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El elector como cazatalentos O cómo se elige a un buen gobernante

Carlos Alberto Montaner. Firmas Press. Panamá, 13 de abril de 2



"A los políticos y a los pañales
que usan los niños hay que cambiarlos
a menudo y por las mismas razones".
Proverbio inglés.



Comienzo por explorar dos premisas que son, realmente, incómodas.

La primera, es que, dentro del modelo democrático, los electores tienen los políticos que se merecen.

No es verdad que "la voz del pueblo es la voz de Dios".

Dios tiene poco que ver con los procesos democráticos.

Si la mayoría no sabe elegir, acabará seleccionando a la persona equivocada.

Nunca hay que olvidar que algunos de los peores gobernantes de la historia, Hitler y Mussolini entre ellos, llegaron al poder por medio del voto popular.


Y no siempre se trata de un problema de engaño.

Hitler, en su libro Mi lucha, redactado y distribuido antes de llegar al poder, describió de manera transparente sus ideas fundamentales, y éstas no desentonaban demasiado de las creencias de los alemanes de aquella etapa nefasta de Europa.

Más que guiar a los inocentes alemanes en una dirección imprevista, lo que hizo fue sintetizar y darles un curso de acción a muchos de los prejuicios y frustraciones de la época.


Cuando actúan en un medio democrático, los políticos tienen la tendencia a ajustarse a las percepciones y creencias del electorado que los escoge.

La experiencia les dice lo que pueden o no hacer o decir.

Se adaptan camaleónicamente al votante y emplean vastos recursos en tratar de averiguar qué piensa o qué prefiere el ciudadano que se les diga o prometa.

Hugo Chávez, por ejemplo, nunca hubiera sido elegido para presidir el Cantón de Basilea porque no habría sintonizado con los electores suizos.

Antes de la segunda comparecencia radial probablemente lo hubiesen internado en un psiquiátrico.

En Venezuela, en cambio, su discurso se adaptaba al oído de sus compatriotas.

Pero, seguramente, si Hugo Chávez fuera un político suizo se comportaría de una manera menos delirante.

Su conducta excéntrica y su galimatías ideológico responde a los códigos del confundido pueblo que votó por él en tres oportunidades consecutivas.  
La segunda premisa tampoco es alentadora: no es nada fácil escoger a la persona idónea para casi ningún cargo.

Es una tarea que requiere una buena dosis de astucia y capacidad de análisis.

Algo más limitado y personal, como es elegir a la esposa o al marido ideales, falla la mitad de las veces en ciertas sociedades.

Por eso, en algunas culturas existen las "casamenteras" o los matrimonios pactados por los padres, lo que tampoco garantiza un resultado feliz.

Ese mismo fenómeno se reproduce en el terreno laboral.

La existencia de headhunters o cazatalentos demuestra que la selección de la mejor persona para desempeñar ciertos cargos de importancia requiere una indudable especialización y un notable esfuerzo.
El headhunter y la república
Detengámonos momentáneamente en lo que acabo de señalar: en nuestro refinado mundo existen unos seleccionadores expertos.

Son los headhunters.

La muy lucrativa profesión que ejercen es la de escoger a la persona adecuada para el cargo adecuado.

¿Cómo llevan a cabo esa tarea? En primer lugar, estudian muy detalladamente la empresa para la que van a recomendar al posible empleado, el tipo de trabajo que tendrá que hacer, y lo que se espera de él.

Los cazatalentos deben tener en cuenta los conocimientos, la experiencia, la edad, la situación familiar, los rasgos psicológicos, la personalidad que proyecta el candidato y su capacidad para trabajar en equipo.

También entran en juego los antecedentes morales: nadie contrata para una empresa propia, como tesorero o jefe de ventas, a una persona que haya sido condenada por robo o tenga fama de irresponsable.
Cualquier empresario que necesite un buen gerente, un buen ejecutivo de ventas o un director de producción, si actúa sensatamente, contrata a un cazatalentos para que identifique al candidato ideal, o hace él mismo ese cuidadoso trabajo de selección, pero sería una absurda temeridad que le ofreciera el cargo a cualquiera que llamara a su puerta sin antes hacer una buena labor de investigación y análisis.

Sin embargo, donde este tipo de  conducta razonable no es muy frecuente, es en el terreno político, sin darnos cuenta de que la peor negligencia que se puede cometer es colocar al frente del gobierno a una persona inadecuada, como sucede habitualmente en muchísimas naciones.



