Quizás ningún otro delito haya producido un estudio tan profundo sobre
Los efectos psicológicos y sociales en las víctimas como la violación
Sin lugar a dudas, al igual que
Los estudios de los efectos de la violencia sobre los ex combatientes de la guerra
los realizados sobre los procesos que sufren las víctimas de violación
y posiblemente pueda generalizarse a toda forma de abuso sexual
han servido como proceso-tipo para la definición del cuadro clínico del
Síndrome de Estrés Postraumático
En lo tocante a las secuelas que sufre la mujer violada, el daño psíquico siempre es grave ya que su relación
consigo misma
con su cuerpo
con su sexualidad
y
con los demás
quedará desde ahora marcado por algo que de familiar y conocido se torna repentinamente en algo desconocido, diferente y terrible.
En muchas mujeres, en las que aparentemente "no pasó nada", después de varias horas, días o semanas se suele desatar
La respuesta traumática
manifestándose de diversas formas:
Llanto incontrolable
temblores
aturdimiento
espasmos
pérdida de control muscular, etc.
Muchas mujeres que intentan borrar de su mente lo ocurrido, reaccionando con aparente calma y autodominio en el momento de la agresión, se vieron sorprendidas, tiempo después, reviviendo todo el hecho, aflorando a la superficie una serie de emociones conflictivas y/o contrapuestas:
ira
sentimientos de culpa
Suelen también presentarse pesadillas relacionadas con la violación
Es también común el miedo a dormir solas o a oscuras
pérdida o aumento súbito de peso
dolores continuos de cabeza,
náuseas y malestar estomacal
trastornos del ciclo menstrual
flujo vaginal
y
depresión aguda, desánimo y llanto incontrolable
Indudablemente, las características del cuadro traumático son muy similares a las que se describen en el
Síndrome de estrés postraumático
La probabilidad de experimentar este trastorno es
Mayor en las mujeres agredidas que en los ex combatientes porque
El suceso traumático se produce con frecuencia en un ambiente seguro ―casa, ascensor, portal, lugar de trabajo, etc.― para la víctima
Las víctimas de agresiones sexuales van a reanudar su vida en muchas ocasiones en el mismo escenario en que ocurrió el ataque, con el consiguiente temor de volver a experimentarlo
y a manos, en más del 50 por 100 de los casos, de personas conocidas
Las características específicas de la agresión sexual
grado de violencia
lesiones físicas
y
presencia de armas
no influyen en las reacciones de las víctimas a corto plazo sin embargo, las víctimas de agresiones especialmente crueles experimentan mayores problemas de ajuste a largo plazo...
La violación consumada representa, en último término,
La percepción de una dominación física total y de una humillación psicológica extrema
Indudablemente, estamos muy próximos a la dinámica descrita en cuanto a las neurosis traumáticas, sobre todo en lo que concierne a las características del estímulo.
Destacamos, en esta lógica, los efectos desestructurantes de la violencia extrema.
La víctima se ve obligada a complacer al victimario porque en lo real se está jugando la vida.
Existe, en el mejor de los casos, una percepción de la víctima sobre la peligrosidad del violador.
La coincidencia entre la eventual fantasía violatoria de la víctima y la realidad terrible que padece no puede confundir una real valoración del efecto traumático.
No es solamente esta coincidencia ni el recuerdo del trauma vivido; es también, insistimos, aquel descubrimiento ―siniestro en el mismo sentido en que lo maneja Aresti (1997)― de los aspectos recónditos y terribles de nosotros mismos.
El régimen especial de supervivencia nos obligó a realizar actos (caracterizados como humillación psicológica extrema), imposibles de integrar en nuestros equilibrios psicológicos cotidianos.
Los efectos, evidentemente, se manifestarán en el largo plazo.
Nuevamente, en la valoración estrictamente psicológica de los efectos o secuelas de la violación quedan pendientes algunas consideraciones que hemos intentado enunciar en el apartado anterior.
En el caso de la víctima de la violación, es también el espacio cotidiano, el hábitat de la víctima, el que queda marcado por el terror; aparecen, entonces, las conductas de "activación".
Nos preguntamos nuevamente si el estímulo puede reducirse al acto de violación, o más bien si no debemos ver en esta acción el desenlace de un largo proceso que marca, de manera casi aleatoria, la requerida e impuesta sumisión femenina ―aunque se trate, también, de niños o varones (como es el caso, por ejemplo, de las cárceles).
