LA presidenta de la Asociación Española de Psiquiatría Infantojuvenil ha declarado que se está viviendo una "catástrofe educativa" causada, como el primero entre otros factores, por la falta de autoridad que ha creado un conflicto en el desarrollo social y emocional de los niños y los jóvenes.
Si hace 30 años los psiquiatras aconsejaban no ser tan estrictos con los hijos, concluyó, en la actualidad inciden en la necesidad de ponerles algún límite; tarea tan difícil hoy que algunos padres pretenden que sean los educadores y los psiquiatras quienes eduquen a sus hijos.
Nada nuevo, ciertamente.
¿O sí? La novedad radicaría en que lo que parecía una exageración pesimista típicamente conservadora o una abusiva generalización de casos particulares está siendo objetivamente diagnosticado por sociólogos, educadores, psicólogos y psiquiatras como uno de los más graves problemas de las sociedades desarrolladas y, muy particularmente, de la española.
Aquí vivimos el 68 a partir del 77, con diez años de retraso.
La llegada de la democracia, que tantos bienes nos ha reportado en estos 30 años, tuvo sin embargo negativos efectos sobre la educación al trasladar progresivamente a los planes de estudio todos los errores que el 68 simboliza; con el agravamiento del complejo postdictatorial, que parecía impugnar toda autoridad como restricción a las libertades democráticas y todo límite como represión, y con la vehemencia del converso.
Los resultados los tenemos hoy en las casas, las calles y las aulas: esa "catástrofe educativa" a la que aludía la presidenta de la Asociación Española de Psiquiatría Infantojuvenil; esa falta de autoridad en las casas y los centros que genera conflictos en el desarrollo social y emocional de los niños y los jóvenes; esa necesidad de poner límites ?señalándolos primero, imponiéndolos después? que los padres se sienten incapaces de marcar.
Tarde, esperemos que no irreparablemente tarde, se ha caído en la cuenta de que la única forma de atenuar la represión externa (no de hacerla desaparecer: la naturaleza humana y la complejidad social son lo que son) es fomentar esa forma de represión interna, libre y voluntariamente asumida, a la que Kant llamaba imperativo moral categórico; y que sólo el ejercicio de la razón educada es capaz de descubrirla y alentarla como la meta más alta a la que toda vida humana pueda aspirar.
Forma parte de la naturaleza de las cosas que cada generación se crea mejor que la que le sucede porque no la comprende y siente nostalgia de las "buenas viejas cosas" perdidas por la lógica evolución de las costumbres.
Pero esta catástrofe educativa, reiteradamente denunciada por expertos no sospechosos de nostalgia, nada tiene que ver con ello.
Lo que está en juego es la estabilidad emocional y la felicidad (la verdadera, no la artificialmente inducida) de nuestros hijos y el futuro de nuestra sociedad.