ANNA FREIXAS Doctora en Psicología y catedrática de la Universidad de Córdoba «Los hombres deberían aceptar su lado femenino: serían más felices»
Exhibe un discurso muy elaborado sobre la igualdad de sexos.
No en vano ha dedicado su vida profesional a desmontar los mitos sobre los que se asienta el machismo tradicional.
Pero no levanta el hacha de guerra sino que anima a un nuevo marco de relaciones entre el hombre y la mujer
FOTOGRAFÍA: ROLDÁN SERRANO
Anna Freixas afronta uno de los debates sociales del siglo armada con un argumentario solvente y ligero de proclamas al uso.
Se conoce bien la lección y se percibe desde los primeros instantes de la entrevista.
Afincada en Córdoba desde 1981, es profesora de la Universidad y fue impulsora de la Cátedra de las Mujeres, que dirigió entre 1994 y 2001.
Por sus rigurosos trabajos de género, fue merecedora del Premio Rogeli Duocastella de la Investigación en Ciencias Sociales y el Premio Carmen de Burgos de la Universidad de Málaga.
Es autora de cinco estudios sobre la mujer, el último de los cuales ha sido publicado este mismo año.
-¿Qué queda para la igualdad de sexos?
-Disponemos de una igualdad legal pero no real, en parte debido a la cultura machista profunda de nuestra sociedad, que considera naturales determinados tipos de cosas.
-Ha habido un largo camino recorrido en los últimos 50 o 60 años en la sociedad europea.
-Sí, ha habido cambios muy importantes.
Lo que pasa es que ha habido un enmascaramiento entre la igualdad real y la igualdad legal.
Yo lo llamo a esto la «ilusión de la igualdad».
-¿Cree que a los chicos y a las chicas se les exige roles distintos, tradicionales, en la casa y en la convivencia en el mundo laboral?
-Se siguen manteniendo, aunque hay una generación de jóvenes en que los chicos se comportan de manera igualitaria.
Hay muchos hombres que cuidan y que crían, y se cuidan a sí mismos.
Por que uno de los grandes problemas de la masculinidad es que no solamente no cuidan a sus parejas o a sus criaturas sino que no se cuidan a sí mismos y las parejas son las que tienen que cuidarlos.
Hay una gran caspa, una cultura en la que ellos siguen apoyados en los privilegios tradicionales.
-¿Eso responde a un posicionamiento ideológico para mantener privilegios o por inercia?
-Hay una inercia social muy importante por parte de hombres y también de mujeres.
Muchas veces somos nosotras mismas las que no conseguimos transformar nuestra posición en la relación.
Si tú te pones desde el principio en otra posición muchas veces los chicos aceptarían otra posición.
Pero, claro, es muy cómodo que si tú les das todo hecho, ellos por qué van a renunciar.
-¿No cree que el hecho de que se haya renunciado, al menos ideológicamente, al machismo es un avance que abre otras perspectivas?
-Sí.
Hay una cosa estudiada en toda Europa que se llama el «sexismo sutil» o lo que Luis Bonino denomina los «micromachismos».
Determinadas posturas abiertamente machistas no son políticamente correctas y casi nadie las mantiene.
Pero también es verdad que muchas conductas que se mantienen son sexismo sutil.
Por ejemplo: «Por qué no le das de comer a los niños, porque contigo comen tan bien».
Es un halago que oculta un deseo de que a ti no te interesa perder el tiempo dando de comer al niño.
-Pero la incorporación del hombre a esas tareas ha sido muy notable.
-Sí, pero insuficiente.
Si no, no se explicarían las tasas de paro: las chicas tienen muchas más dificultades para encontrar empleo que los chicos.
Si hubiera una igualdad, los hombres pedirían el permiso de paternidad o para llevar a los niños al dentista.
-¿En todo esto quién tiene más culpa, el hombre o la mujer?
-No me gusta hablar de culpas.
La cultura tradicional está muy enraizada en los hombres y las mujeres.
Cuando tienes criaturas las cosas cambian radicalmente, porque se añaden tareas muy fuertes de cuidado y domésticas.
Es muy importante separar lo que son tareas estrictamente domésticas, que tienen un valor de mercado y pueden ser compradas, y tareas que Cristina Carrasco denomina de sostenibilidad de la vida y no tienen sustituto de mercado.
Y si estas tareas recaen en uno de los dos sexos limita mucho el progreso profesional de una mujer o un hombre.
La negociación es clave
-¿No puede ocurrir que las mujeres tiendan a imponer su criterio de orden, que han heredado culturalmente, y que el hombre, si no se somete a él, es tildado de machista?
-No tanto de machismo como de abandono o no colaboración.
Las mujeres tenemos que hacer una cesión: tú hazlo según te parezca a ti.
En gran medida, la negociación es la clave.
Y la consideración ética: en estos momentos, me estoy planteando más la ética que la justicia.
-Concrételo.
-Yo no creo que ya estemos en una posición en la que tengamos que decir: a ti te toca el 50%.
Creo que la verdadera relación se mueve en los terrenos de la ética: lo que tú crees que te corresponde, no lo que yo te tengo que decir a ti que te corresponde.
-Pero eso es muy discutible.
-Lo que te corresponde es todo lo que contribuye al equilibrio de la inversión que cada parte hace.
Tú no puedes decir: a mí me da igual tener toda la casa llena de mierda, porque así no se puede vivir.
Basta que a mí no me guste vivir en la mierda para que tú éticamente tengas que contribuir con esa parte.
