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Susan: La etapa inicial de la adolescencia en la mujer

Peter Blos

1.

El cuadro clínico


 


El tratamiento de la perturbación emocional de Susan coincide con la transición de la niñez a la pubertad, o, en términos psicológicos, de la latencia a la adolescencia (preadolescencia y adolescencia temprana).

El uso de una terminología dual se debe al hecho de que «pubertad» denota los cambios
fisiológicos y morfológicos que acompañan la maduración sexual, mientras que el término «adolescencia» comprende la suma total de las modificaciones psicológicas que pueden atribuirse, directa o indirectamente, a la aparición de la pubertad.

Repetidas veces he destacado [Blos, 1962, 1967] la importancia del periodo de latencia como fase preparatoria para el ingreso en la adolescencia y, por consiguiente, para el proceso adolescente en su conjunto.

Con el fin de estudiar este problema particular del desarrollo con referencia a la formación de la estructura psíquica, pareció aconsejable seleccionar un caso que aún se hallara en el período de latencia.

De ese modo, sería posible demostrar clínicamente la transición desde la etapa media de la niñez a la pubertad, y poner de relieve las tareas psíquicas y los conflictos emocionales específicos que son propios de la joven adolescente.


El caso de Susan, constituye, por supuesto, una constelación única de circunstancias vitales, externa e internamente; ello la diferencia de los demás casos de la misma edad.

Sin embargo, cada caso, si se lo entiende adecuadamente dentro de un marco teórico coherente del desarrollo de la personalidad, permite atraer inferencias y generalizaciones.

Estas prueban su validez en términos de las características específicas de la fase y las pautas de desarrollo, así como de su secuencia típica.

El desarrollo desviado sólo destaca estos diversos aspectos; la investigación clínica demuestra, ad oculos, lo que de otro modo seguirían siendo oscuros conceptos teóricos.

A pesar de la singularidad clínica de un caso dado, se obtienen formulaciones teóricas que ayudan al terapeuta a ordenar sus observaciones según el curso del desarrollo y ponen a prueba la utilidad de La construcción teórica para la labor clínica.


Susan inició su tratamiento a los ocho años; lo terminó a los ocho años; trece, siete meses después de su primera menstruación.

En estos cinco años de psicoterapia concurrió a sesión una vez por semana; hubo en total 162 entrevistas.

En la primera de ellas se mostró como una niña atractiva, normalmente desarrollada.

Era simpática, curiosa y observadora.

Poseía ?al menos en la situación de entrevista? una extraordinaria facilidad para la expresión verbal y la adecuación social, lo cual contrastaba agudamente con su conducta pueril y hasta infantil en el hogar, y con su falta de articulación social en la escuela y el vecindario.

Estaba ansiosa de que la ayudaran a superar sus problemas, de los cuales tenía plena conciencia.

 Encabeza la lista de sus particularidades el hecho de que, si bien es la mayor de la clase, su desempeño resulta pobre.

Sus ensueños excesivos, junto con su incesante parloteo, la convierten en una niña problemática en el aula.

Tiene dificultades con la lectura (identificadas en la escuela como estrefosimbolia), pero son los errores de ortografía los que más la irritan.

Periódicamente olvida cómo deletrear las palabras más simples (p.

ej., «muy) Su comprensión de las operaciones aritméticas se halla, a veces, penosamente por debajo del nivel de su grado.

Pero lo que ha llamado la atención de los maestros es fundamentalmente su conducta imprevisible, su desempeño inconsecuente y desparejo.

Saben que Susan es una niña inteligente y capaz, y les resulta intolerable que su trabajo fluctúe casi a diario entre «excelente», y «descuidado».

El segundo lugar en su lista de problemas lo ocupa su fracaso social, su falta de amigos: se considera a sí misma una extraña, una espectadora.


La madre se queja de que en la casa Susan es una niña colérica, insatisfecha y ansiosa.

 En
las comidas se comporta aún de modo perezoso y soñoliento.

De hecho, puede distraerse repentinamente cualquiera que sea la actividad que esté realizando ?ya sea vestirse, hacer los deberes o poner la mesa?.

Estas distracciones suscitan constantes riñas entre madre e hija.

Cuando el altercado termina, Susan comienza a tener miedo de las consecuencias, aunque es incapaz de decir en qué consistirían.

Ser buena o mala: tales son las alternativas que se hallan presentes de modo invariable en su existencia consciente.

Ama a su padre, pero lo provoca hasta que este le inflige castigos físicos.

Es obvio para todos ?incluida Susan, y no en último término? que experimenta envidia y resentimiento hacia su hermano, tres años y medio menor que ella.

Para completar el cuadro clínico indicaré algunos de los numerosos síntomas de Susan, no todos los cuales eran conocidos al comienzo de la terapia.

Susan es enurética; últimamente, su madre ha observado lo que podríamos caracterizar como rastros de deposiciones involuntarias (manchas) durante las horas de clase.

Padece de sueños aterradores, que a veces asumen el carácter de pesadillas.

Tiene dificultades en dormirse y teme la oscuridad.

Rechina los dientes en sueños.

En una o dos oportunidades se ha «mesado los cabellos hasta arrancárselos».

 Sin embargo, como no hay indicio alguno de ello en su cuero cabelludo, no resulta claro si lo que la madre ha trasmitido constituye un hábito nervioso o un ominoso signo patognomónico.

Se come las uñas.

Cuando está enojada con su madre, se queja de dolores de cabeza; cuando está celosa de su pequeño hermano, se siente mal del estómago.

Viste de manera pulcra y suele entregarse a una limpieza compulsiva.

Si bien miente habitualmente, rara vez rehúsa admitirlo cuando se le interroga.

La masturbación persistente e incontrolada fue el motivo principal por el que su madre decidió recurrir a la ayuda profesional para su hija.

Susan ha sido siempre una niña excepcionalmente sana, no ha sufrido enfermedades de importancia ni accidentes, y carece de defectos físicos.

Es zurda.


Una evaluación de este caso ?y, con mayor razón todavía, un diagnóstico? debería tener en cuenta, entre los numerosos componentes implicados, la historia vital de la niña, así como el curso de la formación o la trasformación de síntomas, desde el nacimiento de Susan hasta el presente.

El modo en que exponemos aquí este caso se aparta de lo acostumbrado.

Los rasgos constitucionales de la niña y sus experiencias de vida, pasadas y presentes, se darán a conocer como información fundada emergente del proceso terapéutico.

La evaluación final y definitiva del caso debe mantenerse en suspenso hasta que se llegue al término del tratamiento.

Esperamos que, al llegar a ese punto, el lector tenga una comprensión más acabada de los síntomas, en sus aspectos genéticos y dinámicos, que lo que permite la apreciación inicial.

El proceso de tratamiento mismo nos posibilitará evaluar la reversibilidad del desarrollo desviado, así como el potencial adaptativo de la niña.

En consecuencia, estaremos en condiciones de estimar el grado de deterioro irreversible del desarrollo, así como las insuficiencias constitucionales particulares que mantuvieron la diferenciación psíquica de Susan dentro de límites circunscritos.


En este punto de la evaluación inicial, podríamos decir que el cuadro clínico señala una enfermedad multisintomática establecida ?es decir, estructurada?, de naturaleza predominantemente psiconeurótica.

Algunos rasgos, como el intento de arrancarse los cabellos y los rastros de deposiciones involuntarias por parte de una niña de ocho años, nos previenen contra un optimismo terapéutico sin reservas.

Por otro lado, factores tales como los componentes psiconeuróticos, la disposición hacia la terapia y la capacidad introspectiva de la paciente, junto con el decidido apoyo que la familia brindó al tratamiento, nos persuadieron de la conveniencia de hacernos cargo del caso.


 


 


2.

De la latencia a la adolescencia


 


Es un hecho bien establecido que ciertas configuraciones conflictuales de la niñez temprana vuelven a experimentarse y organizarse durante la adolescencia.

En este período aparecen como desviaciones transitorias o como síntomas organizados.

Ciertos signos patognomónicos persistentes pueden reconocerse a menudo en esta etapa con mayor claridad que en años anteriores, pues ahora se han condensado en síntomas o rasgos de carácter, o en entidades idiosincrásicas o sindrómicas, cada uno de los cuales revela, a su modo, la historia de una enfermedad emocional in nuce.


Sería un error, sin embargo, buscar las raíces de la psicopatología adolescente solo en la reactivación de conflictos o traumas infantiles.

La desviación del desarrollo normal puede deberse, en igual medida, a fallas de la estructura psíquica existente.

Las fragilidades y deficiencias de este tipo se ponen de manifiesto, por supuesto, solo cuando se somete al organismo a un stress excesivo.

En otras palabras, la fuerza del yo adolescente es relativa.

La pubertad constituye un periodo en que el stress se intensifica y, en consecuencia, deja al descubierto fácilmente ciertas fallas de la estructura psíquica que antes no se manifestaban en la práctica o parecían irrelevantes.


Nuestro interés, pues, gira en torno del tratamiento de un adolescente con problemas conflictuales y estructurales.

Se sabe ya que las tensiones instintivas se incrementan como consecuencia de la maduración puberal.

La intensificación de las pulsiones libidinales y agresivas, ya observables en la prepubertad, pueden determinar, por un lado, el restablecimiento de formas prelatentes de gratificación pulsional y de defensas, o bien, por el otro, convertirse en un desafío para alcanzar niveles superiores de diferenciación.

 El desarrollo adolescente suele progresar siguiendo los rodeos de la regresión.

Las fases de la preadolescencia y la adolescencia temprana se caracterizan por la regresión a niveles preedípicos y pregenitales, mientras que el núcleo de la modificación regresiva de la adolescencia propiamente dicha es el complejo de Edipo positivo.

Las consecuencias psicológicas de las presiones pulsionales pubescentes están determinadas por el nivel de diferenciación yoica y de autonomía alcanzado durante el periodo de latencia.

La consecuencia más significativa se refleja en el distanciamiento del yo con respecto al ello.

Este avance de la autonomía yoica da como resultado la expansión y la más firme confiabilidad de funciones yoicas como la cognición, la memoria, la previsión, la tolerancia a la tensión, la autoconciencia y la capacidad para distinguir entre realidad y fantasía (prueba de realidad), o entre acción y pensamiento.


Cuando la falta de desarrollo de estas facultades alcanza niveles críticos, hablamos de una latencia incompleta o abortiva.

Mucha, perturbaciones de la adolescencia se deben a esos tipos de deficiencia en el desarrollo.

Lo que puede observarse en este caso es la continuación de ajustes desviados de la latencia.

Es inútil que busquemos una transición a la adolescencia pues solo hallaremos un resurgimiento intensificado de formas infantiles de descarga pulsional y, sin duda, una persistencia encubierta en esta etapa inmadura del desarrollo emocional.

Ello equivale a una obstrucción de la adolescencia.

Dicha transición solo puede llevarse a cabo si las tensiones pulsionales facilitan la formación y resolución de conflictos.

Esto presupone que el niño sea capaz de internalizar, en lugar de depender como hasta entonces de que el medio se adapte a sus necesidades.

Podemos concebir este «impase» del desarrollo en la prepubertad como una regresión puesta al servicio de la gratificación pulsional.

Es decir, la modalidad infantil de gratificación pusional sigue siendo un fin en sí mismo y no entra en conflicto con los requerimientos adaptativos de la etapa psicosexual de la adolescencia, ni es desafiada por ellos.


Por el contrario, la pubertad, en su curso normal, activa la regresión al servicio del desarrollo progresivo [Blos, 1962].

Empero, ello solo es posible si el yo ha adquirido un grado de autonomía y estabilidad que lo proteja de la fragmentación o la disolución durante el proceso regresivo.

En tales condiciones, el yo es incapaz de regresar al estadio indiferenciado de las relaciones objetales (fusión), como resultado de su firme aunque delicado anclaje en el nivel de las representaciones diferenciadas de sí mismo y de los objetos.

En otros trabajos he descrito con mayor amplitud este proceso [Blos, 1962, 1967]; en ellos puse de manifiesto que solo la capacidad para efectuar una regresión limitada y controlada puede favorecer el proceso adolescente.

Esta capacidad se basa en un desarrollo yoico relativamente adecuado durante el período de latencia.


La capacidad de resolver conflictos instintivos típica de la adolescencia, implica que se han alcanzado cambios estructurales antes de la pubertad.

Solo entonces los conflictos pueden ser elaborados y también tolerados; solo entonces es posible que las influencias yoicas, superyoicas y del ideal del yo enfrenten, modifiquen y atenúen internamente las tensiones pulsionales; estas influencias determinan la diferenciación psíquica y la madurez emocional.


El curso más o menos ordenado del desarrollo durante la latencia se trastoca cuando el niño ingresa en la adolescencia.

Esto se debe a que el restablecimiento de posiciones pulsionales infantiles predomina, temporariamente, sobre el dominio de la realidad actual y la capacidad de responder de modo adaptativo a las exigencias de la vida cotidiana.

El resultado es un estado de desequilibrio de la personalidad, corolario obligado de ciertas etapas del desarrollo.

Queda en pie la constante cuestión diferencial acerca de qué debe atribuirse en el estado manifiesto de disfunción de la personalidad en la adolescencia, a los procesos del desarrollo (y, por ende, no debe considerarse patognomónico), y que constituye un verdadero «impase» patológico, que obstaculizara o incluso impedirá el avance hacia niveles superiores.

Volveremos a este problema cuando el caso de Susan exija tratar en forma perentoria estas consideraciones, y ellas sean de interés práctico.


Es una observación clínica corriente que muchos adolescentes (y, en particular, el adolescente joven que necesita tratamiento) no han llegado a consolidar el período de latencia.

Por otro lado, vemos también adolescentes jóvenes que han obtenido logros excesivos en esta etapa.

La pujanza defensiva con que ellos se introdujeron en la latencia ha enajenado de tal manera el yo respecto de las pulsiones que la idoneidad yoica resultante lleva la marca de una cuasi-resolución compulsiva de los conflictos de la prelatencia.

Es decir, el niño ha adquirido una rigidez de latencia que se asemeja a una formación reactiva del carácter.


Por consiguiente, la personalidad ha perdido la capacidad de adaptarse a alteraciones de la maduración, como es el caso de la pubertad.

En este caso, una obstrucción prematura de la fluidez del desarrollo, tanto regresiva como progresiva, ha impedido que se configuren las condiciones previas para la diferenciación yoica subsiguiente.

La pertinaz hostilidad del yo hacia la vida instintiva se pone de manifiesto en la falta de flexibilidad de las respuestas pautadas de aquel al despertar de la angustia.

Por lo tanto, podemos hablar de una consolidación caracterológica prematura; si esta es suficientemente severa, impedirá el desarrollo progresivo [Blos, 1968].


Por el contrario, cuando los años de latencia determinan una autonomía yoica insuficiente, observamos una larga dependencia de las relaciones objetales.

En general, ello se debe a una internalización ?es decir, identificación- incompleta, que da a la organización psíquica de esta clase de adolescentes un carácter decididamente infantil, el cual puede manifestarse en la conducta del niño u ocultarse por completo en formación de síntomas.

Si dicho carácter se expresa en formas infantiles de gratificación y dependencia, y si están operan o vencen los esfuerzos educacionales  y socializadores del medio, la terapia de adolescentes se enfrenta con un problema particularmente difícil.  De hecho, este factor podría frustar la psicoterapia por algún  tiempo o para siempre, pues el conflicto entre los intereses propios y las exigencias del medio se evita con éxito mediante falsas sublimaciones y recurriendo en forma indiscriminada a gratificaciones instintivas encubiertas.


En tales casos, el conflicto, polarizado entre el niño y el medio, continua siendo externo: el niño espera e incluso exige que el medio cambie, pues carece de otra medida que le permita controlar la angustia.

Esto impide internalizar el conflicto; se espera, entonces, que el terapeuta lleve a cabo lo que el medio no ha podido hacer.

Tanto la insatisfacción del niño con el medio como su actitud de exigencia con respecto a este último expresan un esfuerzo anacrónico ?y en consecuencia abortivo? para reconstruir la situación infantil de acuerdo con su nivel de maduración.  La tarea de la terapia consiste en incorporar estas tendencias a la situación terapéutica.  Si no surge ninguna dificultad, esto llevará gradualmente a la internalización y la formación de conflictos.  La continua elaboración de conflictos constituye una condición previa para el tratamiento;  sino existe, se la debe producir en la fase preparatoria de este último.


Siempre que los logros esenciales del periodo de latencia se hallen notoriamente ausentes, la psicoterapia tratara de compensar de manera metódica ese déficit del desarrollo.

Este aspecto del tratamiento desempeña un papel de particular importancia en el caso de niños prepúberes lo cual no significa que una actitud pedagógica domine el proceso terapéutico.

Ello sólo destaca el hecho de que el tratamiento, cualquiera que se la edad del paciente, utiliza como marco de referencia el estadio de desarrollo correspondiente a la edad del niño en cuestión.

Sabemos que el debilitamiento de las fijaciones provoca una expansión de la libido y la agresión.

En el curso de este movimiento, los residuos del conflicto patógeno alcanzan el nivel adecuado a la edad, en el que el conflicto debe afirmarse de nuevo.

El estado resultante, pues, ofrece la oportunidad de llegar al núcleo patógeno, primero en relación con el «impase» evolutivo actual y luego con los determinantes históricos.


La internalización del conflicto crea, por su misma naturaleza, equivalentes representacionales de las fuerzas que alguna vez se proyectaron afuera y, además, de aquellas que desde entonces emanaron del medio, tales como el castigo, la censura, la gratificación, la seducción, etc.

La interacción de ambas fuerzas ?antagónicas o complementarias, según el caso? aparece en forma de fantasías, sueños, pensamientos y nexos asociativos, en relación con estímulos sensoriales, procesos cognitivos o incitaciones internas.

El caso de Susan ilustrará cómo estas interacciones internas cambian en calidad y cantidad de un nivel de desatollo a otro ?p.

ej., de la latencia a la adolescencia.


Cada fase del desarrollo contribuye de manera característica al desenvolvimiento de la personalidad.

La represión, la sublimación y, en general, la expansión yoica representan la contribución típica del período de latencia.

De modo acumulativo, esto determina que la homeostasis psicológica se mantenga mediante controles internos parcialmente (no del todo) independientes del apoyo externo.

El niño aún necesita un sentido de pertenencia, aceptación y seguridad dentro del marco social de la familia.

Como reguladores de la conducta, los logros de esta índole se hallan contenidos en el avance progresivo ?y entrelazados con él? desde las relaciones objetales hasta las identificaciones.

El yo adquiere independencia y autonomía mediante la internalización, revelando en este proceso la singularidad de las relaciones objetales, en tanto estas han pasado a formar parte del sí-mismo del niño o de su autorrepresentación.

Hallamos aquí el microcosmos interno, con sus reflejos de relaciones objetales abandonadas en forma parcial o total, incluyendo sus componentes positivos y negativos, reales e imaginarios.

En la medida en que el niño continúe culpando a personas del mundo externo por sus padecimientos, en especial a la madre, y siga exigiendo que esta, o el mundo en general, cambien para evitarle frustración, angustia, cólera y depresión, al terapeuta sólo le queda atraer hacia sí tanto la ira como el flujo de acusaciones y exigencias, y suscitar, mediante la transferencia, un avance hacia niveles superiores de actividad mental.

Para asegurarse de que la valorada persona que lo ayuda permanezca a su alcance, el niño acude a todo tipo de ajustes, dictados primero por el miedo a la pérdida de amor y, finalmente, por el deseo de crecer, o bien ?lo cual es de esperar? por el afán de mejorar a cualquier precio.

En esta constelación, que refleja el uso adaptativo de las necesidades de dependencia, se hallarán los rudimentos de la alianza terapéutica.


La internalización del conflicto posibilita la trasformación psicológica de las necesidades infantiles.

Es decir, estas últimas ya no se canalizan a través de expresiones pulsionales directas, sino que aparecen bajo la forma de derivados pulsionales.

Esta trasformación es posible gracias a la intervención del yo.

Cuando la adolescencia introduce nuevas complicaciones en la vida emocional del muchacho, se ponen de manifiesto las fallas en la autonomía yoica ?especialmente en la capacidad sintetizadora del yo?.

Consideradas desde el punto de vista del proceso terapéutico, estas complicaciones no perjudican el tratamiento; por el contrario, constituyen los carriles de este último, siempre que la alianza terapéutica se mantenga inexpugnable.

Sin embargo, aun en estas condiciones favorables, es menester evaluar siempre con cuidado la fuerza relativa del yo en lo que respecta a su capacidad para adaptarse a cualquier irrupción de las pulsiones primitivas.


Si el terapeuta permite o incluso alienta de manera indiscriminada la libre expresión de las pulsiones, el niño, como veremos en el caso de Susan, reprimirá los impulsos peligrosos, que tienden a destruir el objeto, y huirá de un imaginado encuentro que implica seducción.

Hasta mucho después, rara vez sabemos qué significado especial tuvo para el niño el hecho de que el terapeuta tolerara o consintiera los deseos infantiles, o qué significado particular le atribuye el paciente a la terapia misma.

Este conocimiento, tan indispensable para dirigir esta última, no se adquiere fácilmente.

Susan lo reveló en determinado momento, diciéndole a la terapeuta en tono de súplica, aunque concisamente «Por favor, no me trasforme en muchacho».

Esto era exactamente lo que pensaba que la terapeuta podría hacer, o, más bien, lo que secretamente deseaba que ocurriera.

Si se podía dar por sentado alguno de los deseos infantiles de Susan, los cuales habían sobrevivido con plena intensidad, ese deseo era, por cierto, el de trasformarse en muchacho.

Ella esperaba, precisamente, que la terapia la liberara de este complejo, que había influido, como veremos luego, en todas las facetas de su vida.


Al tratar a un niño que se halla en el umbral de la pubertad, los elementos patógenos del desarrollo desviado deben elaborarse dos veces, en dos niveles de desarrollo.

Es menester que la terapia se ocupe, primero, del conflicto infantil y las defensas concomitantes, y luego, de las propias tendencias, en tanto estas se afirman de nuevo en relación con la maduración puberal o la sexualidad adolescente.

Una limitación de la terapia infantil consiste en que el núcleo patógeno sólo pude ser eliminado o neutralizado en el nivel del desarrollo emocional correspondiente ?en el plano normativo? a la edad del niño.

(1) Aun cuando no se puede sobrestimar este logro porque proporciona al desarrollo futuro un potencial mucho más favorable, es imposible predecir, sin embargo, si las mismas tendencias que provocaron la enfermedad originaria podrían desviar o no a la adolescencia, en algún punto de su curso normal.

Estas tendencias pueden reconocerse en persistentes inclinaciones pulsionales y en inflexibles, rígidas ?es decir, infantiles? características superyoicas y yoicas.


El análisis precedente acerca de la importancia concreta que atribuyo al período de latencia como preparación necesaria para la adolescencia ha sido amplio pero general, sin ninguna referencia al caso Susan.

Lo dicho hasta ahora bien podría reflejar lo que un terapeuta debería tener en cuenta al emprender el tratamiento de un niño de la edad de Susan.

Veremos ahora cómo estas generalizaciones y conceptos, enunciados en abstracto, aparecen en la situación clínica, haciendo que la conducta observada sea significativa y, en consecuencia, terapéuticamente productiva.

El tratamiento fue realizado por una terapeuta.

(2)  Cuando Susan entró en el consultorio, tenía ocho años, y lo primero que advirtió fueron los tarros de dactilopinturas.

Estos coloridos recipientes la atrajeron de inmediato; no obstante, su ansiedad determinó que se mantuviera a «prudente»  distancia de ellos.

Al principio, esta niña meticulosamente limpia y prolija resistió la tentación de revolver y ensuciar.


(1) Vease «Ben», capítulo 17


(2) Siento gran placer en reconocer el estupendo trabajo realizado por Florence Lieberman.

Su habilidad para conducir el tratamiento.

su cooperación en la supervisión y sus fieles registros no solo posibilitaron  mi estudio de Susan, sino que hicieron de él una tarea muy gratificante.


En forma discreta pero resuelta, optó por una solución de compromiso y utilizó un pincel.

Involuntariamente ?Susan puso énfasis en esto?, una gota de pintura cayó sobre su mano y luego sobre la mesa.

Esta gota provocó una intensa reacción de miedo, así como un frenético esfuerzo por borrar el crimen de ensuciarse e, indirectamente, de ensuciar a la terapeuta.

Limpiando y fregando, intentó disipar la angustia y la culpa.


La tentación de ensuciar ?o, para ser más exactos, de abrir de golpe las compuertas a las acciones, fantasías y emociones relacionadas con impulsos anales? precipité una angustia masiva.

Susan la controló mediante una vehemente expiación y reparación, o, en otras palabras, por medio de las bien conocidas defensas de negación y trasformación en lo contrario.

Por el momento, la terapeuta tomaría nota mentalmente.

¿Qué había interferido en la progresión normal de la formación re- activa a la autonomía yoica? El grado de compromiso objetal, de temor a la terapeuta, era notable.

El hecho de permitirse la gratificación de un impulso, ¿significaba aún la pérdida de amor, o el castigo mediante el rechazo?


Susan podía soportar la frustración, la supresión de la ira y el renunciamiento sólo si recibía una gratificación compensatoria de naturaleza simbólica.

Como regalo de cumpleaños pidió a su terapeuta un pincel, de modo que pudiera llevárselo a su casa y no tuviera que compartirlo con otros niños.

La terapeuta interpretó que el «deseo de cumpleaños» de Susan tal vez significara una compensación por el engaño de que la hiciera objeto su madre cuando nació, al no darle un pene, como lo había hecho con el hermano (los «otros niños»).

Por supuesto, dicha interpretación no se explicitó en esa oportunidad; debía quedar como mera conjetura, a la espera de un posible uso ulterior.


La intensidad de las defensas de Susan al comienzo de la terapia hacían evidente que la niña no poseía capacidad alguna para absorber semejante insight.

Después de todo, no es suficiente que las deducciones del terapeuta sean correctas; son útiles solo cuando el paciente es capaz de usarlas en forma integradora.

La interpretación de símbolos suele ser la guía más adecuada para el terapeuta ?que está a la búsqueda de indicios genéticos y dinámicos? y no para el paciente ?que trata de aliviar su angustia?.

