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Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está

María Verónica Diana. lamusaclio2000@yahoo.com.ar

Es una suerte de ensayo sobre la tragedia de Once (República Cromganón) y las teorizaciones de Sigmund Freud sobre la pulsión de muerte.





El concepto de pulsión de muerte fue postulado por Freud en 1920 en su obra "Más allá del Principio del Placer", cuando lleva a cabo el tercer gran paso en su Teoría de las Pulsiones (entendiendo a la pulsión como un proceso dinámico que consiste en un impulso ?carga energética,factor de motilidad- que hace tender al organisma hacia un fin.

Según Freud mismos, una pulsión tiene su origen en una exitación corporal ?estado de tensión- su fin es suprimir este estado de tensión que reina en la fuente pulsional, gracias al objeto, la pulsión puede alcanzar su fin)1 cambiando definitivamente el dualismo que hasta ese momento sostenía constituido por las pulsiones sexuales y la yoicas o de autoconservación, quedando formada una nueva por las pulsiones de vida y de muerte.

Sin embargo, pueden rastrearse ya algunos indicios en su obra "Tres ensayos para una teoría sexual" (1905) cuando habla del sadismo y su opuesto, el masoquismo, siendo considerados como la inclinación a infligir dolor al objeto sexual.

El masoquismo es una prosecusión del sadismo vuelto hacia la propia persona, la cual en un principio, hace de objeto sexual.

Tanto el sadismo como el masoquismo van juntos en una misma persona, así como se goza del dolor propio, se puede gozar con el del otro.




La crueldad es totalmente natural en el carácter infantil, ya que hay que tener en cuenta que la inhibición de la pulsión de apoderamiento, la capacidad de compasión ante el dolor del otro, se desarrolla relativamente tarde.

De esta manera se supone que la moción cruel proviene de la pulisón de apoderamiento y emerge en la vida sexual en una época en que los genitales no han asumido el papel que desempeñarán después.

Ya en 1915, en su artículo "Pulsiones y destino de pulsión", Freud continúa manteniendo el mismo concepto de pulsión que en "Tres ensayos...": aquí le agrega una característica más: es decir que la pulsión pasa a estar constituida por una meta, un objeto, una fuente y un esfuerzo, ya que se sabe que en el Yo también hay libido (energía sexual) y sigue en pie el primer dualismo pulsional, formado por pulsiones yoicas o de autoconservación y las sexuales.


En este texto Freud, aplica la "Teoría del Narcisismo" al esquema pulsional, afirmando que todas las pulsiones son al principio, autoeróticas, exceptuando dos pares de opuestos que necesitan de un objeto extremo, ente éstos se encuentra el par "sadismo-masoquismo".

Freud menciona además, cuatro defensas o destinos de las pulsiones, que son:
1.

Sublimación.


2.

Represión.


3.

La vuelta hacia lo contrario.


4.

La vuelta hacia la propia persona.


La vuelta hacia lo contrario se resuelve en dos procesos:
a) La vuelta de una pulsión de la actividad a la pasividad: aquí la modificación la sufre la meta de la pulsión.


b) La modificación en cuanto al contenido que se observa en la mudanza del amor al odio.



En cuanto al otro de los destinos relevantes al tema, la vuelta hacia la persona propia se lo comprende si se piensa que el masoquismo es el sadismo vuelto hacia el Yo.

Aquí se produce un cambio de vía del objeto, manteniéndose la menta inalterada.

En cuanto al par de opuestos "sadismo ? masoquismo", el proceso se presenta de la siguiente manera:
a) El sadismo es una acción violenta, afirmación de poder, necesidad de dominio dirigida a otra persona como objeto.


b) El objeto es resignado y sustituido por la propia persona, al volver el sadismo a la propia persona también se muda la meta activa en pasiva.


c) Se busca un nuevo objeto que toma el papel activo del sadismo.

Aquí se presenta el masoquismo, dónde la satisfacción se obtiene por el camino del sadismo originario, en cuanto el Yo pasivo se traslada a su opuesto anterior, que ahora se deja al sujeto ajeno.

No hay masoquismo que no se engendre en el sadismo.


La concepción del sadismo es deteriorada por la acción ? meta muy especial que parece seguir, junto a la humillación y al apoderamiento, de perseguir el infligir dolor, que no desempeña ningún papel entre las acciones- meta originarias de la pulsión.




En otras obras como "Tres ensayos..." y "El Yo y el Ello" (1917), Freud plantea que la vida anímica está gobernada por tres polaridades:
a) Sujeto (Yo) ?Objeto (mundo externo)
b) Placer ? Displacer
c) Actividad ? Pasividad.


Las tres polaridades se relacionan recíprocamente, hay una situación psíquica originaria en que dos de ellas coinciden: el Yo se encuentra originariamente investido y también es capaz de satisfacer sus pulsiones en sí mismo.

Esto es "narcisismo primario", donde el mundo exterior no está investido y es indiferente para la satisfacción.

El Yo es autoerótico y no necesita del mundo exterior, aunque igualmente recibe objetos de él por medio de la pulsión de autoconservación, sintiendo por determinados momentos displacer a ciertos estímulos internos.

Ahora bien, el "Principio del Placer", recoge los objetos que son fuentes de placer y los introyecta, librándose de los que producen displacer proyectándolos (hacia afuera del yo).

Así se forma una coincidencia entre dos polaridades:
* Yo - Sujeto coincide con el placer.


* Mundo externo coincide con el displacer.


