Diario: El Mercurio
El principal peligro de los niños con oposicionismo desafiante no tratado es que con los años evolucionen a conductas disociales.
Ayer fue lanzando un libro de psicopatología infantil que aborda uno de los trastornos de conducta más frecuentes: el oposicionismo desafiante.
Ya no se puede seguir ajeno a la violencia infantil.
Hace unos años fueron los tiroteos en colegios estadounidenses, pero hace unas semanas fue la muerte de un menor de octavo básico en un liceo de Puente Alto, apuñalado por un alumno de tercero medio.
Para la psicóloga y docente de
La agresión empieza con pequeñas riñas y va progresivamente en escalada hasta transformarse en peleas con armas.
Situaciones que son reversibles y evitables si se detectaran con antelación.
Precisamente de este tema trata uno de los capítulos del libro Psicopatología infantil y de la adolescencia, que la profesional lanzó ayer junto con los psiquiatras de
Al hablar de trastornos de expresión de conducta, el doctor Almonte se detiene a considerar los más frecuentes: el trastorno oposicionista desafiante y el de conducta disocial, que en conjunto representan cerca del 12% de las consultas psiquiátricas infantiles.
Sometiendo a la autoridad
El primer trastorno atraviesa todos los estratos socioeconómicos y se caracteriza por un comportamiento marcadamente desobediente, provocativo, subversivo y hostil, con agresividad verbal, pero que generalmente no llega a la violencia física o a la conducta antisocial.
Es el clásico niño que interrumpe la clase, que busca someter al profesor o al padre, que vive en conflicto con el sistema escolar o con el que le ponga límites.
A menudo se encoleriza (tiene una baja tolerancia a la frustración), discute y molesta deliberadamente a otros.
Son muy inquietos, pero se diferencian del menor que sólo tiene hiperactividad porque este último no es oposicionista, no desafía.
Incluso es más humilde y a veces es menospreciado por ser hiperkinético, aclara Almonte, docente asociado a la casa de estudios.
Si bien influyen características individuales como poseer quizás un temperamento difícil (mayor o menor sensibilidad frente al actuar de los padres), uno de los principales factores ambientales de riesgo es contar con una disfunción parental.
Por ejemplo, progenitores que muestran inconsistencia en las normas, que oscilan entre la impotencia y el autoritarismo, que se desautorizan, que no logran llegar a acuerdo en beneficio del niño ni establecer con claridad quiénes son las figuras de autoridad.
Suele darse con mayor frecuencia en hombres, alrededor de la etapa escolar del desarrollo (
Sin embargo, el psiquiatra advierte que si se percibe que en el período en que debieran extinguirse las conductas oposicionista normales (del preescolar) el niño sigue en escalada y no entra en una fase de más tranquilidad, no sólo se debería sospechar que algo anda mal, sino que es probable que el cuadro esté iniciándose.
La mayoría de los casos pueden ser recuperables, básicamente con terapia (los fármacos no siempre ayudan), apuntando a que los padres recobren su autoridad y puedan corregir al hijo de forma cariñosa, haciéndole entender que es aceptado y querido como persona.
Por supuesto, antes de cualquier tratamiento, hay que descartar otros males, tales como trastornos de aprendizaje, retardo mental, déficit atencional, trastorno del ánimo, etc.
Pero al contrario, de no abordarse el problema, se corre el riesgo de la desadaptación, los cambios continuos de colegio e incluso evolucionar hacia un nivel mucho más grave: el trastorno de conducta disocial.
Peligrosa evolución
Agresión a personas y animales, destrucción a la propiedad, robos, violación de normas, promiscuidad, uso de alcohol y drogas: el trastorno de conducta disocial es mucho más complejo y requiere de un trabajo multisistémico (con familia, colegio y sistema judicial).
Algunos casos parten en la adolescencia, pues sobreviene un nuevo período oposicionista que se conjuga con una falla en el establecimiento de límites por parte de los padres, así como con amistades que refuerzan sus hábitos.
Pero los casos más graves, y de pronóstico más delicado, son los que surgen antes de la adolescencia, ligados a menudo a niños que viven en la calle, con muchas carencias socioafectivas.
Entre los factores de riesgo están la deserción escolar, el abuso, antecedentes de trastornos psiquiátricos en la familia o la negligencia parental.
A diferencia del oposicionismo desafiante, en los padres aquí no se ve una vinculación estrecha y simétrica en la que el menor intente definir su identidad, sino una relación más desapegada y utilitaria.