En el caso de Susan, parecía más conveniente dejar que ella desarrollara en el momento apropiado el tema del agravio, la ira y la reparación.


La validez de esta suposición se puso de manifiesto mucho después, cuando Susan misma verbalizó dicho tema.

Por el momento, la niña solo pudo informar que con el obsequio del pincel «no pasó nada bueno», porque «mi padre lo rompió» y «mi madre lo regaló».

Ambas afirmaciones eran falsas, pero expresaban la «verdad» de Susan al respecto.

Lo mismo cabría decir de su declaración de que le fue imposible utilizar el pincel en el hogar porque «mi madre nunca me deja pintar».

Era en «mentiras, como estas que Susan expresaba su «verdad» oculta, antes de que pudiera articularla en un lenguaje que no requiriera ser descifrado.

En esta etapa del tratamiento, la «verdad» solo es comunicable por medio de metáforas, símbolos y circunloquios.

Naturalmente, los progenitores de Susan y el medio en general consideraban que la «verdad», de la niña era una mentira.


Después de cinco meses, la niña dejó de insistir en la prolijidad y la limpieza; había puesto a prueba a la terapeuta lo suficiente como para arriesgarse a mostrar su criticable sí-mismo, Primero de modo cauteloso, y luego con total abandono, dio rienda suelta a los impulsos anales prematuramente reprimidos.

Se arrojó sobre los tarros de dactilopinturas, deleitándose con la textura «viscosa, pegajosa» de las sustancias contenidas en ellos, su delicioso «olor a menta» y el color sucio que se obtenían al mezclar los colores del arco iris.

Se entregó a una verdadera orgía de sensualidad táctil.


Pronto, sin embargo, la excitación provocada por este «desorden», junto con fantasías asociadas (conscientes e inconscientes), hizo que esta actividad se volviera desagradable.

La regresión a modos anales de expresión pulsional fue severamente criticada por fuerzas prohibitivas y controladoras que operaban en la propia mente de la niña.

Esto determinó súbitos ataques de náuseas y de «debilidad».

 Susan expresó el temor de que podría ponerse las manos sucias en la boca o tocar con ellas el rostro de la terapeuta.

Se esforzó por hallar una solución de compromiso entre sus inclinaciones íntimas y los requisitos del decoro, impuestos por su conciencia social.

De este modo, sus tendencias infantiles se hicieron invisibles, desapareciendo bajo la cobertura mágica de la complejidad.


Cuando la angustia puso fin a la actividad anterior, entraron en escena las palabras, que guardaban mayor distancia aun que las acciones con respecto a la irrupción de los impulsos anales.

Calificó a la terapeuta de «canalla», y «apestosa., gozando con el sonido y la osadía de estas palabras, y se refirió al saco marrón de aquella diciendo que era de un «color re pulsivamente sucio».

A cada uno de estos ataques verbales le seguía de inmediato un estado de temor: de pronto empalidecía y se volvía impasible, o fregaba y limpiaba el pizarrón, el piso o las paredes del consultorio.

Cuando estas maniobras ya no guardaban proporción ron la intensidad de su angustia, Susan afirmaba que no volvería a terapia.

Haciendo un último sacrificio, dijo en cierra oportunidad: «Puede decirle al hombre que viene antes que yo y al muchacho que viene después que pueden tener más tiempo para ellos».

Estas amenazas adoptaban la forma de expresiones de modestia y resignación; nunca constituyeron intenciones o decisiones a ponerse en práctica.

Susan hablaba consigo misma, no con el mundo, en la esperanza de que la terapeuta la comprendiera.


En determinado momento, la niña renunció en forma definitiva a su placer de ensuciar.

Un día llegó a sesión con un rollo de papel para estantes, dispuesta a poner orden en la habitación.

Se le ocurrió que tal vez podría pintar los anaqueles para que quedaran limpios y lustrosos.

Explicó que en la escue1a era la única que mantenía aseado el pizarrón, añadiendo, en forma despectiva, que los demás niños tenían «tanto miedo de ensuciarse».

Las manchas y salpicaduras producidas por su afán de limpieza y orden eran ampliamente reivindicadas por el fin virtuoso de su acción.

Incluso sus desdeñosos comentarios relativos a los otros niños, menos dedicados que ella a la «belleza», parecían de este modo justificados; su primitiva arrogancia se había trasformado ahora en un signo merecido de superioridad moral.


Debemos detenernos ahora un momento, con el fin de considerar la naturaleza de este cambio en la conducta y la actitud.

Surge el interrogante de si esa modificación anuncia un abandono beneficioso de las posiciones infantiles, o simplemente refleja una reinstauración de la organización defensiva, que continúa manteniendo intacto e inmutable el complejo de síntomas.

Las implicaciones prácticas para la terapia residen en la decisión de ver en este cambio un paso hacia adelante en el desarrollo ?que sería conveniente no enfrentar?, o una resistencia al tratamiento, una maniobra defensiva que debería detenerse.

Parecería más adecuado interpretar ese hecho en términos de defensa.

No podemos responder si esto es correcto o no, pues el problema no consiste en la alternativa defensa versus adaptación», sino en cuánto de cada cosa está implicado en el fenómeno total de cambio que tiene lugar ante nosotros.

Solo una evaluación diferencial puede servir aquí como guía para la terapia.


El hecho de que Susan recurriera al mando defensivo de la angustia contiene dos elementos.

Uno de ellos refleja su urgente necesidad de expansión yoica, como requisito previo para la regresión a aquellas posiciones pulsionales primitivas (con sus conflictos resultantes) que nunca habían traspuesto su nivel originario.

El otro refleja una tendencia a apartarse en la seguridad de su organización defensiva ?vale decir, en los síntomas de su enfermedad emocional?.

El enfoque de la terapeuta  con respecto si cambia de conducta de Susan debe ser cauteloso.

En principio, es preciso evaluar los logros parciales con respecto a la expansión yoica, su autenticidad y estabilidad.

En el caso de Susan, los problemas en la escuela habían disminuido hasta el punto de desaparecer, sin que nunca se los tratara en particular.


Sabemos que se debe dar tiempo al crecimiento yoico para que se consolide, antes de enfocar de nuevo las fijaciones pulsionales y sus defensas correspondientes.

El joven paciente
suele dar la señal de que se ha alcanzado este punto.

De hecho, cabe confiar en ello si la alianza terapéutica permanece intacta después de algunas tormentas episódicas.

¿Se había aliado Susan con el yo de la terapeuta por identificación? De ser así, estaba experimentando en forma egodistónica sus síntomas.

De este modo, la niña y su terapeuta unieron esfuerzos para poner al desarrollo otra vez en movimiento, liberándolo de sus trabas patógenas.

?


Susan afirmó que, «de ahora en adelante, solo trabajaría y no volvería a jugar».

Por cierto, su desempeño escolar había mejorado, y no se oyó hablar más de sus dificultades en la lectura.

Insistió en que se tiraran los tarros de dactilopinturas y, con igual celo, en que la llevaran a la biblioteca pública para conseguir libros y, al mismo tiempo, para encontrarse con un muchacho al que caracterizó como «irresistible» y a quien «adoraba».

Esta ola de represión, simultáneamente con un precipitado avance hacia la adolescencia, desterraron las expresiones de modalidad anal.

La expansión yoica y el concomitante, aunque débil, adelanto experimentado en el desarrollo pulsional se combinaron en determinado punto para traer lo reprimido, en forma derivada, a la superficie psicológica ?o, hablando desde el ponto de vista fenomenológico, hasta el nivel de la conducta y el pensamiento consciente?.

Fue preciso que trascurriera un año antes de que ello pudiera ocurrir.


Durante el primer período de la terapia, la enuresis de Susan aumentó.

Las pesadillas desaparecieron por completo, y ahora solo tenían lugar «malos sueños», que rara vez la despertaban.

La niña abrumó a su madre con el deseo obsesivo de que le regalara un perro.

La falta de equidad de la madre al negarle este solo y único deseo provocaba en Susan torrentes de lágrimas antes de irse a dormir.

Como argumento disuasorio, la pequeña exclamó en cierta oportunidad: «Yo conozco a un muchacho que tiene once perros!».

Esta exageración ?una «mentira» que expresaba su «verdad»? tenía como objetivo destacar la enorme injusticia que ella, como mujer, debía sufrir.

Cuando el deseo de que le regalaran un perro no fue satisfecho, Susan le pidió un obsequio a su terapeuta.

Esto ocurrió antes de una larga interrupción de las sesiones debida a las inminentes vacaciones de la terapeuta.

Lo que quería era un martillo o un destornillador.


Proporcionarle esos sustitutos simbólicos de sus deseos inconscientes no constituía, por supuesto, una respuesta al problema de Susan.

El hecho de que ella esperan una recompensa, bajo la forma de un regalo fálico, por renunciar a los impulsos anales ?en particular, los sádicos? ocupaba el centro de su enfermedad.

No había otra manera de disipar el sentido de injusticia y de falta de equidad que se había arraigado en ella cuando su madre dio a luz a un niño (entonces, Susan tenía tres años y medio).

El deseo de la paciente de ser varón estaba rodeado de circunstancias especiales, a las que nos referiremos luego.

Lo que debemos destacar ahora es la desaparición ¿el material de carácter anal, basta su reaparición años después, luego de una fracasada incursión en la femineidad, o, mejor dicho, en las teatralizaciones y fantasías heterosexuales.

En esta etapa, puede verse a Susan recorriendo el camino de la latencia a la adolescencia; la niña se halla en los umbrales de la preadolescencia.

El incremento pulsional que acompaña a la pubertad da lugar a un movimiento progresivo hacia una organización genital; no obstante, las fijaciones en modalidades infantiles (oral, anal, fálica) dejan su sello en la cualidad pulsional de su preadolescencia.

Al aludir al problema de la masturbación anal, Susan anunció la reaparición de su organización instintiva infantil, que las modificaciones yoicas de la latencia habían ocultado por algún tiempo.

Esto sentó las bases para una investigación exhaustiva de su confusión sexual, o, para ser exactos, de su identidad bisexual.


Las distorsiones del esquema corporal, debidas en parte a la fijación anal, tal vez no hubieran podido rectificarse definitivamente en la época en que aparecieron por primera vez, durante el largo período de latencia, entre los ocho y los diez años.

En consecuencia, era necesario tratarlas nuevamente ahora, cuando la analidad volvía a afirmarse, pocos años después, pero ya desde una perspectiva genital, bajo la influencia de la maduración puberal.


Resumiremos ahora los desarrollos esenciales esbozados.

Una ola de represión eclipsó temporariamente los impulsos infantiles de Susan; a esto le siguió un mejor desempeño en la escuela y la desaparición de las pesadillas.

Por otro lado, la enuresis empeoró; las mentiras y la búsqueda compulsiva de restitución permanecieron incólumes.

Tal es e1 precio que debe pagarse por recuperar el ímpetu perdido del desarrollo.

Cada insight parcial facilita un adelanto relativo en el desarrollo yoico y pulsional.

Mientras los procesos de integración y consolidación se hallan en marcha, los determinantes patógenos se vuelven evasivos; a menudo desaparecen por completo de la terapia.

Esta etapa exige muchísimo tacto y paciencia, porque la represión y la integración aparecen bajo la forma engañosa de un estancamiento.

Muy a menudo ?y con demasiada premura? esto se denomina «resistencia» y se lo trata como tal.

Con la reestructuración de las defensas, sin embargo, se despeja el camino para que resurjan los determinantes patógenos, que posibilitarán una investigación más minuciosa y menos improvisada del origen de la enfermedad.

Cada vez que se obtiene un nuevo
insight, vuelve a despejarse el terreno para un mayor trabajo de reconstrucción e interpretación.


 


3.

La regresión preadolescente


 


La aparición de la pubertad activa un proceso de reestructuración psíquica.

Para comprender esta reorganización en toda su medida y complejidad, es preciso establecer el patrón de secuencias correspondiente, tal como puede discernirse durante el curso del desarrollo y la maduración.


La práctica clínica nos enseña que cada etapa sucesiva del desarrollo exhuma los residuos de experiencias no asimiladas ni integradas que no se trasformaron en estructuras psíquicas estables (rasgos de carácter, ajustes adaptativos, organización de defensas) ni suscitaron modificaciones pulsionales relacionadas con el status físico y social cambiante del niño en crecimiento.

Estos residuos suelen ser el producto de «demasiado» o «demasiado poco» con respecto a la experiencia o a los ajustes pasados y presentes específicos de la fase.

Cabe decir, en términos generales, que cada etapa del desarrollo enfrenta de nuevo, y en diversos grados, la influencia desorganizadora de las fijaciones pulsionales y yoicas, y que cada una de ellas trata de unificar y armonizar nuevamente los impulsos discordantes y anacrónicos del yo y el ello.

En esto residen la tarea y el desafío de cada fase del desarrollo.

En otras palabras, la finalidad de cualquier tarea específica de una fase reside, precisamente, en alcanzar una creciente diferenciación psíquica y una síntesis yoica de complejidad cada vez mayor y de orden superior.

En su empeño por alcanzar esta meta, cada fase halla un nuevo y persistente impedimento u obstáculo.

El cuerpo y la mente, cuya competencia se acrecienta en forma gradual, realizan un continuo esfuerzo por ajustarse a los impulsos infantiles y compensar la estructura defectuosa (como ocurre en el caso de la formación de síntomas), o por volver inocuos los elementos que estorban el desarrollo pulsional y yoico progresivo (como ocurre en la sublimación, la formación del carácter y la disociación yoica, para mencionar los mecanismos más importantes).


No es raro que el niño en edad prepuberal utilice en su provecho las aptitudes yoicas adquiridas en el período de latencia, con el fin de encarar las tareas inminentes de la adolescencia.

Vuelven a aparecer los componentes pulsionales y yoicos que no habían desempeñado ningún papel en el avance progresivo del desarrollo psicológico.

Se los puede identificar fácilmente como fenómenos residuales producidos por la fijación y el trauma, que aparecen ahora como reacciones prepuberales.

Es decir estos residuos adoptan la forma y el contenido de la constelación pulsional prepuberal, en un esfuerzo por mantenerse en armonía con el nivel de desarrollo apropiado a la fase.

Podemos reconocer estos residuos infantiles en el vuelco definido hacia una orientación genital y en las fantasías, pensamientos y conductas concomitantes, manifestados por la niña en edad prepuberal.


Los recuerdos infantiles ??incluidos los preverbales? se vinculan con las modalidades genitales y, de este modo, se vuelven comunicables, como lo demostrará el caso de Susan.

Por supuesto, las tendencias preadolescentes regresivas y progresivas quedan sujetas a las influencias yoicas, superyoicas y del ideal del yo; los conflictos resultantes dan lugar a un empleo caleidoscópico de defensas, algunas de las cuales se trasformarán en atributos permanentes del carácter, mientras que otras serán formaciones ad hoc y desaparecerán con el tiempo, sin dejar rastros observables.

Otras, aun, forman parte ?como nos enseña nuestra experiencia con pacientes jóvenes? de un sistema de defensas patológicas que rara vez se puede penetrar por completo en la etapa de la preadolescencia.

(1)


El aumento de intensidad pulsional que acompaña a la maduración puberal se hace sentir antes de que se manifiesten ciertos signos físicos ?p.

ej., las características sexuales secundarias?.

Esta modificación del equilibrio entre el yo y el ello tiene profundos efectos sobre los procesos catécticos.

Como consecuencia del incremento pulsional, las huellas mnémicas o las fantasías relacionadas con experiencias, deseos y afectos infantiles se vuelven a catectizar.

Aparecen en la conciencia después que una trasposición elaborada de la naturaleza infantil de las pulsiones las ha «elevado» hasta una modalidad más egosintónica ?es decir, genital?.

Resulta obvio el aspecto defensivo que entraña esta trasposición.

No obstante, independientemente de ello, no debe pasarse por alto la tendencia implícita hacia el dominio, o, más bien, hacia los ajustes adaptativos, dentro del proceso total de crecimiento.


Véase «Ben», capítulo 17.


Queda en pie el hecho, sin embargo, de que en la prepubertad se produce un típico incremento de la energía pulsional, con el consiguiente trastorno del equilibrio entre el yo y el ello alcanzado en la latencia.

Un movimiento regresivo, que se alterna con una sostenida posición defensiva, constituye la característica o el desarrollo especifico de la preadolescencia.

Un avance de la libido indica un nuevo equilibrio entre el yo y el ello, y que los ajustes adaptativos que llevan al estadio de maduración física se hallan en camino.


Las reflexiones precedentes acerca de la organización pulsional y yoica preadolescente son de índole general; pueden aplicarse por igual a ambos sexos.

Pero hemos llegado al punto en que termina la similitud aceptada entre el desarrollo psicosexual ?y, en cierta medida, yoico? del varón y de la niña preadolescentes.

Surgen ahora características más específicas, propia de cada sexo [Blos, 1958, 1962].

La regresión preadolescente del varón es más intensa que la de la niña; se orienta hacia la acción y tiende a concretarse.

A la primera embestida de la pubescencia, el varón se aparta con sarcasmo y desprecio del sexo opuesto.

La muchacha, por el contrario, pone en primer plano los deseos y fantasías heterosexuales, mientras que las tendencias regresivas Se afirman en forma secreta y periférica.

 


El vuelco hacia el otro sexo contrapesa siempre las escapadas regresivas de la niña.

Rara vez se extravía en la conducta regresiva de manera tan completa como el varón.

De hecho, se sabe que las chicas son, a esta edad, mejores alumnas que los muchachos, y que tienen mayor capacidad de introspección que estos.

Por supuesto, lo que la niña ha adquirido en esta etapa no es una auténtica feminidad, pues sus relaciones con el otro sexo se hallan dominadas por la agresión y el deseo de posesión.

Estos modos infantiles de relación objetal ocultan apenas el aspecto narcisista de sus anhelos ?es decir, la necesidad de encontrar un sentido de integración al poseer el objeto?.

Nuevamente, el caso de Susan nos permitirá i lustrar este punto.


Mi experiencia me indica que la vulnerabilidad emocional de la niña preadolescente se manifiesta de dos maneras.

Un aspecto de aquella consiste en la atracción regresiva que la madre preedípica ejerce sobre la niña, reinstaurando así la a bivalencia de las relaciones objetales primitivas.

El otro aspecto reside en la identidad bisexual típica de esta etapa, cuyo ejemplo más elocuente es la «marimacho».

Uno de estos complejos, incluso ambos, se ubican siempre en el centro de la fijación femenina en la fase preadolescente.

Por supuesto, estos conflictos o temas no se originan en dicha fase.

Cuando hablo de fijación preadolescente, me refiero a la perpetuación del modo específico de la fase ?es decir, preadolescente? de llegar a un acuerdo con los aspectos yoicos inmaduros y las necesidades infantiles persistentes en el nivel de la expresión pulsional puberal.

El ejemplo má cabal de esto lo ofrece la niña delincuente, cuyas actuaciones heterosexuales constituyen una defensa contra la regresión hacia la madre preedípica [Blos, 1957, 1969].

Desplaza la atracción regresiva hacia el sexo opuesto, donde el hambre de contacto infantil halla una gratificación sustitutiva.

Las fijaciones infantiles tienden a desviar el desarrollo preadolescente.

Como resultado de la maduración puberal, los genitales se convierten en la zona erógena mediante la cual continúan satisfaciéndose las necesidades infantiles de seguridad y cercanía corporal.

El hecho de que en la pubertad se incorpore lo genital y se realice el acto sexual no indica en absoluto que se ha alcanzado la madurez emocional o la genitalidad.


Desde el comienzo de su adolescencia, la niña se preocupa mucho más que el varón por las vicisitudes de las relaciones objetales; las energías de este último se dirigen hacia afuera, tienden a controlar y dominar el ambiente físico.

Para completar el cuadro de la preadolescencia normal en la mujer, debemos definir ahora la tarea del desarrollo en esta fase.

Esa tarea se halla implícita, por supuesto, en el conflicto que hemos descrito: consiste en resistir con éxito la atracción regresiva que despierta la madre preedípica y, además, en renunciar a las gratificaciones de las pulsiones pregenitales.

En e1 caso de Susan, se hará evidente cómo los cambios en la organización pulsional y en la estructura psíquica afectaron y conformaron su conducta social, así como sus distintos roles sociales ?alumna amiga, niña exploradora, acampante, etcétera.

Las expectativas e influencias normativas del medio no solo constituyen un estimulo para el crecimiento: también canalizan y definen las fuerzas elementales y amorfas de las pulsiones, a medida que estas surgen en cada etapa sucesiva del desarrollo.

A su vez, el yo adquiere («aprende») los modi de manejo que predominan en el medio.

Las formaciones transaccionales entre los mundos público y privado se desarrollan, de este modo, en beneficio, de la supervivencia social.

La con
formación activa y la socialización rigurosa impuestas por el medio son indispensables para el niño en crecimiento, pues evitan los peligros del azar y las externalizaciones idiosincrásicas que el medio rechaza.

Las respuestas del ambiente, tanto las positivas como las correctoras y punitivas, no solo son necesarias para el desarrollo futuro del individuo, sino también para impedir que se debiliten o pierdan los logros alcanzados durante el desarrollo previo.


Volveremos ahora al caso de Susan, con el fin de analizar su ingreso en la preadolescencia.

En el nivel psicológico, veremos la aparición de las manifestaciones pulsionales y yoicas que esclarecerán la vida mental preadolescente, tal como la examinamos con anterioridad.

Tardíamente, Susan logró consolidar el periodo de latencia, lo cual determinó que su desempeño escolar y su conducta social mejoraran de manera considerable.

Las pesadillas desaparecieron como consecuencia directa del juego regresivo durante la terapia y las interpretaciones trasferenciales con respecto a aquel.

La terapeuta se convirtió en antagonista y protagonista de Susan, es decir, en la persona contra la cual esta dirigía sus impulsos destructivos y a la que recurría en busca de ayuda y protección, atribuyéndole omnipotencia.


Luego que el desorden orgiástico y el desenfreno con las dactilopinturas cedieran gradualmente, Susan comenzó a utilizar las expresiones verbales de manera más significativa.

Si bien hubo algunas recaídas, estas no se acompañaron de la excitación incontrolable, ni del mismo pánico y culpa anteriores.

Las recaídas no superaban la capacidad del yo para controlar la angustia concomitante.

Ahora prefería emplear pinceles y pintura para carteles, utilizaba más a menudo creyones, o se dedicaba a colorear las figuras de un libro, lo que le exigía exactitud y contención.

Mostraba tendencia hacia la conformidad social y la participación grupal organizada, no solo en la escuela sino en su vida social.

Le agradaba su uniforme de exploradora, que le daba un aspecto «exactamente igual al de las otras niñas».


Durante el período subsiguiente a la declinación de su regresión anal, Susan mostró un interés creciente por diversas cosas (pájaros, plantas, libros, actividades de los niños exploradores, deberes fotografía y natación) A medida que ampliaba de este modo su participación en actividades constructivas, en la terapia trataba de vencer, con sincera determinación, los obstáculos que le impedían trasformarse en una «niña grande».

Estos obstáculos consistían en la fijación a un trauma que había dado a su desarrollo emocional un giro patológico.

Resulta imposible comprender la enfermedad neurótica de Susan sin conocer ciertas circunstancias decisivas de su vida.

Esos datos aparecen, en cada caso, como un conjunto único de variables.

Nuestro interés se centra aquí, fundamentalmente, en cómo determinado trauma infantil se afirma en relación con los conflictos, tareas y resoluciones específicos de la preadolescencia.


Pero antes de seguir desarrollando este tema deseo destacar que el trauma, tal como lo concebimos en este caso, no constituye un hecho patógeno aislado en la vida de un niño infortunado.

Muy por el contrario, considero que el trauma forma parte de la condición humana universal durante la infancia y la niñez temprana, y deja, aun en las circunstancias más favorables, un residuo permanente [Blos, 1962, 1968].

La historia temprana de Susan y la formación de su personalidad preadolescente mostrarán cómo el trauma infantil, junto con los afectos, los pensamientos y las fantasías, influyó en la niña cuando esta ingresó en la adolescencia.


 


4.

El efecto del trauma en la organización pulsional preadolescente


 


Cuando Susan tenía cinco años, su madre sufrió un episodio psicótico de naturaleza depresiva que determinó su repentina hospitalización.

Sin que la niña supiera por qué habían internado a su madre, se la envió a la casa de unos parientes que se hallaba a mitad de camino en dirección al otro extremo del país.

Conocía vagamente su lugar de destino, pues este tenía un nombre, pero no sabía dónde quedaba ni por qué iba allí.

Una vez instalada en el hogar de su tía, nadie mencionó nunca a su madre; tampoco recibió cartas ni llamados telefónicos de ella.

Si bien el padre continuó manteniéndose en contacto con la niña, sus evasivas solo agudizaron la sensación de incertidumbre y confusión de Susan.


La pequeña tomó el enigmático silencio como un indicio de que no debía formular preguntas respecto del inexplicable acontecimiento que había arrancado a su madre de su vida.

La aclaración de que «mamá tuvo una operación» le sonaba más a subterfugio que a verdad.

Durante mucho tiempo intentó en vano figurarse cosas por sí misma, y aún recordaba un pensamiento persistente: «Las madres de otros niños no se quedan tanto tiempo en el hospital para operarse; seguro que no permanecen todo un año».

Susan fue separada también de su hermano, que a la sazón tenía dos años.

¿Por qué a él no lo habían enviado lejos del hogar? La niña sabía que aquel estaba en casa de los abuelos, en la ciudad natal.

No solo había permanecido de este modo cerca de la madre y el padre ?lo suficiente como para despertar los celos y la envidia de Susan?, sino que se le permitió volver al hogar tres meses antes.

A aquella herida se le sumó la afrenta.


Susan denominó «el año de Wisconsin» al período de exilio.

En su memoria, este estaba lleno de encantos y de maravillosas experiencias y aventuras.

Wisconsin: un mundo donde los niños eran felices y existía la posibilidad de dejar la vida gris de la ciudad por los vastos campos en los que pacían caballos, donde podía cabalgar en un querido, magnífico padrillo, donde a su llegada la habían recibido en la estación con un carruaje tirado por caballos, llevándola a una casa grande con muchas, muchas habitaciones.

En fin, una maravilla tras otra.

La negación de su soledad era tal que ahora, cuando se sentía desdichada, desamparada y temerosa, pensaba en los días felices de Wisconsin.