Así como el objeto es aportado por el mundo exterior, el odiar también puede ser una relación hacia ese mundo exterior proveedor de estímulos.


La indiferencia se subordina al odio, después de haber emergido como su precursora.

El objeto, lo odiado, han sido idénticos al principio, pero si luego el objeto produce placer entonces es amado, incorporándose al yo; coincidiendo para el yo-placer el objeto con lo ajeno y lo odiado.


Cuando el objeto es fuente de displacer, es odiado y este odio puede aumentarse inclinándose a agredir al objeto con el propósito de aniquilarlo.


Se revela así que los vínculos de amor y de odio no son aplicables a las relaciones de las pulsiones con sus objetos (teoricamente, la pulsión no tiene un objeto...), sino a las relaciones del yo con sus objetos.


Los legítimos modelos de la relación de odio no provienen de la vida sexual, sino de la lucha del yo por conservarse y afirmarse.


El odio es más antiguo que el amor, brota de el rechazo que el yo narcisista opone al mundo exterior que lo llenan de estímulos displacenteros.


Hasta 1.920, Freud sostenía que el Aparato Psiquíco funciona regido por el Principio del Placer, quien se encarga de mantenerlo libre de exceso de excitación, evitando así el displacer; pero en su obra "Más allá del Principio del Placer" (1920), encuentra tres situaciones donde este principio no domina, estando restringido, éstas son:
a)- El principio del placer es reemplazado por el principio de realidad que exige postergar la satisfacción y tolerar provisionalmente el displacer.


b)- Durante el desarrollo del yo, surgen conflictos y escisiones donde ciertas pulsiones se muestran inconciliables con las restantes, entonces se reprimen, pero si luego alcanzan la conciencia, sentidas por el yo como displacenteras.


c)- Displacer de percepción, que puede ser:
* percepción de una pulsión insatisfecha.


* percepción exterior penosa en sí misma.


* percepción con expectativas displacenteras.


Freud agrega aquí una quinta característica a las pulsiones que es el carácter repetitivo de las mismas.

Lo que la "compulsión a la repetición" hace revivenciar provoca displacer para un sistema del Aparato Psíquico y al mismo tiempo placer para otro sistema.


Lo asombroso es que la compulsión a la repetición devuelve también vivencias pasadas que no contienen posibilidad de placer porque tampoco en el momento vivido pudieron ser satisfechas.


Las exteriorizaciones de una compulsión a la repetición, muestran en alto grado un carácter pulsional donde se encuentra una oposición al Principio del Placer.


Entonces, si se ha dicho que la tendencia dominante de la vida anímica es la de mantener constante, rebajar o suprimir la tensión interna, de lo cual es expresión el Principio del Placer, esto constituye un fuerte motivo para creer en la existencia de una "pulsión de muerte", y que parece realizar su trabajo en forma inadvertida, contando con el Principio del Placer a su servicio, que se caracteriza por montar guardia ante los aumentos de estímulos procedentes del interior, que apuntan a complicar la tarea del vivir.

"La pulsión siempre intenta restablecer un estado anterior".


En este momento de la Teoría de las Pulsiones, queda ligado el Principio del Placer al servicio de la Pulsión de Muerte; aunque Freud asegura estar dando el tercer y gran paso en su teoría, es conciente de este absurdo que lo resuelve en 1.924, en su obra "El problema económico del masoquismo".


Podemos distinguir claramente las dos clases de pulsiones que dominan nuestra vida anímica; por un lado, la pulsión de vida o Eros y por otro, la pulsión de muerte, con el sadismo como su representante.


Ahora bien estas dos pulsiones se ligan, se mezclan entre sí en gran escala y de manera regular.

Se puede decir entonces que una pulsión neutraliza a la otra, y como consecuencia de la unión de los organismos elementales en seres vivos, se habría conseguido neutralizar la pulsión de muerte y desviarla hacia el mundo exterior por medio de un órgano particular (la musculatura), exteriorizando dicha pulsión como la pulsión de destrucción.

Esto es representativo de una mezcla o fusión pulsional.


Los componentes sádicos normales de la pulsión sexual, también son un ejemplo de mezcla pulsional al servicio de un fin, pero el sadismo, devenido como perversión, es el modelo de una desmezcla pulsional.

Es muy importante poder encontrar en la pulsión de destrucción, a la que el odio marca su camino, un subrogado de la pulsión de muerte, podemos decir que en este sentido, la pulsión de muerte está al servicio del Eros, ya que si no se produce una descarga llevaría a la muerte del ser vivo.


Hay que tener en cuenta que las mociones pulsionales se estudian ya que se revelan como retoños del Eros, sería muy difícil sostener la existencia de otra pulsión que se opone, entonces se impone la impresión de que "las pulsiones de muerte" son mudas, esencialmente, ya que trabajan en silencio, sólo se las observa por los efectos que producen.


Luego de observar y dar a conocer la importancia y características de los procesos de fusión y difusión pulsional en 1.923, en la obra "El yo y el ello", específicamente en el capítulo IV, correspondiente a "Las dos clases de pulsiones".

Freud resuelve el problema planteado en 1.920, a cerca de la coincidencia entre los principios que rigen la vida anímica y las pulsiones en 1.924, en su obra "El problema económico del masoquismo".

Hay que recordar que hasta este momento el Principio del Placer - Displacer era idéntico al Principio de Nirvana, pero aquí Freud se da cuenta que es indudable que existen tensiones placenteras y distensiones displacenteras, por ejemplo: el estado de excitación sexual, donde hay un incremento placentero de estímulo.


