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La inseguridad ciudadana y la salud mental individual

Carlos Basanta. Correo del Caroní

La libertad, divino tesoro, expresión que frecuentemente escuchamos y cuyo cofre de riqueza espiritual ha sido desde siempre el vehículo que en nuestra vida nos ha permitido transitar por los caminos de logros y satisfacciones psíquicas, físicas y sociales.

Producto de esa libertad natural, la concepción, el nacer, la vida y todas sus fases, tenemos el derecho natural a la libertad de pensar, de discernir, de desarrollarnos física e intelectualmente y por supuesto a nuestro desarrollo social.


 La violencia se ha convertido en el obstáculo para la satisfacción de esas necesidades naturales, violencia que puede ser individual como en los maltratos, asaltos, asesinatos, etc.

Violencia de estado cuando se obstaculiza la libre expresión, la libertad de educación, de movilización, agresión institucional al ciudadano, pero también es violencia la ineptitud, la ineficacia, la falta de políticas públicas que garanticen un ambiente seguro donde podamos disfrutar de ese regalo de un completo bienestar biológico, psicológico y social.

La inseguridad y la violencia en todos sus estratos se mide frecuentemente por indicadores de muertes por acción directa de un acto delictivo, por pérdidas de bienes y recursos, pero muy poco o casi nunca medimos las consecuencias que no se ven, los daños que la violencia y la inseguridad producen en la salud mental del individuo.


 Con mucha frecuencia manifestamos que vivimos en un país libre, pero ¿cuál es  nuestro grado de libertad? Analicemos: cada día es mayor el número de urbanizaciones cerradas a expensas de la violación del libre tránsito y aumento, aunque inconsciente, de la segregación y discriminación al extraño bajo el pretexto real de la inseguridad; nuestras ventanas y puertas semejan cárceles de máxima seguridad; hemos dejado de caminar por nuestra salud debido a la inseguridad; es común y natural escuchar, no te pongas esas joyas estás tentando al ladrón, no compres esos zapatos te pueden asesinar para quitártelos; nuestros padres y parejas no pueden conciliar el sueño hasta que no lleguemos.

Somos prisioneros en nuestra propia casa y entorno, la desconfianza es nuestro sentimiento más frecuente, extendiéndose incluso hasta los organismos encargados de nuestra seguridad.

El temor, la angustia, la inseguridad, el estrés y los dolores de cabeza nos embargan como una situación constante.

No sabemos qué pensar, la realidad no nos muestra salidas a corto plazo, estamos adoptando una conducta paranoide.


 Desde la óptica de la Psicología, la paranoia se caracteriza porque la persona  girar alrededor de un núcleo central que es la desconfianza, basada en un delirio persecutorio anormal y patológico, el término paranoide, como bien lo define el sufijo oide que significa semejanza, no necesariamente es una condición de alteración ni de delirio; es tal la desconfianza que nos obliga a tratar de predecir las intenciones de los demás, buscar la segunda intención, más que una conducta patológica es una situación de supervivencia, una situación adaptativa en una sociedad como la nuestra, con un grado de inseguridad tal que no podemos ubicar con claridad al enemigo, sustentado sobre hechos de violencia real, donde todos somos sospechosos de ejercer acciones violentas.

Nuestra conducta paranoide no patológica es una manifestación de nuestra vulnerabilidad, de la impunidad creciente.

La inseguridad ciudadana nos ha cambiado nuestra ideosincracia, nuestras costumbres, somos por cultura amables, buena gente, colaboradores y el actuar en forma paranoide nos genera conflictos que lesionan y alteran nuestra salud mental.

Aparte de las consecuencias psicológicas o heridas ocultas del hecho violento.


 Dentro de las consecuencias psicológicas de la violencia y la inseguridad y que revisten vital importancia aunque no es muy frecuente su intervención, porque no se ven están las heridas ocultas, las cuales pueden expresarse de distintas formas, dependiendo incluso de la edad del paciente, uno  de los más frecuentes es el trastorno del estrés post traumático, que se presenta después de ser víctima de un hecho violento o haber sido testigo del mismo.

En un niño puede presentarse trastornos del sueño, evitación continua de estímulos asociados al trauma, irritabilidad, trastornos de concentración, etc.

Las personas víctimas de violación y abuso sexual pueden presentar durante mucho tiempo depresión, ansiedad, baja autoestima, marginalidad, odio, trastornos en la esfera sexual, ser proclives a actos violentos, con mayor tendencia a la adicción a drogas y alcohol, e incluso al suicidio.

El diagnóstico de estas alteraciones de la salud mental post violencia se dificulta por el paradigma mal creado de la resistencia del paciente a acudir a la consulta con el psicólogo o el psiquiatra, quedando como arma fundamental para los trabajadores de la salud mental el estudio de los indicadores indirectos que pueden ser estudiados en forma individual y colectiva.


PÍLDORAS DE SU MÉDICO
 - "La violencia es un acto que tiene como consecuencia la no realización de la satisfacción de las necesidades efectivas, somáticas y mentales del individuo por causa de otro".  J.

Galtung (1995)


 - La violencia cotidiana es la que sufrimos todos los días, caracterizada básicamente por el irrespeto a las reglas, al irrespetar el semáforo, las colas, el manejo agresivo.

Todos y cada uno de nosotros aportamos nuestro grano de irresponsabilidad para convertir nuestra ciudad en un caos, es prudente reflexionar al respecto.


 - Los efectos psicológicos de la inseguridad, conocidas como las consecuencias no mortales y que alteran nuestra salud mental, lo cual puede persistir durante toda la vida, causan más problemas sociales que los traumatismos.


 - Es responsabilidad del estado la elaboración de políticas integrales para atacar el problema de la inseguridad, aumentando la cobertura de los programas de salud mental para la prevención de las secuelas que origina el hecho violento.