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INFANCIA Y FAMILIA Violencia y Racionalidad

Inés Weinberger M.

El artículo en cuestión particulariza la violencia y la familia, como un fenómeno complejo.

De datos históricos se desprende que los niños eran objeto de malos tratos en mayor medida en tiempos antiguos.

Otras referencias estructuralistas han puesto de manifiesto el papel de la familia como elemento de transacción entre la naturaleza y la cultura. 


L.evi Strauss enfatiza la imposibilidad de una familia recluida, replegada sobre sí.

Debe estar dispuesta a sacrificar su identidad abriéndose al juego de las alianzas.

La afirmación de la reclusión de la familia moderna, su relacionan con el rigor de la disciplina que resultarían en maltrato y menor libertad.

Pero igualmente  puede desprenderse que los derechos del niño se han consolidado con el transcurso del tiempo.


Desde una un enfoque social contemporáneo no se puede pensar la posición del niño sin tomar en cuenta la configuración de la familia y los contrasentidos de la Modernidad.

                                                     A
utores como Giddens, Beck, Bauman o Luhmann han demostrado que la modernidad comporta enunciados de orden y desorden con una matriz común.

Esta dispersión se implanta a partir de acciones al relegar las intenciones.


 


Más que a una traición de las premisas de la Ilustración, la contraproductividad de la modernidad se debe a su carácter eminentemente aporético del sujeto liberal de Adam Smith.  Este autor construye una compleja filosofía moral que fija e intenta resolver este núcleo aporético como la relación entre lo uno y lo múltiple.


El centro de interés de Smith no fue el homo economicus, tal como ha ido concibiéndolo la tradición, sino el sujeto liberal y su mundo que se autodefine esencialmente como sujeto moral y cifra en su moralidad lo distintivo de su ser. Las dificultades que arrastra consigo son múltiples y para cumplir su sueño de moralidad ha de rodearse de fantasmas que lo preserven de un mundo que lo amenaza con la inconsistencia moral y el accidente, lo que podría precipitarlo en la tragedia.


Es así como la modernidad socavó en su desarrollo, sus propios principios, haciendo de la relación individuo y sociedad un problema insoluble.


Por ello, sólo una rigurosa estratificación mecanicista puede dar cuenta del orden social, pero entonces los hombres son objetos y la libertad se desvanece; de lo contrario, si se concibe al hombre absolutamente libre, esto es, se legitima lo que cada uno tiene de indeterminado, la sociedad se antoja una quimera.


La modernidad dirá Giddens esconde un cadáver: la experiencia.

Dumont dirá que es la realidad.


La posmodernidad, insisten estos autores, exige para su comprensión, categorías que no lastren esta oposición porque de lo contrario, aparecen como incomprensibles la ambivalencia de lo social, el riesgo, la contingencia  y sus residuos, lo que no es ni A ni A, fenómenos todos ellos cotidianamente observables.


Y ésa y no otra es la condición posmoderna, a saber, la inexistencia de una ley general en la que se subsuman, sin violencia, todos los casos particulares.

La modernidad, seguiría siendo tan totalitaria como aquél contra el que se erigió y el sentido seguiría postrado en una trascendencia más allá del tiempo de la vida: la dignidad, la libertad.

No pueden constituirse sobre la certidumbre, sino más bien sobre su contrario.

                                                                                                                                       Es la propia ontología la que se descubre pretérita.

Una reeducación epistemológica parece proponernos el pensamiento de la complejidad o un genuino humanismo, que apuesta por integrar todo lo que la razón instrumental se esforzaba por separar: cuanto más compleja es una sociedad tanto más frágil, y no más previsible ni controlable, como pudieron pensar los filósofos del contrato social.


No se trata de determinación (racionalidad instrumental) sino de una compleja relación de co-determinación, para lo cual era decisivo restituir la operatividad de lo empírico en el sujeto, esto es, liberar al rehén que la Ilustración había arrebatado.

Individuo y sociedad han de ser entidades dinámicas: aquéllos determinan tanto a ésta como ésta a aquéllos.


Verdad Objetiva y Certeza Subjetiva no pueden ser reconciliadas.


 


El Proyecto Modernidad contenía al mismo tiempo redención y condena.