Este espacio cotidiano, el hábitat, se transforma repentinamente en una metáfora, en un escenario que, como en el cuento de Borges, refleja a la víctima en mil espejos en una escena totalmente extraña.
Se descubre allí realizando los actos más soeces, haciendo cualquier cosa con tal de mantenerse en vida.
El violador puede estar en cualquier parte.
Siempre es más fuerte.
En ocasiones, cada vez más frecuentemente, se presenta como un grupo depredador.
La sumisión ya no puede ser pasiva.
No basta con la parálisis inicial (Aresti, 1997; Dowdeswell, 1987).
Tiene que ser una sumisión activa, creativa.
Debe complacer algo más que el impulso sexual.
La víctima de la violación sabe, en su fuero más interno, que lo que debe complacer en su victimario es su ansia de dominio.
Las diferentes autoras de estudios sobre las secuelas psicológicas de la violencia sexual (y más específicamente de la violación) coinciden en señalar la profunda duda que embarga a la víctima en torno a sí misma y a la culpabilización por las fantasías ―vividas ahora como premonitorias, como revertidas siniestramente contra sí misma―; a la culpabilización por "provocar" o por no haber previsto suficientemente la situación de peligro; a la culpabilización por no haberse resistido lo suficiente, por haber quedado paralizada, como si aceptara pasivamente aquella cosa terrible que le estaba sucediendo; a la culpabilización por intentar salvar la vida ante un peligro que, posteriormente, pudo pensarse como algo banal, como algo que no ponía en riesgo la vida; a la culpabilización por intentar, de manera activa, formas distintas de sometimiento que satisficieran las fantasías y el ansia de dominio de su victimario.
Es como si la víctima se preguntara por aquellos aspectos desconocidos de su fuero interno que la impulsaron a vivir una experiencia tan extremadamente destructiva.
Y la evidencia es contundente.
La verdad femenina, la mujer que la mujer descubre dentro de sí, apenas la puede reconocer: es una mujer que ha dibujado el dominio masculino, es una mujer extraña, es la mujer cuya sumisión creíamos desde hace tiempo superada.
Más arriba decíamos que el delito de violación aparecía casi de manera aleatoria, casi destinado a la suerte en una especie de ruleta perversa.
Empero, si profundizamos un poco más, la violación es una forma de violencia cuya recurrencia está destinada a impactar la reactualización simbólica forzosa de las formas más brutales e irracionales de dominación masculina.
Dicho de otra manera, cada mujer violada es la constatación de la presencia inminente, cotidiana, brutal e irracional de un poder masculino: no hay escapatoria.
Por eso los síntomas.
Insistimos: los síntomas no derivan únicamente de una experiencia dolorosa y atroz, de un recuerdo traumático.
No, los síntomas derivan también de una nueva dimensión que se abre a la percepción.
Es la dimensión de una barbarie ocultada largamente.
La mujer que dibuja esa barbarie difícilmente es compatible con esa otra dimensión del ideal del yo y del yo ideal de las mujeres.
Por eso es fuertemente desestructurante.
La prueba de esta dimensión de dominio asociada a la violación entendida como delito sexual (esto es, la prueba de la reducción jurídica del evento) radica en dos elementos: el diseño del dispositivo judicial de prueba de la violación, que se constituye como una segunda victimización en la que, como en ningún otro delito, la víctima es perseguida desde la certeza de su participación en el acto delictivo, es decir, como culpable en mayor o menor medida de su propia violación.
Una segunda prueba está en el lugar que tiene la violación en los conflictos de dominio, especialmente en las guerras y revoluciones.
Estos eventos se constituyen como verdaderos analizadores de la condición de las mujeres en un mundo apropiado desde una visión patriarcal.
Así, la violación va dejando de ser un delito preeminentemente sexual, y aparece como uno asociado al ejercicio de un poder: "La violación es un delito contra la libertad.
No es un arrebato sexual, es el ejercicio de un poder" (Aresti, 1983, p.
26).
Esa diferencia resulta sumamente importante.
Clasificada jurídicamente como delito sexual, la violación pone de manifiesto, desde su misma definición, la ignorancia sobre la dinámica de la violencia y del poder anudadas en el sometimiento de la víctima.
Asimismo, tal definición articula la violencia del Estado al delito mismo a través de la doble victimización.