Entonces, placer y displacer no pueden ser referidos al aumento o disminución de una cantidad de tensión de estímulos.

Esto pareciera no depender de este factor cuantitativo, sino de un carácter cualitativo.


Hay que advertir que el Principio de Nirvana expresa la tendencia de la pulsión de muerte; el Principio del Placer subroga la exigencia de la libido, y el Principio de Realidad, el influjo del mundo externo.


Puede decirse que la pulsión de muerte actuante en el organismo es idéntica al masoquismo, no es sorprendente que el sadismo proyectado pueda bajo ciertas condiciones ser introyectado de nuevo, regresando así a su situación anterior.

En tal caso da por resultado el masoquismo secundario, que viene a agregarse al originario.


El masoquismo erógeno acompaña a la libido en todas sus fases de desarrollo, tomándole prestados todos sus revestimientos psíquicos:
* La angustia de ser devorado, proviene de la organización oral.


* El deseo de ser golpeado, proviene de la fase sádico - anal.


El masoquismo moral es notable por haber aflojado su vínculo con la sexualidad.

En general todo padecer masoquista tiene por condición partir de una persona amada y ser tolerado por orden de ella; esto desaparece en el masoquismo moral, donde lo que importa es el padecer como tal sin interesar la persona que inflija dicho padecimiento.

En todo masoquismo hay un
componente erótico; en el moral también.


El sadismo del superyó y el masoquismo del yo se complementan uno al otro y se aúnan para provocar las mismas consecuencias.

Sólo así se comprenden que la sofocación de las pulsiones resulta un sentimiento de culpa y que la conciencia moral se vuelve más severa cuanto más se abstiene la persona de agredir a los demás: el reclamo ético es lo primario y la renuncia de lo pulsional su consecuencia.

En realidad, la primera renuncia de lo pulsional es producida por poderes exteriores, siendo ella la creadora de la eticidad que se expresa en la conciencia moral reclamando nuevas renuncias pulsionales.


El masoquismo moral es el testimonio clásico de una mezcla pulsional, su peligro se debe a que desciende de la pulsión de muerte que corresponde al sector que se ha sustraído a su vuelta hacia fuera como pulsión de destrucción.


Entonces se confirma que la culpa viene de la pulsión de muerte, de un superyó muy fuerte, rígido, severo, donde la tensión es producida entre el yo y el superyó, considerando que antes de 1923, el superyó se formaba por la identificación con los padres al producirse el "Sepultamiento del Complejo de Edipo", ahora el superyó depende de la pulsión de muerte y de las características de los padres teñidos con dicha pulsión, introyectándoselos de esa manera, entonces realmente como son los padres es algo muy relativo para la formación del superyó.


En 1929, Freud, hace los últimos aportes al concepto de pulsión de muerte, en su obra llamada: "El malestar en la cultura".


La cultura exige otros sacrificios, además de la satisfacción sexual.

El ser humano no es un ser manso, amable, sino que posee en su dotación pulsional una buena cantidad de agresividad.

En consecuencia, el prójimo no es un posible auxiliar y objetos sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión.


Esta inclinación agresiva que se puede registrar en cada uno de nosotros es el factor que perturba el vínculo con el prójimo y compele a la cultura quien tiene que poner límites a las pulsiones agresivas de los seres humanos, para detener mediante formaciones psíquicas sus exteriorizaciones.

Pero aún no se han alcanzado grandes logros.

La cultura espera prevenir los excesos agresivos adoptando el derecho de ejercer ella misma la violencia sobre los criminales pero la ley no alcanza a las exteriorizaciones más cautelosas de la agresión humana.


La inclinación agresiva es una disposición pulsional autónoma, originaria, del ser humano, donde la cultura encuentra su obstáculo más poderoso.

La cultura sería un proceso al servicio del Eros, que quiere reunir a los individuos aislados en una gran unidad: la humanidad.

Ahora bien, a esto se opone la pulsión agresiva natural de los seres humanos que es el retoño y el principal subrogado de la pulsión de muerte.


Dada esta introducción teórica sobre las pulsiones, nos preguntamos entonces: ¿Cómo puede organizarse la subjetividad en condiciones de carencia nutricional, deprivación simbólica y afectiva?.


Cuando hay necesidades básicas insatisfechas y ausencia de justicia, un sujeto corre serios riesgos.

La sociedad debería protegerlo, protegiendo a los adultos que viven junto a él...


Ante la ausencia de redes sociales que contengan, los sujetos quedan expuestos a una forzada marginalidad y a una repetición permanente sin la posibilidad de construir una historia y de crear algo nuevo.


Escuchar cómo los niños y jóvenes que concurren a distintos hogares o que eventualmente son los interlocutores azarozos de algún investigador de turno "deciden su destino", nos enfrenta a la ilusión de una aparente "libertad" que en realidad encubre un profundo desamparo que se nutre de actos en lo real: comportamientos riesgosos, consumo de drogas, actos delictivos, etc.

En ese lugar -se suponía- debía instalarse un espacio para el juego y la fantasía, si son niños, para el aprendizaje y la productividad si son jóvenes y adultos.


Estos sujetos sufren la pérdida de sus lazos sociales.

Esto hace que busquen nuevos modos de reintroducirse en el escenario que los expulsó, nuevas ligaduras que frecuentemente se hallan del lado de la pulsión de muerte.

Estas nuevas ligaduras pueden ser la transgresión, la violencia, donde el yo sólo se afirma en la destrucción del otro, el consumo de drogas con la consecuente ganancia de placer autoerótico o el accidentarse o autolesionarse, las cuales constituyen una forma de convocar a otro que pueda detener la vorágine pulsional.