La niña sabía, y a la postre terminó por admitirlo, que sus asombrosos recuerdos eran fábulas y mentiras.

De hecho, quería explícitamente que la ayudaran a frenar el impulso irresistible a fabular las historias que debía relatar como realidades.

No ignoraba ?y así lo dijo una vez con sencillez? que sus mentiras y su enuresis nocturna no eran sino las dos caras de una misma moneda: ambas habían comenzado en Wisconsin; ambas eran síntomas de la negación y la inversión del afecto.

Finalmente, emergieron reminiscencias aterradoras que revelaban su temor a perderse y ahogarse, y que coexistían con el falso recuerdo de haber vivido en un paraíso.


Dos recuerdos característicos correspondientes al «año de Wisconsin» nos permitirán describir su estado de ánimo.

Sin ningún signo de afecto, se refirió a su primer día en el jardín de infantes, cuando su tía olvidó ir a buscarla y ella tuvo que salir sola a la calle.

Puesto que no sabía cómo hallar la casa de su tía, pues los alrededores aún no le resultaban familiares, caminó sin rumbo fijo hasta que un agente la llevó al departamento de policía.

Yendo hacia allí, vio de pronto pasar a su tía en auto.

Cuando esta fue a recogerla, Susan le dijo que había llegado dos horas tarde.

Al preguntarle si había sentido temor, la niña afirmó: «Oh, no, no tuve miedo».


También tenía otros recuerdos, relacionados con el agua y las inundaciones.

Se alegraba de vivir en una habitación del piso alto; de este modo, una inundación no podría arrasar con ella.

Hasta finalizar su tratamiento, Susan no fue capaz de reconocer la angustia que le provocaba el sonido del agua al precipitarse.

Por supuesto, en ese momento ya sabía cuál era el objeto de su terror, o sea, el miedo a perder, con la descarga de agua del retrete, la parte más preciada de su cuerpo: el falo ilusorio.

¿Qué otra cosa podría haber conferido a su hermano el privilegio de permanecer cerca de los progenitores? Proyectó el afecto agresivo y retaliativo de su enuresis nocturna, el cual se sumó al terror que le producían las corrientes de agua.

En este punto, sólo puedo aludir al problema y pedir paciencia al lector, para que el «tema agua» pueda desenvolverse por sí mismo, a través de los sucesivos pasos que llevaron a Susan al insight correspondiente.


El «año de Wisconsin» ?o, en otras palabras, el trauma de abandono? había provocado una disociación yoica: la formación de síntomas consiguió ligar la agresión inmanejable.

Simultáneamente, se constituyó un repertorio de fantasías; a ello contribuyó la facilidad de Susan ?tal vez deberíamos hablar de su don? para fabular con extraordinario realismo, y esto se trasformó en un refugio siempre disponible ante cualquier tipo de displacer.

Tales circunstancias del trauma originaron, en la preadolescencia de Susan, insuficiencias de desarrollo que pusieron en peligro su tránsito por la adolescencia.

El peligro consistía en que arrastrara hasta esta última su disociación yoica, la cual, como veremos luego, había canalizado la mayor parte de su agresión hacia la formación de síntomas, y hecho de su.

vida de fantasías una fuente de consuelo y seguridad.

Ambas circunstancias habían vuelto a Susan cada vez más inaccesible a las exigencias de la realidad.

Básicamente, los dos aspectos de su ajuste a la angustia ?anhelo y retaliación, o, simplemente, amor y odio? reflejan un grave conflicto de ambivalencia, de larga data, en relación con la madre.

Por lo tanto, el peligro puede definirse, en última instancia, como una persistente incapacidad para constituir relaciones objetales estables ?es decir, posambivalentes?.

Este hecho, en sí mismo, haría abortar el proceso adolescente.

 Ahora que conocemos una parte importante de la historia de Susan, volveremos a la situación de tratamiento.

El material que apareció en primer plano, una vez que todo lo relacionado con el acto de revolver y ensuciar se perdió más o menos de vista, era de índole más específica: giraba alrededor de una palabra, «C-o-g-e-r»,* tal como la escribió Susan en el pizarrón.

También la pintó, la dijo, la cantó.

Pidió permiso para usarla en sesión y luego lo obtuvo de su madre para decirla en voz alta cuando estaba sola en el departamento.

«Coger» representaba un conglomerado o condensación de pulsiones, deseos o fantasías pregenitales y genitales, así como de diversos estados afectivos: provocación, ira, rabia, placer y miedo.

El vínculo entre las fantasías sexuales y los efectos agresivos dio a este período vivido por Susan la vastedad y la naturaleza ambigua característica de la regresión preadolescente.

En el tratamiento, los diversos componentes del cuadro regresivo se clasificaron de acuerdo con las defensas, deseos, fantasías, experiencias y percepciones reales.

Este proceso dependió mucho de la capacidad de la terapeuta para comprender las declaraciones de Susan en el contexto de su experiencia, fantasía, realidad actual e historia vital.

Para entender este tipo de lenguaje, el terapeuta debe conocer el pensamiento sincrético y el mecanismo de condensación.

De otro modo, puede enredarse en el sentido literal de las palabras y la sintaxis.


La enunciación del vocablo «coger» iba acompañada por una sensación de osadía, excitación y placer sensual por parte de Susan.

La niña también lo utilizaba para provocar, fastidiar, escandalizar e insultar a la terapeuta.

Estos diversos significados resultaron, sin lugar a dudas, aspectos distintos de la palabra total.

Susan misma pensaba que dicho vocablo se refería a un niño y una niña, ambos desnudos, cuya actividad consistía en esto: el primero frotaba su pene contra la niña y esta, como consecuencia, «movía el vientre».

La actividad anal ocupaba un lugar destacado en su concepción de las relaciones sexuales: la defecación de la mujer representaba la contraparte de la erección viril.

Entre los datos clínicos no había referencia alguna al nacimiento anal, lo cual es típico de la preadolescencia femenina, cuando la capacidad procreadora de la mujer pasa a segundo plano ante el problema de la bisexualidad.

No obstante, se habían manifestado algunos detalles de la teoría sexual infantil de Susan.


Persiguiendo con extraordinaria perspicacia la «palabra de muchos significados», como era característico de Susan, un día anunció que «coger significa que una niña quiere un pene».

Puesto que nunca había visto uno, o así lo afirmaba, ignoraba qué quería.

Cuando se le objetó su ignorancia, Susan abandonó muy rápidamente este obvio subterfugio, que había ideado para ocultar sus dudas acerca de su propia mezcla genital-anal.

«Coger» se trasformó, por último, en un objeto que, según dijo,


* En el sentido de practicar el coito, este americanismo es casi desconocido en España, pese a lo cual el Diccionario de la Real Academia lo registra en su edición de 1970.

(N.

del E.)


se hallaba bajo la cama.

Este lugar resultó ser su escondrijo favorito para masturbarse.

Cuando admitió con tristeza que «mi coger no parece grande», se hizo claro que, al masturbarse, buscaba su pene.

La masturbación bajo la cama iba acompañada por un sonsonete y una sensación de anticipación, que Susan expresó con estas palabras: «Creo que algo va a pasar; pero no sé qué es, y nunca pasa».


La búsqueda de una parte del cuerpo que se había perdido o no podía hallarse debe entenderse dentro del contexto más amplio de la pérdida objetal: la pérdida de la madre, que amenazó a la niña con una rabia impotente y depresiva cuando se la envió al «exilio» ?lo que ocurrió en realidad durante su fase fálica?.

La experiencia de Wisconsin no hubiera sido tan crítica y devastadora si en la relación temprana entre madre e hija no se hubiera establecido una condición previa para el temor a la pérdida.

En este punto, debemos volver nuestra atención hacia la formación del esquema corporal en la niña preadolescente ?o su defectuosidad, en el caso de Susan?, en el cual pueden reconocerse las fallas de las primeras relaciones objetales.


Estamos en condiciones de observar de cerca la influencia de las primeras relaciones objetales en la formación del sí-mismo y en la representación del cuerpo en particular.

En la terapia de niños, el dibujo y la pintura suelen trasformarse en reflexiones gráficas acerca de la representación de sí mismo.

Susan dibujaba y pintaba caballos, siempre machos, como nunca dejó de repetirlo; en la época en que se la separó del hogar, estos se habían convertido, en su fantasía, en compañeros que le ofrecían consuelo.

«Coger es algo que hacen los animales», explicaba; pero, ¿por qué, entonces, solo había machos en su mundo de caballos? A modo de desafío y como expresión de ira ?dirigida, alternativamente, contra la terapeuta o la madre?, Susan compuso una canción con este lenguaje lírico: «Coger, mierda, carajo, infierno».

Esta canción se mantuvo tan en secreto como sus fantasías sexuales de naturaleza infantil, es decir, regresiva.

 


A lo largo de todo este período, Susan se vistió con ropas cuidadas y limpias, de colores vívidos.

Mantuvo su uniforme de exploradora, sin excepciones, en condiciones ejemplares.

En cuanto a corrección y decoro, su aspecto era el de cualquier otra niña de diez años.

Cuanto más revelaba a su terapeuta con respecto a su vida secreta, menos influía esta en su conducta y su apariencia en público.

Por ejemplo, durante este período, caracterizado por la palabra «coger», su conducta y su desempeño escolar mejoraron.

Las notas que obtuvo en el colegio fueron sumamente satisfactorias.

Su vida de fantasía, secreta y florida, había hallado un depositario confiable en la situación terapéutica.

Pertenecía a esta última, pues era aquí donde Susan había «aprendido» a hacerla inteligible y a crecer.

La niña hubiera sido la última en creer que había obtenido logros reales simplemente porque le fuera bien en la escuela y como exploradora.

Sabía que su «vida secreta» seguía siendo una fuente de constante angustia y la raíz de sus problemas.

 


Debemos examinar ahora el material clínico en términos de las características del desarrollo preadolescente en la mujer.


Ese material se halla tan asociado con la historia vital y la personalidad únicas de Susan que es difícil traducirlo en formulaciones teóricas.

En principio, el proceso tiene que ofrecer datos y mostrar un propósito.

Los primeros, por supuesto, son proporcionados por los registros.

El segundo consiste en la expectativa de que los conceptos teóricos extraídos de los datos clínicos aumentarán, en última instancia, la eficacia de la terapia de niños y adolescentes.

Queda al lector juzgar y verificar ambos.


En Susan, el período caracterizado por la palabra «coger» constituyó, en términos de regresión pulsional, una reiniciación de la búsqueda de la madre primitiva, preedípica.

A esta atracción regresiva le acompañó un estado de angustia, que alertaba al yo ante el surgimiento de deseos de dependencia y tendencias pasivas.

En el tránsito de la regresión a la relación simbiótica se agudizaron los conflictos de ambivalencia; sin embargo, la regresión no fue tan lejos como para llegar a la fusión entre el sí-mismo y el objeto.

Se consideró que esta capacidad de resistencia a la regresión total era un índice de la salud esencial de la niña; o, en otras palabras, una prueba de que se trataba de una perturbación neurótica y no de un estado fronterizo.  La historia hereditaria y ciertos síntomas, tales como la encopresis, la tendencia a mesarse los cabellos (síntoma dudoso) y la somatización, hicieron pensar, naturalmente, en un estado fronterizo.

 


Sin embargo, en vez de la regresión a la dependencia pasiva en su búsqueda de integración, Susan experimentó sentimientos y pensamientos perturbadores del tipo de «Mi mamá no me gusta».

«Ese pensamiento es malo», decía la niña, con remordimiento y culpa.

Su tendencia a liberarse emocionalmente de la madre preedípica se puso de manifiesto en una auto- afirmación reciente, un «autoritarismo» en el hogar que contrastaba en forma aguda con sus provocativas exigencias anteriores y su pedido obstinado de amor o castigo a través de la extorsión.

Además, la independencia alcanzada se hizo evidente en sus movimientos libres por el vecindario y en su participación social más activa en el grupo de pares.

 


El miedo emergente a la madre primitiva ?es decir, preedípica? nos interesa aquí particularmente, porque refleja la ambivalencia tan característica de las relaciones objetales tempranas.

Al buscar nuevas relaciones objetales, la niña preadolescente experimenta una intensificación del vínculo emocional primario, y esto la lleva, necesariamente, a la madre primitiva.

Por supuesto, la «madre primitiva» (preedípica) y la «madre actual» (posedípica) no son idénticas, excepto en que se trata de la misma persona.

Cuando hablamos de la atracción regresiva hacia la madre primitiva, nos referimos a la representación objetal de esta.

Hallamos aquí la huella mental en la que la madre primitiva sobrevive en la mente del niño, independientemente de los distintos roles que toda madre desempeña en relación con su hijo, durante el crecimiento de este.


Es evidente de por sí que la larga separación, o el trauma de exilio que tuvo lugar cuando Susan contaba cinco años, influyó negativamente en la relación madre-hija; a raíz de ello, esta adoptó una forma particular, virulenta y persistente.

Lo que llama nuestra atención, o despierta nuestra curiosidad, es la forma adoptada por tal pérdida ?o, más bien, la representación mental en la cual se articuló.

 


La palabra global «coger» contenía matices de excitación, desilusión, desesperanza y tristeza, todo lo cual se relacionaba con una sensación de falta de integridad física, de empobrecimiento corporal y, en general, de constante miedo al abandono y la pérdida.

Suponemos que el abandono, la privación de un vínculo objetal esencial, se desvió hacia el cupo, en términos de la pérdida de una parte de este.

Por supuesto, la masturbación misma constituía una forma independiente de obtener consuelo (reducción de la tensión) en - momentos de pesadumbre y aflicción.

Sin embargo, la búsqueda masturbatoria del pene perdido dejaba a la niña una sensación de abatimiento, enojo y temor.

La angustia superyoica obstaculizaba siempre el grado de gratificación que obtenía de su actividad autoerótica.

 


No fue difícil descubrir que detrás del juego sexual solitario y secreto de Susan había una búsqueda de integridad que, en esencia, solo puede adquirirse mediante relaciones objetales primarias estables.

Estas facilitan, en forma gradual, la identificación con la madre.

La pérdida original es la pérdida del pezón; la disponibilidad o posesión de este representa, pars pro toto, la unidad primordial que constituye el punto de partida de toda diferenciación psíquica.

Tal es el fundamento genético del que se derivan las ulteriores reacciones patológicas ante la pérdida.


El pezón o el pecho, en el sentido amplio que le damos, abarca la totalidad de la experiencia con respecto a la madre y la alimentación, incluidos los numerosos estímulos sensoriales concurrentes, ya sean gratificantes o penosos.

Es verdad que la experiencia de la pérdida primaria no se recupera, en la psicoterapia de la niña preadolescente, en el nivel de la repetición afectiva o la realización consciente.

Ambas, sin embargo, pueden reconocerse en esta fase en sus formas derivadas ?p.

ej., en los problemas relativos al acto de comer, o en una voracidad general y una demanda exagerada, cercanas a una extorsión implacable.

 


Ninguna de estas manifestaciones se observaban en el caso de Susan.

La historia de esta nos revela que cuando era pequeña necesitaba estar junto a su madre, en la soledad de la noche.

Al regresar del exilio, solía reclamarla a gritos y exigir que la llevaran a la cama con ella.

Solo la presencia de la madre podía disipar el terror de sus pesadillas.

Al comienzo del tratamiento, Susan contó que gritaba todas las noches, pero su madre ya no la escuchaba como antes.

Esta información constituye otro ejemplo de las «mentiras» de Susan, que hemos caracterizado como su «verdad».

Es obvio que la historia de la falta de respuesta a sus llamados alude a la época en que se la separó de su madre.

Susan recordaba los ataques de angustia que había experimentado cuando su madre se volvió inalcanzable y pareció perdida para siempre.


No debe olvidarse que la relación entre la pequeña y su madre había sido excesivamente estrecha, y que el «amor desmesurado» que la última sentía por la niña contribuyó al extraordinario apego de esta.

Forma parte de la paradoja de la condición humana que la fuente de la cual Susan extraía la fuerza que la llevó con éxito a través de la terapia constituía, al mismo tiempo, el origen de su vulnerabilidad neurótica.

Sea como fuere, en el curso del tratamiento resultó claro que la «madre mala» desaparecida continuó siendo, durante un lapso muy largo, una representación objetal coexistente con la de la «madre buena» que ofrece consuelo y amor.

 


Tanto la larga ambivalencia como la constancia objetal incompleta impidieron a Susan identificarse con el objeto total; o, para decirlo en otras palabras, ambas sentaron las bases para un ambivalente sentido del sí-mismo y un esquema corporal ambiguo.

Esta disociación impidió una identificación sexual estable.

Desde el punto de vista clínico, esto se puso de manifiesto en las aspiraciones de Susan, que fluctuaban entre ser varón o mujer, usar vestidos o «feos pantalones de niña».

En una pintura en negro, representó a la «madre mala» como una «bruja perversa que come niños».

La pintura mostraba numerosas manchas verdes a lo largo del borde; «Estas ?explicó Susan? son las lágrimas de los niños, que lloran y están muy asustados».

Susan ahora hablaba de la época en que su  madre había sido «muy mala, porque dejó a su hija sola y se fue al hospital».

 


Las pesadillas que la niña contó al iniciar el tratamiento comenzaron a esclarecer el tipo de angustia que no había podido manejar mediante sus defensas o sus síntomas.

Sus sueños reflejaban una sensación general de abandono y soledad.

La angustia que experimentaba en sus sueños y pesadillas repetían el trauma de la pérdida objetal, el desamparo depresivo, la ira hostil y el ataque retaliativo del objeto de amor perdido.

En este ataque reconocemos la proyección de la rabia destructiva, que trasforma en monstruo al objeto de amor.

 


En uno de sus sueños (que ilustró pintándolo), aparecía una niña pequeña encerrada en una gran burbuja.

Tenía una cola de caballito y yacía en la burbuja, terriblemente asustada y llorando.

Un gorila con dientes y manos enormes, una bestia de aspecto aterrador, la mantenía prisionera.

Susan sabía, por supuesto, que la niña era ella misma cuando pequeña.

Asociándolo con el sueño, se refirió al consultorio como un aula («porque adoro la escuela») y a la terapeuta como una maestra a la que no debía compartir con otros niños.

La terapia implicó para Susan liberarse de la burbuja y vencer la depresión anaclítica que había tratado de manejar por medio de la negación («A mamá no le pasará nada»), la trasformación en lo contrario («En Wisconsin soy la niña más feliz del mundo») o la identidad bisexual («Si soy varón, mamá me conservará a su lado»).

Si bien la terapeuta destacó aquellos aspectos del sueño que reflejaban la experiencia patógena (trauma), nunca se ignoró el efecto perturbador que la enfermedad psicótica de la madre ejerció sobre la niña.

 


La fijación de Susan en el nivel de las relaciones objetales preedípicas se puso de manifiesto en sus sueños, fantasías y réplicas trasferenciales.

La paciente resistió con energía el retorno a la pasividad infantil; en vez de esta, adoptó el rol activo y autoritario del varón, o, más claramente, del padre.

Esta maniobra defensiva es típica de la niña preadolescente, cuando la atracción regresiva de esta fase despierta una ansiedad ingobernable.

Entonces se identifica transitoriamente con el rol masculino (la marimacho), se vuelve hacia el padre y huye de la madre, evitando así que esta la suma en un estado de pasividad primaria.

El tema edípico ocupa, a menudo en forma dramática, un lugar destacado en el material clínico, y la oportunidad parece propicia para realizar una interpretación edípica.

Pero mi experiencia me indica que una interpretación de este tipo sólo fortalece la maniobra defensiva de la niña, haciendo que se olvide el problema del vínculo no resuelto con la madre preedípica.

Me he referido a esta constelación como «la defensa edípica de la niña preadolescente»; el caso de Susan constituye un ejemplo pertinente.

 


La maniobra defensiva que protegía a la niña contra la regresión a la madre primitiva intensificó también su identificación con el padre: «Papá y yo somos iguales; somos idénticos y hacemos las mismas cosas».

Lo que surge ahora como hostilidad edípica hacia la madre es, en realidad, una actitud negativa hacia la madre preedípica activa y controladora, frustradora y represora; lo que aparece como un vuelco edípico positivo hacia el padre representa una identificación narcisista con él en el nivel fálico.

Sin duda, lo edípico se halla presente, pero solo en estado larval; el papel dominante lo desempeña el aspecto defensivo.


Susan piensa ahora que es la favorita del padre, pues ambos son iguales; tienen los mismos intereses, las mismas «cosas», mientras que «mi mamá y mi hermano no tienen nada de eso».

«Solo papá y yo dibujamos, y solo a nosotros dos nos gustan los caballos».

«Somos jinetes».

La identificación con el padre, así como su interés por los varones, pertenecen al  dominio de las relaciones objetales narcisistas, en las cuales la cualidad esencial del vínculo emocional está dada por una supuesta identidad de cuerpo y mente.

Estos mismos atributos y semejanzas, que constituyen parte fundamental del complejo de Edipo negativo, o la identificación edípica de Susan con el padre, nos retrotraen indirectamente hacia el vínculo infantil con la madre.

 


Mediante su identificación masculina, Susan se apropia de1 lugar que el padre y el hermano ocupaban cuando ella estaba «en el exilio», mientras ambos disfrutaban de la cercanía corporal y la posesión de la madre.

Ahora vive, en suma, por poder.

La unión con el padre muestra las características de la relación diádica típica de las relaciones objetales preedípicas.

Los peligros futuros para el desarrollo psicosexual de la niña, inherentes al empleo defensivo de la constelación edípica, residen en la perpetuación de sus relaciones objetales preedípicas y el traspaso de estas, durante la adolescencia, a los ajustes heterosexuales definitivos.

 


En los casos de delincuencia femenina, observamos con toda claridad que la muchacha busca constantemente el compañero heterosexual que gratifique su necesidad infantil de contacto corporal y de posesión del objeto, sin que exista una capacidad real para establecer relaciones interpersonales íntimas y de reciprocidad emocional.

Además, los «abrazos» heterosexuales (seudoheterosexualidad) que no van acompañados de excitación genital defienden de la regresión hacia la madre preedípica y, en consecuencia, de la homosexualidad.

Menciono esto sólo al pasar, para señalar las vastas consecuencias clínicas del concepto que introduje en otro momento [Blos, 1957, 1969].

Ninguna de tales soluciones tuvo lugar dentro de la órbita de las tendencias psicológicas de Susan.


Debemos referirnos ahora a la historia de las relaciones  tempranas entre madre e hija, prestando especial atención a las fantasías de la madre con respecto a la niña y al rol particular de dichas fantasías en la crianza.

Una circunstancia decisiva para el infante es el hecho de que cada madre, en las crisis normativas del embarazo y el nacimiento, rodea al niño de fantasías conscientes e inconscientes.

Estas son bastante persistentes y alcanzan un segundo punto culminante, luego de su primer florecimiento en la infancia, cuando el niño se acerca a la pubertad o ingresa en ella.

La intimidad regresiva con la madre, que vuelve a establecerse durante la preadolescencia, sensibiliza de nuevo la perceptividad de la niña en relación con las fantasías de aquella sobre su persona.

Esta «sintonización» provoca en la adolescente joven un desapego emocional con respecto a la madre, tendiente a proteger su propia autonomía.


Las fantasías acerca del bebé, si bien son universales, pueden magnificarse en forma desmesurada si no se las controla y corrige de acuerdo con el niño concreto, su realidad física y sus características de temperamento.

De otro modo, se moldea al bebé en la fantasía, con el resultado de que las pautas de interacción se vuelven confusas y provocan, a su vez, confusión.

El bebé, ser indefenso y dependiente, solo puede protestar, en un esfuerzo por oponerse a la inarmónica relación, mediante crisis somáticas e irregularidades en el desarrollo.

Las fantasías de la madre pueden girar, por ejemplo, en torno del sexo del niño, de su propia sensación de falta de integridad corporal, de una situación de competencia vivida anteriormente con algún hermano, de gratificaciones narcisistas y de muchos otros factores.

Dichas fantasías en conjunto, o cualquiera de ellas en particular, pueden alcanzar un punto tal que dificulten críticamente la interpretación de las demandas del bebé en cuanto a alimentación, sueño, tenerlo en brazos, acariciarlo, etcétera.


La importancia que atribuimos al influjo que algunas de las condiciones antes mencionadas ejercieron en la relación entre madre e hija en el caso de Susan no es fruto de conjeturas.

La madre de esta recordaba vívidamente cómo la muerte de su propia madre había suscitado en ella el deseo de tener un hijo.

El embarazo la había ayudado a enfrentar un proceso de duelo muy penoso: el bebé anhelado debía ser una niña y llamarse como la abuela materna.

Repetidas veces, la madre describió sus sentimientos hacia la hija en estos términos: «La quería con locura».

El rol de reemplazo asignado a la niña imbuyó a la relación de un matiz altamente idiosincrásico y entorpeció la capacidad de la madre para interpretar las demandas de la niña y responder en forma apropiada al flujo y reflujo de las necesidades.

La madre se describió a sí misma como una persona «muy torpe para equilibrar las comidas, el sueño y el aseo».


Susan empezó a comer sola precozmente y renunció pronto al biberón.

«Aprendió sola» el control de esfínteres a los seis meses ?o así lo afirmó su madre, sin duda exagerando?.

El hecho de que la niña lo aprendiera por sí misma fue la «experiencia más emocionante» de la madre.

Esta última, enurética hasta los veinte años, no quería arriesgarse a que su hija sufriera un retraso en la adquisición de hábitos higiénicos, y trató de que todo estuviera bajo control lo más pronto posible.

Susan dejó de mojar los pañales antes de empezar a caminar, a los quince meses.

Si bien «tardó en caminar» ?según la madre?, «comenzó a hablar pronto».

La madre recuerda con placer que Susan era capaz de «mantener una conversación a los nueve meses».

Tales falsificaciones de la memoria arrojan luz sobre el aspecto que se deseaba ver de la crianza, a la vez que dudas sobre la exactitud de las informaciones relativas a la historia de la paciente.

Es interesante señalar que la madre recordaba vívidamente su propio deseo infantil de ser varón.

A partir de su primera menstruación, durante las reglas «odiaba a todo el mundo» ?incluso a sí misma, podría agregarse.

