El autor es Psicólogo
Director de la Carrera de Especialización en Violencia Familiar
Universidad Nacional de Buenos Aires
Las leyes necesarias para proteger a los niños de los abusos que padecen están en vigencia.
La retórica de la sujeción y respeto a ellas también, pero falta la comprensión del fenómeno, la asunción de los errores que se cometen por "disciplinamiento" y la revisión profunda de las relaciones de poder entre adultos y menores.
Los niños no se deben "adiestrar, amaestrar, modelar" según el antojo paterno porque en ese acto se los despoja de su lugar como sujetos de derecho.
En nombre del respeto se cometen atrocidades.
El entorno social no favorece y la cultura de mercado excluye.
Es tiempo que la sociedad comience a reflexionar, sin hipocresía, en el nexo que existe entre la violencia que ejercen los mayores y la que los jóvenes devuelven.
En 1959, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó la Declaración Universal de los derechos del Niño, cuyo Principio 9 señala que "el niño debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación".
La ley 23849, sancionada en 1990 por el Congreso de la Nación Argentina, aprobó la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño, que en su artículo 19 dice que "los Estados Partes adoptarán todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas apropiadas para proteger al niño contra toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual".
Cotidianamente, miles de niños y niñas ignoran que se están violando sistemáticamente sus derechos.
Por efecto de la naturalización de los malos tratos, la sociedad percibe como "normales" una interminable lista de atrocidades que se cometen contra ellos y ellas, en nombre de la disciplina y el respeto.
Pero esa misma sociedad se horroriza cuando asiste, perpleja, a los extremos a los que puede llegar el abuso de poder sobre los hijos: los casos que cobran notoriedad pública conmueven a la conciencia colectiva y la señal de alarma persiste por una semana, tal vez dos.
Luego, todo vuelve a la naturalidad del maltrato tolerado, aquél que no aparece en los diarios ni en los noticieros de la televisión.
En los últimos tiempos, la sección de noticias policiales de los medios de comunicación suelen sorprendernos con algunos casos en los que el factor común es la violencia de los integrantes más jóvenes de la sociedad.
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Pero al mismo tiempo que nos enteramos de la existencia de niños y jóvenes que asesinan, roban y violan, emergen a la luz casos de padres que atan a su hijo o lo encierran en una jaula, adultos que abusan sexualmente de los niños o niñas a su cuidado o chicos que mueren como consecuencia de la negligencia y el abandono por parte de los mayores.
Es hora que la sociedad comience a reflexionar sobre el nexo que existe entre ambos tipos de fenómenos.
Ese hilo conductor se hace evidente apenas estudiamos en profundidad el problema de la violencia como conducta aprendida de modelos familiares y sociales.
La legitimación social de los malos tratos hacia niños y niñas hunde sus raíces en la creencia colectiva de que los hijos son propiedad de los padres, razón por la cual no son percibidos como sujetos de derecho.
Las distintas formas que adopta la victimización de menores (maltrato físico, maltrato emocional, abandono , negligencia, abuso sexual, explotación) representan una verdadera epidemia.
Se calcula, con estimaciones prudentes, que alrededor del 80% de los casos de niños y niñas menores de 6 años muertos en "accidentes", en realidad han muerto como consecuencia de malos tratos recibidos por parte de los adultos encargados de su cuidado.
En el escalón siguiente, podemos afirmar que gran cantidad de cuadros de discapacidad física y psíquica reconocen su origen en formas severas de abuso físico, emocional y sexual.
Otras investigaciones muestran que la violencia intrafamiliar suele ser un antecedente habitual de otros problemas sociales, tales como las adicciones, las conductas delictivas, las fugas del hogar y la prostitución adolescente.
En los casos menos graves, las secuelas del maltrato toman la forma de trastornos de conducta y de aprendizaje, inseguridades, temores, dificultades en el contacto social, inhibiciones intelectuales, afectivas y sexuales.
El abuso físico provoca heridas visibles y, a veces, la muerte; el abuso psicológico genera trastornos psicosomáticos y, a veces, el suicidio; el abuso sexual deja huellas indelebles en el psiquismo, que interfieren para siempre en la vida afectiva de las víctimas.
Alice Miller, en su libro "Por tu propio bien" describe los efectos de lo que ella denomina "pedagogía negra", es decir, la cantidad de crueldades que pueden cometer los padres, con la excusa de que es por el bien de los hijos, y apoyándose en el mito de que "toda la razón está del lado de los padres y de que cada crueldad -consciente o inconsciente-, es expresión de su amor".
En nuestra cultura, los niños y las niñas suelen encontrarse en una trampa de muy difícil salida, ya que, de acuerdo a la mentalidad autoritaria predominante, deben aprender a soportar las injusticias que se cometen en su contra, deben asumir que la culpa es de ellos/ellas, y deben agradecer a quienes les pegan o humillan, ya que lo hacen pensando en su propio bien.
