La terrible experiencia de Natascha Kampusch, la niña austriaca que ha pasado más de ocho años secuestrada en un zulo, abre un sinnúmero de incógnitas sobre las secuelas que puede acarrear un cautiverio tan prolongado y las posibles maneras de combatirlas o, al menos, de atenuarlas.
Los expertos consultados coinciden en afirmar que, aunque Natascha padezca el síndrome de Estocolmo - sentimiento de gratitud o comprensión hacia el secuestrador-, ése no será ni mucho menos su principal problema que superar después de haber estado tanto tiempo raptada e incomunicada.
"Ella no es consciente de lo que se ha perdido en estos ocho años sin vivir, porque, entre otras cosas, no sabe lo que es ser una adolescente", explica el psicólogo José Antonio Luengo, secretario general del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid.
CRIMEN PERVERSO.
Josep Tomàs, profesor titular de Psiquiatría de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) en el hospital de Vall d´Hebron, remarca que el secuestro de una niña de corta edad acarrea "una perturbación gravísima de los componentes de maduración y, como acto perverso que es, tiene una repercusión brutal en la víctima".
Se trata, en suma, de un maltrato en grado sumo.
IDENTIFICACIÓN JUSTIFICABLE.
Los especialistas aclaran que el síndrome de Estocolmo- que se desarrolla sólo en algunos secuestrados- tiene que ver con su fuerte deseo de supervivencia y por tanto se ha de entender como un mecanismo positivo de adaptación.
"No creo que la joven eche de menos a su captor - afirma la doctora en Psiquiatría Xaro Sánchez-.
Lo que sí que resultará muy probable es que exprese la satisfacción que le proporcionaban ciertas actividades rutinarias que realizaba cuando estaba encerrada".
En situaciones de este tipo, explica Antoni Fernández, del departamento de psiquiatría infantil de Teknon, "es extraño que la víctima se alegre, por ejemplo, de que su captor se haya suicidado, un comportamiento difícil de asimilar por la gente que rodea a quien ha padecido un secuestro".
LO QUE HA PERDIDO.
Para el responsable del Defensor del Menor, "las consecuencias de este malvivir son enormes: no sólo le han privado de toda su vida, sino que ha tenido que afrontarlo completamente sola".
Las secuelas del síndrome de Estocolmo se pueden superar, pero la lista de carencias más profundas que afronta - haya sufrido abusos sexuales o no- van desde dificultad en el aprendizaje, problemas de conducta, falta de habilidades sociales, a cuadros de ansiedad, riesgo de depresión...
Como recuerda Antoni Fernández, los padres también necesitarán tratamiento "porque evidentemente su hija ya no es como ellos la recuerdan y han sufrido cada día por el daño que le podían estar haciendo".
La opinión menos pesimista la aporta Xaro López, al puntualizar que un secuestro así "afecta a un periodo de la vida muy importante en una niña, estaba formando todas sus capacidades.
Sin embargo, a la vez, a esa edad no existe una conciencia equiparable a la de un adulto y, por tanto, no sabemos qué puede haber entendido y cómo ha vivido su privación de libertad".
IMPOSIBLE PASAR PÁGINA.
"Confío en la plasticidad del ser humano", apunta esperanzado Tomàs.
En todo caso, no hay discrepancias a la hora de adelantar que la recuperación de una joven que ha sufrido un cautiverio tan largo requiere un trabajo terapéutico "extremo".
Luengo señala que en ese complicado proceso la víctima debe tratar en primera instancia de reconstruir sus primeros años de vida.
Además, se le ha de proporcionar "un clima estable de cotidianidad, cargado de afecto, que le proporcione seguridad emocional y física.
Más adelante, tendrá que profundizar en la experiencia que ha vivido durante su cautiverio.
No puede pasar página sin más".
La vida después de 3.096 dÃas sin vivirla
Alicia RodrÃguez de Paz. La Vanguardia.Es