 


Si consideramos que la madre usaba a la niña para repetir y reparar su propio pasado y, además, como objeto compensatorio para completar su profundo duelo, parecería razonable suponer que la disponibilidad emocional de la madre era, en el mejor de los casos, variable e inconsecuente.

Lo que le producía mayor placer era el desarrollo yoico precoz de SuSan, su control de esfínteres y el hecho de que comenzara a hablar tempranamente.

Su orgullo recibió un rudo golpe cuando Susan volvió a orinarse encima a los dos años de edad.

La niña fue reeducada durante el siguiente año y pudo mantener su control de esfínteres hasta que la enuresis nocturna se estableció como síntoma a los cinco años, en oportunidad de su «exilio».


Es menester destacar el papel de la agresión en el desarrollo yoico precoz de Susan.

La niña satisfizo cuanto pudo las expectativas de su madre, suprimiendo sus pulsiones agresivas en relación con la gama normal de experiencias orales y anales adecuadas a su edad.

Si bien no se conocen en detalle los determinantes primitivos de las modificaciones pulsionales de Susan, las exigencias ?cualesquiera que fueran? dieron como resultado una formación reactiva excesivamente temprana y rígida que luego fue mantenida por un superyó punitivo.

Las relaciones objetales tendían, ante todo, a agradar y producir placer.

La desobediencia se utilizó, a una edad temprana, para provocar el castigo ?vale decir, ser azotada?.

Susan revivió esta necesidad en el tratamiento, donde esperaba que la castigaran por haber sido una niña mala, ensuciarse encima, mancharse con las dactilopinturas o decir malas palabras.

Los registros ofrecen abundantes signos de fijación oral y, especialmente, anal-sádica.

 


Los elementos precursores del trauma principal, ocurrido a los cinco años, contribuyeron, cada uno a su turno, a la elaboración de la experiencia culminante ?es decir, la inexplicable enfermedad de la madre y la abrupta separación del medio familiar?.

Esto ocurrió, como lo hemos señalado, durante la fase fálica de Susan.

La historia de la niña y los registros clínicos nos permitieron observar cómo los conflictos acumulados de las fases instintivas anteriores, incluidas las soluciones adaptativas y defensivas, se articularon por fin en términos fálicos.

Estábamos preparados para hallar en el «complejo viril» de Susan la condensación de perturbaciones conflictivas y estructurales que se extendían desde el estadio de la infancia y la niñez temprana hasta el período fálico-edípico.

Debemos volver ahora nuestra atención hacia la consolidación de las tendencias neuróticas, es decir, hacia la formación de la neurosis infantil.

Esta estructuración neurótica se produjo en un momento en que el desarrollo progresivo de Susan había llegado a un «impase» absoluto.

El ajuste neurótico constituyó una respuesta a la situación intolerable y abrumadora a la que la habían arrojado circunstancias desdichadas.


 


 


 


5.

La doble identidad de género: sus equivalentes en la conducta y en las actitudes


 


Al principio del tratamiento, en la décima sesión, Susan relató una fantasía acerca de un rey y una reina que dormían en la torre de un castillo.

La contó susurrando, para que aquellos no se despertaran.

La historia era simplemente esta: la pareja real poseía joyas que a Susan le hubiera gustado ver; la niña temía, sin embargo, que se despertaran y la castigaran por su curiosidad.

Se trataba de un rey y una reina perversos; robaban dinero de las carteras de las niñas pequeñas.

Mientras pintaba la escena del castillo, Susan se volvió de pronto a la terapeuta y dijo: «Mejor que no me trasforme en varón; es mejor que no lo haga».


Dicha historia es una típica fantasía de escena primaria, en la que se asignó a los progenitores el status de reyes.

La envidia y las miradas a hurtadillas ocultan apenas la curiosidad sexual de la niña.

Lo que sorprende en esta historia es la acusación de que la pareja real roba dinero de las carteras de las niñas pequeñas.

En su perversidad, privan a la niña de su valiosa posesión.

En esta etapa del tratamiento, solo podemos conjeturar que esto se relaciona con el hecho de que ella no es varón.

No obstante, nuestra suposición se fortalece en virtud de la repentina advertencia de Susan: «No me trasforme en varón».


La posibilidad de cambiar de género obsesiona a Susan.

Quiere ser una niña y poseer, al mismo tiempo, los privilegios y atributos físicos de un varón.

Los deseos y temores de este tipo habían adquirido tal fuerza que no le permitían dormir por la noche, ante el temor de convertirse en un niño al despertar.

Cierto material nos servirá para ejemplificar su creencia en que los sexos no eran excluyentes entre sí, sino que podían coexistir en una misma persona: con respecto a un sueño en el que aparecía una niña vestida con ropas de varón, señaló que de ese modo aquella estaba linda, mientras que con vestidos de mujer estaba fea.

Y agregó significativamente que, en realidad, «la niña vestida de varón estaba más guapa que el propio varón».


La creencia en que se podía cambiar e intercambiar los sexos se hallaba firmemente arraigada en su pensamiento; ello da pruebas del papel desempeñado por la magia en su comprensión de la realidad.

Su ruego de que no la trasformaran en varón revelaba que ella misma había proyectado esos poderes mágicos en la terapeuta, y ahora suplicaba a esta que no los utilizara.

De este modo, salía a la superficie un doble tema que continuó resonando durante todo el tratamiento; se refería al deseo de ser varón y a la esperanza concomitante de convertirse en niña ?pero en una niña real del todo y para siempre?.

Trasformarse en verdadero varón o en verdadera niña: estos eran, para Susan, los dos modos alternativos de crecer.


Pensar que lo único que promovía esas fantasías era la preocupación de Susan con respecto al género sería utilizar un criterio demasiado estrecho.

Debe considerarse, más bien, que dichas fantasías son las últimas de toda una serie de ellas, cuyo contenido específico varía de acuerdo con la fase libidinal predominante.

En cada instancia, las pulsiones, defensas y adaptaciones se entremezclan.

En las joyas, reconocemos la suma total de los apetecibles placeres y poderes que los progenitores pueden dispensar, extrayéndolos del cúmulo de sus inagotables riquezas; en la pareja real que duerme, egoísta y punitiva, vemos la exclusión de la niña de la habitación o el lecho de los padres.

Ambas cosas representan, en un nivel primitivo, la soledad de la pequeña y su anhelo de la madre.

Si tenemos en cuenta el desarrollo yoico y superyoico precoz de Susan, no sorprende que los temores nocturnos aparezcan tempranamente, y que el acto de correr con angustia hacia la cama de la madre se haya convertido, en aquel momento, en algo rutinario.


La temprana imposición de autocontrol despertó ansias anaclíticas, así como impulsos hostiles y retaliativos.

El temor y la culpa pusieron fin a ambos y dieron como resultado una inhibición de la agresión dirigida hacia el objeto.

La tensión libidinal se descargó mediante la gratificación autoerótica y la creación de un mundo de fantasías.

Si bien abundan las fantasías que expresaban de modo directo el deseo de Susan de ser varón, la imagen egosintónica de sí misma era femenina: esperaba que la terapia la ayudara a convertirse en una niña completa.


Susan percibía, aunque confusamente, que su identidad bisexual solo expresaba su ambivalencia no resuelta con respecto a la madre y su profunda envidia hacia el hermano pequeño.


Los privilegios infantiles de que este gozaba habían despertado la voracidad infantil de la niña.

Cuando finalmente se la separó del hogar, en el apogeo de su etapa fálico-edípica, la ausencia de pene y la búsqueda frenética de este reemplazaron la ausencia de los progenitores y la incomprensible desaparición de la madre.

Las fantasías autoeróticas de restitución, íntimamente vinculadas con su masturbación compulsiva ?genital y anal?, mitigaron por un tiempo su sensación de pérdida y abandono.


Como derivados de esta perturbación en el desarrollo psicosexual, surgieron rasgos y actitudes arraigados en este «impase».

Podía detectárselos en las incesantes exigencias de Susan, en el desprecio y la envidia simultáneos hacia los demás niños, en su afán por congraciarse con personas desconocidas y en sus inhibiciones sociales e intelectuales.

A cada esfuerzo de autoafirmación o a cada éxito le seguía una sensación de desilusión, desesperanza y culpa.

Los síntomas propiamente dichos se elucidaron en forma gradual por intermedio de los derivados pulsionales, las defensas y las fantasías.


Poco después de que Susan entrara en tratamiento, la pubertad intensificó las presiones instintivas y puso en primer plano sus fantasías sexuales preadolescente.

Ya hemos examinado la naturaleza pregenital de estas, tanto en lo referente a su contenido como a su expresión en la conducta; esta modalidad pregenital pertenece también a su «complejo viril».

El hecho de que naciera un 24 de diciembre le hacía decir: «Solo Jesús y yo nacimos en Navidad, y, por lo tanto, soy una persona especial.

Mamá me dijo que voy a conseguir todo lo que quiero».

Estos comentarios, que ponían de manifiesto su confianza en sí misma, alternaban con una sensación de derrota y una obstinada pretensión de ser varón, o, por lo menos, similar a un varón.

Cortarse el pelo la llenaba de gozo, pues entonces se parecía más a un niño; lo mismo ocurría cuando cambiaba sus polleras por pantalones.

Por el contrario, cuando reflexionaba sobre las diferencias entre varones y niñas palidecía repentinamente.

No podía imaginarse en qué consistían aquellas, excepto en que los varones usaran pantalones; pero ?meditaba? también las niñas los usan.


Esta comparación entre sí misma y los otros, entre varones y niñas y sus respectivas competencias y expectativas, ocupaban sus pensamientos cotidianos.

Era incapaz de escribir cualquier palabra en el pizarrón del consultorio sin estar segura de que lo haría correctamente; exponer su ignorancia le resultaba excesivamente humillante y eso debía evitarse a toda costa.

Se quejaba de que las tizas que la terapeuta ponía a su disposición eran demasiado pequeñas.

Inmediatamente, entraba a funcionar su fantasía, y contaba que en el sótano de su escuela guardaban una tiza enorme ?«de casi un metro de largo»?.

De esta vara gigantesca arrancaban pedacitos para dárselos a los niños; no era raro, pues, que ella no escribiera muy bien.

Los adultos siempre conservaban para sí sus secretos tesoros y los mantenían fuera del alcance de los niños.


Las típicas fantasías sexuales (genitales) de la niña preadolescente aparecen bajo la forma de modalidades pregenitales; el caso de Susan lo ilustra a la perfección.

En cierta oportunidad, por ejemplo, ella contó la historia de un muchacho llamado «Cogerrápido» que había perdido su carrito colorado.

Por fin, el muchacho descubría a la niña que lo había hallado y la persuadía de que se quitara la ropa, para que «él pudiera meterse dentro del carrito».

Si bien se aludía al coito, la concepción de Susan al respecto seguía siendo oscura; por lo tanto, no se dio ninguna interpretación que lo ubicara en un contexto objetivo, basado en una buena información.

Acto seguido, Susan se dedicó con fruición a manipular pintura marrón, a la que calificó de «caca».

Habló de las distintas maneras en que orinaban los varones y las niñas.

Exhibiendo sus manos cubiertas de pintura ?las llamó «guantes de caca»?, anunció, en tono amenazador y suplicante al mismo tiempo, que prefería venir a las sesiones vestida con pantalones y no con vestidos.

Esperaba que se le otorgaría el permiso correspondiente y, de este modo, se evitaría su ataque anal.


Sin esfuerzo alguno Susan podía pasar de la expresión pulsional pregenital a las historias poéticas e infantiles, que fabulaba con gran facilidad.

En estas historias, las referencias personales siempre eran trasparentes, como en el caso de la niñita que se peleaba constantemente con su hermano y a la que terminaban matando mientras se dirigía a la escuela.

La enterraban en una tumba que Susan construyó cuidadosamente con bloques para armar, colocando en la parte superior una pieza puntiaguda.

Cuando el padre, la madre y el hermanito dormían en la casa de muñecas, la niña se levantaba de la tumba y regresaba convertida en ángel, junto a la familia durmiente.

A esta altura, Susan le pidió un fósforo a la terapeuta, porque la muñeca que representaba al ángel debía tener una varita mágica.

La historia termina en este punto; tanto el ángel como la varita mágica fueron depositados silenciosamente en el cajón del escritorio de la terapeuta, para que quedaran a buen recaudo.


En forma gradual, Susan verbalizó sus deseos fálicos, los cuales se hicieron concretos.

En la etapa del tratamiento relacionada con el vocablo «coger» había declarado, literalmente y de modo directo, que «coger significa que una niña quiere un pene».

La articulación exagerada de dicho término le Provocaba un alto grado de excitación, combinado con una Vivencia mágica y fálica de sí misma.

Cuando se examinó el problema de la masturbación, Susan describió cómo tiraba de su muy escaso vello púbico (tenía 12 años) y de su clítoris para «hacer un pene».

En esta época jugaba con una amiga al muchacho y a la chica», poniendo pelotas de tenis dentro de corpiños prestados, así como en la zona genital.

En este juego bisexual aparece la ecuación entre pechos y testículos [Blos, 1960].

Con otra amiga jugaba a la «pelea entre dos varones»: este juego era «sucio»; consistía en golpearse mutuamente en el pecho, el estómago y los genitales.

Con el tiempo, este tipo de juego derivó en contarse historias de amor, en las que Susan representaba el papel de vaquero.


Cada vez que el desesperado deseo de ser varón la arrebataba, Susan destacaba su temor a cambiar de sexo, e intentaba que la terapeuta la ayudara a seguir siendo niña.

En esos momentos, su creencia en la magia del pensamiento era tan fuerte que tenía miedo de perder la continuidad de su sí-mismo, convirtiéndose en la víctima de sus irresistibles deseos.

La represión pulsional prematura, en la niñez temprana, la había vuelto particularmente vulnerable al peligro de que cedieran las barreras represivas y, en consecuencia, irrumpieran sus impulsos primitivos.

Este complejo implicaba un cúmulo de fantasías y afectos asociados con la búsqueda de una relación no ambivalente con la madre, relación que Susan solo podía obtener mediante el dominio de su rabia retaliativa.

Para lograr esto, la niña debía llegar a un acuerdo con su ilimitada envidia y con los impulsos destructivos hacia el hermano.


Ulteriormente, se puso de manifiesto otro elemento del complejo viril.

Susan creía que la enfermedad mental de la madre (factor que precipitó la separación repentina entre ella y la niña cuando esta tenía cinco años) había hecho que algo anduviera mal, retroactivamente, en el momento de su nacimiento.

Cuando se le preguntó qué podría haber sido, respondió que la enfermedad tal vez influyera en su clítoris ?«esa cosa que asoma»?.

Susan pensaba que era distinta de las otras niñas de la colonia veraniega a la que concurrió cuando tenía diez años: estaba convencida de que su clítoris sobresalía.

Observando su propio cuerpo ahora, a los doce años, podía «verlo muy claramente».

En cierta oportunidad, dibujó un desnudo de sí misma con una minúscula protuberancia, un pene rudimentario, debajo del vello púbico.

Debemos señalar que, en este punto de la terapia, se internó de nuevo a la madre.

La niña preguntó repetidas veces si la enfermedad de aquella podía haber influido en la conformación de sus genitales.

La deformación ilusoria, además de ser una restitución, constituía un castigo por la masturbación retaliativa a la que había recurrido cuando se sintió abandonada por la madre.


No sorprende hallar una tendencia al exhibicionismo en el repertorio empleado por Susan para mantener y restablecer la autoestima.

También este impulso estaba inhibido por completo; aparecía sólo en su mundo de fantasía, y, aun así, bien encubierto.

Cuando la terapeuta la frustraba, llamaba la atención de manera «permisible» ?a saber: tratando de sumar cantidades enormes en el pizarrón, sin estar, por supuesto, en condiciones de hacerlo?.

Al comienzo del tratamiento, todavía no le resultaba claro el concepto aritmético de adición y sustracción.

La aritmética estaba vinculada en forma muy íntima con el tema de la competencia entre varones y mujeres.

Tenía que pensar demasiado, y siempre que debía hacerlo le dolía la cabeza.


Estos dolores aparecían ahora cada vez que su hermano recibía alguna atención especial por parte de sus progenitores ?p.

ej., en su cumpleaños?.

La actividad yoica (v.

gr., el pensamiento) entraba fácilmente en conflicto ante la intrusión de impulsos agresivos y competitivos no sublimados.

En una oportunidad, Susan le pidió a la terapeuta que pusiera una pintura suya en la cartelera, para que todos la vieran; a modo de firma, utilizó la palabra «coger», mágica y provocativa.

La tendencia exhibicionista podía reconocerse, además, en su compulsiva necesidad de mentir; por ejemplo, les decía a sus compañeros de escuela que había nacido en París, o bien se ponía en un plano envidiable y misterioso, atribuyéndose experiencias que tal vez ninguno de ellos hubiera podido tener.


En otra fantasía, Susan estaba en una fiesta, con los labios pintados; los varones trataban de ver qué usaban las niñas debajo de sus polleras.

Todas llevaban «shorts cortos» (short shorts) menos Susan, que no tenía puesto nada.

Los varones lo sabían y no levantaban su vestido.

En una segunda versión eran las niñas las que dejaban ver sus «shorts cortos» a los varones, nuevamente excepto Susan, que no llevaba nada.

Después de referir esta fantasía, Susan habló acerca del tipo de baños que le gustaban, y contó que en la casa de Wisconsin había siete, mientras que la suya solo tenía uno.

Dando a la sesión un final feliz, fabuló otra historia en la que ella estaba dotada de poderes mágicos y poseía una varita mágica que todos podían ver.


Este deseo podía posesionarse de ella incluso hasta el punto de que intentara hacer magia, como cuando decidió disponer los creyones sobre la mesa del consultorio siguiendo un orden cromático y con los ojos cerrados, o recortar figuras sin mirar.

Este tipo de maniobras defensivas ofrecieron la oportunidad de interpretar las «ficciones» ?inversiones??, o sea, la sustitución de cierta incapacidad, deficiencia, decepción, pérdida o envidia dolorosas por una afirmación de su superioridad y singularidad.

Estos procedimientos para engrandecerse y consolarse se hallaban estrechamente relacionados con las prácticas autoeróticas; de hecho, eran los equivalentes de la masturbación fálica.


En la terapia de Susan se trataron primero las fantasías y los afectos y pensamientos conexos de carácter defensivo, y luego su actividad autoerótica, es decir, la masturbación misma.

Esta técnica es corriente en la terapia de niños.

Resulta obvio que cuanto más conscientes, a la vez que secretas, sean las fantasías, con mayor obstinación se tratará, quizá, de mantenerlas ocultas.

Con el tiempo, sin embargo, sus versiones encubiertas y censuradas se volverán trasparentes, y el terapeuta podrá arriesgarse a enunciar con claridad los secretos y conflictos del niño.

En el caso de Susan, sus historias y actos sintomáticos no eran más que confesiones involuntarias.


Es verdad que, durante un largo período, estas últimas no benefician al paciente en forma directa e inmediata, sino que más bien ayudan al terapeuta a penetrar en la vida interior de aquel.

La confrontación prematura con los complejos rechazados solo fortalece la barrera defensiva.

Gradualmente, sin embargo, esta fase de la terapia lleva a revelar el «secreto» ?en el caso de Susan, la masturbación? y las fantasías, afectos y pensamientos vinculados de manera íntima e inextricable con aquel.

Los siguientes temas de discusión serán estos: determinar de qué manera y con qué fin los componentes infantiles de la masturbación compulsiva de Susan influyeron en su desarrollo adolescente temprano; además, si una fijación en la actividad autoerótica interfiere generalmente en el desarrollo adolescente progresivo, y cómo lo hace.


 


 


6.

La masturbación y el desarrollo progresivo


 


En la prepubertad, cuando aumenta la intensidad de las presiones pulsionales, es habitual que el niño recurra a la masturbación.

En el caso del varón, esta, por su misma naturaleza (la erección), es innegable y, en consecuencia, requiere su atención y resulta consciente; por el contrario, la excitación genital de la niña puede despertarse de distintas maneras (muslos apretados, postura, pensamientos y fantasías), sin que se usen necesariamente las manos.

Además, puede obtener placer y bienestar elevando ligeramente y por largo tiempo la excitación, sin alcanzar una culminación.

A menudo, no es consciente de sus prácticas y del carácter erótico de estas [BIos, 1962].


En la masturbación puberal podemos observar los residuos de las prácticas autoeróticas pregenitales, así como el contenido mental de estas.

Específicamente, me refiero aquí al estadio pregenital, caracterizado por los componentes poco diferenciados del erotismo uretral y fálico-clitorídeo.

El afecto global concomitante de excitación y satisfacción interviene como regulador primitivo de la tensión, y pone de manifiesto, al mismo tiempo, que la regulación somática y el mantenimiento de la homeostasis emocional se han obtenido solo con un compromiso objetal indistinto e insustancial.

Por lo general, el yo se hace cargo de un amplio sector de las funciones de regulación, dominando en forma progresiva las pulsiones y el medio.

Este dominio presupone la internalización, que puede reconocerse en la identificación secundaria y en la representación psíquica estable del mundo objetal; estas internalizaciones dan lugar a nuevas formas de estimulación y gratificación.

Puede discernírselas en el ejercicio cabal de las facultades físicas de dominio recientemente adquiridas, así como en el uso simbólico de los objetos y las infinitas posibilidades de elaboración que ofrecen.

El juego del niño muestra de manera muy elocuente este proceso.


La capacidad para tolerar la postergación y la tensión permite que el yo busque y halle la gratificación de las demandas instintivas en consonancia con la dependencia del objeto (socialización), o que las desvíe, con el correr del tiempo, hacia actividades gratificantes para el yo, que denominamos «sublimaciones».

La regulación de la autoestima mediante actividades yoicas adquiere a la postre una importancia proporcional a las actividades del ello ?es decir, el gobierno de la descarga y la gratificación pulsionales?.

La capacidad para tolerar la tensión se basa en la «expectativa confiada», o sea, en la certidumbre y la esperanza de que un medio solícito graduará bien el alivio de la tensión.

Esta confianza promueve y asegura una regulación eficaz de la angustia, e impide que estallen crisis psicológicas excesivas.


La masturbación es una de las tantas medidas que se utilizan para manejar situaciones críticas de tensión.

Si se la practica en demasía o se la prefiere como modalidad gratificante, las emociones o los intereses dirigidos hacia el objeto se infantilizan.

Si absorbe un monto elevado de energía psíquica (libido y agresión), las relaciones objetales se empobrecen, en detrimento de la elaboración de la estructura psíquica.

Esta afirmación se basa en el supuesto de que dicha estructura se va perfilando de acuerdo con el grado de internalización de las relaciones objetales.

Al decir esto, no ignoro la importancia de la internalización del mundo externo (realidad), sino que destaco el papel de un primus inter pares.


Los instintos parciales (sadismo, masoquismo, exhibicionismo y voyeurismo) obtienen una gratificación directa merced a las fantasías que acompañan o preceden a la masturbación.

Esto puede retardar, impedir o debilitar la trasformación de dichos componentes, bajo la tutela del yo, mediante su combinación con (y su contribución a) las modificaciones yoicas que amplían la esfera de actividad libre de conflictos del yo.

Conocemos bien estas facultades sublimatorias a través del juego, el aprendizaje, el desempeño, el desarrollo de habilidades, la competencia, la capacidad de observar, concentrarse, crear, etc.

Cuando los instintos parciales ?excesivamente arraigados o intensos? se conectan con la masturbación, las funciones yoicas se desarrollan pobremente, se las abandona con facilidad o se contaminan con elementos sexuales.

Esto las hace conflictuadas e inestables, como lo demuestran ciertas perturbaciones infantiles del aprendizaje (presentes también en el caso de Susan).


Debemos examinar en este punto, además, los denominados «equivalentes de la masturbación»; estos aluden al hecho de que la manipulación voluntaria de la zona erógena con el fin de obtener placer puede ser reemplazada por compulsiones, rasgos, actitudes, rituales, impulsiones (actuaciones), que también permiten una reducción autorregulada de la tensión.

Tales desviaciones de la conducta constituyen a menudo los síntomas relevantes que indican la necesidad de administrar terapia a un niño o un adolescente.

El impulso autoerótico desplazado subyacente en estos síntomas se pone de manifiesto, en muchos casos, a través de una prueba de realidad más o menos deficiente.

Dicho estado puede ser notorio y obvio, u oculto y confuso, como ocurre cuando el yo se disocia defensivamente.

La disociación defensiva del yo permite mantener en la fantasía una vida secreta, libre de conflictos; esta posee siempre un fuerte matiz de realidad (no psicótico), a la vez que el yo realiza, aunque superficialmente, las funciones que protegen la «doble vida» de la conciencia de sí y de la percepción e interferencia del mundo externo.

En tales casos, el cuadro clínico muestra la formación de síntomas, acompañada por una adaptación espuria.


Es corriente ver a niños y adolescentes llevar esa doble vida hasta que, en la fase de consolidación de la adolescencia tardía, el déficit de desarrollo acumulado provoca una ruptura emocional.

Mi experiencia me indica que un impedimento acumulativo de esta naturaleza puede tratarse con éxito durante la niñez o el estadio inicial de la adolescencia.

Ciertamente, la intervención terapéutica en estas etapas puede impedir los efectos devastadores que produce la consolidación de una personalidad anormal.

Aun cuando ciertos vestigios de la tendencia patológica sobrevivan en las secretas fisuras de la personalidad, la reanudación del tratamiento durante el período posadolescente, o bien en la edad adulta, constituye una empresa muy prometedora, en virtud de aquella primera intervención.

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De este modo, sería posible, por último, separar el aspecto subversivo del yo y el superyó de su connivencia con la gratificación instintiva primitiva, y ganar sus facultades para los fines de la terapia ?o sea, la síntesis yoica?.

De otra manera, el paciente utilizará el tratamiento para perpetuar la disociación yoica; aun cuando haya mejoría con respecto a los síntomas, ella solo simulará la madurez emocional.

En tales casos, la nueva exigencia de la terapia, que intenta suprimir las fijaciones pulsionales y yoicas para movilizar el desarrollo progresivo y la diferenciación de la personalidad, reviven las exigencias que provocaron la disociación.

El problema terapéutico inherente a la configuración estructural que hemos descrito será tratado en los capítulos 8 y 9, ambos dedicados a los aspectos técnicos.


