Cuando el abuelo dejó de respirar, Francisca se abrazó a él y permaneció así mucho rato.
Su mamá trató de que bajara al primer piso, con el resto de los primos, pero ella volvió a subir para estar lo más cerca posible del "tata".
"Si no lo hubiera hecho, lloraría el resto de mi vida", dice hoy la niña.
Con 8 años, su voz pequeña refleja determinación: "Es el mejor tata que he tenido en la vida.
Yo era muy regalona de él y necesitaba despedirme".
El abuelo vivió sus últimos días en la misma casa en que crió a su familia.
Cuando sintió que el momento se acercaba, reunió a su mujer y a sus seis hijos y, a pesar de su dificultad respiratoria, pudo decirles que había sido muy feliz con todos ellos.
Paulina, la hija mayor, cuenta que él se fue entregando en paz.
Cuando se dieron cuenta de que el momento se acercaba, empezaron a llamar a sus respectivos hijos.
Con edades entre 17 y 3 años, los 23 nietos fueron llegando de a poco.
Estuvieron todo ese sábado junto al abuelo, quien se despidió de cada uno de ellos.
Cristóbal, de 16, fue uno de los últimos en llegar: "Estaba en un asado del colegio cuando me llamaron.
El tata estaba en la agonía máxima.
Me hizo la señal de la cruz y me sonrió.
Con eso me bastó.
No nos dijimos nada, pero nos miramos mucho rato".
Cada nieto vivió su momento especial junto al tata.
Él agonizó durante dos días y los niños permanecieron juntos, ya sea a su lado o haciéndole dibujos, escribiéndole cartas, o mirando fotos viejas de la familia.
Fueron dos días intensos de despedida.
Los seis hijos se quedaron a alojar en esa casa, la misma donde se habían criado, y la música favorita del abuelo - Nana Mouskouri y el pianista George Winston- no dejó de sonar.
Cuando llegó el momento de la partida, nadie impidió que los más chicos estuvieran junto a él, llorando, abrazándolo.
"Dejamos que fluyera su necesidad de estar ahí.
Lo hicimos por pura intuición.
Los niños eran tan cercanos a él, que tenían que expresar sus sentimientos", cuenta Paulina, madre de Francisca y Cristóbal, quien prefiere guardar el anonimato de la familia.
Dolor saludable
Cada grupo familiar tiene su particular manera de vivir una pérdida.
Y no siempre los adultos pueden asumir en forma abierta el tema de la muerte con sus hijos, "sobre todo cuando ni ellos mismos están preparados para enfrentarla", señala la terapeuta Sabine Romero, especialista en la temática del duelo.
La idea de la muerte es tan fuerte que muchos prefieren negarla y evitar pensar en ella.
Los especialistas concuerdan en que es un tema que no debe eludirse.
"Ya desde los cuatro años, un niño puede empezar a comprender el concepto de la ausencia irreversible", explica el psiquiatra Patricio Álvarez, experto en niños y adolescentes.
"Pero eso no significa que los niños menores de esa edad no puedan compartir los rituales que va a vivir la familia unida en torno a una pérdida.
Un chico menor de 4 va a vivir esa desaparición como algo transitorio y con el tiempo irá asimilando que se trata de algo irreversible.
Pero no hay razón para excluirlo del clima emocional y de acompañamiento mutuo, que se da durante un duelo", agrega.
Según el psiquiatra, esa "corriente de afecto y energía" que fluye durante una situación así puede ser muy sanadora y contribuir a los procesos de duelo de cada miembro de la familia.
Paulina, la mujer del testimonio, afirma que los días de agonía de su padre, bien llorados y acompañados, les ayudaron a tener paz a pesar de la tristeza.
Para llegar a eso, es necesario que los adultos permitan fluir su propia pena y que no tengan temor de que sus niños los vean sufrir, ni tampoco de verlos a ellos expresar su propio dolor.
Para Sabine Romero, en esta situación es fundamental la capacidad de "contención" de una familia; es decir, "de aceptar y acoger las emociones intensas de otra persona".
También son importantes las redes de apoyo.
"Muchas veces, los adultos no pueden con su propio dolor y los niños y adolescentes se encuentran sin nadie que pueda contenerlos.
Entonces, son fundamentales los amigos y las personas cercanas a la familia".
En la etapa posterior a una pérdida, es importante que continúen los espacios de contención.
Diego (11 años), uno de los nietos del testimonio, confiesa: "Al principio creía que era un sueño y que el tata iba a estar de nuevo en su sillón.
Recién al mes empecé a tomar conciencia".
En este proceso, los expertos aconsejan crear espacios para recordar a la persona que se fue.
Pueden ser un rincón con fotos o un baúl con objetos.
Diego cuenta que entre sus tesoros están unos calcetines y una camiseta del abuelo.
También guarda las tarjetas de presentación.
"Dicen su nombre y que fue presidente de no sé qué o secretario de no sé cuánto.
Y yo me siento orgulloso de haber tenido un abuelo como él".
Cómo explicarles
María Angélica es agnóstica.
Sin embargo, cuando sus hijos pequeños le preguntaron a dónde se iba a ir la abuela recién fallecida, no pudo evitar decirles: "al cielo".
Según los especialistas, los niños necesitan ubicar a la persona que partió en un determinado espacio.
"Una desaparición en abstracto le deja un vacío que no tiene manera de llenar, pues no manejan el concepto de muerte como los adultos", explica el psiquiatra Patricio Álvarez.
"Es importante para la estabilidad emocional del niño darle un lugar de existencia concreta a quien falleció".
Después de los 4 años los pequeños "estarán más capacitados para entender que los seres humanos pasamos a otros niveles de existencia", afirma el profesional