Estos sujetos que parecen buscar el peligro, que se golpean contra el mundo, pierden, en cierta medida, la capacidad de diferenciar sensaciones, esperando que la vitalidad que no pueden sostener desde el interior sea sostenida desde las sensaciones "fuertes" del afuera.


Los niños y adolescentes en situación de calle aprenden a vivir en un medio sin la protección del adulto, organizándose en "patotas", grupos de pares que cumplen una función autoprotectiva, de pertenencia y otorgan un cierto reconocimiento: "ser de Lavalle", "patota de Retiro", etc.


La "patota" redobla la estructura familiar (se denominan frecuentemente "hermanos de calle") y al igual que la estructura familiar originaria, la réplica también se presenta inestable, sus vínculos son débiles, no existiendo en el grupo fuertes lazos solidarios.

El grupo actúa en bloque cuando alguno de sus miembros es atacado desde el exterior (por otra "patota", la "hinchada contraria" o la policía, por ejemplo).

Sus integrantes, identificándose con el agredido defienden la integridad del grupo frente a la amenaza externa de disolución.


Sabemos que para la constitución del aparato psíquico es necesaria la relación con otros.

El sujeto requiere de la presencia de otro que lo reciba, lo libidinice y le devuelva una imagen de sí.


Cuando no hay un otro primordial a quien acudir o cuando el funcionamiento familiar no permite una adecuada narcisización observamos conductas masoquistas primarias, que constituyen estrategias primitivas de elaboración de la deprivación simbólica, que terminan siendo destructivas para el sujeto y alteran las funciones del yo.


Cuando hay una mayor organización psíquica existe la capacidad de demora.

Esta posibilidad está seriamente perturbada en los jóvenes en situación de riesgo o desocupados de hoy.

Aparece al contrario, una imperiosa necesidad de satisfacción inmediata: "quiero entrar", "dame el desayuno", "quiero ese pantalón".

Inmediatez entre la necesidad y un objeto que la satisfaga.

Esta satisfacción está ligada al narcisismo tanático, es decir a la pulsión de muerte que aplasta la posibilidad del surgimiento del deseo.

Si bien consideramos que la satisfacción de las necesidades básicas (alimento, salud, vivienda) constituyen derechos del sujeto, nos equivocamos al pensar que sólo ofreciendo lo que les falta, vamos a sacar a una persona del ámbito callejero.

Nuestra apuesta es a que sea un sujeto de derechos y que pueda ejercerlos efectivamente.

Para ello apostamos a que surja una demanda, un deseo.


Para ello es indispensable contar con un dispositivo multidisciplinario donde se trabaje con el sujeto y los vínculos en construcción en un quehacer cotidiano que de cabida a la singularidad de la persona en cuestión, oponiéndose al anonimato de las instituciones cerradas y del propio ámbito callejero.


Existen muchas instituciones que intentan recortar un espacio y un tiempo para que sean escuchados, donde el niño, niña, adolescente, jóven o adulto puede ser alojado, ubicado en un lugar de existencia y reconocimiento que le permitan un anclaje subjetivo, en oposición a la repetición y lo errático del circuito en la calle.

Lamentablemente, casi todas estas prácticas y/ poryectos están definitvamente amarrados al pulsar del Estado y sus planillas y partidas finitas para "gastos" (¿por que no inversión?) sociales...


Se proponen actividades socializantes sostenidas por adultos como los espacios de juegos coordinados por el equipo de recreación y los diferentes talleres donde algo de lo creativo y de la subjetividad se plasman en una producción que puede ponerse a circular en lo social.


Esta disponibilidad resulta a veces muy costosa cuando el sujeto se mantiene en una posición de goce evitando la castración y utilizando la disociación y la desmentida como mecanismos de defensa.

Aparece entonces la incapacidad de reflexión y la negación de la falta: "Yo sé todo", "está todo piola", "yo manejo la droga", que obtura la posibilidad de abrir una pregunta acerca de lo que les pasa.

Con respecto a la construcción narcisista: el cuerpo es llevado al extremo por el uso de sustancias tóxicas, expuesto a cortes y marcas que nos muestran que el significante aún no ha terminado de dejar las suyas.


Plantearse algún anhelo que funcione como velo a las formas descarnadas del goce.


Las intervenciones intentan -en síntesis- propiciar la posibilidad de articular el sufrimiento a la singularidad con la finalidad de recuperar la historia y su dignidad.


Para que un sujeto pueda proyectarse en un futuro, tiene que poder construir una historia en la que pueda recuperar su experiencia para no forzar la repetición de las próximas generaciones.


Ya que hablamos de goce, recordemos a Lacán: ¿por qué el goce como imposible? Porque en un momento teórico determinado, el goce es definido como real, como fuera de lo simbólico.

El Seminario VII testimonia de ese corte.

Consecuente con esta definición el goce se alcanza por transgresión y se halla en primer plano la defensa en relación con el síntoma.


Es a partir de aquí que Lacan hará equivaler la Cosa al vacío que introduce la castración, vacío de borramiento de goce que es equivalente al sujeto tachado y podrá ser llenado con un suplemento que no complementa.

Es la vía del objeto que aparece en primer plano y -si bien se trata aquí del objeto del deseo y no del objeto causa-, abre la vía para ulteriores desarrollos.