Susan reveló solo en forma gradual su actividad masturbatoria y las fantasías concomitantes.

En una etapa más temprana de su tratamiento, había dado innumerables indicios de los equivalentes de la masturbación.

El hábito transitorio de mesarse los cabellos pertenecía a esta categoría; (1) el más generalizado, sin embargo, era el hábito compulsivo de mentir.

No podía evitar la necesidad de hacer pasar por verdadero algo que había fabulado; al mismo tiempo, tenía plena conciencia de que estaba diciendo una mentira, por la que merecía un castigo.

De hecho, las temibles consecuencias de aquella la aterrorizaban, pero era incapaz de renunciar a ella.

Al contar una historia «falsa», experimentaba una mezcla de placer (por el hecho de que tal vez le creyeran) y de temor a las «llamas del infierno» ?una mezcla que describió como «excitante»?.

A menudo confesaba a su terapeuta que le estaba diciendo una mentira.

El deseo apremiante de mentir surgía, en realidad, cuando sus impulsos agresivos hacia la terapeuta amenazaban con desbordarse.

Entonces la vencía el miedo a que la rechazaran o dejaran de quererla.


A veces, y solo en la intimidad, recurría a la masturbación al hallarse en circunstancias similares, dirigiendo sus impulsos agresivos, en la fantasía, contra la persona frustradora, en general la madre.

En tales oportunidades, trataba de descubrir o de producir un pene en su cuerpo, buscándolo mediante la manipulación.

Este componente masturbatorio había adquirido dimensiones desmesuradas.

Como ya lo indicamos, mientras se masturbaba la niña esperaba siempre que «pasara algo», que nunca ocurría.

Cuando se hallaba oculta bajo la cama, diciendo la palabra


(1) Debemos señalar aquí que el compulsivo mesarse los cabellos de Susan nunca dejó ningún indicio en su cuero cabelludo y no reflejaba - el intento de autodestrucción que este hábito suele poseer en los niños psicóticos.

En realidad, constituía un desplazamiento de abajo (tirarse del clítoris; véase el capítulo 5) hacia arriba; sus padres lo denominaron correctamente un «mal hábito».


mágica «coger», la asociación (podría hablarse incluso de igualación) entre «coger» y «pene» despertaba su excitación sexual.

Pero, al mismo tiempo, ello era fuente de decepción y angustia; de hecho, cada vez la deprimía más descubrir que su clítoris seguía siendo tan pequeño como siempre.


Susan tenía la certeza, tal como lo ponían de manifiesto sus dibujos de los genitales de una niña y sus prácticas masturbatorias, de que dentro de ella se ocultaba un pene.

Al bosquejar el clítoris, le dio la forma de un pene voluminoso, completamente desproporcionado en relación con el conocimiento táctil que había adquirido.

La identidad entre ambos órganos ?si aún se necesitaran más pruebas? resultó explícita en las estrías que les atribuyó.

Cuando se le preguntó qué significaban las líneas horizontales en el clítoris, explicó: «Estas son las arrugas».

Las había observado en el órgano viril.


La masturbación de Susan era fálica.

Ante la decepción, renunció a ella y delegó a la fantasía lo que la manipulación no había podido materializar.

Se dedicó entonces a prácticas menos angustiantes que las que entrañaba la percepción táctil: comenzó a colocar, por las noches, su osito de felpa o su almohada entre las piernas.

Esto le producía una sensación agradable, que le permitía conciliar el sueño con facilidad.


Los recuerdos más vívidos de Susan respecto de la masturbación fálica se referían a los cinco y seis años, cuando la habían separado de su familia.

En esa época, se masturbaba tanto que «sentía dolor adelante» y temía haberse lastimado.

Este miedo al daño permanente o a la castración irreparable solo incrementaba su necesidad de masturbarse, para comprobar que aún podía reproducir la sensación familiar.

La masturbación, pues, además de ser un recurso para obtener placer, servía para confirmar el hecho de que no se había producido un daño irremediable.

En suma, la necesidad de restituir el objeto, el miedo constante a la pérdida definitiva y, por consiguiente, a la falta de integridad, los celos hacia el hermano privilegiado, junto con la persistente ambivalencia respecto de la madre, trasformaron gradualmente la masturbación en un síntoma compulsivo.


Pudimos comprender este síntoma sólo cuando reconocimos que tenía su origen en las relaciones objetales de Susan, las cuales, en virtud de su interrupción traumática, causaron un violento regreso de la libido al nivel autoerótico.

En la terapia había que desandar este camino, es decir, había que reemplazar gran parte de la gratificación autoerótica por relaciones objetales posambivalentes.

Dicha transición corría paralela con la resolución del síntoma.

Pudimos ver cómo la masturbación, a través de los años, había adquirido numerosas facetas distintas.

En el tratamiento se las consideró por separado, y muchas de ellas se suprimieron específicamente de la masturbación, en el sentido estricto del término.


La magia desempeñaba un papel muy importante entre las operaciones mentales vinculadas con la masturbación.

El complejo onanista contenía las tendencias a la obstinación, la terquedad y el negativismo; el afecto retaliativo se hallaba omnipresente, pero, por encima de estas actitudes y afectos, el acto mismo, en general, disipaba la angustia traumática al establecer que ninguna circunstancia vital ?y, en especial, ninguna pérdida, cualquiera que fuese su naturaleza? es permanente e inalterable.

El aspecto defensivo de la masturbación consistía indudablemente en negar el carácter definitivo de cualquier situación existente: todo era recuperable, remediable, reversible.

El aspecto restitutorio residía en la comprobación mágica de que una niña podía trasformarse en varón y, de este modo, quedar a salvo de la pérdida, como el hermano.

El aspecto adaptativo debe buscarse en la disociación yoica que permitió a Susan desempeñarse bastante bien en el exilio, dentro del nuevo contexto social; esto hizo que los adultos la quisieran y la consideraran dulce y simpática.

Se toleraba incluso que mojara la cama, lo cual era visto por sus parientes como la desdichada debilidad de una niña por lo demás adorable.


Vale la pena reflexionar, a la luz del análisis precedente, sobre los recuerdos de Susan acerca del año de separación.

La paciente se aferró a una distinción entre los «hechos» que aparecían en sus sueños y los que se relacionaban con acontecimientos reales.

Los sueños contenían sus angustias, que se expresaban a través de inundaciones y del temor a perecer ahogada; y puesto que estas catástrofes eran solo imaginarias, podían recordarse.

Sin embargo, las reminiscencias de acontecimientos reales persistían únicamente dentro de una maraña de invenciones, demostrando ser recuerdos encubridores.

Durante mucho tiempo, Susan se adhirió a la ficción de que esa época había sido la más feliz de su vida.

De acuerdo con ella, Wisconsin era el paraíso de los niños.

La existencia idílica y fabulosa había comenzado el día de su llegada.

Basta recordar al lector el carro tirado por caballos y la extraordinaria «casa con siete baños», el caballo preferido ?un padrillo, por supuesto? que la amaba y al que ella adoraba.

Estas fabulaciones ?numerosas, por cierto? constituían recuerdos encubridores que ocultaban las emociones conflictivas y perturbadoras.


El mantenimiento de los recuerdos encubridores cumplía una doble función: por un lado, evitaban la angustia, eliminando de la conciencia los afectos, pensamientos y recuerdos dolorosos que la niña era incapaz de integrar, y, por el otro, trasformaban estos mismos pensamientos y afectos en sus opuestos.

De este modo, la niña justificaba el crimen imperdonable cometido por su madre.

El hecho de que Susan admitiera con bastante facilidad que había inventado esas historias confirmó que siempre fue consciente, en cierta medida, de su irrealidad.

En el curso de la terapia, tales reconocimientos seguían a sueños y pensamientos cuyo contenido eran impulsos agresivos (golpear a la madre) o acusaciones contra esta (la bruja que devora niños).


La conciencia naciente de estos afectos dirigidos hacia el objeto y cargados de culpa permitió a Susan vincularlos, mediante asociaciones, con la masturbación; la terapeuta, por último, llevó estos nexos asociativos, por medio de interpretaciones, hasta un nivel de insight.

Las asociaciones y el insight provocaron una distensión de la actividad autoerótica compulsiva y estereotipada.

En realidad, a esta le siguió, en el tercer año de tratamiento, una regresión a la etapa de desarrollo psicosexual que Susan había revelado al principio de la terapia.

Me refiero al hecho de revolver, ensuciar y oler, y a sus opuestos, limpiar, fregar y lavar.

Luego de años de quietud, los impulsos anales se afirmaron de nuevo.


Conforme a estas tendencias, la masturbación siguió un curso predeterminado, regresivo, hasta el punto de fijación anal.

Esta se puso de manifiesto en la masturbación anal.

La exploración manual por un lado, y la elaboración de la fantasía, por otro, hicieron de la región glútea ?es decir, anal y perineal? la parte esencial del cuerpo y la única importante en relación con el sexo.

En sus dibujos, por ejemplo, trasladó el vello púbico a la parte trasera.

Podemos suponer que su decepción con respecto a la pequeñez de su clítoris contribuyó en forma decisiva a esta regresión pulsional.

Susan lo expresó muy claramente, cuando dijo que «explorar el agujero de adelante no hace más que doler, y, de cualquier manera, es demasiado pequeño».


Este comentario contrastaba, en la época de su masturbación anal, con su observación de que la diferencia entre varones y mujeres residía en las nalgas: «El trasero de los varones es más chico que el de las niñas».

Por fin, había hallado un punto de superioridad comparativa.

Por supuesto, cuando su hermano era pequeño y ella tenía tres años, sus excrementos resultaban más grandes que los de aquel.

Al introducir un dedo en el ano podía sentir una masa sólida, especialmente cuando estaba constipada.

Esto contrastaba muchísimo con la suavidad que notaba en el clítoris al masturbarse, una sensación que la inducía a «tirar de eso» en forma vehemente y airada; ello la dejaba físicamente dolorida y emocionalmente asustada.


Susan pensaba ahora que la atracción que los varones sentían por las mujeres se debía a su interés en contemplar el trasero de estas.

Al dibujar a un muchacho desnudo (era la época de la exploración e información anatómicas), esbozó primero su parte posterior.

Resulta innecesario decir que, en este sentido, la diferencia entre varones y niñas es insignificante; además, esta zona del cuerpo no suele ser accesible a la observación directa por parte de ambos sexos.


La masturbación anal, como cualquier complacencia en pasatiempos «sucios», la llenaba de culpa y de temor al castigo.

En cierta oportunidad mostró a la terapeuta el dedo medio de la mano derecha y le señaló una verruga que había crecido en él.

En su afán de prepararse para recibir el castigo que adoptaría la forma de pérdida de un miembro (castración), se había entrenado en escribir con la mano izquierda y en desempeñar con ella tareas que solía realizar con la mano derecha.

Puesto que Susan era zurda, estas medidas de prevención no tenían mayor sentido, salvo el de asegurarse de que el uso de ambas manos haría menos penosa la pérdida de los dedos de una de ellas.


En el curso de la exploración corporal, se puso de manifiesto que Susan conocía de manera muy confusa la anatomía femenina.

En comparación con su inteligencia y con la competencia que había adquirido en la escuela a los doce años, su comprensión de la anatomía y la fisiología humanas era infantil y primitiva.

El control de esfínteres, establecido en época temprana y de modo precipitado, solo le había permitido adquirir un conocimiento sensorial superficial de los orificios excretorios del cuerpo.

El período de aprendizaje había dejado un monto excesivo de agresión vinculado con estas zonas.

En tales condiciones, el yo nunca había extendido su autonomía sobre las funciones corporales; en cambio, el control se obtuvo y mantuvo por medio del temor y la culpa.

No sorprende que estos controles cayeran ante el impacto del trauma: enuresis a los dos años (se desconoce el hecho precipitante), y luego, en forma duradera, a los cinco, con rastros episódicos de deposiciones en la escuela.


Entre los numerosos conceptos erróneos de Susan acerca de la anatomía se hallaba su firme creencia de que existía una conexión, una «especie de puente», entre la parte posterior (ano-recto) y la parte anterior (vulva-clítoris).

En esta concepción falsa, referida al orificio excretor, reconocemos la supervivencia de la teoría sexual infantil universal de las niñas.

Es posible que su pertinacia y resistencia al tratamiento se originaran en la unión del síntoma urinario con elementos anales.

De todos modos, la enuresis cedió por último, después que la masturbación se hubo desligado de su fijación anal.

Es indudable que la proximidad de la primera menstruación facilitó esta tendencia.

La observación clínica, sin embargo, corroboró ampliamente la influencia ejercida por los desplazamientos catécticos, la progresión psicosexual y la autonomía yoica en la resolución de síntomas.

El vuelco de energía pulsional a la libido objetal y de energía pulsional neutralizada al desarrollo y la síntesis yoicos corrió paralelo a la disminución de la masturbación compulsiva, las mentiras, las deposiciones involuntarias y la enuresis.

Veremos por separado su interrelación, cuando examinemos el proceso de resolución de síntomas.


 


7.

El ingreso en la adolescencia


Cuando el tratamiento se realiza en las etapas formativas de la maduración y el desarrollo, el terapeuta se enfrenta siempre con la necesidad de efectuar una evaluación diferencial de la conducta, las fantasías, la ansiedad y las defensas.

Cada fase, a lo largo de la pauta secuencial de la personalidad en desarrollo, contiene tendencias pulsionales, ansiedades y ajustes yoicos críticos y característicos que a menudo no pueden distinguirse fácilmente de las formaciones patológicas.

La adolescencia demuestra este hecho del modo más terminante, pues en su trascurso ciertas condiciones, al parecer patognomónicas, no constituyen más que estados transitorios que acompañan a la reestructuración psíquica.

Puesto que ya he descrito en otro trabajo las vicisitudes de las pulsiones y el yo durante las cinco fases de la adolescencia [Blos, 1962], solo volveré a subrayar este hecho, antes de relacionarlo con el caso de Susan.


Sabemos perfectamente que la regresión constituye un rasgo característico de la preadolescencia.

Debemos preguntarnos ahora a qué se debe la diferencia entre la regresión propia de la fase y la patognomónica.

Para discernir qué corresponde con propiedad a la fase preadolescente, debemos efectuar primero una revisión de la fase precedente: la latencia.

Al hacerlo, debemos tomar en cuenta ciertos hitos del desarrollo.

Si queremos enumerar los logros de la latencia, tenemos que dirigir nuestra atención, principalmente, a la expansión del yo y a la autonomía yoica secundaria.

El punto de partida de ambas?y, al mismo tiempo, el camino por donde transitan? son los procesos de identificación, que reemplazan las dependencias objetales tempranas.

A su vez, la regulación de la autoestima se independiza más de los controles ambientales.

La adaptación y la ansiedad sociales aparecen con claridad cada vez mayor en este período, durante el cual el niño amplía su dominio sobre sí mismo y el mundo objetal.

La habilidad y la competencia, la perseverancia y la ambición se articulan sistemáticamente en actividades normativas, a través de los juegos, la escuela, los pasatiempos y las tareas.

Solo en el caso de que estas características del período de latencia se hallen presentes será factible pasar a la fase de la preadolescencia.

La prepubertad y la pubertad temprana, por su misma naturaleza, influyen en el equilibrio entre la pulsión y el yo.

Si la expansión, la iniciativa y la autonomía yoicas ?en suma, el estilo y la estructura del yo? son deficientes, inestables y desparejas, la presión pulsional de la pubertad desborda las afirmaciones del yo débil.

Ello determina la reactivación simple y no elaborada de las constelaciones pulsionales infantiles (sexualidad infantil).

En el cuadro clínico, es imposible discernir nada nuevo o claramente adolescente.

En los preadolescentes cuya fase de latencia se ha desarrollado en forma deficiente hallamos enclaves de singular puerilidad, que adoptan la forma de persistentes necesidades de dependencia y de f alta de tolerancia a la tensión.

La conducta imitativa y las poses encubren a menudo la incompetencia social.

Los rituales privados toman forma dentro del santuario de la familia.


 Se tiene la impresión de estar frente a un desarrollo desequilibrado o retrasado.

Este retraso se hace más perceptible al llegar a la pubertad, cuando la intensificación de las posiciones prelatentes pone en primer plano la inmadurez del niño.

De pronto, el ambiente inmediato al niño se muestra alarmado, pues la conducta y las actitudes que antes se circunscribían al ámbito familiar se trasfieren ahora al marco social más amplio ?es decir, quedan expuestas a la opinión pública?.

Sin embargo, lo que observamos en tales circunstancias no puede atribuirse a la regresión, ya que no hubo avances decisivos de la latencia que establecieran una posición adelantada desde la cual regresar.

Al iniciarse la pubertad ?o sea, en la prepubertad? se suele producir una interrupción o ruptura con respecto a los logros de la latencia.

El deterioro de los modales y de la conformidad, la concentración y la cooperación son algunos signos relevantes del cambio preadolescente.

Cuando en el período de latencia tiene lugar un crecimiento yoico suficiente, es posible observar una regresión genuina en la preadolescencia.

La regresión pulsional a la pregenitalidad es el «gran secreto» que, en esta etapa, las niñas cuchichean entre sí con risitas sofocadas.

Quien esté familiarizado con el contenido de estos «secretos» sabe perfectamente que corresponden a las fases anal y fálica, y que se expresan en términos de instintos parciales.


La participación del yo en el movimiento regresivo puede reconocerse en el restablecimiento de defensas primitivas, como el pensamiento mágico, la proyección y la negación, y en la aparición de todo tipo de rasgos, hábitos e ideas obsesivocompulsivas.

La evitación, la observancia de reglas y los rituales caracterizan la preadolescencia.

La regresión yoica se manifiesta bajo la forma de actitudes e intereses yoicos primitivos ?p.

ej., controlando el medio, o dependiendo en demasía de el?.

Junto con los aspectos defensivos, debemos reconocer explícitamente el lado adaptativo de la regresión yoica, ya que el clínico suele tender a ignorarlo [BIos, 1967].


Un rasgo peculiar de la regresión preadolescente es que el yo se mantiene elástico.

Esto le permite volver a su posición poslatente adelantada, recuperando así con facilidad su dominio y su autonomía.

La regresión pulsional y yoica hacia etapas pregenitales y preedípicas constituye la característica psicológica de los adolescentes jóvenes.

Estos deben seguir dicho curso, antes de efectuar un salto hacia la genitalidad, durante la fase de la adolescencia propiamente dicha.


La regresión preadolescente patognomónica implica volver a puntos de fijación tempranos ?vale decir, a posiciones correspondientes al desarrollo pulsional y yoico que nunca se abandonaron totalmente?.

Si se observan de cerca tales casos, es posible advertir que las fijaciones en cuestión nunca dejaron de afirmarse durante todo el período de latencia (en trastornos de la conducta o los hábitos, en síntomas obsesivos o compulsivos, en disfunciones somáticas, en inhibiciones intelectuales o desajustes sociales).

Con bastante frecuencia, el niño deja de lado, sin que ello se note, las tareas del período de latencia; tales omisiones solo se manifiestan más tarde.

El papel que desempeña este período en el esquema del desarrollo progresivo es evidente: constituye una condición previa para ingresar en la adolescencia.

Solo si los logros esenciales del período de latencia se han afianzado podrá pronosticarse, con buen grado de certeza, si el estadio inicial del desarrollo adolescente realizará sus propias modificaciones pulsionales, yoicas y superyoicas específicas, sin sufrir impedimentos excesivos.


Es indudable que, cuando Susan inició su tratamiento, el desarrollo de su latencia se hallaba obstaculizado por fijaciones pulsionales en el nivel anal.

Su desempeño respecto del aprendizaje era tan inestable que no merecía confianza alguna.

Podía olvidar la ortografía de las palabras más simples; en cuanto interfería el pensamiento infantil o mágico, su comprensión lógica de los hechos se hacía añicos; la perfección y la exactitud habían adoptado un carácter compulsivo, del que estaban ausentes el juicio y la elección.

En el curso del tratamiento, se puso claramente de relieve que las funciones yoicas de Susan se cargaban de inquietudes reparatorias y restitutorias toda vez que una sensación de maldad o de falta de integridad degradaba su imagen de sí misma.


En esos momentos, solía dedicarse en la escuela a borrar y lavar el pizarrón, y expresar desdén hacia los otros niños, que se cuidaban poco de la limpieza y el orden.

Deseaba tener, no solo uno, sino veinte pizarrones para limpiar, pero al mismo tiempo temía escribir en ellos una palabra e incurrir en errores ortográficos.

Esta secreta preocupación con respecto a «ensuciar y limpiar» la alejaba de los demás niños, manteniéndola aislada y sin auténticos amigos.


Se desempeñaba mejor en la asignatura «Arte»; aquí inostraba imaginación, y sus maestros ponderaban su inusual «creatividad».

Susan tenía un excelente dominio del lenguaje; en este sentido, se hallaba realmente adelantada a su edad.

Esta facultad, sin embargo, se esfumaba inesperadamente en determinados momentos de la terapia; entonces solía utilizar papel, lápices y pinturas para expresar en forma gráfica lo que era incapaz de decir con palabras.

Así produjo sus dibujos anatómicos.

Solo cuando las fantasías y afectos asociados con sus dibujos e historias inventadas salieron a la luz, mediante la exploración y la interpretación, pudo restablecerse la verbalización directa y sostenida.

Su miedo a que los niños descubrieran sus mentiras, con la consiguiente humillación, llenaba las horas de escuela de riesgo, cautela y aprensión; ello influía desfavorablemente en su capacidad de concentración y aprendizaje


Sus funciones yoicas habían quedado inextricablernente mezcladas con derivados pulsionales.

Por lo tanto, sus recursos defensivos se hallaban sometidos al constante esfuerzo de ofrecer una correcta apariencia en público.

Ello convertía la vida cotidiana en una prueba penosa, de la que esperaba liberarse mediante la terapia.

Se adhirió con empeño a los objetivos de esta última y rara vez vaciló en tal esfuerzo.

En la terapia reveló su capacidad para establecer una relación sin trabas.

Su impulso hacia el desarrollo progresivo demostró ser más fuerte que cualquier tendencia regresiva o afianzamiento regresivo de su perturbación.


El Primer logro de la terapia fue la consolidación tardía del periodo de latencia, mediante la liberación de algunas funciones yoicas con respecto a ciertas fijaciones pulsionales infantiles otorgándoles así una posición autónoma.

La interpretación de las defensas y el gradual descubrimiento de su «vida secreta» dieron como resultado la autonomía yoica.

Este cambio fue paralelo a la regresión pulsional, permitida en la situación terapéutica, y a la recuperación de los afectos, las ansiedades y realidades históricas relacionadas esencialmente con la misteriosa separación de la madre.

El mismo proceso de «designar» lo olvidado le confirió representación verbal y, de este modo, lo hizo accesible al yo.

Este avance permitió que la experiencia traumática fuera objeto de la introspección y de los procesos del pensamiento, lo cual acercó los recuerdos reprimidos a la esfera de la síntesis yoica ?o sea, la integración del yo?.

Podría decirse que en el proceso de «designar» lo que el niño siente, fantasea o recuerda, la esfera del yo se extiende hacia un área de la vida mental que hasta entonces solo había existido en términos de síntomas, somatización, esquema corporal, fantasías, estados emocionales, humores y símbolos idiosincrásicos.


Con el fin de resumir y aclarar lo dicho hasta ahora, introduciremos la siguiente enumeración.

A través de estas siete categorías fue posible descubrir varias veces los síntomas en el curso de la terapia.


1.   Síntomas: Enuresis, masturbación compulsiva, inhibición en el aprendizaje, mentiras.


2.   Somatización: Dolores de cabeza y de estomago, cansancio, debilidad.


3    Esquema corporal: Según las palabras de Susan «Todas mis partes están mal puestas»


4    Fantasías: La creación de un mundo ficticio.


5    Estados afectivos: Envidia, ira, rabia, seguidos por angustia y culpa.


6    Humores: Estados eufóricos y disfóricos.


7.   Simbolismo: El «caballo», la «varita mágica», la «descarga de agua», el «carrito colorado».


La tarea de la terapia consistió en identificar estos diversos Ítems psicológicos y elevarlos al nivel de la verbalización y el pensamiento, antes de que la niña pudiera experimentar su interrelación.

Solo entonces la función sintetizadora del yo pudo abarcar las distintas líneas de insigbt y llevar a cabo su integración.

Este proceso, si bien se repitió muchas veces, nunca fue idéntico.

Como bien sabemos, el paciente se resiste involuntariamente al tratamiento ?cuya meta es la renuncia a la gratificación pulsional primitiva?, a pesar de su cooperación consciente y de su deseo de mejorar.

No sorprende el hecho de que las defensas se solidifiquen o se desplacen, en forma súbita o repetida, durante el esfuerzo conjunto de la terapia.

El caso de Susan ofrecía un calidoscópico conjunto de materiales, que invitaban a la terapeuta a considerar el conflicto neurótico, o aspectos parciales de este, desde ángulos constantemente renovados.

En la fase de «elaboración» de la terapia, esta reiteración tiende a proporcionar la mayor ventaja terapéutica.

(1)


Luego que la envidia hacia el hermano, la ambivalencia con respecto a la madre y la fijación anal se investigaron y rastrearon hasta sus diversos «escondrijos», pudo observarse algo significativo en el material aportado por Susan.

La niña comenzó a mostrar un interés femenino por su aspecto personal y su atractivo (12 años).

Su preocupación por obtener integridad fálica ?o, en un nivel diferente, su empeño en reconquistar todo el amor de su madre como requisito previo para sentirse completa? fue reemplazada por el cuidado de la belleza femenina.

En ello observamos la identificación tardía con la madre.

En vez de poseer a esta corporalmente, bastaba ahora con parecérsele.

El lápiz de labios que Susan compró en secreto constituyó un acto de rivalidad hacia la madre, e insinuó un compromiso edípico.


Ahora deseaba que su padre no descubriera que le había crecido vello en las axilas y una «pelusita adelante» (12 años).

Tal negativa era, en realidad, una manifestación del conflicto.

Transitoriamente, el padre desempeñaba un papel que conspiraba contra su tímido pudor, al inspeccionar su cama de noche para ver si estaba mojada.

En esa época, Susan dormía desnuda, pues ya no se ponía la almohada entre las piernas, sino su pijama.

Había pasado ya la edad del osito de felpa.

