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El Síndrome de Burnout

Pablo Obregón Castro. El Mercurio







Al estrés en su expresión superlativa se le denomina fundirse.

Ataca a los empleados más idealistas y en situaciones extremas desemboca en suicidio o infarto.


En 1974, el psiquiatra Herbert Freudenberger descubrió con asombro que los voluntarios más comprometidos de su clínica para toxicómanos se volvían progresivamente insensibles y agresivos con los pacientes.

Pasaban de un trato paternal/maternal con los enfermos, a uno distante y con inclinación a la violencia.


Por primera vez, Freudenberger denominó el fenómeno como Burnout - síndrome de estar fundido- , el mismo término que hasta entonces usaba para referirse al consumo y abuso crónico de sustancias tóxicas.

Dos años más tarde, la psicóloga Cristina Maslach usó la misma expresión para referirse al desinterés y falta de concentración entre sus compañeros de trabajo.


Hoy, estar fundido es la denominación técnica del desgaste profesional en su grado superlativo, que ataca a médicos, enfermeras, profesores, asistentes sociales, periodistas, policías y otras personas cuyos trabajos son extremadamente demandantes en términos emocionales.

En muy pocas palabras, es el síndrome que amenaza la vocación de los mejores en su respectiva labor, preferentemente, de aquellos que tienen un contacto más directo con el sufrimiento ajeno.


A primera vista, parece contradictorio que en los empleos donde la vocación es una variable clave, se presenten los índices de desgaste profesional más grande.

Sin embargo, para el psicólogo y director de Enhancing People, Claudio Ibáñez, esto es la consecuencia lógica de la nula formación de los profesionales de alta exposición emocional en materias como automanejo en situaciones límite.


¿Cómo identificarlo?


Si bien el síndrome se manifiesta progresivamente, hay algunos indicios que si se identifican a tiempo permiten asumir la defensiva antes que la vocación se queme.


Si usted es un trabajador que entrega 100% o un perfeccionista con expectativas poco realistas, el camino a la quemadura está pavimentado.

En ese caso, la Asociación Americana de Psicología sugiere tener presente cuáles son las características que anuncian la primera etapa del síndrome: durante la luna de miel, su trabajo es maravilloso.

La energía y el entusiasmo ilimitado hacen que todo parezca posible.

Usted ama el trabajo y el trabajo lo ama a usted.

Le encantan sus compañeros y también la organización.


La segunda fase, corresponde al despertar.

El trabajo no satisface todas sus expectativas, sus compañeros y la organización son menos que perfectos, las recompensas y el reconocimiento son escasos.

Usted trabaja más duramente para hacer que sus sueños se hagan realidad, pero el trabajo no basta para cambiar cualquier cosa.

Cada vez más cansado, usted se cuestiona su capacidad y comienza a perder la confianza en sí mismo.


Hasta aquí, el proceso es lento y tenue como para preocuparse.

Pero ojo, porque la tercera fase ya es sin vuelta.

Mientras la quemadura comienza a desatarse, usted pasa del entusiasmo a la fatiga crónica.

Los patrones para comer y dormir cambian drásticamente y se complace en las conductas de escape, como alcohol, drogas y compras.

Frustrado, usted proyecta la culpa por sus dificultades sobre otros, critica abiertamente a la organización, sus superiores y sus compañeros.

Le sitian la ansiedad y el malestar físico.


En este punto, es válido hacer un alto.

Tal como advierte la psicóloga de Deloitte & Touche, Andrea Soto, hay síntomas que fácilmente podrían atribuirse al denominado síndrome de estar quemado, aunque en realidad correspondan a otras situaciones, como una depresión o una simple crisis de la edad.

No hay que olvidar que a los cuarenta no es raro que nos cuestionemos y evaluemos nuestra etapa vital, lo que no significa que estemos enfermos a causa del trabajo.


Cuando efectivamente se trata del síndrome, rápidamente se pasa a una cuarta etapa, de quemadura completa, en que la desesperación es la característica dominante, con un sentido abrumador de desconfianza en sí mismo.

Las interrupciones físicas y mentales son probables.

El suicidio y el ataque al corazón no son inusuales, advierte la Asociación Americana de Psicología.


En Japón, el final trágico es conocido como Karhosi y corresponde a la muerte súbita de numerosos ejecutivos de ese país oriental que compartían los mismos síntomas de agotamiento laboral extremo.


Pese a los peligros evidentes de este síndrome, en Chile no existen estadísticas ni planes de prevención medianamente de-sarrollados.

Según el psicólogo de la consultora De Kanel, Darío Croquevielle, acá el fenómeno está presente, pero probablemente no se nota porque la amenaza permanente de perder el empleo aumenta la tolerancia de los trabajadores frente al agotamiento.


También para cesantes


Contrario a lo que se cree, un profesional que no trabaja también puede quemarse.

Tal como lo advierten las psicólogas María Sandra Carlotto y María Dolores Gobbi en su estudio Desempleo y Síndrome de burnout, publicado en la Revista de la Escuela de Psicología de la Universidad de Chile, la búsqueda de trabajo es una situación tan estresante que también desencadena el síndrome.


El proceso es más o menos el mismo: después de la fase de rabia, desilusión y resentimiento que se desata con el despido, el nuevo cesante comienza a buscar un nuevo empleo, con expectativas a veces irreales respecto al mercado y a sus capacidades y habilidades reales.


Los trabajadores rellenan innumerables fichas de registro, dejan su currículo en varias empresas y pasan por exhaustivas entrevistas de selección sin obtener resultados (...) Aquí se da la primera etapa, la de agotamiento físico y emocional ocasionada por un esfuerzo voluntario.


A partir de este momento, el agotamiento emocional aumenta de tal forma que el trabajador pasa rápidamente a una fase de estancamiento, que precede a una reflexión realista, pero frustrante, sobre su propia capacidad profesional.


En este punto, algunos recurren a la búsqueda de recalificación y actualización profesional como intento último de estancar la quemadura.

Cuando no obtienen los resultados deseados, Carlotto y Gobbi describen una tercera fase, denominada de apatía, en que el desempleado abandona su proyecto profesional, adopta una actitud pasiva, pasa a aceptar cualquier oferta laboral, percibe a todas las empresas de forma impersonal y excesivamente crítica, se siente impotente, el sentimiento de incompetencia se torna una constante.