En el Seminario VII4 las barreras que impiden el acceso al goce son la del bien y lo bello, barreras culturales que están en resonancia con el "Malestar en la Cultura" y la defensa que es anterior a las condiciones de la represión.

En "Subversión del sujeto?" se trata de otras barreras, la del lenguaje dado que el goce está prohibido a quien habla y no puede decirse sino entre líneas lo que remite a la metonimia del objeto y a la marca del sacrificio operado que reenvía al falo.

Se configura así un imposible para la palabra.

El sujeto definido como discontinuidad aproxima ya este imposible.


Lacan trata de pensar el psicoanálisis a partir de la pulsión de muerte.

En su retorno a Freud Lacán toma, a diferencia de los post freudianos, la pulsión de muerte pero la hace equivaler al orden simbólico.

De ello se derivarán los efectos de borramiento de goce, de mortificación.


Es verdad que ya Freud, en el "Malestar en la Cultura", había presentado la génesis del superyó a partir de la pulsión de muerte, como vimos más arriba.

La función del superyó limita la pulsión por lo cual la pulsión de muerte aparece al servicio de la cultura.

Lo que aparece como medio cultural para apaciguar la pulsión de muerte y permitir la vida en sociedad es la misma pulsión de muerte.

Hay así un avatar de la pulsión de muerte que es el super yo.


Lacan toma la relación de la pulsión de muerte con la cultura y hace la translación al orden simbólico haciendo una equivalencia entre ambos lo que implica un intento de reducción del goce al significante.


En este sentido "Subversión del sujeto" es la última tentativa de Lacan para tratar de formular el goce en términos de significante y significado.

S<> D es el momento capital de la significanción del goce ya que Lacan inscribe en la demanda del Otro la fórmula de la pulsión, es decir, da el matema de su trascripción en términos simbólicos .

La pulsión aparece así como una cadena significante paralela.

Se puede decir que "habla" con otros significantes diferentes del lenguaje articulado.

De allí que Lacán escriba que está tanto más lejos de hablar cuanto más habla.

La gramática pulsional es lo que se halla en juego.


En el Seminario VII, insistimos, hay una explicación de la función de la muerte en la vida, una muerte que no se refiere del todo a la biología sino al significante.

Introduce allí la idea de una doble muerte: natural y producida por el significante.


Esto indica que la muerte no es el complemento de la vida.

Se trata de la relación de la muerte en tanto que nosotros tenemos relación a la muerte en la vida y eso no puede ser otra cosa que una muerte significante.

La pregunta de la Ética es cómo un cuerpo vivo puede acceder a su propia relación con la muerte.

Esto hace equivaler la pulsión de muerte con la relación subjetiva a la muerte.

De ello se deduce que la muerte anticipada es equivalente a una desaparición significante, al S barrado, al sujeto en tanto significante en menos.


La segunda muerte de la que habla Lacán, la verdadera muerte, es el sujeto sustraído a la cadena significante, es la falta en ser.

De hecho esto implica una segunda vida, podemos decir una vida significante.


Como ha señalado Miller hay así dos caras del sujeto, su cara "desaparición" que se identifica con la segunda muerte y el S1 que es el significante del sujeto de la segunda muerte.

De un lado hay entonces la falta en ser, del otro el S1 que es lo inanimado de la petrificación significante.

Si se representa la cadena como una sucesión de elementos significantes el intervalo es representado por el sujeto.

Este rasgo de corte lo encontramos también en el objeto dado que no existe el objeto total cuerpo, hay la imagen especular y el objeto parcial no especularizable.


Cuando nos referimos a las manifestaciones destructivas de la Pulsión de muerte, podemos expresar dos modalidades: las que se dirigen hacia un objeto externo y las que se dirigen hacia el propio yo.

Es aquí en donde incluímos a ciertos accidentes y a los suicidios.


Esto último nos alerta de la importancia de la constitución psíquica de los sujetos suicidas y lo poco que tiene que ver las condiciones que impone la vida.


Señalando que "En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo"; nos preguntamos ¿Ese algo más fuerte no es la pulsión de vida o el instinto de autoconservación?.

Sin duda lo que está en juego en el suicidio es la pulsión de muerte, constituyendo el acto que responde a la tendencia más extrema de la autodestrucción.


El Yo del suicida se encuentra con una deficiencia en la función de orientar al individuo en el mundo externo y de controlar los impulsos peligrosos provenientes del Ello (pulsión de muerte).

Pero también se enlaza al autocastigo y autorreproche íntimamente ligados al sentimiento de culpabilidad proveniente del Superyo.


Freud decía "El Yo puede darse muerte cuando puede tratarse a sí mismo como un objeto, cuando puede dirigir contra si mismo la hostilidad que tiene hacia un objeto" (Duelo y melancolía, 1915).


Varios años después, manifestaba que la crítica del Superyo hacia el Yo llevaba a ese sentimiento de culpabilidad, y que en el caso de la melancolía, el Superyo se encarniza contra el Yo, permitiendo el reino de la pulsión de muerte que con frecuencia lleva a la muerte del Yo y del objeto internalizado.

Este objeto se ha internalizado vía identificación narcisista.


En el texto "La psicogénesis de la homosexualidad femenina" de 1920, Freud dice: "El psicoanálisis nos ha descubierto, en efecto, que quizás nadie encuentra la energía psíquica necesaria para matarse si no mata simultáneamente a un objeto con el cual se ha identificado, volviendo así contra si mismo un deseo de muerte orientado hacia distinta persona"
El Superyo que se encarniza contra el Yo, al decir de Lacán en el seminario 20 "es el imperativo del goce: Goza! y que se liga al masoquismo moral".