El padre había mostrado siempre un interés activo en los problemas de Susan y ansiaba ayudarla, pero cuando la terapeuta tomó conocimiento de aquellas inspecciones nocturnas le explicó a Susan que era demasiado grande para que su padre controlara si mojaba la cama.

La niña estuvo de acuerdo y el asunto se discuti6 con el padre, quien aceptó la sugerencia de abandonar dicha costumbre.


Lentamente, Susan comenzó a considerarse una niña.

Participaba del placer femenino de embellecer su cuerpo, y no solo en lo que respecta a la prolijidad y corrección; el lápiz de labios y el corpiño se convirtieron en preciadas posesiones.

Su interés en la anatomía correcta y en el funcionamiento de los genitales femeninos pasó a primer plano.

Esperaba menstruar a los 13 años, pues su madre había tenido la primera regla a esa edad.

En esta época ?a los 12 años?, se embarcó en el proyecto de dividir la habitación que compartía con su hermano.

Los planos y las mediciones llenaron las sesiones.

Por último, se decidió realizar la división de la pieza mediante una cortina; el lado que le correspondía a Susan sería decorado como un cuarto de niña, mientras que el de su hermano seguiría siendo una «desordenada» pieza de muchacho.

A esta le adjudicó el espacio más amplio, pues «los varones necesitan más lugar para moverse que las niñas».


 


(1) Véase «Susan», capítulo 9.


El arreglo de su habitación reflejaba un cambio en el esquema corporal, o, a la inversa, la organización espacial y la decoración de su cuarto fue posible solo después que su esquema corporal sufriera una trasformación.

En vez de colocarse el pijama o la almohada entre las piernas, ahora se abrazaba a uno u otra.

Sus fantasías iban desde abrazar a la madre o.

a un bebé hasta ser un varón que abrazaba a la madre, o una niña que envolvía en un abrazo a un varón.

En la configuración total de su desarrollo, este juego de fantasías puede calificarse de «típicamente preadolescente».


Con una nueva amiga hablaba del amor en el país de los vaqueros, o bien, durante cortos intervalos, ambas desempeñaban el papel de varones.

Sus fantasías podrían considerarse ahora románticas, antes que infantiles.

En una fiesta en la que participaban varones y niñas, Susan organizó juegos tan excitantes como «hacer girar la botella» o «estar en el cielo» (besar); tales juegos duraban solo breves minutos, pues de otro modo, según la paciente, terminarían por ser «aburridos».

Esta autoprotección contra un exceso de excitación representaba una capacidad recientemente adquirida, que contrastaba en forma aguda con la gratificación instintiva secreta de los.

años precedentes y la inhibición pulsional total en las situaciones sociales.


Sería difícil evaluar el nivel evolutivo de Susan como patológico o específico de la fase sin pasar revista a los síntomas que la trajeron a la terapia.

Al cumplir los 13 años, aproximadamente, dejó de mojar la cama; esto último no volvió a ocurrir durante una enfermedad que le hizo guardar cama por corto tiempo.

Antes, las enfermedades siempre habían agravado su enuresis.

En esta oportunidad, ciertas actividades la mantuvieron ocupada.

El carácter compulsivo de su masturbación genital disminuyó muchísimo, y la masturbación anal desapareció de la esfera del autoerotismo, que normalmente acompaña el ingreso en la adolescencia.

De la concepción cloacal de sus genitales pasó a una concepción humana, es decir, femenina.

Durante un largo período no hubo rastros de deposiciones involuntarias; de hecho, este síntoma fue el primero en desaparecer.

Ello ocurrió en una etapa temprana del tratamiento, después que Susan dirigiera abiertamente su agresión anal contra la terapeuta.


Dejaron de manifestarse insuficiencias tales como el desajuste social, la sensación de ser diferente de los otros niños y la inestabilidad en el proceso de aprendizaje.

Todas ellas fueron reemplazadas, en igual medida, por un afán de superación en los planos social, personal y escolar.

Cuando sus medios o recursos resultaban incompatibles con sus aspiraciones, estas desembocaban en frustraciones y decepciones; no obstante, Susan perseveraba.

Se convirtió en miembro activo y entusiasta de las Niñas Exploradoras.

Comenzó a buscar modelos y guías adultos fuera de los límites de la familia y abandonó gradualmente su dependencia infantil con respecto a la madre y la terapeuta.


8.

Relación de la maduración y el desarrollo con la trasferencia y la resistencia


La trasferencia se desarrolla solo cuando determinadas condiciones permiten y favorecen su formación.

El paciente debe asignar al terapeuta el papel de una persona significativa en su vida emocional e investir a la nueva relación, por ilusoria que en parte sea, con la libido y la agresión suficientes para experimentar, en relación con el terapeuta, aquellas constelaciones emocionales críticas de su pasado que continúan existiendo como agentes virulentos, patógenos, en su vida mental.

Se requiere algo más que centrar en el terapeuta el interés emocional; también es preciso que haya en el paciente la urgente necesidad de comprometerlo en sus actividades pulsionales y yoicas, aunque solo sea en el plano de la imaginación.

La pauta y la secuencia de las reacciones de trasferencia revelan, a la postre, el significado oculto de los síntomas.

Mediante la reiteración de las manifestaciones de trasferencia, vinculadas con recuerdos, fantasías y pensamientos asociativos, la historia vital del paciente se aclara y surgen a la luz los períodos críticos de su desarrollo; luego es posible empezar a corregir el curso desviado de este último.

Las manifestaciones de trasferencia reflejan un cúmulo de experiencias cruciales; su valor terapéutico es dudoso ?excepto como alivio catártico transitorio?, a menos que se trasformen en un puente tendido hacia los recuerdos y la expresión verbal, posibilitando así la inferencia de un significado personal.

El recuerdo y la verbalización elevan la experiencia patógena y sus secuelas al nivel del yo y permiten que la patogénesis y el síntoma puedan investigarse y evaluarse.


En el caso de Susan, como ?ya lo habrá advertido sin duda el lector, el material clínico estaba lleno de fenómenos trasferenciales.

Ante una mirada inquisitiva, estos revelan características que los distinguen de la trasferencia en el análisis de niños.

La frecuencia de las sesiones en este último (cinco veces por semana) permite revivir con cierta continuidad las experiencias críticas y no integradas, sin que las defensas tengan oportunidad alguna de consolidar su oposición a la manifestación de los antecedentes patógenos; los intervalos semanales, o de mitad de semana, propios de la psicoterapia de niños, dan lugar, en cambio, a que las defensas cumplan su función.

La psicoterapia tiene eficacia terapéutica en la medida en que la psicopatología del niño constituye un sistema abierto.

La neurosis infantil, sin embargo, en cuanto sistema cerrado, requiere la intervención del análisis, pues la rígida continuidad temporal del proceso analítico tiende a incorporar dentro de su esfera la totalidad de la patogénesis.


Las reacciones de trasferencia en la psicoterapia son, por así decirlo, efímeras; tienen carácter de comunicación directa, y este es su propósito.

Constituyen declaraciones que el terapeuta enlaza con materiales relevantes y a menudo ya conocidos de la historia vital del paciente, para ponerlos a disposición del yo en forma verbalizada, causal y temporal.

Lo que ayudó a Susan a organizar sus experiencias fueron el «qué», el «por qué» y el «dónde«.

Esto tuvo, en sí mismo, un efecto integrador y adaptativo, y llevó su actividad psíquica a un nivel superior.

Ello fue posible, sin duda, por el hecho de que la niña se relacionó con vehemente pasión, positiva y negativa, con su terapeuta, y estableció con bastante rapidez una alianza de trabajo inquebrantable.


Sin la discreta participación de la terapeuta en este proceso, la trasferencia apenas hubiera llegado a ser tan productiva y provechosa para la terapia.

El contenido psíquico «disociado» y los afectos ligados eran, en el plano descriptivo, pero no dinámico, inconscientes.

Es decir, uno y otros resultaban inaccesibles al yo y, en virtud del estado de aislamiento de Susan, superaban la capacidad de la niña para integrarlos.

Sentimientos dolorosos y desorganizadores obstaculizaban el camino.

En este sentido, la psicoterapia ayudó a «poner las partes en su lugar» ?parafraseando el comentario de Susan, según el cual sus partes corporales estaban «todas mal puestas».


Ahora resulta claro qué diferencia existe entre la trasferencia en la psicoterapia y en el análisis de niños.

En este último, la trasferencia es el instrumento terapéutico que trae a la luz el contenido psíquico inconsciente, o, en otras palabras, lo incorpora al ámbito del yo.

Este proceso requiere una relación de trasferencia ininterrumpida, facilitada por la frecuencia de las sesiones.

Un intervalo de una semana, como en la terapia de Susan, impide que se desarrolle una relación de trasferencia continua; como sabemos, esto es indispensable para recuperar el contenido psíquico inconsciente patógeno.


Es indudable que en la terapia de Susan ciertos núcleos patógenos quedaron sin tratar; por otro lado, los progresos emocionales de la niña y la expansión de sus recursos yoicos le permitieron una vida psíquica menos conflictuada y menos acuciada por ?la angustia.

En otras palabras, se estableció la condición para que comenzaran a funcionar los procesos integradores.

Los núcleos patológicos que se dejaron intactos y en estado latente fueron superados, mediante la intervención psicoterapéutica, gracias al ascendiente de las funciones yoicas autónomas.

Cuando las defensas debilitadoras se hicieron paulatinamente prescindibles, la energía psíquica se puso a disposición de los procesos integradores.


Durante la niñez (hasta finalizar la adolescencia), la trasferencia enfrenta ciertas limitaciones que le son inherentes, pues la relación entre progenitores e hijos mantiene aún toda su fuerza.

En la trasferencia, solo hallan expresión los aspectos internalizados que dejaron de formar parte activa de la relación actual con los progenitores o hermanos.

La regresión específica de la fase, que tiene lugar en la preadolescencia, mantiene a flote relaciones objetales infantiles al parecer abandonadas, con el fin de que el niño pueda liberarse emocionalmente de ellas y realizar las trasformaciones que le permitirán ingresar en la adolescencia.

Las manifestaciones asociadas con este proceso no pueden caracterizarse como auténticas reacciones de trasferencia; con todo, ponen de manifiesto ciertas connotaciones infantiles distorsionadas que han quedado adheridas a los vínculos objetales primarios y que amenazan trasmitirse a las relaciones extrafamiliares del adulto.

La etapa inicial de la adolescencia constituye un período favorable para la acción terapéutica, pues el desarrollo coadyuva a la tarea.

Por otro lado, la angustia que despierta la atracción regresiva tiende a aumentar la resistencia hasta un punto en que el trabajo terapéutico debe interrurnpirse.

Mi experiencia me indica que el hecho de conocer la constelación psíquica propia de la preadolescencia permite al terapeuta tener el tacto necesario para no caer en el desaliento y e1 fracaso terapéuticos.

Por supuesto, esto no siempre es posible.

Las reacciones de trasferencia deben vincularse solamente con el terapeuta y con la situación terapéutica; de otro modo, no cabe calificarlas de tales.

Es gratuito denominar «reacción de trasferencia» a cualquier conducta relacionada con el terapeuta, cuando en realidad ella solo constituye una conducta habitual del niño, que este muestra en todas partes y con respecto a cualquiera.


Desde hace tiempo se admite que ciertas constelaciones emocionales atentan contra el establecimiento de la trasferencia.

Es obvio que las dos clásicas ?el duelo y el enamoramiento? no dejan energía psíquica disponible para mantener un interés activo por el mundo externo, incluidos el terapeuta y la situación terapéutica.

En la adolescencia existe un estado psicológico característico que también conspira para que no se establezca la trasferencia; hacia él dirigiremos ahora nuestra atención.


Las dependencias emocionales, en sus diversas formas, suelen ser menos egodistónicas en la niñez que en la adolescencia.

Sabemos que las necesidades de dependencia se vuelven a activar regresivamente en esta etapa.

El adolescente se resiste y se defiende contra la regresión pulsional y yoica hacia estados infantiles; en la terapia, esto aparece como resistencia a la trasferencia.

Este tipo de resistencia da lugar a un sutil problema técnico, pues el terapeuta debe distinguir entre la resistencia esencialmente adecuada a la fase y la que aspira, a menudo bajo el disfraz de una falsa madurez, a preservar el estado patológico.


Si bien la resistencia específica de la fase a la trasferencia obstaculiza la terapia, e incluso tal vez llegue a abortarla, no podemos ignorar sus implicaciones adaptativas.

El adolescente trata de lograr el control yoico sobre la tendencia regresiva.

La resistencia constituye, en parte, un recurso distanciador, que disminuye la intensidad del compromiso objetal infantil.

La demanda implícita hecha por el terapeuta a través de la confrontación, la explicación y la interpretación ?es decir, el pedido de que el adolescente joven abandone la necesidad de desapego emocional o el temor a este? solo intensifica la maniobra defensiva.

Cuando se le permita rehacer sus fuerzas primero ?o sea, mantener intacta la denominada «resistencia a la trasferencia»?, el adolescente revelará, cuando llegue el momento de elegir, el miedo al desamparo y a las necesidades de dependencia.

Según las palabras de un adolescente: «Ahora que gané un punto, estoy dispuesto a escuchar lo que usted tiene que decir».

El terapeuta debe determinar en qué momento y en qué medida intervendrá para expresar lo que, cuando menos, hace tiempo ya sabe o ha comprendido.


El hecho de que cada etapa posea sus defensas preferentes o típicas forma parte de la naturaleza del desarrollo.

Cada estadio establece la represión de las gratificaciones pulsionales «desmedidas», así como las adaptaciones yoicas, hasta que aquellas hayan desaparecido o sufrido una trasformación.

Sin embargo, esto no siempre ocurre.

Cuando los componentes patológicos del desarrollo son arrasados por el flujo de la represión normal (p.

ej., la represión de los conflictos edípicos al iniciarse el período de latencia), reaparecen, bajo alguna forma determinada, durante el proceso de recapitulación de la adolescencia.

En esos momentos, el terapeuta se apoya en la alianza terapéutica para ayudar al niño a reconocer, en estos vestigios de antiguas posiciones, formaciones anacrónicas que tienden a hacer abortar el desarrollo progresivo.

En virtud de este tipo especial de asociación en el esfuerzo terapéutico, el paciente ?niño o adolescente? percibe que el interés del terapeuta en la «enfermedad» refleja, correctamente, su propio interés yoico o sus esfuerzos para lograr salud y madurez.


El caso de Susan mostró de manera terminante este aspecto de la terapia.

La niña nunca llevó a la práctica su amenaza de abandonar el tratamiento.

Este era su modo de probar a la terapeuta, de determinar en qué medida esta entendía que la resistencia era resultado de la angustia, en relación con las abrumadoras necesidades de dependencia y la intimidad ambivalente de la niña.

Unas y otra habían alcanzado ya un punto crítico en la época en que la regresión de Susan hacia las tendencias pulsionales anales o fálicas amagaba irrumpir en la situación terapéutica.

Recuerde el lector los períodos caracterizados por el «desorden» y la palabra «coger».

Susan desistió de su amenaza de abandonar la terapia y estableció en cambio ?al menos temporariamente? una distancia emocional respecto de la terapeuta y de sus propios conflictos.

Por entonces, su yo había adquirido controles más eficaces: Susan podía estabilizar ahora la alianza terapéutica verbalizando en el momento propicio e introduciendo elementos de expresión formales, ya sean metáforas o símbolos.

De este modo, su vida interior pasó a ser objeto de un examen crítico y de insigbts, dentro de límites tolerables de angustia y culpa.

Así, Susan pudo mantener cierta independencia y, al mismo tiempo, reconocer y aceptar la ayuda de la terapeuta ?es decir, su comprensión?, expresada en forma de comentarios e interpretaciones.


Trazaré ahora un perfil longitudinal de la trasferencia y la resistencia, tratando de destacar las pautas de desplazamiento que se deben más a los cambios del desarrollo que a las fluctuaciones dinámicas propias de la relación terapéutica y sus defensas.

Por supuesto, ambos componentes deben incluirse en el perfil, pues los dos impulsan el proceso terapéutico.

Su acción conjunta permite que las etapas del desarrollo recientemente alcanzadas consoliden su organización específica.

Sin embargo, antes de aplicar dicho perfil al caso de Susan, debemos hacer algunas consideraciones teóricas.


 


Siempre que se alcanza un nuevo nivel de integración de la personalidad reaparecen los vestigios de la patología originaria; en terapia se los vuelve a examinar, entonces, desde una posición más ventajosa.

Los residuos de los conflictos y las fijaciones se someten, de este modo, a una repetida investigación ?proceso conocido como «elaboración»?.

Entre paréntesis, y en un nivel especulativo, podríamos decir que hasta que el desarrollo no concluya y las condiciones externas e internas se estabilicen no cabe afirmar con certeza que el núcleo patógeno ha perdido su valencia ?en otras palabras, que ha dejado de existir?.

La imposibilidad de alcanzar este estado en la vida humana habla a las claras de la relatividad de los logros terapéuticos.


La importancia práctica de este tipo de consideraciones es mucho mayor que lo que podría parecer a primera vista.

Ello se pone de manifiesto, en particular, cuando nos decidimos a evaluar los resultados de un tratamiento concluido dentro de los márgenes de un proceso de desarrollo (p.

ej., la niñez o la adolescencia).

La frecuente necesidad de reanudar más tarde el tratamiento ?ya sea en la adolescencia, en los primeros años de la edad adulta o durante la paternidad? constituye un hecho clínico bien conocido.

No obstante, pude comprobar que una experiencia terapéutica positiva en la niñez o la adolescencia, aunque sea fragmentaria o incompleta, representa de todos modos una ventaja perdurable.

Los numerosos casos que he seguido me permiten considerar esta ventaja como una base firme para emprender un nuevo tratamiento con una sensación de seguridad y confianza.


A menudo surge el interrogante de si el sexo del terapeuta es de crucial importancia para el desarrollo de la trasferencia y la resistencia.

Mi experiencia me indica que esta pregunta debe contestarse negativamente, con una notable excepción.

Tuve oportunidad de verificar que el tratamiento de las adolescentes jóvenes está erizado de dificultades cuando lo dirige un hombre.

La estimulación erótica, con frecuencia crudamente sexual, que la niña experimenta durante las sesiones llena la situación de tratamiento de emociones que determinan formas extremas de resistencia, una cooperación superficial o la actuación.

Ninguna de estas complicaciones dan lugar fácilmente a maniobras técnicas que se hallen al alcance del terapeuta; queda, como única posibilidad, derivar tales casos a una mujer.


Mis propias experiencias con adolescentes jóvenes de sexo femenino me convencieron de que era preferible poner el tratamiento en manos de una mujer; durante muchos años he adherido a este precepto.

En consecuencia, mi investigación de la adolescencia se vio privada de un segmento que debía estudiarse.

Compensé esta desventaja, debida a mi sexo, consultando a analistas de niños experimentadas, y supervisando a analistas y terapeutas de sexo femenino que se dedicaran a tratar niños.

Esto ocurrió con Susan.

El material sexual de este caso, tan indispensable para comprender los síntomas, nunca habría surgido con la misma facilidad ni resultado tan productivo si la paciente hubiera sido tratada por un hombre.

La decisión de asignar una terapeuta a Susan se basó en el supuesto de que el tratamiento duraría hasta su adolescencia.

Se eligió este caso porque se lo consideró adecuado para investigar la transición de la latencia a la adolescencia, tomando como ejemplo a una niña determinada.

Esperaba que los conceptos estructurales y evolutivos que yo había formulado con respecto a la preadolescencia y la adolescencia temprana en la mujer se corroborarían en la situación clínica.

Por lo demás, el proceso terapéutico y los datos clínicos constituyen, en general, el camino principal para exponer y verificar la teoría [BIos, 1962].


Si observamos el perfil de las reacciones de trasferencia de Susan a lo largo de los años de tratamiento, veremos que surge una pauta de secuencias que ahora examinaremos.

Al principio, la niña se relacionó con la terapeuta de acuerdo con formas sociales ya puestas a prueba, recurriendo a las «medidas de seguridad» de conformidad, simpatía y obediencia.

Se esperaba que hablara, de modo que hablaba.

Con el fin de despertar el interés de la terapeuta, «hacía los deberes»: pintaba, recitaba poesías y deletreaba palabras.

Tiraba las pinturas que «no eran buenas», con lo que no solo profesaba los altos valores que regían su vida, sino que demostraba su deseo de que la consideraran perfecta.

Si al realizar algo? p.

ej., ajustar bloques de plástico? tropezaba con la más ligera dificultad, abandonaba dicha actividad recurriendo a algún pretexto inteligente.

Solía pedir consejos y sugerencias a la terapeuta, sabiendo que a los adultos les agradan los niños que aprecian su conocimiento acerca de «todo».

Llevaba este «truco» hasta el punto de mostrar interés por la terapeuta y
por lo que esta querría hacer, y, en consecuencia, hacer con ella.


Estos esfuerzos oportunos por conquistar el aprecio, la aceptación y el amor de la terapeuta ocultaban apenas la dependencia agresiva de Susan.

En realidad, esta tendencia favorecía la formación, de una relación terapéutica posesiva, absorbente, controladora y pegajosa ?en suma, de carácter ambivalente?.

El conflicto de ambivalencia se puso de manifiesto ya en la segunda sesión, cuando la niña preguntó: « ¿Cuántos años puedo venir?».

Esta simple pregunta entrañaba dos afectos opuestos: el rechazo y la dependencia.

Uno se relacionaba con su decepción ante la lentitud con que venía la ayuda que necesitaba urgentemente («Si eso es lo mejor que puede hacer, es preferible que la deje»); el otro reflejaba la súplica y la esperanza de que no la consideraran indigna y prescindible («Ojala no me deje nunca y yo pueda estar a su lado para siempre!»).

La primera sesión, dijo, no la había «ayudado mucho».

Ella esperaba que la liberaran de sus sueños aterradores sin tener que hablar de ellos.

Cuando se dio cuenta de que nada había sucedido, acusó a la terapeuta de que no se había molestado en hacerla sentir mejor.

No obstante, en vez de abandonar la terapia, comenzó a contar sus malos sueños.


Primero con cautela y luego en forma abierta, Susan dejó de ser la niña grande que preguntaba y respondía de manera adulta, contemplando con desdén los Juguetes del consultorio, como si fueran cosas pueriles.

Ahora se quejaba, durante un intento furtivo de jugar con la casa de muñecas, de que ninguna de sus presuntas amigas la había dejado hacer de madre cuando jugaban a la familia.

Esperaba que la terapeuta la compensara por estos rechazos y decepciones.

Había observado que un niño pequeño concurría a sesión antes que ella; los crecientes celos le hicieron exigir por último una explicación sobre los motivos por los cuales no podía tener una sesión que durara toda la tarde.

Al ver que no se le satisfacía este deseo, quiso que ciertos materiales de juego se reservaran para su uso exclusivo; si ello no fuera viable, al menos la terapeuta podría hacerle un regalo (un pincel, creyones).

Quería una prueba concreta de amor, no palabras; deseaba que aliviaran su angustia sin permitir ninguna intrusión en su mundo de fantasías; quería que la compensaran y repararan en forma tangible.


La niña percibía a la terapeuta como una persona omnisciente y omnipotente que ofrecía consuelo y protección y que, como cualquier madre buena, podía otorgarle un estado de beatitud y una sensación de integridad.

Puesto que le había asignado este rol a la terapeuta, Susan la trataba de acuerdo con él.

En una oportunidad, la niña afirmó que contarle sus sueños no ayudaba para nada y que «pensar» en ellos le producía dolor de cabeza.

Dejó bien sentado que hasta entonces, aislada del afecto, había estado satisfecha, bloqueando así de nuevo el trabajo terapéutico y experimentando una nueva decepción respecto de la terapeuta.

Su vehemente deseo de recibir un regalo concreto impedía que se explorara su vida de fantasía; esto no sufrió mayores cambios hasta que paciente y terapeuta conocieron el objeto de los deseos y reclamos de Susan.


No obstante, antes de que ello ocurriera se desencadenó una verdadera tormenta de frustración y desilusión.

Hubo una explosión regresiva de rabia infantil y de expresiones instintivas, de las cuales la niña se había defendido hasta entonces mediante la formación reactiva, la negación, la represión, la proyección y la somatización.

De aquellas, las principales eran las manifestaciones de agresión anal y los ataques retaliativos anales en respuesta a la negativa de la terapeuta a compensarla por las privaciones que había impuesto ?tales como «ningún regalo, ningún favoritismo»?.

La trasferencia refleja aquí la integración incompleta del adiestramiento intestinal; a través de ella surgen a la superficie los afectos reprimidos de la fase anal.

El adiestramiento intestinal prematuro provocó una obstrucción de la fase anal, cuando la autonomía del esfínter anal era incompleta e inestable.

En otras palabras, la etapa anal no quedó atrás, a la manera de una estación intermedia en el camino hacia la progresión psicosexual, sino que fue abandonada de prisa, como por alguien que huye.

Por consiguiente, la libido y la agresión quedaron ligadas a esta zona erógena, cristalizando de este modo en un punto de fijación.


La regresión a esta etapa se puso de manifiesto primero en la expresión de rasgos, actitudes y características representativos de la modalidad anal.

En las sesiones, Susan se volvió provocadora, obstinada, desordenada, irresoluta y ambivalente.

Calificó a la terapeuta de «canalla» (la madre «mala» del período anal).

Esta actitud se desplazó rápidamente hacia el amor y la dependencia, suscitados por las fuerzas disuasorias del pánico y el terror, por miedo de destruir el objeto del que se había vuelto dependiente.

Su temor era tan grande que suprimía sus impulsos hostiles y controlaba su conducta provocadora al precio de «sentirse cansada y débil».

Se aquietaba, empalidecía, se sentía desdichada y deprimida; sin embargo, una y otra vez evitaba hundirse en este pantano proyectando poderes mágicos en la terapeuta.

Con voz ansiosa, rogaba: «No me trasforme en varón».

Esta frase descubría con claridad su complejo viril.


Para Susan, ser varón y poseer poderes mágicos y controladores era la misma cosa.

Pero el problema no es tan simple como se desprende de la manera en que ella lo enunciaba.

En general, el complejo viril de una niña suele englobarse en el concepto psicoanalítico de «envidia al pene»; ello obstaculiza la búsqueda de sus orígenes más profundos y de más vastos alcances, los cuales se hallarán en un sentido de falta de integridad corporal.

