Cuando Nancy tenía trece años confrontó a su familia, a las autoridades escolares y a las judiciales con un problema de delincuencia sexual; sólo su madre sabía acerca de sus robos.
En su casa Nancy era incontrolable y grosera; usaba un lenguaje obsceno, maldecía a sus padres, y tenía su propia manera de sacudirse cualquier interferencia adulta.
“Los nombres que Nancy me pone son tan sexuales”, era la repetida queja de su madre.
A pesar de esta aparente independencia, Nancy le contaba siempre sus explosiones sexuales a su madre o, al menos, se refería a ellas veladamente hasta despertar la curiosidad, el enojo, la culpa y la preocupación de su madre.
Con júbilo malicioso enseñaba a su madre las historias que escribía, principalmente de lenguaje obsceno.
Nancy era una ávida lectora de “libros sexuales pornográficos”; para comprarlos robaba dinero a su madre.
La madre de Nancy estaba de acuerdo en proporcionarle el dinero pero, según explicó Nancy a la trabajadora social, esto no era lo que ella quería: “Yo quería tomar el dinero y no que me lo diera.”
Nancy culpaba con enojo a su madre de no haber sido firme con ella cuando era una niña pequeña: “Mamá debería haber sabido que yo actuaba para llamar su atención y para tener a los adultos alborotados conmigo.” Nunca se casaría con un marido que sólo dijese: “Queridita, queridita”, sino con un hombre que le pegase cuando ella estuviera equivocada.
La crítica implícita en esta aseveración se dirigía obviamente contra su débil padre.
Ella no le culpaba por ser un hombre sin educación, cuyo ingreso como carnicero era modesto, sino por su indiferencia y su rol ineficaz en la familia.
Nancy creció en un pequeño apartamento de una populosa vecindad en una ciudad.
Su familia quería para ella las “mejores cosas en la vida” y encontró medios y razones para pagarlas; así, Nancy tuvo lecciones de danza, acrobacia y declamación; con la pubertad todas estas actividades llegaron a su fin.
Nancy fantaseaba mucho; las fantasías se referían al matrimonio y se consumía por el deseo de un bebé.
Tenía miedo de no ser atractiva a los muchachos y nunca poderse casar.
Físicamente, Nancy estaba bien desarrollada para su edad, pero estaba insatisfecha con su propio cuerpo, especialmente con su piel, su pelo, su estatura, sus ojos (usaba anteojos) y sus orejas (cuyos lóbulos estaban unidos a los lados de su cara).
En casa era extremadamente recatada y nunca permitió a su madre que la viese desnuda.
Nancy sólo podía pensar en una razón de todos sus problemas, desengaños y ansiedades: su madre, quien estaba para ser “culpada”.
Acusaba a la madre de haberle quitado sus amistades —niños y niñas—, de envidiarle la felicidad que encontró teniendo amistades, de poner un candado en el teléfono para separarla del mundo.
Nancy decía que necesitaba amigas, amigas cercanas que se convertirían en sus hermanas de sangre; ella y SaIIy grabaron sus iniciales una en el brazo de la otra con una navaja de rasurar como prueba de su eterna amistad.
La madre reprendió a Nancy cuando le enseñó las cicatrices; para la hija ésta era una demostración más de que la madre no quería que tuviese amigas íntimas.
En su decepción trató de huir de la casa, pero la liga a la madre siempre demostró ser demasiado fuerte; pronto regresó.
No obstante su vehemente rechazo de la madre, Nancy necesitaba su presencia en todo momento.
Por ejemplo, insistía en que su madre la acompañara en sus visitas a la trabajadora social.
Dudando qué hacer respecto a un trabajo para el verano, Nancy pensó que su madre debería tomar un trabajo como consejera de un campo de vacaciones y ella la asistiría como consejera joven.
Nancy no era inconsciente de la ineptitud de su madre para tal trabajo, ni era capaz de evaluar razonablemente sus propias habilidades.
Nancy se preocupaba por el sexo con exclusión de casi todo lo demás.
Este interés llegó a proporciones anormales un poco después de la menarca a la edad de once años.
Ella se vanagloriaba de sus muchos novios, de tener relaciones sexuales, y de pedir a sus compañeros de escuela que la aceptasen en su “club sexual”.
A Nancy sólo le gustaban los “jóvenes malos” que robaban, mentían, y tenían un récord criminal, los niños que “sabían conquistar a una chica”.