-Hasta la mierda tiene grados.
¿Quién pone el criterio y qué orden debe imperar en la casa?
-Lo importante es que hombres y mujeres se eduquen desde pequeños en la idea de negociar con la otra persona.
La casa y las criaturas no son de nadie sino de los dos.
A mí me gusta mucho esa frase que dice: «Si yo gano tu ganas; si tu pierdes, yo pierdo».
-¿Por qué se han roto los roles tradicionales de orden familiar?
-Yo no usaría el término «roto».
Yo diría que los roles tradicionales eran un modelo patriarcal que se basaba en la dominación del hombre sobre la mujer y, para ello, qué se hizo: que las mujeres no iban a la escuela y si iban se les preparaban de acuerdo al modelo de Rousseau: para hacer felices a los hombres.
Cuando las mujeres conseguimos un estatus de persona con plenos derechos, incluyendo el voto, los roles de privilegio perdieron todo sentido.
-Miles de años atrás también había distribución de roles por motivos de lucha contra el medio, que no estaban contaminados de cultura.
-Ésa es la división sexual del trabajo, que es primitiva.
Esa división supone la no incorporación de las mujeres al el mercado laboral.
En España entramos en la universidad en 1910: hace 95 años, no mil.
Por tanto, en estos cien años es la gran transformación: ganan dinero y ya no estamos para parir.
-Había una distribución de roles no reflexiva: las mujeres cuidaban de los hijos y los hombres cazaban.
Había un soporte antropológico.
-Hay tribus en las que ellas paren y ellos cuidan.
Eso no está forzosamente ligado: son acuerdos culturales.
-En este reordenamiento de roles sociales, ¿cómo resolvemos el problema de la educación de los hijos?
-Es cierto.
Hombres y mujeres están fuera de casa y eso es un reto político y social.
¿Qué infraestructura ofrece la sociedad que permite a hombres y mujeres trabajar y tener criaturas sin que estén abandonadas? También es un acuerdo intrafamiliar.
La crianza de las criaturas tampoco son mil años.
Con diez o doce años gran parte del tema está resuelto.
Muchas parejas llegan a acuerdos laborales para que el abandono no se produzca.
Lo que no está claro es que ese entorno tenga que ser forzosamente la madre.
-Si la cultura ha impregnado los roles sociales, ¿hay perfiles nítidamente de mujeres? ¿es un tópico decir que ellas dan más prioridad a lo emocional o son menos violentas?
-Las mujeres pensamos que los hombres que cuidan son menos violentos: o sea, que si los hombres cuidaran habría menos guerras.
-¿No cree que hay sustratos biológicos que condicionan los comportamientos de hombres y mujeres?
-No.
Hay una cosa que lo explica muy bien.
Se intenta considerar que hay un instinto maternal, que tiene que ver con parir.
Bueno, ¿qué pasa con los hombres y mujeres que adoptan criaturas? Los quieren tanto o más que los niños biológicos.
Esto indica el papel del cuidado como el mayor vínculo.
-¿No cree en el instinto maternal?
-Creo que hay un instinto maternal y otro paternal que no están tanto en los genes como en las prácticas de cuidado.
-Pero hay un dato: por gran mayoría son las mujeres quienes adoptan.
No sé qué indica esto.
-Que quizás dadas las exigencias, haya muchos hombres que no estén dispuestos a comprometerse.
Los hombres que cuidan o que crían son tan madres como sus parejas.
-¿En las próximas generaciones nos iremos igualando también en estas cuestiones emocionales?
-Hay grupos de hombres muy interesantes que trabajan en esa transformación del ideario de la masculinidad.
El problema de la identidad masculina es que se ha construido sobre la negación de lo femenino, negando su amor a su madre, sus sentimientos.
-¿Los roles sexuales hasta qué punto son culturales? Hombre: promiscuidad; mujer: fidelidad.
-La cultura patriarcal ha necesitado garantizar que su prole era suya y, por tanto, se exigía fidelidad a las mujeres.
La sexualidad de la mujer es uno de los secretos mejor guardados.
La intensidad de la sexualidad que puede tener la mujer a lo largo de toda la vida es algo que ha desconcertado al hombre.
-¿Por qué hay tantos fracasos de la convivencia en la pareja?
-No lo sé.
Creo que hay una gran dificultad en las relaciones de lo que es el reparto no sólo del trabajo doméstico, sino también del afectivo y de los trabajos de cuidado.
Esto genera un gran nivel de bronca en las parejas.
-¿Qué piensa del lenguaje políticamente correcto?
-Todo lo que no se nombra no existe.
Si molesta el uso del masculino y el femenino, los próximos dos mil años hablemos en femenino.
-He escuchado decir «miembra»...
-Es divertido.
-¿Pero existe «miembra»? Habría que buscar un lenguaje nuevo: que exista «periodisto», por ejemplo.
-Sí.
¿Por qué no? El lenguaje es algo vivo: aparecen palabras como «guay».
¿Qué es ese purismo de agarrarse a la Real Academia, una institución llena de señores patriarcales aferrados a los privilegios de lengua?
-¿Qué nos queda por aprender a los hombres?
-Primero: no hablamos de justicia sino de ética, con lo cual cada uno es responsable de lo que no hace.
Otra cosa muy importante: es un escándalo el comportamiento de los hombres con sus padres y sus madres, y también con sus hermanas, que cargan con un trabajo de unas personas que los han amado más que a nadie.
Y luego los hombres deberían aceptar su parte femenina.
Esto les haría muy felices.