El caso de Susan demostró esto con toda claridad.

En cierta oportunidad, una paciente mía ?adolescente que también padecía de un virulento complejo viril? expresó su problema de este modo: «No, no quiero tener un pene; pero tampoco quiero que nadie lo tenga».

En última instancia, el problema que había permanecido fuera de control y que a la postre impidió el tránsito normal de Susan por la fase de la preadolescencia era la exclusiva posesión de la madre.


Resultó imposible comprender totalmente el complejo viril de Susan mientras esta ocultó el problema volviendo a recurrir a defensas obsesivo-compulsivas de índole ritual y mágica.

Las evitaciones (no pisar baldosas negras, no usar pinturas, no decir malas palabras) y las compulsiones (dedicarse a la interminable limpieza del pizarrón, el piso y las paredes del consultorio) tenían por objeto evitar el peligro del castigo o la pérdida de amor.

En este período, en el que el trabajo escolar ocupaba su mente, solía usar las sesiones para capacitarse en escribir con la mano izquierda. (1).

Como pudo comprobarse luego, esto representaba una medida de seguridad contra la culpa que le provocaban la masturbación y el miedo a la castración.

Sus esfuerzos defensivos culminaron en la renuncia a la terapia.

Un día, en forma totalmente deliberada, arrojó todas las pinturas en un tarro, impidiendo de ese modo que otros pudieran utilizarlas (Ahora nadie puede usarlas»), y declaró que no volvería.

Agregó: «Así, el hombre que viene antes que yo y el muchacho que viene después pueden tener más tiempo».

Esta renuncia altruista constituía el último recurso de Susan para mantener bajo control su agresión retaliativa y asegurarse el amor y la protección continuos de la madre preedípica, personificada ahora en la- terapeuta


Ciertos datos históricos se aplican al análisis Precedente.

El nacimiento del hermano debió despertar celos desmedidos en una niña cuyo desarrollo yoico precoz la volvió, en el plano emocional, extremadamente sensible a los privilegios otorgados a un bebé.

Dicho nacimiento coincidió con la lenta y dudosa disminución de las necesidades de la fase anal de Susan, cuando esta tenía tres años y dos meses.

El embarazo y la espera de un bebé habían comenzado antes, por supuesto alrededor de los dos años y medio.


 


1 Era zurda pero había sido adiestrada en la escuela para escribir con su mano derecha.

Sus pautas de aprendizaje y memoria, una vez modificadas por la terapia, confirmaron nuestra primera impresión de que sus fallas en estas áreas no se debían a la «dominancia lateral mixta»


Debemos subrayar aquí la distinción entre la madre de la infancia (preedípica) y la de la niñez temprana (edípica), por un lado, y la madre presente en la vida del niño o el adolescente, por el otro; la trasferencia trae a la luz las etapas de las relaciones objetales que pueden considerarse reales solo en relación con el pasado.

Volver a experimentar estos estados infantiles es esencial para la terapia, porque sin ello es imposible movilizar las porciones estancadas de libido y agresión.


La particular influencia que ejercen las fijaciones pulsionales sobre las funciones yoicas puede observarse en la fijación de Susan en la fase anal, en el esquema corporal cloacal y en el hecho de sentirse poseedora de un cuerpo incompleto.

Estos estados se trasformaron, con el correr del tiempo, en realidades anacrónicas a las que el yo debía ajustarse.

Convergían en la representación de sí misma, la cual, a su vez, influía de manera adversa en las funciones yoicas de la Susan revelaba esta correlación a través de su escasa comprensión del mundo físico, sus dificultades con la lectura y la ortografía, su poca capacidad en aritmética y su defectuosa prueba de realidad.

Estas deficiencias nunca se trataron en forma directa, ni se intentó corregirlas por medio de clases particulares.

Se las consideró sintomáticas y, en consecuencia, no remediables mediante la educación.


De acuerdo con lo anterior, nunca se le pidió a la madre que compensara a la niña por las privaciones que esta había sufrido en el pasado.

Tampoco se le solicitó que intentara gratificar las necesidades regresivas de Susan, convirtiéndose en una madre preedípica real.

Sí se obtuvo de ella un mayor grado de tolerancia en relación con las manifestaciones sintomáticas de regresión ?p.

ej., el desorden, las mentiras y el atrevimiento (la compra de un lápiz de labios) ? Esto no ofreció dificultad alguna, pues la madre entendía perfectamente la naturaleza del tratamiento y, como resultado de su propia enfermedad, había adquirido una actitud comprensiva hacia los inconvenientes y tribulaciones propios de la terapia.

Esta actitud le permitió apoyar el tratamiento de su hija con extraordinaria paciencia.


Las resistencias que hemos descrito se desarrollaron como consecuencia de la regresión pulsional y dentro del marco de la trasferencia.

La fuerza y el alcance de la resistencia dan cuenta siempre de la magnitud de los peligros imaginarios atribuidos a la situación terapéutica.

En el caso de Susan, el peligro consistía en una tendencia regresiva que la llevaría, en definitiva, a ser absorbida por la madre arcaica.

Una fusión potencial de este tipo despierta un sentimiento de pánico, cuya señal de alarma es la angustia.

Ello moviliza poderosas defensas que se manifiestan en la resistencia a la trasferencia.

En esencia, la situación de peligro que implica la fusión reside en tragar el objeto de amor o ser tragado por él.

En una oportunidad, en la que dicho peligro parecía inminente, Susan tuvo una pesadilla en la que aparecía un tiburón de dientes afilados.

Al describir ese peligroso animal, dijo: «El tiburón era tan grande como esta habitación».

De este modo quedó al descubierto el peligro de los impulsos orales y de su ambivalencia: anteriormente, la alternativa había sido incorporar o ser incorporada.

Susan nunca cedió a la atracción regresiva rindiéndose a uno de estos estados primordiales.


El miedo a la terapeuta disminuyó cuando la niña se orientó hacia la fase fálica, abandonando el deseo de hallar una restitución regresiva mediante la posesión de la madre.

En el
conflicto de Susan en la fase fálica podemos descubrir, sin embargo, un componente oral persistente que sufrió cierta trasformación.

El origen de lo que aparecía como modalidad fálica podía encontrarse en constelaciones pulsionales primitivas: por ejemplo, la posesión absoluta de la madre como un modo de sentirse definitivamente íntegra.

Esto se expresaba, en el nivel fálico, en el anhelo y la búsqueda del pene, o en la reparación de la castración o la pérdida.


Cabe señalar que los conflictos y deseos orales no reaparecieron en forma crítica hasta que la integración de la personalidad fue tan sólida como para asegurar una protección eficaz contra la renuncia y la fusión regresivas.

Ya hemos descrito cómo ocurrió la evolución hacia la fase fálica; resta decir que la niña comunicó a la terapeuta todos los detalles de las prácticas, fantasías y sensaciones relacionadas con la masturbación y el deseo de tener un pene sólo después de una larga resistencia, que resultó ser la preparación de Susan para la osada y regresiva revelación de sí misma.

La niña se sumergió en el proceso terapéutico durante el período caracterizado por la palabra «coger», en el cual surgieron, en toda su magnitud, su confusión, su preocupación y su curiosidad sexuales.

Cuando este período alcanzó un punto de ansiedad conflictivo, una nueva ola de represión cayó sobre su vida instintiva.


Siguió otro período de vigorosa expansión yoica.

La creciente independencia del yo con respecto a las pulsiones instintivas (autonomía yoica secundaria) se hizo evidente en conexión con la terapeuta, el trabajo y la escuela, sus pasatiempos, intereses, actividades sociales y relaciones con los pares.

Este cambio fue tan notable que suscitó comentarios en el ambiente de Susan.

La tolerancia a la tensión, la aceptación de la postergación y la frustración, anunciaron un estado de control y dominio cada vez mayores.

Simultáneamente, aumentó el desapego emocional respecto de la terapeuta.

Los vínculos objetales prelatentes habían cedido lugar a la identificación.

Ahora era más fácil convivir con ella; la niña respondía mejor a los requisitos de la vida social, el hogar, la escuela, etcétera.


A pesar de estos avances, después de tres años de tratamiento aún se mantenían síntomas tales como la enuresis y las mentiras.

Susan los toleraba con cierta ecuanimidad exenta de preocupación.

Las desagradables y perturbadoras pesadillas habían desaparecido.

Al hacerse conscientes los impulsos agresivos, primitivos y violentos ?después de haberlos rastreado a través de las visicitudes de las relaciones objetales?, aquellas habían perdido, por así decirlo, su raison d?étre.

La consolidación tardía del período de latencia se reflejó en la personalidad de Susan cuando tenía entre 10 y 11 años.

Ahora que el ascendiente de los intereses yoicos era visible, la niña solía practicar aritmética con la terapeuta.

Las preocupaciones sexuales y las expresiones pulsionales regresivas, tan importantes hasta el momento en sus actos, juegos, fantasías, fabulaciones y sueños, pasaron a segundo plano.


Cabe preguntarse si la mejoría con respecto a los síntomas se debía solo a una ola de represión patognomónica, o si también reflejaba, por encima de aquella, un aspecto adaptativo equivalente a la progresión evolutiva, característico del período de latencia.

Después de todo, una ola de represión es algo normal en el período de latencia, especialmente en sus comienzos.

Por supuesto, ambos aspectos, el defensivo y el adaptativo, se hallaban presentes en el caso de Susan.

Los cambios estructurales implícitos en el desarrollo de la latencia le permitieron a la niña, no solo tolerar, sino además enfrentar, en un nivel superior de actividad mental, la angustia conflictiva que había originado sus síntomas.

Las resoluciones de conflictos de las que ahora era capaz hubieran quedado fuera de su alcance si sus impulsos emocionales, infantiles, hubieran sobrevivido con toda su fuerza bajo las defensas masivas, o si estas se hubieran desmoronado, dando lugar a una regresión hacia la etapa simbiótica de las relaciones objetales.


Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que los síntomas la protegían de la regresión total.

Solo hacía falta tiempo para que su expansión yoica le permitiera, por último, renunciar a ellos.

La consolidación del período de latencia debía fomentarse, o, más bien, no ser combatida u obstaculizada por interpretaciones inoportunas ?es decir, prematuras? referentes a las pulsiones, o estimulando ligeramente a la niña para que revelara más secretos.

La impaciencia, la curiosidad y la ambición del terapeuta pueden controlarse mejor mediante la observación de reglas técnicas basadas en una teoría dinámica del desarrollo.


Cualquier mejoría observada en la conducta debe entenderse en su exacta dimensión ?o sea, no como un signo de resolución total y duradera del conflicto sino, en parte, como una preparación y una condición previa para el trabajo terapéutico que aún resta por realizar?.

Tropezamos aquí con un principio terapéutico que se aplica al curso del tratamiento, cuando este se realiza dentro de los límites de un proceso de desarrollo: para continuar la terapia, es indispensable hacer un alto en un nivel de funcionamiento adecuado a la edad, aunque este sea espurio y parcial.

Esto es particularmente válido en la etapa inicial de la adolescencia, cuando se opone resistencia a la regresión, no solo en forma defensiva, sino adaptativa.

Cuanto más fuerte es la tendencia regresiva, más urgente es la necesidad de mantener una posición defensiva.


El yo, a la vez que mantiene en actividad las defensas, efectúa progresos, por lo menos parciales, en aquellas áreas determinadas por ciertos requerimientos del medio, relativos a la edad del niño.

La situación terapéutica, que apoya el yo y disminuye la angustia mediante la comprensión protectora y la disponibilidad regular, influye de modo decisivo en esa leve y parcial expansión yoica.

Por supuesto, si la terapia se limita a cumplir esa función, o si ella misma representa una insuperable situación de peligro, es preferible postergar el tratamiento; de otra manera, se corre el riesgo de que la terapia solo mantenga una posición defensiva permanente y carente de sentido.

Puede aparecer también otra alternativa cuyos efectos son más decisivos y, por cierto, fatales: si la regresión pulsional y yoica, agudizada por la pubertad, alcanza el punto de fusión ?es decir, si se borran los límites entre el sí-mismo y el objeto?, se produce una desintegración de la personalidad equivalente a la que ocurre en la psicosis.


Luego del verano en que Susan pasó cuatro semanas en una colonia de vacaciones (a los 10 años), revivió con la terapeuta su sensación infantil de abandono y su necesidad de contar con la madre activa y nutricia.

Era verdad, por supuesto, que la terapeuta había recomendado esta separación, y resultaba sorprendente ver jugar a la «mamá» a una niña que nunca había jugado con muñecas.

Como es característico en estos casos, Susan jugaba en forma alternativa o simultánea los roles de madre e hijo.

Alimentaba al bebé con un biberón de juguete, a la vez que bebía de este en forma subrepticia.

El bebé debía recibir los mayores cuidados, y Susan se encargó de que la terapeuta le facilitara los elementos correspondientes.

El interés común de ambas consistía ahora en hacer feliz al bebe.

La ansiedad ante la posibilidad de padecer hambre y el miedo a la pérdida del objeto pasaron dramáticamente a primer plano a raíz de una huelga de los distribuidores de leche de la ciudad y de una noticia aparecida en los periódicos acerca de la muerte de algunos niños en un hospital, provocada por una enfermedad desconocida.

Susan no había advertido que también habían muerto personas adultas ?incluidas algunas madres.


Ulteriormente, la paciente se volvió hacia la terapeuta en busca de una explicación de la enfermedad de la madre.

Deseaba comprender un sueño en el que «a mamá la mataban», y mostraba cierto grado de perplejidad con respecto a su persistente temor de «ser mala».

Pudo establecerse con facilidad que «ser mala» y «estar alejada» constituían, en la mente de Susan, eslabones de una cadena de acontecimientos.

Pero lo más patógeno era el impulso retaliativo, destructor y agresivo que formaba parte de esta secuencia de hechos.

En la trasferencia, la niña había regresado, de manera fugaz y subrepticia, a la madre arcaica; ahora, la identificación reemplazaba la regresión.

Identificándose con la terapeuta, Susan experimentaba en forma tentativa con su feminidad: en cierta oportunidad, le pidió a aquella que le ayudara a coser una pollera.

El conflicto sexual reapareció en las sesiones debido al efecto violento de la pubertad temprana.

La terapeuta se convirtió en una compañera que la ayudaba a efectuar insigbts .y a poner orden en su conflictuada identidad sexual y en su confusión respecto de la conformación anatómica.

Las prácticas masturbatorias anales y la teoría cloacal salieron a la luz.

Susan comenzó a escribir un diccionario sexual; ello reveló su absoluta confusión, así como su deseo de clarificación.

Cuando se produjo la regresión típica de la adolescencia temprana, aquella tuvo un carácter diferente al de las manifestaciones regresivas de la primera etapa del tratamiento.

En esa época, dichas manifestaciones habían constituido, simplemente, la afirmación de posiciones infantiles que la niña nunca había abandonado.


La diferencia entre ambos tipos de regresión reside en esto: en un caso no hay ningún progreso esencial hacia posiciones pulsionales y yoicas más evolucionadas, mientras que en el otro se regresa desde una posición evolucionada hasta una más primitiva.

Si tenemos en cuenta esta distinción y nos referimos a la regresión como descriptiva o dinámica, podemos decir que la regresión de Susan era, a los 13 años, específica de la fase y, por consiguiente, de índole dinámica.

La condición previa esencial para una auténtica regresión es el logro de una posición más avanzada desde la cual sea posible regresar.

La regresión descriptiva equivaldría, pues, a la reafirmación de posiciones pulsionales que nunca han dado lugar a trasformaciones del desarrollo.


El caso de Susan revela con toda claridad los nexos existentes entre el estancamiento pulsional y sus nocivos efectos sobre las funciones yoicas.

Cuando finalmente puede producirse la regresión dinámica y obligatoria de la adolescencia, es preciso que el yo haya avanzado hacia un nivel más adecuado a la edad; es menester que se haya emancipado, en gran medida, de la dependencia con respecto a las pulsiones, y fortalecido, simultáneamente, mediante la creciente diferenciación de funciones.

La función más importante en este momento es la capacidad auto-observadora del yo, la cual asegura que los aspectos o componentes de este, influidos por la regresión, no pierdan contacto con el estado yoico más evolucionado que ha constituido el punto de partida de dicha regresión.

La regresión adolescente ?en este caso, preadolescente? suele ser transitoria y, en consecuencia, no es patognomónica; su aparición en la terapia de Susan fue bien acogida, desde un punto de vista evolutivo.


Podríamos decir, en forma esquemática y metafórica, que cada vez que el yo adolescente retorna victorioso de una incursión regresiva que ha culminado con la destrucción de una u otra de las quimeras del pasado, la competencia yoica se amplía.

Este incremento del poder de dominio sobre los peligros infantiles fomenta, a su turno, una nueva regresión, esta vez a capas del pasado más primitivas,
más peligrosas y, genéticamente, más profundas.

En el plano clínico, se puede observar este concepto en los progresos de Susan con respecto a la resolución de síntomas; ello se logró paso a paso y por etapas, en un movimiento sesgado: cada resolución parcial producía un avance en el desarrollo y este hacía posible, a su vez, una aproximación terapéutica mayor a la patología esencial.


Cuando la terapia se realiza dentro de un período del desarrollo, se halla sujeta, necesariamente, a las fluctuaciones del «éxito y el fracaso».

Sería un error, originado en la impaciencia y en la estrechez de miras, dar por terminado el tratamiento cuando los síntomas del paciente ofrecen un cuadro más favorable.

Este pensamiento nos lleva a considerar el proceso de «elaboración» y su papel decisivo en la terapia.

Hacia él dirigiremos, pues, nuestra atención.


9.

El concepto de «elaboración» desde el punto de vista del desarrollo


Un aspecto singular de la psicoterapia es que su duración no está determinada por el tiempo que le lleva al terapeuta comprender la enfermedad del paciente.

Si así fuera, el proceso sería más acelerado y Susan no hubiera necesitado permanecer en tratamiento casi cinco años.

Su terapeuta comprendió muy rápidamente cuál era la naturaleza de su enfermedad: la historia personal y familiar de la niña, sus síntomas, su conducta durante las sesiones, sus comentarios, sueños y fantasías, todos estos materiales habían sido reunidos, sin dificultad, al finalizar el primer año.

Ello dio como resultado una comprensión adecuada de la enfermedad, en lo que se refiere a sus aspectos genéticos, dinámicos y estructurales.

Además, las tres instancias psíquicas ?ello, yo y superyó? habían revelado, por aquel entonces, qué papel desempeñaban, respectivamente, en la perturbación de la niña.

No obstante, ese conocimiento, por rico que fuera, no bastaba para acelerar la recuperación de la paciente.

La razón de ello es obvia.


Cualquier pensamiento, confrontación, explicación o interpretación comunicados al paciente deben complementarse, en este, por una capacidad equivalente para aceptar e integrar los planteos del terapeuta.

Dicha capacidad debe atribuirse al yo.

Por consiguiente, el terapeuta sólo comunica al paciente los conocimientos e insights que este puede aprovechar en forma integradora y adaptativa, en la etapa del tratamiento de que se trate.

Esta regla técnica supone que al deseo consciente de mejorar por parte del paciente se le oponen, durante un período indeterminado, poderosas influencias que no se someten al control volitivo.

Las expectativas, miedos y fantasías de Susan en relación con el tratamiento pusieron de manifiesto un cúmulo de influencias que mantenían el estado patológico relativamente intacto.

Como veremos luego, no todas ellas podían interpretarse como resistencias.


Lo que protege y promueve el proceso terapéutico es la alianza terapéutica.

Esta opera independientemente de la influencia de aquellas fuerzas poco dispuestas a participar en la labor terapéutica.

De hecho, es ella la que gradualmente convierte estas fuerzas en egodistónicas.

Este mismo proceso consolida la capacidad observadora del yo y trasforma al yo observable en centro de atención.

De este modo, se promueve la auto-observación y la introspección.

La terapia las utiliza ampliamente; en realidad, su misma existencia depende de ellas.

El insight del niño con respecto al origen y el propósito de sus defensas, el hecho de enfocar ciertos detalles de la conducta para observarlos en común, el recuerdo y las asociaciones espontáneas del pequeño, todas estas características de la terapia de niños sirven para derribar las barreras defensivas y familiarizar al paciente con las raíces de su malestar.

Este productivo movimiento terapéutico da como resultado logros parciales en la resolución de síntomas, seguidos, paradójicamente por estancamientos e, incluso, por retrocesos.


El clínico no desconoce el hecho de que, aun cuando las resistencias y defensas yoicas hayan sido tratadas en forma correcta, permanecen todavía ciertas «adherencias» a las posiciones instintivas o modos de descarga pulsional a los que alguna vez se consideró como reflejo de una cualidad de los instintos mismos.

Hemos caracterizado este tipo de resistencia ??dado que se halla fuera del complejo conflictivo y, por lo tanto, del ámbito del yo? como no defensiva.

Su fuerza varía mucho según el caso, y podríamos definir el proceso de «elaboración» como un esfuerzo sistemático para atraer las resistencias no defensivas o del ello hacia la órbita conflictiva.

Siempre que se resuelve un conflicto entre la pulsión y el yo, quedan algunos derivados de aquella que han escapado de alcance del yo observador.

Estos repliegues o escondrijos de la personalidad, en los que sobrevive la patología originaria, deben suprimirse del todo para obtener la cura.

En esto reside la tarea de «elaboración»; su objetivo consiste en asegurar cada logro terapéutico parcial


Greenacre sugiere que existen casos en los que ciertas fantasías infantiles típicas adquieren «una fuerza, forma y peso especiales por repetición, al verse confirmadas por acontecimientos externos».(1) En el caso de Susan, dicho acontecimiento, es el «año de exilio».

Este hecho ?que no constituye en si mismo el trauma originario que la terapia debe descubrir? aparece, sin embargo, como el tema del proceso de elaboración, pues encarna el principio organizador de la enfermedad emocional.

Greenacre se refiere al hecho de que las experiencias y conflictos infantiles genéricos reciben una valencia específica y patógena cuando se organizan alrededor de algún acontecimiento que corrobora las experiencias anteriores dispersas y las fantasías conexas, reuniéndolas en una experiencia total cuasi traumática.

La reconstrucción de las experiencias o fantasías infantiles más tempranas no tendrá, por sí sola, un efecto curativo; también se requiere elaborar el acontecimiento cuasi traumático en torno del cual se han organizado los antecedentes preedípicos.

En contraste con el análisis infantil, la psicoterapia de niños subraya, fundamentalmente, esta elaboración del hecho organizador.


Toda forma de terapia infantil ocurre en el contexto de un proceso de desarrollo.

Esto me impulsa a ofrecer una concepción evolutiva de la elaboración y a relacionarla con aquellas resistencias que no pueden interpretarse como defensas en el tratamiento de niños.

En aras de la brevedad, designaré estas resistencias con el nombre de «evolutivas».

Ya que estas se hallan fuera del ámbito del conflicto, es preciso introducirlas en él durante la terapia.

Cabe señalar que parecen ligarse inevitablemente con las secuencias evolutivas, a lo largo de la formación de la personalidad.

En tales casos, podemos ver cómo cada etapa del desarrollo lleva el sello de la historia patógena originaria.

Esto lo observamos a través de las modalidades pulsionales y las manifestaciones yoicas, que facilitan el curso de la terapia.


(1) P.

Greenacre, «Re-evaluation of the Process of Working Through», International journal of
Psycho-Analysis, vol.

37, 1956, pág.

440


Debemos reconocer, sin embargo, que en ningún momento específico del tratamiento tenemos oportunidad de investigar la totalidad del complejo patológico.

Solo es posible tratar problemas parciales, o, para ser más exactos, los problemas solo pueden tratarse parcialmente.

La experiencia patógena y sus secuelas conflictivas son pasibles de investigación, en cualquier punto de la terapia, solo en la medida en que estén relacionadas o en consonancia con la organización pulsional y yoica que se ha alcanzado en ese momento preciso del tratamiento.


La terapia aspira a suscitar un movimiento progresivo de las pulsiones instintivas mediante una distensión de las fijaciones.

Tales logros fomentan la integración y la consolidación del yo.

Las nuevas posiciones pulsionales y yoicas determinan una detención o un «impase» temporarios de la labor terapéutica, los que a menudo se consideran posiciones defensivas.

Puesto que no permiten analizar las defensas, se los suele denominar «resistencias».

Surge espontáneamente la idea de que se trata de resistencias del ello; sin embargo, lo que observamos no corrobora este punto de vista.

Después de trascurrido algún tiempo ?durante el cual la consolidación yoica ha seguido su curso, a menudo lento?, advertimos con sorpresa que se produce un regreso espontáneo al complejo patógeno y que el trabajo terapéutico se pone de nuevo en marcha.

La maduración yoica obtenida durante la pausa terapéutica no solo facilita la tarea, sino que la impulsa hacia adelante.


El hecho de recuperar el ímpetu terapéutico pone de manifiesto una significativa diferencia entre esta etapa y las precedentes.

El terapeuta se halla en condiciones de alcanzar ahora, a través de expresiones simbólicas o manifestaciones derivadas, posiciones pulsionales más primitivas.

Esto no se debe simplemente al mayor grado de familiaridad del niño con la terapia o a su creciente confianza en el terapeuta.

Si bien estos factores ejercen, sin duda, una influencia positiva en la profundización del tratamiento, hay otros aspectos vinculados con el desarrollo que merecen que les prestemos atención.


Al reconstituir la secuencia normal del desarrollo mediante la terapia, observamos que el trauma patógeno aparece y reaparece repetidas veces.

Este se presenta una y otra vez, aunque con énfasis distintos en cada oportunidad, pues lo hace de acuerdo con la modalidad pulsional y yoica específica que corresponde a la fase evolutiva que el niño ha alcanzado o vuelto a experimentar en determinada etapa del tratamiento.

De acuerdo con ello, la «elaboración» refleja una recapitulación evolutiva del núcleo patógeno, a lo largo de las secuencias del desarrollo.

Por consiguiente, el núcleo patógeno aparece, desaparece y reaparece en todos los niveles del desarrollo psicosexual.

Una función implícita de la terapia es corregir las secuencias incompletas o detenidas de la progresión psicosexual y, en forma concomitante, promover la diferenciación yoica.