¿A usted qué más le da?


En España, en época de Franco, cuando las Cortes o Parlamento se formaban de manera escasamente democrática, cuentan que hubo un candidato que hizo su campaña con una frase franca, clara y al grano: "Vote por mí, ¿a usted qué más le da?".

Parece que ganó la elección.

A la gente le hizo gracia su franqueza, y era verdad que dentro de un sistema totalitario resulta prácticamente indiferente quién ocupa una curul en el parlamento.
En nuestro mundo iberoamericano, lamentablemente, con frecuencia la actitud del elector se ajusta perfectamente al cinismo del candidato de marras.

Al elector no le importa demasiado a quién elige y suele tener una pésima idea de los políticos, de los funcionarios designados, del gobierno en general, y hasta del Estado en el que desenvuelve su vida como ciudadano.

Desde pequeño aprendió la nefasta lección de que el sector público no está a su servicio, sino al contrario, y de ahí deriva una permanente y profunda insatisfacción que le permite suscribir el demoledor apotegma inglés que suele escucharse de vez en cuando: "a los políticos y a los pañales de los niños hay que cambiarlos cada cierto tiempo y por las mismas razones".
Pero al margen de ese permanente desencuentro, hay otro peligroso fenómeno que devalúa notablemente la calidad de nuestros procesos democráticos: la ingenua creencia de que los actos de gobierno no afectan nuestros intereses económicos.

Esa actitud se verifica una y otra vez en la indiferencia de las grandes masas de electores cuando los pequeños pero muy organizados grupos de empresarios, los sindicalistas y, últimamente, las "organizaciones no gubernamentales", solicitan y obtienen dádivas y privilegios que, naturalmente, salen del bolsillo de todos, puesto que el gobierno sólo puede distribuir el dinero que previamente ha recogido por medio de los impuestos, o de empréstitos que, en su momento, deberán pagar los contribuyentes.

Pero esa obvia verdad no es, sin embargo, tenida en cuenta.

Suele parecernos, equivocadamente, que cuando disparamos con pólvora del rey ?como dice la vieja frase española? nada nos cuesta, sin percibir que el rey sólo puede tener y otorgar la pólvora que adquiere con el dinero que le entregan sus súbditos.


Descripción del trabajo


¿Qué haría un cazatalentos que fuera contratado para elegir al mejor gobernante? Obviamente, en primer lugar pediría una descripción detallada de cómo es el Estado que esa persona deberá dirigir y administrar.
Digamos que se le informa que se trata de una república democrática, en la que funciona un Estado de derecho, como dicen ser las veinte naciones de nuestra cultura hispanoamericana.

Así que nuestro headhunter, para llevar a cabo su análisis, precisa en su informe lo que es una república y anota diligentemente: "se requiere un gobernante para presidir un tipo de organización caracterizado por la existencia de tres poderes públicos independientes ?ejecutivo, legislativo y judicial? que se contrapesan equilibradamente para evitar que la autoridad caiga de manera peligrosa en uno de ellos.

Es evidente ?sigue anotando el cazatalentos? que quienes diseñaron la estructura republicana intentaban proteger al individuo de los atropellos de los gobernantes.

Resulta obvio que deseaban poner límites a la acción de la autoridad gubernamental, erigiendo mecanismos de defensa".
"Pero esos mecanismos de defensa ?agrega el headhunter? no sólo han sido creados para proteger al individuo de las acciones impropias de los gobernantes o de la invasión de su esfera privada.

También existen para impedir el rodillo implacable de la mayoría.

En las republicas democráticas se da por sentado que la democracia es un método para tomar decisiones colectivas, se admite que debe mandar la mayoría, pero siempre que se respeten los indeclinables derechos individuales, derechos que se supone son ?naturales?, es decir consustanciales a la naturaleza humana y anteriores a la existencia del Estado.

En una república democrática moderna , la mayoría, por ejemplo, no puede decretar la esclavitud de los negros, la supremacía de los trabajadores o de los empresarios o la exclusión de las mujeres de las universidades".


Una vez definida la delicada estructura republicana y reconocidas sus transparentes cautelas frente a los excesos del peligroso bicho humano, el cazatalentos debe enfrentarse a otra frase importante: ?Estado de derecho?.

Evidentemente, eso quiere decir que la república de marras está regulada mediante una Constitución y un conjunto de leyes neutrales, que afectan (o deben afectar) a todos por igual, y no por el capricho o la voluntad de quienes han sido elegidos o designados por la mayoría para ocupar los puestos públicos.