Cuando las autoridades suponen que el problema de las conductas antisociales de los menores se solucionan con nuevas normas legales que permitan la penalización a edades más tempranas, demuestran una profunda ignorancia acerca de las verdaderas raíces de la violencia juvenil.
Al suponer que penalizando resuelven algún problema, lo único que hacen es aplicar "más de lo mismo".
La violencia institucional ejercida sobre los jóvenes sólo consigue incrementar el odio y la necesidad de venganza, que luego se van a descargar en nuevas conductas delictivas.
Tal vez resulte didáctico utilizar el ejemplo paradigmático del violador: cuando estudiamos las historias de vida de los violadores, casi indefectiblemente encontramos antecedentes de abuso sexual en su infancia.
El violador repite con otras lo que antes le hicieron a él.
¿Cuál es el resultado que se obtiene cuando sólo se le aplica un castigo externo (por ejemplo, reclusión en una cárcel)? Lo que más habitualmente se observa es que al salir de la cárcel, lo primero que hace es volver a violar.
La necesidad de castigar el delito de violación es indiscutible, pero el problema de fondo queda sin resolver.
Las manifestaciones cada vez mas tempranas de la violencia son el reflejo de una sociedad que proporciona a las nuevas generaciones modelos de vínculos que dejan de lado valores tales como la verdad, la justicia, la solidaridad y el respeto por el otro. Si un niño o una niña se desarrollan en un contexto en el que no se les miente, se los respeta y valoriza, se los escucha y no se los somete a las distintas variantes del abuso del poder adulto, es muy improbable que desarrollen luego conductas destructivas.
No obstante, no debemos caer en el error de creer que la responsabilidad recae sólo en el ámbito privado.
El problema de la seguridad es de interés público y las políticas de prevención deben ser desarrolladas por los organismos competentes.
Los países que han comprendido cuáles son las causas del problema han apostado a la prevención y no a la represión.
Claro está que en ese caso, hay que trabajar con objetivos a largo plazo, y los funcionarios suelen estar muy preocupados por tomar medidas que causen impacto inmediato en la opinión de los votantes, aunque sirvan para seguir ocultando el problema de fondo.
Las relaciones de poder entre adultos y niños
La discusión acerca de la legitimación de los castigos corporales hacia niños y niñas, ha sido actualizada hace algún tiempo por los proyectos de reformas legales en Inglaterra, que proponen volver a autorizar a los docentes al ejercicio del castigo físico Por cierto que estas ideas constituyen una regresión y deben ser cuestionadas firmemente.
No obstante, si el cuestionamiento se detiene allí, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie del problema.
Avanzar hacia aspectos más medulares del asunto, implica meternos en un terreno a menudo esquivado: el de la revisión profunda de las relaciones de poder entre adultos y menores.
En algún sentido, resulta más cómodo horrorizarse frente a las imágenes televisivas de un niño con el cuerpo marcado por la violencia paterna, que poner en cuestión nuestros propios roles adultos en relación a los niños y las niñas.
Como madres, padres, educadores, muchas veces reducimos a nuestros hijos/as y alumnos/as a la posición de objetos a adiestrar, amaestrar, modelar a nuestro antojo, despojándolos en ese acto de su lugar como sujetos de derecho.
El mayor abuso de autoridad que cometen los adultos es negar al niño, a la niña, su condición de otro, de persona diferente con sus propios estilos, necesidades, deseos, opiniones, etc., que pueden coincidir o no con las nuestras.
Desde una perspectiva adulta, el paradigma de un niño que "se porta bien" es aquel que se comporta de acuerdo a los deseos y necesidades del adulto.
El tan meneado concepto de "poner límites" sirve a menudo como magnífica justificación para los intentos adultos de someter al otro a su voluntad, gesto que a menudo conlleva la humillación.
En realidad, "poner límites" debería ser una actitud amorosa de cuidado por el otro, tendiente a evitar que se dañe a sí mismo o a terceros.
Cuando se convierte en un arma que somete, que daña, que produce dolor y sufrimiento, se inscribe dentro de la larga lista de atrocidades que se disfrazan bajo el rótulo que reza "lo hago por tu bien", y que sirve para tranquilizar conciencias.
El maltrato físico y el abuso sexual a menores constituyen el último y más grave eslabón de una cadena de abuso del poder adulto.
La violencia juvenil es la respuesta que estamos recogiendo por parte de quienes se han sentido abandonados, humillados, no escuchados, maltratados, independientemente del sector social al que pertenezcan.
La prevención de esa violencia debe apuntar a las raíces del problema, no a sus manifestaciones últimas.
Comenzar a pensar a los niños y las niñas como sujetos de derecho implica mucho más que imprimir afiches con la Declaración de los Derechos del Niño.
Requiere la elaboración de políticas públicas en el ámbito educativo, tendientes a la democratización de los vínculos entre adultos y menores, camino indispensable para la construcción de una sociedad menos violenta.