Ella misma quería robar y fumar, pero no acompañaba a los niños en sus excursiones delincuentes porque ella “podría ser atrapada”.
Nancy se intrigaba de que siempre podía conseguir un muchacho si otra muchacha andaba tras de él, pero no de otra forma.
Había establecido una posición de respeto entre las muchachas porque las desafiaba rápidamente a una pelea a puñetazos: “Tengo que demostrarles que no les tengo miedo.”
Admitió a la trabajadora social que deseaba relaciones sexuales pero negó haber satisfecho su deseo; sin embargo, había sido observada en intimidad con varios jóvenes arriba de una azotea y fue encontrada allí “ofuscada, desarreglada y mojada”.
En este tiempo el caso se llevó a la corte y Nancy fue puesta a prueba bajo la condición de que recibiera tratamiento.
Bajo la luz de la evidencia Nancy ya no negó más a la trabajadora social que tenía relaciones sexuales, pero ahora expresaba su esperanza de tener un bebé.
Explicó que se comprometía en las relaciones sexuales para tomar venganza de su madre.
Ella, Nancy, se quedaría con el bebé y se casaría con el chico.
Estaba convencida de que su madre no la quería y, de hecho, nunca la había querido.
En este tiempo Nancy tuvo un sueño en el que tenía relaciones sexuales con jovenes de trece a veinte años; en el sueño ella tenía 365 bebés, uno por día, durante un año, de un joven al que mataba después de que esto se completaba.
Si su madre, continuaban sus acusaciones, siquiera hubiese tenido más bebés, no sólo uno y, para colmo, niña, Nancy estaba segura de que su vida hubiese tomado un camino diferente.
Durante la primera entrevista con la trabajadora social, que le preguntó benévolamente por qué quería verla, Nancy guardó un silencio arisco y de repente empezó a llorar.
En sus primeras palabras expresó su agobiante necesidad de ser amada; ella dijo: “Como hija única he estado siempre tan sola.” Siempre había deseado un bebé hermana o hermano y rogado a su madre que lo tuviese.
Había soñado que cuidaba bebés; en realidad eran los bebés de sus amigas.
En el sueño, la madre de Nancy decía: “Es una lástima que unos niños tan encantadores no tengan una madre adecuada que les cuide; vamos a adoptarlos.” En el sueño Nancy estaba sobreexcitada y corría a ver a la trabajadora social para decirle que estaban adoptando bebés.
La trabajadora respondía que eso costaría mucho dinero, a lo que Nancy replicaba: “¿Pues que no sabe usted que somos muy ricos?” Al despertar de este sueño Nancy rogó a su madre que tomase un hijo adoptivo.
Nancy decía: “El bebé deberá ser niño, pues solamente sé ponerle pañales a los niños.” Se imaginaba que tendría un trabajo para el verano cuidando a los niños de una familia lejana, en el campo.
Cuando creció, a los catorce años, realmente tomó un trabajo durante el verano como ayudante en una guardería infantil de un centro comunal.
Entre todos los niños ella era una más, una hermana mayor que ayudaba a los pequeños en sus juegos.
A Nancy siempre le gustaba cuidar niños; le encantaba cargar a un bebé en sus brazos, especialmente si era muy pequeño.
Cuando su prima se embarazó, Nancy se ofreció a cuidar del bebé, pero añadió: “Cuidaré al bebé gratis durante tres meses, es divertido; pero más adelante cobraré por ello.”
Nancy se apegó durante estos años de preocupación sexual a una joven embarazada de veinte años que había contraido matrimonio a los dieciséis, había tenido tres hijos y vivía una vida errática y promíscua.
Nancy compartía sustitutivamente la vida sexual y la maternidad de esta mujer; cuidaba de los niños durante las ausencias de la madre.
Esto requería que pernoctara en su casa cuando la mujer no regresaba por uno o dos días; en consecuencia Nancy se convirtió en guardián.
En cierta ocasión en que Nancy llevó a los niños a su propia casa para cuidarles mientras su amiga tenía una escapada sexual y no había aparecido en tres días, Nancy se puso enfáticamente de parte de su amiga en contra del marido, del cual, según dijo, había estado enamorada alguna vez.