Pero resulta que el Estado de derecho en las repúblicas democráticas tiene una característica tan curiosa como fundamental que el headhunter enseguida advierte: opera de dos maneras diferentes.

En él, los ciudadanos adscritos a la sociedad civil, es decir, los que no trabajan para el Estado, pueden hacer libremente todo lo que la ley no prohíbe, mientras que los funcionarios, electos o designados, sólo pueden hacer o impedir lo que la ley les indica o exige.
Pongamos un ejemplo muy sencillo para ilustrarlo.

Si un mendigo  con una apariencia lamentable llama a la puerta de nuestra casa privada y nos pide una limosna, si tenemos buen corazón y dinero lo complacemos sin encomendarnos a nadie.

Pero si ese mismo mendigo llama a la puerta del Ministerio de Justicia y le pide al Ministro una limosna de la caja chica, éste, muy apenado, tendrá que decirle que la ley no lo autoriza a entregar caudales públicos de esa manera, porque, si se hace, aunque la causa sea noble, incurre en los delitos de malversación y prevaricación castigado por los tribunales.


El Estado de derecho, pues, no tiene corazón.

Sólo tiene cerebro, sólo tiene reglamentos, y quienes lo administran deben comprender muy bien este extremo, porque cuando un funcionario electo o designado se salta a la torera este principio, incluso cuando lo hace lleno de buenas intenciones, pone en peligro los fundamentos de la república democrática y abre el camino para cualquier género de arbitrariedades.

Olvidar este principio, olvidar la importancia cardinal de the rule of law en el funcionamiento de las republicas democráticas, es la causa más directa de los frecuentes desastres políticos que han hecho fracasar decenas de veces a nuestros países y es la puerta de entrada de los numerosos dictadores y aventureros que hemos sufrido a lo largo de nuestra accidentada historia política.


La persona para el cargo


Una vez descrito el cargo, el cazatalentos ya puede anotar la primera característica que debe tener el presidente de una república democrática organizada como un Estado de derecho: debe ser un humilde servidor público que entienda  con toda claridad que ha sido elegido para obedecer las leyes y no para hacer su voluntad.
Pero esa característica, absolutamente indispensable, no suele casar muy bien con el temperamento de los políticos guiados por la vocación de mandar, especialmente en culturas como la nuestra, donde la cantidad de poder que posee una persona suele medirse por la cantidad de reglas que puede violar impunemente: desde la simple fila de espera que se salta el que tiene influencias, hasta la asignación arbitraria de contratos públicos al amiguete o al cliente político.
En todo caso, es muy importante que quien resulte elegido no sólo tenga el instinto noble del servicio público, sino, además, que sepa que la sociedad reaccionará con indignación si olvida que debe someterse, como todos, al imperio de la ley, como en el pasado norteamericano le sucediera de manera notoria al presidente Richard Nixon y, previamente, a su vicepresidente Spiro Agnew.
Sin embargo, un buen presidente, pese a las limitaciones que le impone la ley, debe ser un poderoso líder respetado y admirado.

¿Qué quiere decir eso? Eso quiere decir que debe ser alguien que provoca el deseo de imitarlo o seguirlo, alguien que inspira confianza y cuyas acciones, de alguna manera, nos protegen de males previstos o impredecibles.

¿Por qué? Porque la especie humana no sólo basa sus relaciones de poder en la racionalidad republicana, sino también en ciertos oscuros mecanismos de subordinación emocional que quedaron incrustados en la zona menos comprendida de la conciencia, y que probablemente fueron indispensables durante cientos de miles de años para la cohesión y la supervivencia de los grupos nómadas de antepasados nuestros que vagaban por el planeta.
Pero esas relaciones, que sin duda poseen un componente irracional poco conocido, en nuestras modernas tribus tienen otros elementos diferentes más cercanos al pensamiento inteligente.

Un buen gobernante, además de proyectar sus dotes de líder, debe ser un manager aceptable.