La cultura de la exclusión
En los últimos años, los terapeutas, investigadores y/o lectores de diarios y revistas, hemos ido incorporando nuevos términos a nuestro vocabulario: bulimia, anorexia, suicidio infantil y adolescente, abuso intrafamiliar, menores en conflicto con la ley, adicciones, violencia en la escuela, estrés infantil, prostitución infanto-juvenil, embarazo adolescente... Son fenómenos disímiles a los que, a primera vista, no se les encuentra el hilo conductor que permita relacionarlos.
Sin embargo, una mirada atenta tal vez comience a encontrar denominadores comunes que están en la base de todos ellos.
Una chica deja de comer para poder lograr esa absurda delgadez de las modelos.
Otra se suicida porque no logra dejar de verse gorda.
Un muchacho roba un pasacasette para poder comprar la droga que, a su vez, le permita sentirse perteneciendo a un grupo.
Otro se suicida porque sabe que sus notas en el colegio van a enfurecer a sus padres.
Una niña se prostituye en una estación de trenes porque si no lleva dinero a su casa, la va a pasar mal.
Otra se fuga de su hogar para intentar salvarse de los abusos y malos tratos cotidianos.
Un adolescente se deprime porque no logra alcanzar el primer puesto en alguna competencia deportiva.
Otro sufre las burlas cotidianas, a raíz de alguna discapacidad que lo diferencia.
Estos personajes viven en distintos lugares, pertenecen a distintos sectores socioeconómicos, pero hay algo que los une: se sienten presionados/as.
En el fondo, creen que si no cumplen con determinados requisitos, serán rechazados/as, no podrán satisfacer las expectativas de los demás.
Pero, ¿?quienes presionan a estos miembros de las nuevas generaciones? Para empezar a responder esta pregunta, deberíamos analizar los entornos cultural, social y familiar de los que emergen estos problemas.
Todos ellos están impregnados de los valores del "mercado" (competencia, individualismo, superficialidad, ausencia de solidaridad, etc.), que sólo permiten una lectura en blanco y negro de la realidad: las personas se clasifican en dos categorías: "ganadores" y "perdedores".
Los publicitarios y los expertos en marketing lo saben muy bien, a la hora de diseñar sus mensajes dirigidos a los consumidores.
Tal vez de un modo menos deliberado, en distintos ámbitos se promueven modelos de lo que debe considerarse "exitoso".
Un chico de la villa dice que quiere ser como Maradona; una chica de Barrio Norte dice que quiere ser una modelo "top".
Nadie parece tener tiempo para mostrarles alternativas valiosas, aunque menos espectaculares.
Los niños y las niñas aprenden rápido y bien.
La prueba está en que cuando nos dedicamos a enseñarles los principios básicos de la ecología, son ellos y ellas quienes toman la iniciativa y nos reclaman a los adultos que dejemos de atentar contra nuestro planeta.
Pero cuando se trata de ecología humana, deberíamos revisar el mensaje que están recibiendo.
Personajes relevantes les están diciendo que hay guerras justas; que lo importante es ganar, sin importar los medios; que se puede robar, matar, violar, sin recibir castigo; que se puede borrar con el codo lo que se escribió con la mano; que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace...en definitiva, que lo que vale es obtener poder a cualquier precio.
El otro deja de ser un semejante para convertirse en instrumento al cual usar o en enemigo al cual vencer.
Parece no haber lugar, en esta cultura del mercado, para valores tales como la verdad, la justicia, el respeto por el otro, la solidaridad, la tolerancia por las diferencias.
De ahí emerge la discriminación, cuna de toda violencia.
La "cultura del mercado" es una cultura de la exclusión: sólo les es permitido sobrevivir a los más fuertes, resistentes, estéticos, poderosos.
El resto, a la manera discepoliana, se queda "con la ñata contra el vidrio".
Entonces, las nuevas generaciones reciben de lleno el impacto de las presiones sociales, grupales, familiares, mediáticas, que las impulsan a parecer más que a ser, a lograr más que a disfrutar, a actuar más que a sentir.
Los intentos de dar respuestas individuales a los problemas antes enunciados suelen terminar en fracasos, porque no se trata de fenómenos "psicopatológicos" en el sentido clásico del término.
La verdadera "cura" para todos esos nuevos síntomas emergentes, estaría dada por la construcción de entornos más saludables, algo así como una cultura de la integración, en la que la aceptación del otro no siga las leyes de la oferta y la demanda; en la que, en definitiva, no se confunda valor y precio.
Comprender las relaciones que existen entre esta "cultura de la exclusión", las relaciones interpersonales autoritarias y abusivas de las cuales los niños extraen modelos de conducta, y la creciente agresividad que muestran los niños en su conducta, es una tarea a construir por quienes tenemos la responsabilidad de proponer cambios en la educación del futuro.