Las efemérides son una buena ocasión para rememorar el pasado sin quedar por ello convertido en estatua de sal, como le sucedió a la mujer de Lot.
En este sentido, queremos evocar algunas pinceladas del inicio, hace 25 años, de la Reforma Psiquiátrica malagueña.
Pinceladas mnésicas en las que aparece una vieja verja metálica parecida a esas que en las antiguas películas mexicanas de bajo presupuesto servían de entrada a los presidios y a los polvorines (y, en realidad, allí dentro, en el Manicomio, había algo de las dos cosas), y un patio grande y deslavazado, y magníficas moreras, y pacientes descalzos, con pies enormes, medio desnudos; también aparece una fuente que decían que tenía cierto valor histórico y artístico, que era un modo de decir que allí, en mitad de aquel patio estaba de más, como que no lucía...
y los cuatro pabellones (el 20, 21, 27 y 31), los cuatro jinetes del Apocalipsis, a cual de ellos más destartalado, más siniestro, más despojado de cualquier adorno, de cualquier arropo que nos hiciera sentir que eran espacios diseñados para vivir personas, que debían ser lugares acogedores, cálidos, y no lo eran; y recuerdo la suciedad y el olor a riñones al jerez que lo impregnaba todo, y la desorganización, la confusión, la falta de espacio e intimidad, los silencios sepulcrales y los gritos desgarrados, y también recuerdo la pasión y la entrega con la que encarábamos las tareas reformistas y nuestro trabajo con los pacientes, todos con nombre, apellidos y apodos, como debe ser, como frecuentemente sucede entre las personas que viven juntas durante largos años, muchos de los cuales quedarán para siempre marcados con trazos indelebles en nuestra memoria y, permítanme la cursilería, en nuestros corazones, y recuerdo también con cierto tinte épico los primeros pasos de un proceso de Reforma que se iniciaba con la falsa escenografía, el atrezzo, de un proceso revolucionario: la Málaga de aquellos años, el Hospital Civil, los pacientes con sus temores de ser expulsados, abandonados en la calle, sin hogar ni cuidados; los familiares de los pacientes sin información sobre lo que pretendíamos hacer en el Manicomio, o mal informados, o con el temor, a veces expresado de forma agresiva, de que su familiar fuera abandonado, "tirado a la calle"; la dicotomía que existía entre los profesionales y trabajadores en general -radical y sin matices, de amigos o enemigos- entre los que estábamos a favor de la reforma (y conspirábamos y manipulábamos por ello) o en contra de la misma (y conspiraban y manipulaban por ello), y sobre todo recuerdo que aquella no era una reforma baladí.
En efecto, víctima de toda clase de olvidos, el Hospital Psiquiátrico Provincial de Málaga, el Manicomio, languidecía lentamente, y lo que un día había sido un espacio en el que se procuraba tratamiento y cuidado a las personas allí internadas, al igual que se hacía en otras instituciones parecidas esparcidas por todo el mundo, se había ido transformando en un territorio de segregación, para esconder lo excluido, lo raro, lo loco, lo que no acababa de avenirse con el resto de los ciudadanos; un espacio en fin que no sólo ya no cuidaba, ni desde luego curaba, sino que generaba su propia patología institucional: ese institucionalismo que convertía al enfermo mental en un ser más pasivo, más ensimismado, más pobre en relaciones interpersonales, más alienado en su falta de iniciativa, en sus delirios, en sus alucinaciones, en sus déficit y carencias, de lo que ya estaba antes de ser condenado al Manicomio de por vida.
Dispuestos pues a darle una solución a aquel sucio, vetusto, irracional e inútil manicomio, fantasma de todas las pesadillas infantiles de los malagueños; es decir, al pabellón 20, 21, 27 y 31 del antiguo Hospital Civil, al final de los 70, la Diputación provincial franquista concibe un plan acorde con la ideología y el sentir de aquellos tiempos no tan lejanos: Construir otro manicomio, este nuevo, faltaría más, nuevo y lejos de Málaga capital, en Alhaurín, en lo que después por esa extraña coherencia que, a veces, manifiesta la historia, ha sido el terreno en el que se construyó la cárcel de Alhaurín.