El drama de la libertad produce una expansión temporal de las opciones y una expansión correlativa de los riesgos.

La idea de riesgo, de incertidumbre supone una sociedad que trata activamente de romper con su pasado.

La seguridad ontológica deviene necesaria como medio de reducción de la complejidad.

En la vida cotidiana,
el sistema de espacio intersubjetivo logra eclipsar la ausencia de fundamento, lo inesperado tras cada acción.


Durante el desarrollo ontogénico, el sistema de espacio intersubjetivo, la necesidad de ser reconocido como un ser con deseos, intenciones y emociones propias y únicas es vital y sólo puede darse cuando existe un espacio intersubjetivo compartido por miembros de la misma especie.


Como señala Tomascello (1999), los primates son seres intencionales y causales con un repertorio cognitivo impresionante.

Pero a pesar de apariencias engañosas, simplemente no conciben el mundo social y material como intencional y causal.


En los humanos, la capacidad de ser reconocido como ser único dentro de contextos sociales crece en importancia durante el desarrollo de la especie humana y del desarrollo ontogénico.

Se traspasa un umbral en el cual a la "lectura" de la conducta y las emociones se le agrega la "lectura" de la motivación y su significado social (lectura de las intenciones)


Dentro de este espacio intersubjetivo, la necesidad de ser reconocido como un ser con deseos, intenciones y emociones propias y únicas es vital y sólo puede darse cuando existe un espacio intersubjetivo compartido por miembros de la misma especie.

El poder concebir el mundo en estos términos conjetura una revolución.

                                                                                                                                       


Aún cuando los exponentes del modelo de adquisición del lenguaje no postulan una gramática generativa universal (Chomsky), autores como Tomascello (1999, 2003) piensan que la adquisición de símbolos y de estructuras gramaticales (dos componentes fundamentales del lenguaje) está basada en la capacidad intersubjetiva de los humanos, en la capacidad de identificarnos con los deseos, emociones e intenciones de los demás.

Además de esta capacidad intersubjetiva, hay otras herramientas cognitivas que desplegamos para construir el lenguaje como son todas las habilidades cognitivas.


El poder ver el mundo de las relaciones como intencional es entrar a un mundo intersubjetivo


El dinamismo que el sistema de significado inyecta a la naturaleza humana no tiene precedente.

Toda la experiencia humana es transformada en una nueva clave simbólica, intersubjetiva y lingüística que nos hace, como dijera felizmente Loren Eisley (1971), un ser inacabado, un ser que está en perpetuo proceso de autogestión.


Esta claro que hay límites a la capacidad de autogestión, y que estamos constreñidos por nuestro equipaje biológico formado durante el transcurso de millones de años de evolución.

Pero es precisamente esa tensión entre la evolución biológica y la historia humana, entre la finitud biológica y la infinitud de la imaginación humana, la que define la existencia humana.

La fantasía, la imaginación, la capacidad de ver hacia el futuro y de recrear el pasado, la capacidad de crear y narrar historias, de ver el mundo desde perspectivas múltiples, la necesidad de darle significado a nuestra existencia, todo ello depende de nuestra capacidad de reflexionar sobre nuestra experiencia y de cuestionarla.

Esta capacidad de entender la mente de los otros en forma intersubjetiva, a través de representaciones mentales basadas en símbolos y en el lenguaje nos hace criaturas extrañas, aberraciones de la naturaleza, como lo dijo alguna vez Erich Fromm.


La capacidad de leer intenciones y la imitación recíproca que existe en la especie humana tiene que haber jugado un papel muy importante en el desarrollo de la ética equitativa de los cazadores nómadas de la era paleolítica.

Con la imitación recíproca se produce la empatía recíproca y la capacidad de identificarse con nuestros semejantes.

Seguramente esta capacidad empática recíproca influyó potentemente en favorecer una organización social igualitaria que no está dominada por unos cuantos individuos que ejercen un control despótico sobre los demás.


Ante la alternativa del dominio por unos cuantos individuos o de compartir responsabilidades y obligaciones basadas en la mutualidad y la igualdad, la mayoría de los seres humanos prefieren la igualdad.

A las ventajas que acarrea la cooperación mutua a niveles biológicos habría que agregar las ventajas psicológicas que acarrean relaciones basadas en la igualdad.

