En la mayoría de las culturas no hay una división clara que separe el mito del cuento popular o de hadas; estos elementos juntos forman la literatura de las sociedades preliterarias.Algunas historias populares y de hadas surgieron a partir de los mitos, mientras que otras fueron incorporadas a ellos.
Ambas formas personificaban la experiencia acumulada por una sociedad, tal como los hombres deseaban recordar la sabiduría pasada y transmitirla a futuras generaciones.
Estos cuentos proporcionan conocimientos profundos que han sostenido a la humanidad a través de las interminables vicisitudes de su existencia, una herencia que no se ha revelado a los niños de ninguna otra manera, sino de un modo simple, directo y accesible.
Los mitos y los cuentos de hadas tienen muchas cosas en común.
Pero, en los mitos, mucho más que en los cuentos, el héroe cultural se presenta al oyente como una figura que éste debería emular en su propia vida.
Un mito como un cuento de hadas, puede expresar, de forma simbólica, un conflicto interno y sugerir cómo podría resolverse; pero este no es, necesariamente, el interés central del mito.
El mito presenta su tema de forma majestuosa; lleva consigo una fuerza espiritual; y lo divino está presenta y se experimenta en forma de héroes sobrehumanos que realizan constantes demandas a los simples mortales.
Muchos de nosotros, los mortales, permaneceremos siempre inferiores a ellos.
Los protagonistas y los acontecimientos de los cuentos de hadas también personifican e ilustran conflictos internos, pero sugieren siempre, sutilmente, cómo pueden resolverse dichos conflictos, y cuáles podrían ser los siguientes pasos en el desarrollo hacia un nivel humano superior.
El cuento de hada se presenta de un modo simple y sencillo; no se le exige nada al que lo escucha.
Esto impide que incluso el niño más pequeño se sienta impulsado a actuar de una manera determinada; la historia nunca hará que el niño se sienta inferior.
Lejos de exigir nada, el cuento de hadas proporciona seguridad, da esperanzas respecto al futuro y mantiene la promesa de un final feliz.
Lewis Carroll lo llamó un â??regalo de amorâ?, término difícilmente aplicable a un mito.
No todas las historias incluidas en una colección titulada â??Cuentos de hadasâ? contienen estos criterios.
Muchas de esas historias son meras distracciones, cuentos con moralejas o fábulas.
Si se trata de fábulas, éstas relatan mediante palabras, actos o sucesos lo que uno debería hacer.
Las fábulas exigen y amenazan â??son moralistas- o simplemente entretienen.
Para decidir si una historia es un cuento de hadas o algo completamente distinto, uno debería preguntarse si el nombre de regalo de amor para el niño resulta adecuado a ella.
Este no parece un mal sistema para llegar a una clasificación.
Una madre pudo vencer sus dudas sobre si contar, o no, a su hijo historias â??sangrientas y amenazantesâ?.
A través de conversaciones con el pequeño, se dio cuenta de que éste tenía fantasías sobre devorar a la gente o sobre la gente siendo devorada.
Le contó el cuento de â??Jack, el matador de gigantesâ?.
La reacción del niño al terminar la historia fue: â??No existen cosas así como los gigantes, ¿verdad?â?.
Antes de que la madre pudiera dar una respuesta tranquilizadora, el pequeño continuó:â?Pero existen estas cosas que se llaman adultos, y que son como los gigantesâ?.
A la edad madura de cinco años comprendió el mensaje de la historia: si bien los adultos pueden percibirse como gigantes amenazadores, un niño pequeño puede aprovecharse de ellos con astucia.
Esta observación revela el origen de la aversión de los adultos a contar cuentos de hadas: no nos sentimos a gusto con la idea de que a veces parezcamos gigantes amenazadores a los ojos de nuestros hijos.
Tampoco queremos aceptar que piensen que resulta muy fácil engañarnos, o hacernos hacer el ridículo, y tampoco nos gusta que se sientan complacidos ante esta idea.
Pero tanto si les contamos cuentos como si no, les parecemos gigantes egoístas que deseamos conservar para nosotros mismos todas las cosas maravillosas que nos proporcionan poder.
Los cuentos de hadas mantienen en los niños la esperanza de que algún día podrán aprovecharse del gigante, es decir, podrán crecer hasta convertirse en gigantes y alcanzar los mismos poderes.
Esta es â??la gran esperanza que nos hace hombresâ?.
Si los padres cuentan estos cuentos a sus hijos, les proporcionan un importante factor: la seguridad de que aceptan el juego de pensar que pueden llegar a aprovecharse de estos gigantes.
Es muy distinto que el niño lea la historia a que se la cuenten, pues al leerla solo, el niño puede pensar que únicamente un extraño â??la persona que escribió el cuento- aprueba el hecho de engañar y derribar a un gigante.
Sin embargo, si los padres le cuentan la historia, el niño puede estar seguro de que aprueban su fantástica venganza a la amenaza que comporta el dominio adulto.
