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Limites: Si el adulto no los pone, deja al chico desamparado

La Nacion.Ar

Si educan a sus hijos como demócratas es muy probable que más tarde se conviertan en fascistas, mientras que si los educan de una manera más o menos fascista, seguro que se convertirán en demócratas." Polémico y provocador, el pediatra y psicoanalista francés Aldo Naouri actualiza un debate que confronta a generaciones de padres que se preguntan si conviene ser tolerante o restrictivo con los hijos.



En su libro Padres permisivos, hijos tiranos (Ediciones B), Naouri reivindica la frustración como un instrumento que evita que los niños se acostumbren a conseguir lo que quieren y desarrollen adicción al placer ilimitado.



Sin entrenamiento en la ardua tarea de tramitar las inevitables frustraciones de la realidad, el niño omnipotente crece como un tirano que se apropia de sus derechos sin darse por enterado de que van acompañados de obligaciones, pretende satisfacer todas sus demandas de inmediato e instaura a su alrededor una dictadura que, con el tiempo, puede desembocar en violencia.

El mundo no está dispuesto a tolerar sus atropellos y siempre es mejor sumergirse a tiempo en el código de convivencia social.



Según el médico francés, la adolescencia es tarde para iniciar el camino de la frustración: "Para evitar la tiranía posterior hay que instaurar la firmeza desde la edad más temprana, con un proceder estricto y reglado".

Y la licenciada Mónica Laszewicki, psicóloga del Servicio de Adolescencia del hospital Elizalde, comparte la idea al asegurar que los límites comienzan desde el nacimiento y van acompañando el proceso de crecimiento.



Inicialmente, el niño tendrá que aprender que no puede estar todo el tiempo en brazos o que la comida cumple horarios que no coinciden exactamente con su hambre; más tarde tendrá que aceptar que no puede instalarse frente a la PC eternamente o que las salidas deben respetar medidas de seguridad.

Siempre habrá límites con su doble función de frustrar, pero también de organizar la vida de  las  personas.



La intolerancia a la frustración lleva a la satisfacción inmediata de cualquier deseo, lo que no significa más que una descarga rápida del impulso cuya satisfacción es sólo transitoria; aprender a esperar y a aplazar esa inmediatez permite, a futuro, construir planes y proyectos de mayor aliento.



En la adolescencia, la impulsividad y la incapacidad de posponer expone a riesgos y las adicciones no son ajenas a este mecanismo de satisfacción que se monta sobre un juego espiralado de satisfacción, que siempre va por más, con un alto costo emocional y físico.



La función del no

"Los padres tienen una función ordenadora en todas las etapas del crecimiento; con su presencia, con los no y los sí dichos en el momento adecuado, proveen sostén, estructuran, ayudan a crecer, a desarrollar la capacidad de espera y recortan el sentimiento de omnipotencia", dice la licenciada Graciela Saladino, profesora de la materia Adolescencia de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y afirma que el proceso no se da de una vez y para siempre, ya que las reglas son repactadas según la edad y las características de los hijos.



¿Cuál es el lado oscuro de la falta de límites? "Cuando los padres son excesivamente permisivos, nos encontramos con niños que están a merced de sus aspectos más omnipotentes y esto los lleva a situaciones de poco cuidado para con ellos mismos y con los demás, con consecuencias nefastas en la inserción en la sociedad.

Recordemos que los límites que los padres no pusieron los pondrá luego la sociedad y en forma menos cariñosa", alerta Saladino.



"Los chicos que tienen límites claros, en cambio, distinguen con mayor claridad lo que está bien y lo que está mal, están internamente ordenados, saben lo que quieren y por dónde caminar", comenta Lazsewicki.



"Se pelean con los padres, pero no hay que tenerle miedo a esta pelea, aunque parezca desembocar en el fin del amor, nada de esto sucede -agrega-.

Los límites marcan la diferencia generacional entre padres e hijos, una asimetría en el vínculo que permite establecer quién tiene la experiencia, el conocimiento y la capacidad de establecer pautas orientadoras.

Si el adulto claudica en este rol de sostén y ordenador vital, deja al hijo en estado de desamparo.