Estas dos ventajas se complementan mutuamente creando una sinergia nueva, una organización social cooperativa e igualitaria.

(Tesis filogenética del origen del altruismo de Sober y Wilson (supervivencia de grupos con un mayor número de individuos altruistas) y  (Tesis de Tomascello del origen filogenético del fenómeno intersubjetivo).


Como lo ha demostrado la investigación sobre la transmisión intergeneracional de los patrones de apego, la capacidad de los progenitores de poder reflexionar sobre sus experiencias con figuras de apego predice en forma impresionante el tipo de apego que los progenitores forman con sus hijos (Fonagy 1995).

Fonagy ha denominado a esta capacidad de reflexionar sobre la experiencia la "función reflexiva".

Este último es un concepto muy similar al concepto de Main de "monitorización metacognitiva", es decir, la capacidad de pensar sobre lo pensado (Main, 1995).


 


Toda la historia de la infancia, desde el siglo XVIII hasta nuestros días, está constituida por una diversa dosificación de ternura y de severidad. 


Sólo progenitores que integran la capacidad intuitiva de cuidar y proteger a sus hijos con la función reflexiva pueden tener una imagen adecuada de las comunicaciones, deseos y necesidades de sus hijos, como queda demostrado en los estudios aludidos.

Los progenitores con una función reflexiva tienen una clasificación dentro del esquema de la Entrevista de Apego Adulto (EAA) de "F" (autónomos/libres).

Gracias a esta capacidad de reflexionar sobre su experiencia con figuras de apego, los hijos de estos progenitores van formando una imagen de sí mismos como seres valiosos y amados y una imagen de los otros como seres predecibles y confiables.

No es ninguna sorpresa que estos niños resultan tener una autoestima más saludable en comparación con otros niños con historia de apego ansioso o desorganizado (Sroufe 1997)


 


Progenitores que tienen una clasificación "Ds, que desatienden (dismissing) en la EAA tienden a ignorar las comunicaciones de estrés y congoja de sus hijos.

Los hijos de este tipo de progenitores forman una imagen defensivamente sobrevalorada de sí mismos y una imagen de los otros como poco confiables.

Esta hipótesis se ha comprobado en investigaciones longitudinales.

Niños con un apego evitativo (que corresponde a la categoría de desatención en las clasificaciones de apego en adultos), forman una imagen agrandada de sí mismos y muestran una falta de sensibilidad hacia los otros.

Estos mismos investigadores tuvieron que inventar él término de anti-empatía para describir la falta de responsividad emocional que estos niños demostraban con sus coetáneos (Kestenbaum, Farther & Sroufe, 1989).


 


Progenitores con una clasificación "E" (intrusivos o preocupados) en la EAA son inconsistentes e intrusivos con sus hijos.

Los hijos de estos progenitores forman una imagen de sí mismos como débiles e inefectivos (los famosos sentidos de inferioridad) y una imagen de los otros como inconsistentes e incompetentes en su cuidado.

Esta hipótesis también se ha demostrado por medio de investigaciones longitudinales.

Los niños con un apego resistente (que corresponde a la clasificación adulta de apego "intrusivo o preocupado" son vistos como dependientes y emocionalmente lábiles por sus profesores, que desconocen su trayectoria de desarrollo (Sroufe 1997.

Estos niños también suelen ser las víctimas de los niños bravucones (Troy & Sroufe 1987).


 


Progenitores que tienen una clasificación "U" (irresuelta/desorganizada) en la EAA tienen una relación compleja con sus hijos.

Estos progenitores muestran índices de desorganización en la EAA tales como cambios súbitos gramaticales cuando describen un evento traumático en su vida.

También son frecuentes pérdidas momentáneas en el hilo de la conversación, confusión en cuanto la fecha de muerte de un ser querido y dislocaciones en espacio y tiempo de la persona que murió.

Estos índices de desorganización suelen expresarse en la relación con los hijos como momentos de disociación o desorientación acompañados por una expresión de miedo y terror.

En otros casos más serios hay expresiones aterrorizantes que acompañan el maltrato físico y emocional por parte de las figuras de apego.

Cuando los hijos de este grupo de progenitores están expuestos a estas expresiones emocionales de terror o maltrato, desarrollan un tipo de apego denominado desorientado/desorganizado.