Investigadores de orientación psicológica, hacen énfasis en las semejanzas entre los fantásticos sucesos de los mitos y cuentos de hadas y aquellos de los sueños y fantasías de los adultos â??cumplimiento de deseos, la victoria sobre todos los rivales, la destrucción de los enemigos-, y concluyen que en esta literatura se expresa lo que normalmente se evita que surja a la conciencia.
Existen diferencias entre los cuentos de hadas y los sueños.
Por ejemplo, en el sueño, la realización de los deseos está a menudo disfrazada, mientras que, en los cuentos, aquéllos se expresan abiertamente.
Los sueños son el resultado de pulsiones internas que no han encontrado alivio, de problemas que acosan a una persona, y para los que ni ésta ni los sueños hallan solución alguna.
El cuento de hadas hace exactamente lo contrario: proyecta el alivio de todas las pulsiones, y ofrece no sólo modos de solucionarlos, sino que promete que se encontrará una solución â??felizâ?.
No podemos controlar lo que ocurre en nuestros sueños.
Aunque nuestra censura interna seleccione lo que podemos soñar, dicho control se da a un nivel inconsciente.
El cuento de hadas es el resultado del contenido común consciente e inconsciente una vez modificado por la mente consciente, no de una persona en particular, sino por el consenso de muchas, en cuanto a lo que son problemas humanos universales y a lo que aceptan como soluciones deseables.
Si todos estos elementos no estuvieran presentes en un cuento de hadas, éste no iría contándose de generación en generación.
Un cuento se relataba y escuchaba una y otra vez, sólo si reunía las exigencias conscientes e inconscientes de mucha gente.
Ningún sueño podría provocar un interés semejante a menos que se tratara de un mito.
Existe un acuerdo general al opinar que los mitos y cuentos de hadas hablan en el lenguaje de los símbolos, representando el contenido inconsciente.
Su atractivo se dirige a nuestra mente consciente e inconsciente a la vez, a sus tres aspectos â??ello, yo y super-yo- y también a nuestra necesidad de ideales del yo.
Esto hace que el cuento sea muy efectivo en su contenido, toman cuerpo de forma simbólica los fenómenos psicológicos internos.
Entre los mitos y los cuentos de hadas no existen sólo semejanzas esenciales, sino también diferencias inherentes.
Aunque en ambos encontremos los mismos personajes y situaciones ejemplares y ocurran hechos similares, existe una diferencia básica en el modo de transmitir todas estas cosas.
El sentimiento principal que comunica un mito es: esto es absolutamente único; no podría haberle ocurrido a ninguna otra persona ni de ningún otro modo; tales eventos son grandiosos, inspiran temor y no podrían haberle sucedido a ningún mortal común.
La razón de que sea así no es porque lo que sucede sea milagroso, sino porque se describe como tal.
Por el contrario, aunque las cosas que ocurren en los cuentos de hadas sean a menudo improbables e insólitas, se presentan siempre como normales, como algo que podría sucederle a cualquiera en cualquier lugar.
Otra diferencia fundamental es el final, que en los mitos suele ser trágico, mientras que en los cuentos de hadas siempre es feliz.
Por ejemplo, â??La niña de los fósforosâ? y â??El soldadito de plomoâ?, de Hans Andersen, son bonitos pero tristes; no transmiten, al final, ese sentimiento de consuelo característico de los cuentos de hadas.
â??La reina de las nievesâ?, también de Andersen, podría calificarse de verdadero cuento de hadas.
El mito es pesimista, mientras que el cuento de hadas es optimista a pesar de lo terriblemente graves que puedan ser algunos de los sucesos de la historia.
Esta diferencia decisiva sitúa al cuento de hadas al margen de otras historias en las que también ocurren hechos fantásticos, tanto si el resultado feliz se debe a la virtud del héroe como al azar o a la interferencia de personajes sobrenaturales.
Normalmente, los mitos implican demandas del super-yo en conflicto con la acción motivada por el ello, y con los deseos autoprotectores del yo.
Por más que se intente, nunca se podrá vivir totalmente conformes a lo que el super-yo, en los mitos representados por los dioses, parece exigir.
Cuanto más se intente complacerlo, tanto más implacables serán sus demandas.
Un mito no es cuento admonitorio como la fábula, que al provocarnos ansiedad nos previene para que no actuemos del modo
Un mito no es cuento admonitorio como la fábula, que al provocarnos ansiedad nos previene para que no actuemos del modo que sería perjudicial para nosotros.
Los mitos son útiles para formar no la personalidad total, sino sólo el super-yo.
El niño sabe que no puede vivir con la misma virtud que el héroe ni realizar sus mismas hazañas; todo lo que puede hacer es emular al héroe en menor grado; de este modo, el niño no se siente derrotado por la discrepancia entre su ideal y su propia insignificancia.
Los mitos proyectan una personalidad ideal que actúa de acuerdo con las demandas del super-yo, mientras que los cuentos de hadas representan una integración del yo que permite una satisfacción adecuada de los deseos del ello.
Esta diferencia explica el contraste entre el pesimismo característico de los mitos y el optimismo esencial de los cuentos de hadas