Y un manager es una persona que entiende las tareas que deben llevarse a cabo, sabe escoger y motivar a las personas adecuadas para que las realicen, se ajusta a los recursos encomendados, es capaz de someter el proceso a un calendario, y posee imaginación para resolver los problemas imprevistos que inevitablemente surgen en el camino. 
El gobernante perfecto, pues, de una republica democrática constituida como un Estado de derecho, es una suma entre el servidor público consciente de las limitaciones legales que le impone su cargo, el líder inspirado e inspirador dotado de una visión de futuro, que sirve de modelo a la sociedad, especialmente a los más jóvenes, y el manager práctico, con los pies situados en la tierra, capaz de formular y ejecutar presupuestos, que entiende que gobernar no sólo es pronunciar discursos fogosos el día de la patria, sino hacer y rehacer obra material, crear nuevas oportunidades, y tener el talento y la paciencia necesarios para seleccionar y poder trabajar con criaturas muy complejas, generalmente dotadas de un ego poderoso y retador, que frecuentemente se enzarzan en sordas batallas burocráticas desatadas por el control de zonas de autoridad y por vengar la vanidad herida e insaciable.

Simultáneamente, el gobernante perfecto no puede olvidar que, a cada paso, debe comunicar eficaz y verazmente a los ciudadanos que lo han elegido los aciertos obtenidos, los fracasos sufridos, los peligros que se ciernen y las buenas oportunidades que surgen, porque gobernar es, en gran medida, comunicar, pero basándonos sólo en la verdad transparente, puesto que la mentira irrita a la sociedad, corroe los cimientos del sistema, potencia el cinismo de los ciudadanos y devalúa el modelo democrático de gobierno.


Siete virtudes, valores y comportamientos


Detengámonos ahora en formular una lista comentada de virtudes, valores, rasgos de personalidad y elementos de formación intelectual básicos que no deben faltar en un buen gobernante:
Tolerancia.

La esencia del comportamiento democrático es la tolerancia.

Y tolerancia significa aprender a convivir respetuosamente con aquellas formas de vida o expresiones que no nos gustan, o nos molestan, pero no son ilegales.

La intolerancia es la expresión más grosera del dogmatismo, esa tonta certeza de que sólo nosotros somos dueños de la absoluta verdad.

Un político intolerante acabará atropellando a quienes, por la razón que sea, le resultan ingratos, o acabará plegándose a electores intolerantes a los que le interesa cortejar.
Prudencia.

Para los romanos, aunque no siempre la practicaron, la virtud máxima del gobernante debía ser la prudencia.  La prudencia era la primera de las cuatro virtudes cardinales.

Las otras tres eran la justicia, la fortaleza y la templanza.

Y la prudencia, para ellos, consistía en saber elegir entre el bien o el mal, o, como casi siempre sucede, en ser capaz de seleccionar la mejor opción o la menos mala entre las que nos brinda la vida.

Si no había una buena opción, y de lo que se trataba era de elegir entre distintos cursos de acción, la prudencia consistía en escoger la menos dañina, la que menos daño causaba.
A veces los gobernantes tienen que tomar decisiones terribles.

La más espantosa que conozco es la de las autoridades judías del gueto de Varsovia, durante la ocupación alemana, cuando los nazis les exigieron la entrega de un número de judíos para ser enviados a los campos de concentración, lo que significaba una muerte inevitable a corto plazo.

Tras unas terribles deliberaciones, eligieron darles un grupo de niños.

¿Por qué? Porque sus posibilidades de supervivencia en el gueto, sin sus padres, eran mínimas.

Quien anunció la decisión lo hizo en medio de un acceso de llanto y poco después se suicidó.
Y no se crea que un gobernante democrático en tiempos de paz no tiene que tomar decisiones extremas.

No es imposible que el sistema público de salud de un Estado moderno deba elegir entre invertir los siempre escasos recursos en mejorar los servicios de obstetricia o los geriátricos.

Si potencia los primeros, sobreviven más niños.

Si selecciona los segundos, los ancianos alargarán sus vidas.

Toda elección pública exige prudencia, y la prudencia presupone un fuerte contenido ético en quien debe elegir porque, a veces, a los políticos y funcionarios les toca hacer el papel de Dios y hasta deben escoger quién va a morir y quién va a salvarse, como les sucede a los capitanes de barco en medio de los naufragios.
Compasión.

Aunque hemos dicho que una república no tiene corazón, sino cerebro, esto es, reglamentos y leyes, quienes administran esa república deben sentir compasión y actuar caritativamente dentro de los límites que le permite la ley.

¿Qué es la compasión? Es ayudar al débil cuando lo necesita, simplemente porque su indefensión no le permite valerse por sí mismo.

Es mostrar un cálido grado de solidaridad porque esa conducta fortalece y cohesiona a la sociedad.