También Lacan manifiesta: "Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpables, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo".

Claro está que ceder en el deseo acaba siempre en satisfacción pulsional, es decir en goce.


Por lo tanto cuando el sujeto queda sometido al imperativo del goce Superyoico, lo que puede actuar como barrera a ésto es el deseo.


En el suicida no aparece el deseo poniendo esta barrera y la pulsión de muerte encuentra el campo propicio para satisfacerse.

Recordemos que en un sujeto, la pulsión de muerte, además de quedar libremente en el interior, puede ser que se dirija hacia el exterior en forma de agresión o puede ser que quede neutralizada por mezclarse con componentes eróticos.


A nivel fenomenológico, existe la fantasía inconsciente de que el acto suicida se experimentará como liberación del tormento o como un mensaje a esos objetos perseguidores amados u odiados.

La fantasía suele ser "me mato para que sean ustedes los que tengan que sufrir", como si pudiera ser testigo, una vez muerto, de esos sufrimientos.


En la antesala del acto suicida, hay una base de crisis, conflictos y ambivalencias, en donde las esperanzas se van perdiendo y las ideas suicidas vuelven una y otra vez, construyéndose en el silencio.

Dependerá de como están puestas en juego las pulsiones de vida y de muerte en cada sujeto.


También es cierto que hay sociedades que no ofrecen las suficientes condiciones para canalizar a las pulsiones de muerte, dando lugar a un incremento de las conductas destructivas y autodestructivas.


Especialmente, el presente artículo intenta ,hasta acá torpemente, explicar cómo es posible que existan tragedias como la del pasado 30 de Diciembre en el Barrio de Once, en el local bailable "República de Cromagnon".

¿Es aplicable toda esta teorización a "un azar horroroso" como este? Por supuesto que si.

Nos basta pensar, solamente, en el papel que juega el Estado en la organización de una sociedad.

Por lo menos, desde el siglo XVlll, autores como Montesquieu, Diderot y otros, sentaron las bases de la república moderna con sus famosos "contratos sociales".

Es decir, cada quien debe ocupar un lugar establecido de ante mano: los ciudadanos, para superar la barbarie de la animalidad, delegan el poder soberano que encarnan en el Estado para que dirija sus destinos.

Es decir, tenemos en el Estado moderno un Nombre del Padre que, en la medida que introduce la Ley, ordena la sociedad toda.

Sin embargo, la palabra Ley no debiera tener connotaciones solo restricitvas, sino también permisivas.

Las sociedades de masas del siglo XX son un claro ejemplo de ello, la intervención del Estado de Bienestar en la economía, por ejemplo, hasta entonces dejada al libre juego de la oferta y la demanda, produjo un ordenamiento del sistema capitalista occidental que arrancó a muchos países de futuros revolucionarios en el corto y mediano plazo, tal como lo demuestra la historia latinoamericana y el fracaso de numerosos movimientos tendientes a cambiar de rumbo.

Específicamente, la "Alianza para el Progreso" llevada adelante por la administración Kennedy para el subcontinente latinoamericano a la par que bloqueaba la isla revolucionaria de Cuba, habla a las claras de la permisivilidad de un cierto desarrollo que neutralice las posibles tendencias comunistas de los que menos tienen.

Más allá de las discusiones históricas, lo cierto es que la década del ´70 implicó una fuerte mutación del Estado de Bienestar (también llamado "bonapartista" por Carlos Marx en el sentido de que es un estado que está por encima de la sociedad y sus clases y su deber es el de actuar como mediador de los conflictos de las mismas).

Sus repercusiones desastrozas las sentimos hasta el día de la fecha y sería árido enumerarlas a todas.

Solamente, como botón de muestra, citaremos dos informes que salieron a principios la década de los ´90.

Su autor es el Banco Mundial, sus áreas son salud y educación.

En resumidas cuentas, "aconsejaba" a los gobiernos latinoamericanos, no solamente recortar el gasto social para pagar la deuda externa, sino transferir a las comunidades los efectores de salud y a las cooperadoras, el funcionamiento de las escuelas.

Es decir, la atomización y desnaturalización de dos de las funciones principales del Estado Moderno.

Lamentablemente, los gobiernos "leales" como el de Carlos Menem en Argentina, Alberto Fujimori en Perú, Salinas de Gortariz y el actual presidente Fox en Méjico, Frei en Chile, etc.

llevaron adelante estos "consejos" con resultados desastrozos parecidos a los producidos por el famosos caballo de Atila: el desgarramiento de los lazos sociales en estos dos importantes niveles, el desamparo y la violencia como sus sustitutos, la bastardización narcisística de las "clases pudientes" como emergentes de la "selección natural" y el afianzamiento de lo Estatal en su aspecto más punitivo: el patrimonio de la violencia.


Todos los desarrollos teóricos expresados en este texto tal vez tengan como función el permitirnos avanzar tímidamente una hipótesis pensando específicamente en la tragedia que no ocupa, pero que puede, de ser comprobada, extendida a otras circunstancias.

Si pensamos que el rol "simbólico", por lo menos analíticamente, que cumple el Estado es el de ser un Nombre del Padre, un introductor de una Ley fundamental, ¿qué pasa cuándo esto falla de alguna manera? En la clínica se dice que aparece "la metáfora delirante", por ejemplo, en el caso de la paranoia e incluso, de la psicosis.

Pero a nivel de la sociedad, el inmenso vacío existencial dejado por un Estado que huye puede adoptar formas muy siniestras de resolución.