El nivel de desarrollo en el que es posible sacar a la luz el proceso patológico, en un punto determinado de la terapia, depende de la etapa del desarrollo yoico; no está subordinado de manera simple y total a la presencia o ausencia de resistencias yoicas, mecanismos defensivos o reacciones de trasferencia.


Anna Freud (2) afirma que la elaboración requiere, no solo las facultades yoicas de asimilación e integración, sino también la disponibilidad de un yo observador y observado.

Esta concepción pone el acento en la interrelación del movimiento progresivo de las pulsiones instintivas con la diferenciación yoica.

El proceso de elaboración equivale a esta correspondencia dinámica.


Volveremos ahora al caso de Susan, con el fin de relacionar la tesis que hemos expuesto con el curso de su tratamiento.

A esta altura, el lector ya está familiarizado con los datos clínicos pertinentes.

Lo que introduciremos en este punto es una nueva dimensión, que nos permitirá considerar desde otra perspectiva el material que conocemos.

Esa dimensión es la conceptualización evolutiva del proceso de elaboración.


Ya nos hemos referido en detalle al suceso traumático (el «año de exilio») que sirvió como experiencia organizadora de toda la gama de heridas preedípicas inferidas al desarrollo.

Lo primero que Susan reveló en el tratamiento fue el papel que cumplía la fijación anal en su vida emocional.

La niña dedicó muchas horas a sus orgías de sensaciones (ensuciar, revolver y oler).

El hecho de comerse las heces, simbólicamente representado por las dactilopinturas y por el intento de agraviar a la terapeuta tocándola con materia fecal, puso de manifiesto hasta qué punto los impulsos orales y anal-sádicos se mantenían en la plenitud de sus fuerzas.

La magia cumplía una función de suma importancia.

Este resurgimiento regresivo terminó cuando Susan decidió, en forma bastante repentina, trabajar y dejar de jugar.

Lo dijo y lo hizo.

A ello le siguió un período de resistencia descriptiva, si no dinámica.


Cabe preguntarse si este cambio anunciaba un alejamiento beneficioso de posiciones infantiles, o reflejaba la reinstauración de la organización defensiva que había mantenido hasta entonces, intacto e inmutable, el complejo de síntomas.

La implicación práctica para la terapia reside en la siguiente alternativa: o bien se considera que este cambio es una progresión del desarrollo que sería preferible no enfrentar, o se lo ve como una resistencia al tratamiento que habría que examinar para superarla.


En este punto, debemos admitir que las interpretaciones referentes a las defensas no surtieron efecto alguno.

Por consiguiente, la resistencia manifiesta de la niña reflejaba, al parecer, la necesidad de que los procesos integradores cumplieran su cometido o, en otras palabras, que el yo se fortaleciera y diferenciara.

Se trataba, pues, de una «resistencia del desarrollo».

Este tipo de resistencia se halla al servicio de la labor terapéutica; puesto que constituye una etapa de la integración del yo, debe considerársela un requisito previo para regresar al tema patógeno.


 


2 A.

Freud, Normality and Pathology in Childhood, Nueva York: Iaternational Universities Press, 1965, págs.

27 y 221.


Como pudimos observarlo en la terapia, esta resistencia era producto de una confrontación con la intensidad y la cualidad específica de su impulso anal-sádico.

Solo después de haber obtenido un grado mayor de fortaleza yoica, Susan pudo descender a niveles más profundos de su desarrollo desviado, sin experimentar una angustia excesiva.

A la presunta detención de su tratamiento le acompañó un cambio en el conjunto de síntomas, pero no, por cierto, en la enfermedad.

Cuando se llegó a este punto de la terapia, las pesadillas desaparecieron y los problemas relativos al aprendizaje pasaron, temporariamente, a segundo plano; por otro lado, la enuresis y la necesidad de mentir se acentuaron.

Llegamos a la conclusión de que debía darse tiempo al crecimiento yoico para que se fortaleciera, antes de tratar de nuevo las fijaciones pulsionales y los déficit del desarrollo.

El joven paciente suele dar la señal de que se ha alcanzado este punto; entonces, el niño y el terapeuta vuelven a unir sus fuerzas para poner en movimiento el desarrollo progresivo, liberándolo aún más de sus trabas patógenas.


Cada vez que la exploración de estados infantiles se interrumpía, tenía lugar una fase de crecimiento yoico, de consolidación y de esfuerzos adaptativos.

Basta recordar cómo la repetición y la investigación de la envidia fálica dio pie para que la feminidad se afirmara; cómo la exploración de la masturbación anal (cloacal) fue reemplazada por un vuelco hacia la actividad organizada, mientras que a la exploración de la masturbación genital (fálica) le siguió una conciencia social más amplia; cómo, en lugar de la atracción regresiva hacia la madre preedípica, que comprendía sus tendencias pasivas, emergió el «autoritarismo» y una manifestación de eufórica independencia; cómo la etapa de la identidad bisexual permitió identificarse con el padre, o imitarlo; cómo la investigación del año de exilio y la catastrófica pérdida de la madre confirió un carácter compulsivo y restitutorio a la búsqueda del pene.


Una vez que se llegó a la «experiencia organizadora», fue posible interrelacionar las distintas tendencias patógenas aisladas de la vida temprana de la niña, facilitando así un avance ulterior en el desarrollo de su personalidad.

Esta síntesis, característica de la fase final de la terapia, comprende la
totalidad de las tendencias patógenas, sin dejar, en el caso ideal, ningún enclave en el que algunas de ellas puedan perpetuarse.

El reiterado regreso al tema patógeno permite que una gama cada vez más amplia de componentes pulsionales no integrados se incorporen al complejo conflictivo.

Este oscilante proceso de elaboración caracteriza la terapia cuando ella tiene lugar dentro de cierta etapa del desarrollo.


Esto significa que toda vez, que en el tratamiento se alcanza un nuevo nivel de integración, los residuos del núcleo patógeno originario permanecen inaccesibles durante un tiempo; estos últimos no permiten analizar las defensas y, después de algunos titubeos, vuelven a aparecer.

Se presentan entonces de acuerdo con la modalidad de la fase del desarrollo a la que se ha llegado o que ahora predomina.

De este modo, es posible conocer cada vez más los residuos del conflicto y la fijación, e investigarlos en los distintos niveles del desarrollo y la actividad psíquica.

En ello consiste el proceso de elaboración.


Cuando el tratamiento concluye dentro de un proceso de desarrollo, siempre queda la posibilidad de que los restos patógenos sobrevivan, para afirmarse en la época en que la maduración origina un nuevo stress de desarrollo.

De este modo, el concepto evolutivo de «elaboración» explicaría el hecho empírico de que, cuando la terapia termina en la niñez o en la etapa inicial de la adolescencia, a menudo debe reanudarse en la adolescencia tardía o en los comienzos de la edad adulta.

Parece ser inherente al desarrollo la imposibilidad de pronosticar un resultado de largo alcance de la terapia durante el estadio de inmadurez.

Estamos acostumbrados, por supuesto, a casos de terapia de niños en los que un resultado favorable permitió enfrentar un
stress emocional ulterior.

Suponemos que, en tales casos, la sincronización entre el desarrollo psicosexual, la maduración física y la integración social amplió, a su vez, la autonomía yoica hasta el punto de que las nuevas condiciones de
stress debidas a la maduración no pudieron tomar contacto con los residuos del trauma, excepto en forma adaptativa [Blos, 19681].


Hasta que el desarrollo no cese y las influencias mutuas de las condiciones internas y externas se estabilicen firmemente, cabe afirmar con certeza que el estado patógeno ha perdido su valencia o su impulso, o, en otras palabras, que ha dejado de existir.

La imposibilidad de alcanzar este estado en la vida humana es claro indicio de la relatividad del éxito terapéutico.

No obstante, la confianza en el proceso de «elaboración» nos garantiza una mayor aproximación a la meta de la terapia.


10.

Evaluación estructural
y evolutiva de Susan a los 13 años


Debemos examinar ahora con mayor detalle el problema de la finalización del tratamiento.

Cuando el terapeuta decide darlo por terminado, sigue ciertos lineamientos fundamentales.

Sostenemos que solo una evaluación estructural y evolutiva del caso puede sentar las bases para una decisión válida en cuanto a la continuación o la finalización de la terapia.

Aplicaremos este requisito al tratamiento de Susan y definiremos el grado de integración y funcionamiento de su personalidad cuando la niña cumplió 13 años.


Desde el punto de vista estructural, el equilibrio entre el yo y el ello se había desplazado en favor del primero.

Era indudable que las funciones yoicas se habían hecho más estables, auténticas y autónomas.

La tendencia a alcanzar logros estaba asociada solo muy parcialmente con los impulsos agresivos y retaliativos; lo que es más importante, ya no era, en virtud del desplazamiento, una prueba de integridad genital, de ser «niña-varón».

Ahora, la paciente podía gozar sin culpa del éxito.


La liberación emocional de los objetos de amor primarios había facilitado la formación de nuevas relaciones objetales.

Susan comenzó a buscar modelos de identificación en el medio, entre pares y adultos; entró en situaciones sociales en las que su necesidad de reciprocidad emocional podía expresarse claramente.

Se hizo de amigos.


El papel cumplido por los «logros» en el funcionamiento total de su personalidad había cambiado.

Si observamos sus aspiraciones al perfeccionamiento antes del tratamiento durante los períodos de resistencia, se hace muy evidente que los logros de todo tipo ?ya sea la limpieza, la obediencia o la falta de egoísmo constituían formaciones reactivas y eran, por consiguiente, de índole defensiva.

Su conducta virtuosa no era más que una expiación compulsiva de sus trasgresiones instintivas, entre las que se destacaban la masturbación y ?las fantasías agresivas.

La gratificación instintiva, la culpa, la angustia Suscitada por el daño corporal, la renuncia y la fantasía de restitución conformaban un círculo vicioso.

Se seguía este curso con una precisión de causa y efecto.

De este modo, la energía psíquica permanecía ligada a un sistema defensivo del que Susan no podía escapar.

Estaba en marcha un desarrollo anormal que sin duda asumiría, al terminar la adolescencia, la rigidez de una organización desviada de la personalidad, a menos que interviniera la terapia.


La influencia del superyó en el desarrollo desviado de Susan ocupa un lugar predominante dentro del cuadro clínico.

Con el fin de establecer su origen y de medir su profundidad, debemos relacionarla con sus dos fuentes, una de las cuales se halla en la etapa preedípica de las relaciones objetales y la otra en la edípica.

La severidad y el primitivismo de la primera ?el superyó arcaico? provenían de la proyección de la agresión infantil en sus distintas formas.

Como resultado de la supresión temprana de las pulsiones orales y anales y, además, del establecimiento de un control yoico prematuro sobre los instintos pregenitales, los impulsos agresivos y retaliativos de Susan crecieron en forma desmesurada.

Dado que las adquisiciones yoicas precoces eran necesarias para controlar las pulsiones, con lo cual se obtendría y aseguraría la atención positiva y la presencia emocional de la madre, esta madurez inauténtica se convirtió en protectora de Susan y le garantizó el amor de la madre.


La repetición de esta adaptación infantil a través de la trasferencia permitió poner a Susan en contacto con la fuerza de su pulsión agresiva y con la meta y el objeto de su agresión.

De este modo, el superyó arcaico se hizo menos severo y monstruoso.

La desaparición de las pesadillas, el miedo a la oscuridad y el pánico al abandono podían atribuirse, en gran medida, a la relativa declinación del superyó arcaico.

Por supuesto, lo que disminuyó la influencia de este último fue el progreso de la niña en el desarrollo yoico y psicosexual.


Sin embargo, este adelanto hacia una organización estable del superyó edípico tardó en producirse.

La señal del progreso fue que los sentimientos de culpa dejaron de exteriorizarse bajo la forma de situaciones de peligro catastróficas ?tales como ser destruida, devorada y abandonada por un ambiente persecutorio que, en esencia, representaba a la madre mala y arcaica?.

Por el contrario, la culpa edípica es producto de conflictos intersistémicos que buscan resoluciones internas de carácter defensivo o adaptatívo.

Además, la progresión evolutiva de Susan hacia un nivel superior de integración se manifestó de dos maneras: cuando la identificación comenzó a reemplazar la posesión, del objeto, y cuando los logros se convirtieron en un medio para regular la autoestima y la participación social.

(1)


Examinemos ahora los cambios experimentados en relación con el esquema corporal.

Fue posible seguir su trasformación, desde el yo corporal cloacal hasta el fálico-clitorídeo, para culminar, por último, en una comprensión y aceptación de los genitales de la mujer y de la totalidad del cuerpo como femenino, atractivo y completo.

Esta progresión no fue espuria, porque corrió paralela con la progresión yoica, en términos de un sentido y una comprensión de la realidad más maduros.

Este adelanto yoico relativo a la, comprensión ?es decir, a «la capacidad de distinguir entre ideas y percepciones»? (2) se puso de manifiesto en el aprendizaje de Susan, en el hecho de entender la causalidad y la lógica y en su capacidad para planear y organizar.


Como puede deducirse de esta descripción metapsicológjca, los cambios en el funcionamiento de la personalidad observables a los tres años eran inteligibles en cuanto cambios estructurales, los únicos permanentes.

Además, de este tipo de cambios cabe inferir que la energía psíquica disponible se había puesto al servicio de la adaptación.

En suma, podemos decir que Susan estaba preparada ahora para enfrentar los conflictos y tensiones de la adolescencia propiamente dicha y la adolescencia tardía.


Es preciso complementar ahora esta evaluación estructural con una evolutiva, la cual requiere un modelo normativo que posibilite comparar o evaluar.

A continuación, expondrá en forma sucinta el modelo de la niña preadolescente y la adolescente joven, pues estas son las fases del desarrollo con respecto a las cuales debe evaluarse la posición de Susan a los 13 años [Blos, 19621.


A.

La preadolescencia en la mujer


La consolidación del período de latencia permite que aparezcan las características específicas de la preadolescencia, las cuales no deben confundirse con una mera intensificación de las posiciones pulsionales y yoicas infantiles.

El incremento prepuberal de las presiones pulsionales produce en la preadolescente un vuelco regresivo hacia la pregenitalidad.

Además, en el ámbito de las relaciones objetales aparece una tendencia regresiva, que se encauza hacia la madre preedípica o, para ser más exactos, hacia la madre arcaica de la infancia.

La expresión de los intereses y actividades pregenitales se limita, en gran medida, al círculo de amigas, y provoca las risitas sofocadas y los secretos típicos de esta edad.

La tendencia regresiva hacia la madre preedípica y a ser nutrida pasivamente suele ser resistida y sobrecompensada por medio de la acción y la teatralización.


El vuelco hacia la heterosexualidad, en la realidad o la fantasía, es la principal maniobra defensiva para cerrar el paso a las relaciones objetales regresivas; por consiguiente, carece de las cualidades de feminidad y no implica una auténtica orientación heterosexual.

A esta edad, la niña juega a ser una «mujercita»; lejos de ser femenina, es la agresora en el juego del amor.

Familiarmente, esta es la etapa del «amor adolescente».

El conflicto de la preadolescencia en la mujer reside en la tendencia regresiva que amenaza sumir a la niña en posiciones infantiles, y su tarea consiste en resistir con éxito esa regresión.

Durante esta fase de reestructuración psíquica, la relación de la niña con la madre lleva el sello de la ambivalencia infantil, antes que de la rivalidad edípica; de hecho, la regla es que ambas coincidan.


 B.

La adolescencia temprana en la mujer


La fase de la preadolescencia se desliza en forma imperceptible hacia la de la adolescencia temprana.

Esta última se caracteriza por la posición bisexual de la niña, que ahora es la proverbial «marimacho».

No obstante, dicho papel no siempre se manifiesta e, incluso, puede ser sustituido por una autocontención narcisista.

Ambas posiciones no originarían mayores conflictos en este período, si no fuera porque la maduración exige implacablemente integrar los roles


1 Para un análisis de las etapas diádica (preedípica) y triádica (edípica) de las relaciones objétales, véase «Ben», capítulo 16.


2 H.

Hartmann
, «Notes on the Reality Principle» (1956), en H.Rartmann, Essays on Ego Psychology, Nueva York: International Universities Press, 1964, pág.

256.


sociales y los cambios corporales (primera menstruación) en un esquema corporal coherente y estable, así como su articulación social.

El conflicto de la adolescencia temprana gira en torno de la bisexualidad, y la tarea de esta fase consiste en resolverlo facilitando a la adolescente una imagen femenina de sí misma.

La movilización de defensas narcisistas ?que pueden asumir, en esta etapa, proporciones notables? favorece este fracaso.

Es posible observar signos anticipatorios de amor romántico, así como todo tipo de embellecimientos, en un intento por acelerar artificialmente el tiempo de maduración.

La inversión defensiva de estas tendencias, como en el caso del ascetismo, no hace más que destacar su naturaleza conflictiva.


De lo dicho acerca de las dos fases iniciales de la adolescencia en la mujer se deduce que, normalmente, aparece un cúmulo de adecuaciones a la pubertad que se ajustan a algunas categorías generales de la psicopatología.

En la medida en que ellas operen para favorecer el desarrollo progresivo ?es decir, si promueven el proceso de reestructuración psíquica? son específicas de la fase, o sea, se hallan dentro de la esfera del desarrollo normal y no indican psicopatología.

Sin embargo, no debe olvidarse que las adecuaciones específicas de la fase representan siempre puntos de crisis evolutiva e implican un alto grado de riesgo, como lo demuestra la irrupción relativamente frecuente de enfermedades emocionales (neurosis, delincuencia, psicosis) en las coyunturas críticas del proceso adolescente.


Si volvemos nuestra atención hacia Susan y observamos su personalidad a los 13 años, veremos el siguiente cuadro.

Las manifestaciones regresivas han disminuido en favor de una posición defensiva, con constantes incursiones en el desarrollo progresivo y adaptativo.

La niña ha abandonado (reprimido) y superado la necesidad ?tan grande durante la terapia? de regresar al ámbito de la pregenitalidad.

A modo de prueba, se vuelca ahora hacia las tiernas emociones del amor romántico.

Sin embargo, este no se halla ligado todavía a ningún objeto; Susan se debate en un mundo de fantasía, que comparte con una amiga a cambio de las fantásticas fabulaciones de esta.

La teatralización con la amiga, en la que ambas representan a una pareja de amantes, turnándose en los roles masculino y femenino, pertenece a la esfera de la experimentación mediante la fantasía; no es indicativa de esos estados yoicos fluidos que caracterizan a la personalidad esquizoide.


El cuerpo de Susan se cargó de libido narcisista; la niña experimentó entonces la sensación de estar físicamente intacta, así como un sentimiento de amor a sí misma.

Quedaban pocos residuos que recordaran su estado de desesperación, cuando estaba segura de que su cuerpo y su mente se hallaban «mal puestos».

Ahora experimentaba con sus encantos femeninos y advertía con placer el poder que ejercía sobre los muchachos.

La disminución de su competencia retaliativa con estos le permitió resolver su «complejo viril».

Por supuesto, la atenuación de su ambivalencia infantil hacia la madre también desempeñó un papel esencial en este proceso, lo cual se reflejó en un sentido más estable de sí misma.


Susan comenzó a sentirse similar a las otras niñas, no un capricho de la naturaleza ni una curiosa mezcla de varón y mujer.

Su sentido de sí misma adquirió una estabilidad de nuevo cuño, lo que le permitió afrontar los peligros psicológicos de una enfermedad (gripe) y de una nueva hospitalización de su madre, víctima de un episodio psicótico.

La niña era capaz de considerar ahora la enfermedad de la madre sin que se reactivaran la rabia, la culpa y la autodenigración infantiles, y sin que volviera a sentirse incompleta o temerosa de que se hubiera infligido un daño irreparable a su cuerpo y a su mente.

Las representaciones objetales y de sí misma ya no se hallaban sujetas a desplazamientos catécticos rápidos y fáciles; por el contrario, en situaciones de
stress se mantenían bastante bien dentro de sus límites.


Un juego que Susan llevaba a cabo antes de dormirse refleja de modo encantador el flujo y reflujo de movimientos regresivos y progresivos tan característicos de una niña de trece años.

Dicho juego estaba constituido por varios roles y escenas distintos.

La almohada podía ser la madre, a la que la niña se abrazaba, buscando su suave contacto; o bien podía ser Billy, su presunto amigo, al que apenas conocía y con quien nunca había hablado, pero cuya imaginaria proximidad la llenaba de dulces emociones.

En una variante de esta escena previa a quedar dormida utilizaba sus manos, que ya no necesitaba para masturbarse compulsivamente en la cama.

Una mano representaba a un varón, y la otra, a una niña ?o, bien podríamos decirlo, ambas representaban a Susan?.

Esta orientaba a una de las dos para acariciar y mimar a la otra.


Esta escena constituye el paradigma de las tendencias bisexuales y narcisistas en ascenso durante la fase de la adolescencia temprana.

La vida de fantasía de Susan pertenece ahora al dominio de las etapas iniciales de la adolescencia; ya no tiene la monotonía defensiva que poseía algunos años atrás.

Su amistad con niñas, su interés en clubes y organizaciones de niñas, y en fiestas planeadas para evitar una excitación excesiva entre ambos sexos, todo ello habla a las claras de su creciente capacidad de participación.

La paciente adquirió el rol social correspondiente a su competencia interpersonal y sus normas morales.


Debe esperarse que el interés en la terapia disminuya cuando la vida del niño se vuelve más satisfactoria y atractiva.

El hecho de que ello ocurra debido al compromiso asumido por Susan respecto de su vida social y las actividades escolares debe concebirse en términos de una correcta dedicación ?de acuerdo con su edad? a esos asuntos, y no atribuirlo simplemente a la «resistencia».

Solo cuando un estado de indiferencia u oposición tiende a mantener los agentes patógenos fuera del alcance de la terapia, y a abortar así el proceso terapéutico, puede hablarse de resistencia.

Pero cuando las regresiones específicas de la fase constituyen el preludio de un progreso pulsional o de una expansión yoica, es menester evaluar en términos del desarrollo la actitud de indiferencia hacia la terapia.

Lo que aparece a la simple observación como huida de la terapia, bien podría ser el modo en que el joven paciente pide al terapeuta que no obstaculice sus esfuerzos por dirigir por sí mismo su crecimiento o, como suele decirse, «arreglárselas por su propia cuenta».

La resistencia de este tipo es de un orden absolutamente distinto, y sus reclamos deben tenerse en cuenta.


La diferenciación que hemos esbozado solo puede alcanzarse superando grandes dificultades.

No podría ser de otro modo, pues solo tenemos a nuestro alcance una evaluación relativa, no absoluta, del equilibrio entre los dos tipos diferentes de resistencia.

Pero el hecho de que esa evaluación sea incompleta no justifica que ignoremos el problema.

En principio, yo estaba convencido de que la creciente falta de interés de Susan por el tratamiento representaba una afirmación legítima ?es decir, específica de la fase? de su desarrollo progresivo.

Una vez puesto en libertad, este último debía encargarse de conducir hacia la madurez al organismo en crecimiento, incluidas sus persistentes debilidades, tendencias y predisposiciones.

Estas consideraciones determinaron que se decidiera finalizar el tratamiento en un momento en que Susan ya había pasado la preadolescencia y se estaba internando a tientas en la fase de la adolescencia temprana.


Cuando se decide concluir el tratamiento, los problemas del niño o el adolescente no se han superado del todo y para siempre.

La terapia puede contabilizar estos logros importantes: la distensión de las fijaciones, la liberación de energía psíquica mediante la resolución de síntomas, la adquisición de un manejo adaptativo de la tensión por parte del yo y, paralelamente, la ampliación de la esfera libre de conflictos de este.

Todos estos cambios en el funcionamiento de la personalidad, debidos a la terapia, pueden resumirse diciendo que el desarrollo ha superado el estancamiento, la inmovilidad, y recuperado el ímpetu del crecimiento.

Esto permite tener la certeza razonable de que el desarrollo seguirá en adelante un curso progresivo.

La decisión de poner término a la terapia de un niño o un adolescente enfrenta al terapeuta con consideraciones más perturbadoras que cuando se recomendó iniciar el tratamiento.

Aun cuando un paciente adolescente como Susan se comporte mejor, de acuerdo con su edad, y se halle indudablemente mejor integrado y sea más eficaz en sus actividades cotidianas, de todos modos tendrá que hacer frente a las tensiones y conflictos específicos de las etapas evolutivas ulteriores.

En otras palabras, si el paciente adolescente manifiesta las reacciones típicas de un estadio del desarrollo, el terapeuta deberá enfrentar una tarea sutil y difícil: discernir entre la sintomatología transitoria de determinada fase y la permanencia de la patología originaria, que, al parecer, no ha cedido ante el tratamiento.


Por ejemplo, los conflictos específicos y los ajustes transitorios de la preadolescencia entrañan problemas tales como la regresión, la bisexualidad y el narcisismo, junto con defensas típicas.

Sus valencias patognomónicas pueden detectarse mejor si rastreamos el curso anterior del desarrollo.

Esto le permite al clínico formarse una opinión en cuanto a la especificidad de los cambios en la conducta.

Esta evaluación aportará un argumento razonablemente válido para decidir si el tratamiento debe finalizar o continuar.

En algunos casos, lo indicado es una interrupción de este último, a la espera de que la labor terapéutica pueda reanudarse y completarse, de modo más eficaz y perdurable, en un momento ulterior.

Por supuesto, debemos preguntarnos siempre hasta qué punto el funcionamiento modificado de la personalidad se debe a la terapia, y en qué medida ello, es producto del crecimiento y la maduración.


Problemas clínicos como estos me llevaron, al principio, a investigar el proceso adolescente en su conjunto, en términos de las pautas de secuencias específicas de cada fase.

El bosquejo y la descripción de las cinco fases de la adolescencia fue resultado de mi trabajo analítico con adolescentes.

Los datos clínicos dieron lugar, en forma gradual y en el trascurso de muchos años, a la formulación teórica de las secuencias que abarca el proceso adolescente [Blos, 1962, pág.

124].

El objetivo de este estudio ha sido no solo exponer en términos clínicos la teoría de la adolescencia, sino también determinar en qué medida estos criterios del desarrollo pueden constituir puntos de referencia confiables, útiles para evaluar, y principios que orienten el tratamiento de las desviaciones adolescentes.