Jimmy Carter no pasará a la historia como uno de los grandes presidentes norteamericanos, pero mi respeto y admiración por él crecieron durante la llamada ?Crisis de Mariel?, ocurrida en 1980, poco antes de terminar su mandato.

En ese episodio, Castro alentó el éxodo salvaje de casi 130 000 cubanos, embarcados en balsas y botes rumbo a la Florida.

Ante esa agresión migratoria ?que incluía varios millares de endurecidos criminales sacados de las cárceles?, Carter solicitó sugerencias a su gabinete de crisis, y parece que algún representante de las fuerzas armadas propuso el hundimiento de las naves salidas de Cuba.

Carter ?cuantan las crónicas de la época? lo miró fijamente y le dijo lo siguiente: "si la Casa Blanca no es un sitio en el que se puede ejercer la compasión, no me interesa estar ahí".
Un gobernante que no es capaz de sentir el dolor de los infelices, carece de una fibra humana que difícilmente pueda compensar con otras virtudes.
Firmeza.

Pero la compasión no puede ni debe confundirse con la debilidad.

Por el contrario, un buen gobernante tiene que saber ser firme.

Saber negarse cuando lo que le solicitan es inconveniente, ilegal o indecoroso, incluso a costa de perder popularidad.

¿En qué circunstancias reales se pone a prueba la firmeza de los gobernantes? Casi diariamente.

Cuando una embajada poderosa pide un trato de favor para un empresario extranjero.

Cuando un sindicato intenta chantajear a la sociedad con una huelga injusta.

Cuando los intereses económicos locales se alían para presionar al gobierno en beneficio de un sector.

Cuando los compañeros del partido o los donantes a las campañas políticas quieren cobrar su colaboración con prebendas y sinecuras.

Cuando le solicitan una amnistía o un perdón injustificables.
Cordialidad cívica.

La firmeza, sin embargo, debe manifestarse con maneras suaves y cordiales, especialmente cuando el trato es con adversarios políticos.

Un político grosero, un político que no cree ni practica la cordialidad cívica, contribuye con sus ademanes y con sus palabras al envilecimiento de un sistema de transacciones humanas ?la república democrática? que está basado en la necesidad del dialogo racional.

Las repúblicas democráticas requieren de la crítica y de la polémica para depurar sus males y perfeccionarse paulatinamente, pero el tono de esa crítica es tan importante como el fondo, y necesariamente tiene que ser siempre respetuoso de la dignidad del adversario.
Honradez.

Nadie puede dudar que la honradez debe ser una de las virtudes y de las actitudes clave que se espera de un político.

Pero no sólo porque los políticos ladrones le hacen un daño objetivo a los ciudadanos cuando se apoderan de los recursos de la república o cuando aceptan comisiones por facilitar negocios ?que es el más común de los delitos cometidos por los políticos deshonestos?, sino porque esa actitud, una vez entronizada, tiende a deslegitimar todo el sistema democrático y ello genera una serie de comportamientos nocivos que empobrecen al conjunto de la sociedad.
No es una casualidad que las sociedades más ricas del planeta ?las escandinavas? sean, a la vez, de acuerdo con las mediciones de Transparency, las que gozan de un sector público más honrado.

Se trata de un mecanismo de retroalimentación.

La honradez en la administración del Estado hace más rica a la sociedad de manera creciente, y ésta, a su vez, valora cada vez más la importancia de la honradez administrativa.

Es admirable y ejemplar que en Suecia una Ministra haya tenido que renunciar a su cargo, pedir perdón y devolver el dinero que le costó un vestido personal pagado con una tarjeta de crédito del organismo que presidía.
¿Cómo extrañarse del grado de legitimidad que tiene la democracia sueca para los ciudadanos de ese país, cuando se sabe que los políticos y funcionarios públicos están sometidos al implacable escrutinio de una sociedad que no tolera que se burlen de las reglas aprobadas para ser cumplidas por todos?
Integridad.

Otra virtud personal radicalmente importante es la integridad, palabra cuyo significado actual proviene del campo semántico del inglés.

Integridad es la coherencia entre lo que se cree, lo que se dice y lo que se hace.

¿Cómo confiar en una persona que es capaz de vivir en una permanente disonancia emocional e intelectual que le permite comportarse u opinar según sople el viento en una u otra dirección? No se trata de mantener siempre las mismas posiciones.

Las personas tienen derecho a cambiar de opinión, y no hay ser humano más peligroso que el que confunde la tozudez y la rigidez con el mantenimiento de los principios.