El título del presente trabajo alude directamente a ello: si el Lobo (padre simbólico, introductor de la Ley) no está, podemos jugar, ¿jugar a qué? Por ejemplo, jugar a que somos inmortales, que el vacío no nos alcanza y que, en el caso concreto de esta tragedia, la juventud todo lo puede y es eterna.

Estamos en el plano de un delirio, si, pero no es el típico.

Más bien se esconde detrás de la máscara de aturdimiento, de "necesidad de zafar", del "dolor de existir" tan descarnado.

No es un "juguemos en el bosque" como el que plantea, por ejemplo, Serrat en "Fiesta": "Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual", sino más bien, juguemos a que esto que nos pasa y nos condena, no existe.

No hay ley que nos alcance.

Podemos hacerlo todo y salir indemnes.

Al suspenderse la noción de realidad en el sentido físico concreto de la palabra y no analítico, como dijimos antes, el cuerpo es el que empieza a responder y responde con heridas, a veces tan graves, que le impiden seguir funcionando y muere.

En definitiva, no postulamos solamente la trágica coincidencia de una bengala mal tirada, de una media sombra tóxica, de un empresario inescrupuloso, más bien nos afianzamos en el pensamiento certero de una suerte de "desmezcla de pulsiones" como producto de la alienación sostenida en sujetos que pertenencen a sectores desindustrializados, arrasados por la desocupación y la marginalidad.

En un ambiente así, con organizaciones de ayuda prácticamente raquíticas que padecen el mismo mal de origen, la posibilidad de surgimiento de "pasajes al acto" que involucren a la pulsión de muerte es la más acertada de las conclusiones.

Pensemos en un abanico variado: desde la violencia doméstica, las malas companías, la negación psciótica, la acumulación indiscriminada en lugares de riesgo, la droga, etc.

Para concluir, este Nombre del Padre fallido que constituye el Estado Neoliberal acusa un desgarro perenne en el tejido de la subjetividad, tanto individual como del imaginario.

La herida sangra y no tiene cura.

Por otro lado, estos sectores que padecen cruelmente estas "desviaciones" pulsionales y simbólicas, están justamente, en una psoición simbólica de herederos de lo que puede perderse, de lo que, supuestamente podemos prescindir: están sobrando y tienen que desaparecer.


Por absurdo que parezca, el nombre del local bailable en donde se desencadenó la tragedia lleva el nombre de "República Cromagnón" algo que, si hacemos como decía Freud, un análisis feroz, podría constituirse en una triste coincidencia con lo que venimos planteando: la palabra república deriva del griego "res" = cosa; "Publica = Pública", es decir, lo que es de todos.

Por otro lado, Cromagnón es una región de Francia en la que fueron encontrados los fósiles de un antecedente del homo sapiens-sapiens (que somos nosotros), llamado por ello "el hombre de Cromagnón" y que existió en el Neolítico y fue sucesor del Neanthertal, extinguido 35.000 años antes.

El hombre de Cromagnón se destacó de su antecesor por el aumento de su caja craneana en cm3, por su elevada y erguida altura y por sus pinturas rupestres.

Además, a diferencia del Neanthertal, se hizo pastor y sedentario.

Sin embargo, no hay pruebas de que haya tenido un lenguaje articulado, por lo tanto, esto lleva a Lacán a decir, en los primeros capítulos de su Seminario No 3 "Las Psicosis" que a estos "hombres primitivos era muy posible que le faltaran algunos significantes fundamentales", es decir, que estarían más del lado de la psicosis, en una visión moderna, que de la neurosis.

De la forclusión más que de la represión.

De una realidad alucinada, en el caso de los primitivos, animista, más que a una objetiva: es imposible encender fuego en un local lleno de gente sin que nadie salga herido...

Es decir, que es público y notorio, cosa del dominio social que ese lugar invoca con su nombre la capacidad de metaforizar delirantemente una falta fundamental que alcanza a todos sus parroquianos.


En este sentido, podem0s citar a Camus, quien como todo pensador existencial, sostenía el carácter absurdo de la vida al tener, el sujeto, conciencia de finitud de la misma.

Pero sostendrá que en realidad el suicida ha creído que la vida tiene sentido y confiesa que no la comprende o que tiene un desconocimiento de su carácter absurdo.


En cambio el hombre absurdo, el que tiene conciencia del carácter absurdo de la vida, agota todo, es rebelión solitaria y su única verdad es el desafío; por lo tanto la experiencia absurda se aleja del suicidio.


"Para un hombre sin anteojeras no hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que lo supera".


Lacán recupera la letra de Freud, cuando sitúa a lo que aspira en "El más allá del principio del placer", es a un goce imposible con un objeto que jamás se tuvo.


Es nuestra eventual muerte la que sostiene nuestro deseo y nos proporciona el sentido de nuestra existencia.


El concepto de repetición freudiana no es la reproducción de un acontecimiento pasado, sino justamente algo que alude a esta insistencia significante que delimita un más allá como real.


La muerte y el retorno a lo inanimado, como la reproducción asexuada, donde todo da lo mismo, la confusión incestuosa como intento del retorno al Otro, constituye el objetivo del interdicto mayor, condición estructural de la condición humana.

Esto es evocado por lo sagrado, que promueve respeto y temor, debe permanecer fuera del alcance y su profanación constituye, un peligro de muerte.