En estas circunstancias, los niños se encuentran en un dilema que, cuando menos en la niñez temprana, no tiene solución.

Las expresiones de terror y las conductas de maltrato en manos de las figuras de apego generalmente se suscitan cuando los niños están afligidos o acongojados y, por lo tanto, su sistema de apego esta intensamente activado.

En estos momentos los niños buscan en sus figuras de apego un refugio, una respuesta de cuidado que los calme y consuele.

Al mismo tiempo las expresiones de miedo intenso y terror que ven en sus progenitores los impulsan a huir de ellos.

Cuando estas dos respuestas innatas están simultáneamente activadas en los niños, su conducta se desorganiza.


 


Sobre el anhelo de autonomía se erige el proyecto ilustrado, pretendido universal, fundamentado en un continuo e ilimitado progreso técnico, social y moral.

Se trataba, en definitiva, de prescindir de cualquier criterio ajeno al hombre, llámese naturaleza, llámese Dios.

Se entraba, de este modo, en la Historia, en donde paulatinamente se mejorarían las condiciones de vida social e individual, en un proceso total destinado a abolir cualquier foco de resistencia
, en la medida en que la naturaleza, tanto interior como exterior, será modelada por la razón: el hombre conquistaba así las riendas de su propio destino.                                                                                                                                          La idea era utilizar la acumulación de conocimiento generada por muchos individuos que trabajaban libre y creativamente, en función de la emancipación humana y el enriquecimiento de la vida cotidiana.

El dominio científico de la naturaleza auguraba la liberación de la escasez, de la necesidad y de la arbitrariedad de las catástrofes naturales.

El desarrollo de formas de organización social y de formas de pensamientos racionales prometía la liberación respecto de las irracionalidades del mito, la religión, la superstición, el fin del uso arbitrario del poder, así como del lado oscuro de nuestra propia naturaleza humana (Harvey, 1998: 27-28).

                                                                                                         El proyecto ilustrado, por tanto, no destruye el altar, únicamente sitúa a la Razón en el lugar vacante dejado por Dios: un nuevo mito, profano si se quiere, funda la Historia y posibilita la comprensión del pasado y la configuración del futuro (aquello que Lyotard ha convenido en llamar metarrelato).


Este orden global acabará por revelarse precario.

En primer lugar, esa reconciliación entre el Sujeto Universal y el Sujeto Empírico va a resultar problemática: al mismo tiempo que se proponía una horizontalización que permitiera abolir cualquier diferencia cualitativa en beneficio de lo cuantitativo (lo económico cuantificable en términos monetarios, lo jurídico en base a una Ley universal y abstracta igual para todos y lo físico reducido al concepto de "masa"), se abre una sima que separa a los hombres entre sí a través del concepto de individuo, irreductible por definición a cualquier congénere (Duque, 2000: 18-22).                                                                                                                       Una idea que, por otra parte, ya entrevió Simmel cuando afirmó la escisión abierta entre la objetivación del individuo en las instituciones o en la misma ciudad y la esfera subjetiva, personal, ética del mismo.

La reificación del hombre como objeto de interacción, productiva y social, suponía ineluctablemente una pérdida íntima (Subirats, 1991).                                                                                    El descubrimiento de que el orden no era natural fue el descubrimiento del orden como tal. El concepto de orden apareció en la conciencia sólo simultáneamente con el problema del orden, del orden como un hecho de estrategia y de acción, orden como una obsesión.

El orden como problema surgió con el despertar de la actividad ordenadora, como un reflejo de prácticas ordenadoras" (Bauman, 1996: 79-80).
Baudrillard afirma que todo tiene que venir de nosotros mismos.

Y, en cierto modo, esta es la desdicha absoluta.


Bibliografía


El Sujeto Residual en el Escenario Mediático


https://www.razonypalabra.org.mx/anteriores/n39/glucas.html


Lic.

Gonzalo Lucas Gallego

Facultad de Comunicación y Documentación, Universidad de Murcia, España                                                                                        
Número 39


 


El descubrimiento de la infancia: historia de un sentimiento


https://www.utp.edu.co


María Victoria Alzate Piedrahita


Revista Ciencias Humanas de la U.T.P    rev30


Colombia - 2002