No se plantearon -hubiera sido lo lógico-, una reflexión sobre la utilidad terapéutica del manicomio en aquel momento, ni mucho menos una apuesta por los nuevos modelos asistenciales en salud mental, centrados en la asistencia comunitaria y en el cuestionamiento del manicomio, que desde los años 50 comenzaban a implantarse en los EEUU y en Europa, sino en construir de nueva planta -empecemos de cero- otro manicomio -empecemos de cero- hasta que lo levantado vuelva a mostrarse tan inútil, tan irracional, y, desde luego, más marginal, más carcelario y menos socializador que el antiguo -por eso se llevó lejos, lejos de todo, a Alhaurín-.
La respuesta de los trabajadores no se hizo esperar: huelgas, manifestaciones, luchas, enfrentamientos, comunicados a la prensa, intentos de movilización de la adormilada sociedad civil...
hasta que, por fin, se logró apagar aquella locura institucional con la que se pretendía de nuevo tratar y cuidar a la otra locura.
En el año 80, tras las primeras elecciones municipales democráticas y la formación en la Diputación provincial de un gobierno de mayoría socialista, se inicia la denominada Reforma Psiquiátrica malagueña; reforma que unos años más tarde, en 1984, con la constitución del gobierno socialista en la comunidad autónoma andaluza, se extiende a todo el territorio andaluz.
Los presupuestos con los que se iniciaba la reforma en Málaga (y que después sirvieron de base para la Reforma Psiquiátrica Andaluza) eran firmes y sencillos: Mejorar las condiciones de vida en la que se encontraban los pacientes ingresados en el manicomio, facilitar la salida, a través de altas, de todos los pacientes que podían y tenían lugar para vivir en la comunidad, lejos de las tapias del manicomio, a la par que se montaba una red de dispositivos asistenciales por toda la provincia (los Equipos de Salud Mental), y se iniciaban los primeros pasos para que la salud mental dejara de ser una red marginal y aislada, y se integrara -como cualquier otra prestación sanitaria- en el resto de la red sanitaria nacional.
Los años que siguieron fueron también difíciles, de tensión, de lucha, de ilusión y de entrega, años reformistas vividos en la escenografía, con la pasión, de lo que parecía una revolución, años en los que se nos escatimaron inversiones (la resaca del 92), dificultaron y dilataron nuestra integración en la red sanitaria general, en el SAS...; pero así, con tensión y lucha, lentamente hemos ido montando una red de tratamientos y cuidados que se extiende por toda la provincia de Málaga, con Equipos de Salud Mental, Unidades de Agudo, Unidad de Rehabilitación, Comunidades Terapéuticas, Unidades de Salud Mental Infanto-juvenil, Hospitales de Día Infantojuveniles, Programa de días para adultos...
además de recursos sociosanitarios que apoyan la integración del enfermo mental en la comunidad: pisos, residencias, talleres, espacio de ocio y tiempo libre, contratos en empresas...
Pero aún queda mucho por hacer, muchos horizonte en los que empeñarse, muchas carencias mal disimuladas, y ese debe ser nuestro objetivo: continuar trabajando todos, mejor juntos que separados, todos: profesionales, instituciones, familiares, pacientes, todos aunando esfuerzo para lograr los tratamientos y cuidados más eficientes, y la mejor calidad de vida posible para nuestros pacientes y sus familias, en espacios habitables, dignos, normalizados, como aspira a vivir cualquier hijo de vecino.
El autor es Jefe del Servicio de Psiquiatría del HRU Carlos Haya de Málaga
Otra psiquiatría era posible
Fabio Rivas Guerrero. La Opinión de Málaga