También negó violentamente las acusaciones de su madre en contra de su amiga diciéndole a la trabajadora social: “Mi madre tiene una mentalidad de cloaca.” Nancy sabía que entendía a su amiga; sabía que era infeliz porque había perdido a su padre cuando era aún muy pequeña y nunca había amado a su madre.
Nancy decía: “No vale la pena discutir con mamá”, y concluía: “Mi madre y yo simplemente no nos entendemos.” Después de estas peleas, Nancy temía repentinamente que las penas que le causaba a su madre pudiesen matarla, pues sufría de presión alta.
Nancy encontró un refugio temporal, si bien peligroso, en el hogar de esta amiga casada.
Se sentía segura en la cercana amistad con esta madre embarazada que sabía atraer a los hombres y tener muchos bebés; Nancy gozaba con la ira celosa de su propia madre, quien no aprobaba esta amistad.
Nancy sentía que poseía una amiga-madre con quien podía compartirlo todo.
Durante esta época Nancy se alejó de todas las jóvenes de su propia edad, sintiendo que no tenía nada en común con ellas.
Un penoso testimonio del hecho de que había dejado atrás a sus antiguas compañeras, fue en una ocasión en que un grupo de jóvenes discutía sobre ropa y le preguntaron: “¿Qué tipo de ropa te gusta más?” Nancy respondió abruptamente:
“La ropa de maternidad.” Incidentes como el anterior envolvían a Nancy profundamente en la vida familiar “de fantasía” con su amiga.
Nancy amaba a esta mujer y decía a la trabajadora social: “No puedo alejarla de mi mente.” En su relación con la trabajadora social Nancy fluctuaba entre la intimidad y el alejamiento; esta inestabilidad la expresó en sus propias palabras: “Cuando pienso en venir a esta oficina no deseo venir; pero cuando estoy aquí me alegro y deseo hablar.” Finalmente admitió que deseaba confiarse a la trabajadora social, pero hizo una advertencia al confesar que realmente era una “mentirosa compulsiva”.
Sugirió a la trabajadora que se revelasen mutuamente los secretos de sus vidas, así podrían saber la una de la otra.
La necesidad de intimar que ejercía su deseo emocional hacia la trabajadora social era a su vez responsable de sus constantes huidas de ella.
Nancy finalmente vino a repudiar la “cruda y burda manera de ser del adolescente” y su fantasía se volvió en dirección a la actuación.
Con ello explotó sus intereses y actividades juguetonas de sus años de latencia: sueños diurnos alocados e infantiles de conocer a actores del cine, desmayarse al verlos, y ser a su vez descubierta como una nueva estrella, eventualmente cedieron a un panorama más sobrio del estudio de la actuación.
Actuando, Nancy esperaba “convertirse en una dama”; esto es, sería gentil, hablaría suavemente, actuaría amablemente; estaba segura de que entonces la gente la querría.
Nancy se aferró a la actuación a lo largo de toda su adolescencia; a los dieciséis años adquirió una modesta fama en las producciones teatrales de verano.
La escena se había convertido en el territorio legítimo donde se permitía a su impulsividad expresarse en muchas direcciones y donde sus necesidades exhibicionistas fueron domadas lentamente por el código estético de la actuación misma.
A estas alturas Nancy se había vuelto un poco mojigata; se mezclaba bien con sus iguales, pero sólo para promover sus propios intereses en las producciones dramáticas.
Tan buena manipuladora como lo había sido siempre su madre, Nancy se relacionó narcisistamente con su medio ambiente y aprendió a explotar a los demás.
El interés por la actuación se convirtió en la identidad de Nancy, alrededor del cual tomó forma la integración de su personalidad.
El centro de esta identidad se origina en las ‘mejores cosas de la vida” que la madre de Nancy había deseado siempre para su hija.
Durante la adolescencia Nancy retornó a estas aspiraciones impuestas que habían sido imbuidas en la niña por medio de lecciones en las Bellas Artes durante los años de latencia, y fue precisamente este empeño artístico el que sirvió en la adolescencia como un camino para la sublimación de la fijación no resuelta hacia la madre.
La identidad vocacional rescató a Nancy de la regresión y la delincuencia, pero también evitó un progreso para el encuentro maduro de objeto; después de todo, todavía eran los deseos de la madre los que se veían gratificados por su actividad artística.
Cuando se le recordó una vez, a los dieciséis años, sus deseos de tener bebés, respondió disgustada: “Eso es cosa de niños.”