El fenómeno, bastante generalizado en tanto gestión estatal de la violencia social, fue ampliamente estudiado por grupos feministas con relación a la violación, y es allí en donde el concepto tiene su paradigma.
La violación se constituye así como el analizador privilegiado de la violencia en relación con el género.
El violador ―insisten los estudiosos del tema― no es un perverso sexual que está merodeando a las víctimas para satisfacer sus deseos sexuales amplificados; es, antes que nada, un sujeto que abusa de un poder, que no busca su satisfacción sexual, sino el sometimiento de la víctima a su violencia.
La reducción jurídica de la violación convierte al acto en la imposición de una relación sexual no deseada.
Sin embargo, dicha definición oculta el sometimiento forzado a la voluntad de otro más poderoso, al cual se tiene que ceder hasta el propio cuerpo.
En sus formas más crudas ?la violación como estrategia de guerra y como forma de dominación de pueblos conquistados? se muestra su contenido propiamente político.
El aspecto político de la violación tiende a ser poco reconocido, incluso por movimientos que "naturalmente" simpatizarían con las causas en contra de la violencia hacia las mujeres.
Así, Brownmiller (1981) anota, no sin cierta amargura, que los movimientos pacifistas de su país nunca quisieron tomar como elemento de lucha la cuestión de la violación y la prostitución en Vietnam.
La violación muestra nítidamente aquellos aspectos que normalmente oculta su definición y diagnóstico en tanto síndrome de estrés postraumático.
Una dimensión política, que tiene que ver con las graves secuelas psicológicas, la verdadera destrucción psíquica que sucede al sometimiento, es escondida detrás de la psiquiatrización.
Quizás el testimonio de una joven violada pueda ser más explícito de la situación que intentamos describir.
Lo transcribimos in extenso:
Salía de la universidad, me acompañaba mi novio; nos fuimos hacia el ?vochito? besándonos y de repente nos agarraron dos chavos y nos metieron en un coche viejo y grande; había dentro tres chavos más...
No sé dónde nos bajaron, y primero pateaban a mi novio en el piso y me agarraban a mí [...] Yo me di cuenta que uno de ellos era el que más mandaba; todos me manoseaban y ése me dijo: "Si te vienes conmigo por las buenas, yo los paro a todos"...
Yo le dije: "Sí, señor".
Me llevó como a dos metros de los demás y me dijo: "¡Bájate los calzones!"; yo le contestaba: "Sí, señor" [...] Eso me da mucha rabia conmigo, porque sé que lo tenía que obedecer para que no me violaran todos, pero no tenía por qué decirle "sí, señor" [...] Luego...
me...
bueno, doctora, usted ya sabe...
me hizo lo que me hizo...
Bueno, si quiere que lo ponga en palabras...
me penetró con su pene.
Era tal el pánico que ni sentí dolor físico...
me preguntaba que si me gustaba, y yo de estúpida, de mensa, le seguía diciendo "Sí, señor" [...] Después de un rato me subió al coche en la parte delantera y a mi novio atrás, todo golpeado, en el piso...
él creo que lloraba, estaba muy pateado.
Nos dejaron en el estacionamiento [...] No nos mirábamos; yo llena de vergüenza y rabia conmigo por pendeja, por decir "sí, señor", y mi novio, pues por pena y vergüenza" [...] Tengo miedo, pues los chavos éstos allí andan...
y tengo rabia conmigo del "sí, señor".
Qué estúpida; por lo menos debí callar y obedecer, así nomás [...] ¡Carajo! Qué rabia conmigo y qué miedo.
No puedo ver a mi novio a los ojos...
él a mí tampoco...
me duele todo, y aunque ya no era virgen, nunca había sido penetrada tan feo, tan sin cuidado, tan como rasgándome [...] Sí, dígale a otras que si tienen que obedecer, que por lo menos no se apendejen y humillen aceptando y diciendo "sí, señor" al hijo de la chingada que las está violando.
Indudablemente, esta joven, en su ira, intenta la recuperación a partir del suceso terrible.
Siente una inmensa cólera frente a ese plus que ella aportó al suceso.
En realidad, no sabemos si ese "sí, señor" pudo haberle salvado la vida.
Es evidente que en el momento así lo juzgó, y, relativamente, tuvo éxito al sobrevivir.
Después, cuando el régimen psicológico de excepción desaparece, no podemos aceptar eso que descubrimos de nosotros mismos.