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El sindrome prevacacional

Pilar Cambra. Madrid

Qué historia la de la histeria prevacacional! Porque, aquí, mucho dar la vara con la depresión del regreso bastante similar a la post-parto pero pocos se han ocupado de diagnosticar, prevenir y curar esta especie de frenesí que se apodera de nosotros, desde el flequillo o la calva a la punta de los pies cuando estamos a punto de salir por ídem (pies) rumbo a los Mares del Sur.

O a Torrevieja.

O a Madrigal de las Altas Torres, sin ir más lejos.

¡Parece mentira para nosotros, como dicen los asturianos, con lo evidente (y plasta) que es este síndrome prevacacional! A mí me dan siempre los siete males en estos días en los que, como ahora mismito, estoy haciendo las maletas con una mano y, con la otra, dándole al teclado del ordenador, despachando correspondencia y con los e-mails que se me salen por las orejas.

Lo que yo temo no es el atasco de las carreteras sino el tapón ¿irremediable? de curro que se nos viene encima en estas últimas jornadas laborales.

Y es que, ¡mecachis en diez!, a todos a mí la primera nos da por volver la vista atrás, como el sabio aquel de las hierbas masticadas que otro iba comiendo detrás de él, ¡menuda guarrería!, y descubrimos todos los agujeros negros que quedan a nuestras espaldas tras los doce meses transcurridos desde las últimas vacaciones.

Y, entonces, tal que les ocurre a los estudiantes cochambrosos, tratamos de resolver en setenta y dos horas lo que no hemos querido o no hemos podido solucionar antes.

En consecuencia, nos ponemos a fustigarnos a nosotros mismos y a los demás con encargos de última hora imposibles de cumplir; con desayunos, comidas y cenas de trabajo que nos van a dejar como focas del Ártico y nosotros con estos pelos y con el bañador nuevo en la mochila; con mensajes a los que nadie está en disposición de contestar porque la neurona, a estas alturas, tiene la misma capacidad de reacción que un galápago o que la piedra pómez ; y, en conjunto, con un afán de "resolver" que no resuelve nada.

Lo que no puede ser...


Es el momento idóneo para recordar la sabia sentencia del torero: "Lo que no puede ser, no puede ser.

Y, además, es imposible"...Así que ¡alto, stop, frena, macho, que vienen curvas! Primero: lo único que, sensatamente, cabe hacer es aprender la lección para el curso que viene.

Y la moraleja (esconde la mano, que viene la vieja) es que la imprevisión no se remedia ahora con milagritos.

Hay que comenzar a dar el callo el próximo septiembre para evitar, en lo posible, el síndrome prevacacional de julio de 2001.

Segundo: ¿usted no vive a un móvil pegado? ¿usted no posee un ordenata portátil que va como una moto? Pues, nada: úselos con moderación tumbado a la bartola e irá resolviendo algunos de los asuntos que deja pendientes...

¡Que, hoy, con Internet, se llega hasta el desierto de Gobi, majos!

Y tercero: muchas de las decisiones y acciones que ahora, con un pie en el estribo, nos parecen de vida o muerte no son más que chorradas, con perdón, que cobrarán la auténtica dimensión de su importancia ninguna en cuanto nos rebocemos los pinrreles en la arenita de la playa.

Hijos del agobio, criaturas: no permitáis que esta postrera oleada de urgencias ficticias os amarguen este prólogo de las vacaciones en el que el alma debiera irse serenando y alejándose del mundanal ruido.

Lo bueno que tiene el síndrome este es que se disipa enseguida.

Como en el chiste aquel en el que una gorda le dice a su amiga embaraza: "Pues tú también has ganado peso, rica".

Y la embaraza responde: "Sí, pero a mí se me pasa en cuatro meses..." A nosotros se nos pasa en el primer amanecer de libertad, en la primera noche de sosiego, en el primer respiro a pleno pulmón de tranquilidad.

He dicho y me largo.

Hasta septiembre, colegas.