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El espectáculo del poder

Inés Weinberger M.

La construcción de imágenes es el motor del comportamiento electoral.  Atributos percibidos y representados como experiencia, seguridad, honradez, frescura, simpatía de un candidato elogiado, son prioridades acreditadas con la magia fresca y ensoñadora de la imagen.

La televisión ha contribuido a que las campañas electorales sean más de imágenes que de programas políticos, más de rostros que de ideas.

Los partidos políticos mismos y sus dirigentes hoy en todo el mundo, revelan una crisis de referencias ideológicas que se refleja en la confusión de proyectos y la dilución de los parámetros políticos tradicionales.

Esta crisis, en donde llegan a confundirse izquierdas y derechas, es la plataforma de nuestra capacidad de elegir.

El marketing político, los foros televisivos y las encuestas, remplazan la persuasión cara a cara, la discusión pública y la expresión directa de los ciudadanos.

Como mecanismos para fabricar los consensos hoy en día, la imagen de los medios coincide con el declive público de los partidos y con el desprestigio de la política tradicional, incluso de las formas de representación parlamentarias.


Los sondeos preelectorales no sólo diagnostican que piensa una sociedad en un momento específico sobre un problema concreto, sino que sus resultados llegan a ser tomados como pronósticos, conduciendo a inconvenientes significativos en la evaluación de los procesos políticos.

Los medios suelen reforzar las preferencias electorales que ya existen entre los potenciales votantes, mas aún, actúan sobre quienes no han resuelto cómo será su voto.

El amparo televisivo de la política y las elecciones, hoy es considerada como un influyente mecanismo de modificación para aquellos ciudadanos que dudan antes de la decisión electoral

Los medios masivos tienen una amplia capacidad para informar, pero también para uniformar.

La posibilidad de difusión de masas, no significa por sí sola que las sociedades que reciben esos mensajes se vuelvan más democráticas, más sólidas, política o culturalmente.

Los medios propician cambios políticos, sin duda.

Pero esa capacidad no implica que tales cambios sean necesariamente en un sentido democratizador o que lleguen a ser durables.

Al comentar varias experiencias internacionales de transformación política intervenidas por los medios, el profesor W.

Lance Bennett, de la Universidad de Washington en Seattle
apunta: "El advenimiento de las revoluciones de 1989 en Europa del Este sugiere que los sistemas de medios libres son mucho mejores para hacer caer regímenes autoritarios  que, para luego, sostener democracias estables y participativas".

Más aún, Giovanni Sartori ha considerado que la tiranía de la imagen desplaza la fuerza pasional que puede haber en el raciocinio: "En general, la cultura de la imagen creada por la primacía de lo visible es portadora de mensajes centrales que agitan nuestras emociones, encienden nuestros sentimientos, excitan nuestros sentidos y, en definitiva, nos apasionan…"  La palabra produce siempre menos conmoción que la imagen.

Así, la cultura de la imagen rompe el delicado equilibrio entre pasión y racionalidad.

La racionalidad del Homo Sapiens está retrocediendo;  la política sensibilizada, provocada por la imagen, pone en canción y agrava los problemas sin proporcionar absolutamente ninguna solución.

El pensador francés Pierre Bordieu identifica esa "política de la simplificación demagógica" que se produce, cuando los periodistas buscan mantener encendida en todo momento la atención de sus públicos.

La oferta política debe sustituirse por un perfil emblemático, si no seductor, al menos tranquilizante.

La publicidad instaura la relación del candidato con el electorado a través de metáforas, de representaciones encarnadas en el medio.

Si el medio es el mensaje, el simulacro es el medio.

Candidatos, portadores de propuestas bienhechoras y populares, presentados mediante imágenes combativas, firmes y por lo mismo, inquietantes o impertinentes, son el paradigma de la derrota.

Candidatos que ofrecen opciones banales, expuestas con imágenes luminosas, presencias confiables, gratas, son negociables y los electores consumen.

El temor de aburrir les induce a otorgar prioridad al combate sobre el debate, a la polémica sobre la reflexión, y a recurrir a cualquier medio para privilegiar el enfrentamiento entre los políticos en detrimento de la confrontación entre sus fundamentos.

La búsqueda del espectáculo suele conducir a los medios a la glamorización de la política, a la  simplificación del discurso.

Para tener éxito mediático nuestros políticos privilegian la apariencia por sobre las ideas, reducen de tal manera el discurso que más que argumentos esbozan slogan y comparadas unas con otras sus propuestas son prácticamente idénticas, nos  preguntamos si nos encontramos ante el eclipse de la política ?

¿Estaría construyéndose así una democracia de opinión?