La relación con el Otro se produce en el sistema significante al que la anatomía y la fisiología proporcionan elementos determinantes, doble anclaje del sujeto, en el lenguaje y el cuerpo, esa doble secuencia no simétrica, se señala en referencia a la muerte; distinción entre la primera muerte, biológica y la segunda, simbólica.

La zona entre dos muertes es, el espacio para la tragedia.


Lacán pone en primer plano la función de la causa, en la medida que participa de la falta, de un agujero que organiza de manera diferente el objeto a, este opera y da sustancia a ese agujero, resto de la dialéctica del sujeto con el Otro, ese resto sostiene el deseo, lo causa, lo anima.

Debe precisarse la distinción entre la falta, con la que se vincula la satisfacción pulsional y el deseo que tiene relaciones con aquella, pero que esta estructurado por el fantasma en cuanto este pone en escena la relación entre el sujeto y el objeto a.


El vínculo entre religión, muerte y sexualidad, deniega al mismo tiempo que pone en juego, a la Virgen como una madre que en tanto resigna la sexualidad y el placer, no conoce la muerte.

Sin pecado vive la eternidad, sin transitar por la muerte.

Todas las religiones se proponen como solución y antítesis de la pulsión de muerte.

Afirman una inmortalidad, o una reencarnación que subraya el tiempo denegatorio, solo es un momento sensible que debe atravesarse, el pasaje a otro cuerpo niega la muerte corporal.

La segunda muerte en su valor simbólico, se la ignora con la recompensa de otra vida sin dolor, la vida perfecta del Buda.


Los mitos aparecen en el tiempo posterior de un pasado incierto, obra de la metáfora paterna, la organización histórica encuentra su paso.


Como una lengua muerta, en la que nadie tiene derecho a cometer faltas, nadie tiene derecho a innovar el saber absoluto que la religión le otorga a la muerte, los muertos junto a Dios, participan de su omnipotencia.

Dios todopoderoso sabe todo, su ojo persigue a Caín hasta la tumba.


La muerte se considera como siempre al final de la vida y destino.


El sujeto humano en tensión queda desgarrado entre pulsión de vida y pulsión de muerte, entre el deseo edípico incestuoso y sus legítimas transposiciones, es movido por su falta en ser, con breves momentos de plus de gozar, jamas alcanza el goce que persigue, y siempre se ve rechazado hacia un horizonte que nunca llega...

En ciertas "neurosis de destino" algunos autores sostienen encontrarse con un estado del yo más bien activo, que transforma el desamparo en una lucha a muerte por sobrevivir; la estrategia dibuja una armadura de carácter que resguarda fallidamente su subjetividad.

El destino asume el diseño de una figura omnipotente y peligrosa que hace observar al yo una posición de servidumbre pasiva y masoquista, a través de la renuncia de toda voluntad propia.


Este goce máximo solo se traduce en un juicio silencioso donde el sujeto se reduce al dolor de la agonía, la disolución o el anonadamiento del ser, la repetición que no puede ser significada se propone como una orden terminante, medusante, que el sujeto no puede contestar, maldición silenciosa que sustenta la degradación del objeto.

Esta identificación a ser el objeto portador de las oscuridades del Otro, ante una castración vivida como inaceptable, conduce al sujeto a no ignorar sus apetencias de completud incestuosas.

Sin embargo el corazón de la Cosa humana, no puede ser tocado bajo el riesgo de morir por ello, tocar la cosa para gozar de ella es el acto superyoico por excelencia por el cual el ser sadiano, supremo en maldad, logra demostrar que la Cosa no es intocable.


La fuerza del superyó se apoya sobre el hecho de que el masoquismo primario esta sustraído al interdicto simbólico, el sujeto queda en posición de consentir la maldición.


El masoquismo primordial afirma la inmortalidad del Otro, Dice Freud en "Tres Ensayos": "la libido da en los seres vivientes con la pulsión de muerte, que reinante en ellos querría hacer pedazos y llevar a cada organismo individual al estado de estabilidad inorgánica".

La mayor parte de esta pulsión se desplaza sobre los objetos, sadismo o pulsión de destrucción, lo que queda como residuo es el masoquismo propiamente dicho..."
El "sacrificio" ¿de quién? y ¿para quién? en la intención fantasmática, el masoquismo insinúa que no sacrifica cualquier cosa, en el germina un puro voto renegatorio de la muerte.

Dimensión sádica o asesina de la inocencia, ante esa formulación muda de su propia muerte, sacrificado en el goce del Otro, este sigue siendo un enigma que hay que forzar.

Se presenta pues al sacrificio, como a una prueba opaca de su propia eternidad, el concepto de eternidad conjuga pasado y futuro en un presente sin límites, en el que las religiones prometen el goce en el reencuentro con Dios.


El tema en ésta ocasión es la violencia, y es preciso plantearse las relaciones que existen entre la violencia, la agresividad, y la destrucción (la muerte), en el entramado psíquico del ser humano, y qué pasos llevaron a Freud en sus teorizaciones a plantear definitivamente éstas cuestiones.


Plantea la necesidad que el ser humano tiene de la civilización para vivir, y como su sostenimiento comporta la renuncia a la felicidad por las cortapisas que supone para su sexualidad y para sus inclinaciones agresivas.

En palabras del propio Freud, "...

los hechos de la historia humana, no son más que el reflejo de los conflictos dinámicos entre el yo, el ello y el super-yo, que el psicoanálisis estudia en el individuo, repetidos en un escenario mas amplio".


La batalla entre eros y la muerte es el contenido esencial de la vida.






Profesora María Verónica Diana.


12 de Enero del 2005.