de muy buen grado que el Gobierno haya aprobado el matrimonio entre homosexuales, todavía no entra en sus planes.
«Nos alegra mucho la posibilidad de poder casarnos, pero de momento no lo haremos.
Nos gustan mucho los niños, pero exigen una gran responsabilidad y por ahora no queremos asumirla».
David, sin embargo, sí ha aceptado otro compromiso: ayudar a los jóvenes que sufren el mismo conflicto que él superó hace años.
«Hasta que se descubre, la homosexualidad nos acarrea problemas que dan la cara, pero que no sabemos de dónde vienen los síntomas.
Hay jóvenes con depresión, adolescentes que fracasan en el colegio, intentos de suicidio...
Y mientras los padres y educadores no saben qué está ocurriendo».