Churchill, tal vez el político contemporáneo más admirable, primero fue conservador, luego se afilió al liberalismo, y más tarde regresó al conservadurismo.

Lo importante es que las actitudes reflejen realmente las convicciones.

No es cierto que el ejercicio de la política es el campo de la maniobra, el chanchullo y la marrullería.

Eso es la politiquería, una actitud impropia de los verdaderos estadistas.


Cuatro rasgos psicológicos importantes


A esa primaria lista de valores y actitudes propias del político ideal conviene sumarle cuatro rasgos psicológicos esenciales.

Acerquémonos a ellos:
Sentido común.

Nada hay más difícil que definir el sentido común, pero todos sabemos o intuimos en qué consiste.

Es ese camino directo a la solución de los problemas.

Es esa mirada rápida que permite descifrar un problema complejo y proponer el curso de acción más adecuado y de menor costo.

Es esa capacidad de resolver conflictos con la menor cantidad posible de esfuerzo y de fuerza.

Es, tal vez, otra forma de llamarle a la sensatez y a la templanza, es decir, a no correr riesgos innecesarios y a no poner en peligro festinadamente a los ciudadanos.
Autoridad.

La autoridad es un curioso rasgo de la personalidad, y no todos los que mandan o aspiran a mandar lo tienen en la misma proporción.

¿En qué consiste? En una república democrática ?no en una miserable satrapía?, básicamente, en ser obedecidos por respeto y simpatía, sin ser temidos, con la tácita aceptación de cierta jerarquía moral.

Pero para lograr ese tipo de relación, quien manda debe saber ejercer la autoridad de una manera considerada y justa, huyendo siempre de la mezquina tentación de infundir miedo en la persona subordinada.
Humildad.

Ese sentido de la autoridad puede y debe ir acompañado de una saludable dosis de humildad.

Quien no se siente capaz de pedir perdón no debe mandar.

Cuentan que Bill Gates nunca coloca en una posición destacada a nadie que previamente no haya tenido un fracaso importante.

No sé si eso es cierto, pero debiera serlo.

Sería una sabia disposición.

Y no porque fracasar sea un síntoma de superioridad, sino porque los fracasos son los que nos enseñan esa lección tan importante que consiste en admitir que podemos comportarnos estúpidamente, que a veces somos injustos o torpes, y que hay otras personas que aciertan donde nosotros fallamos, porque son más inteligentes, más hábiles o están mejor preparadas que nosotros.
Seguridad.

Pero la humildad y la conciencia de las debilidades y defectos no debe nunca confundirse con inseguridad.

Por el contrario, un buen político debe ser una persona segura de sí misma, pero esa virtud, que tiene que ver con una positiva carga de autoestima, en modo alguno debe tomarse por arrogancia.

Por el contrario, una persona saludablemente segura es la que no teme rodearse de personas intelectualmente mejor dotadas que ella misma.

John F.

Kennedy era un político brillante, pero cuando forjó su gabinete de gobierno convocó a personas aún más sabias y talentosas porque sabía que una de las tareas fundamentales del líder político es identificar y cooptar a personas superiores a él mismo para desarrollar tareas específicas.

No obstante, durante el momento cumbre de su carrera, cuando tuvo que enfrentarse a la Crisis de los Misiles en octubre de 1962, fue él quien tomó las decisiones correctas tras escuchar a su círculo de superdotados asesores.

Es la seguridad psicológica lo que permite trabajar en equipo, sin que el peso de los colaboradores acabe escorando las decisiones en una dirección no deseada.


Tres elementos intelectuales


Al margen de los valores morales y de los rasgos psicológicos, hay tres elementos intelectuales que deben acompañar a un buen político y que los electores no deben perder de vista:
Solidez profesional y formación cultural.

Un gobernante debe tener cierta formación intelectual imprescindible para tomar las decisiones correctas.

Aunque conviene que haya pasado por las aulas universitarias, ese dato no garantiza nada.

Se puede ser un buen político y ser, al mismo tiempo, autodidacta.

Más aún: es tan vasta la formación que debe tener un político que probablemente sólo la puede alcanzar por su cuenta mediante la lectura o la conversación, que es, cuando se sabe escuchar, una de las formas más eficaces de aprender.

Lincoln, por ejemplo, aunque obtuvo el título de abogado, nunca tuvo una formación académica universitaria formal, y fue uno de los grandes presidentes norteamericanos de todos los tiempos.

Harry Truman fue un caso parecido.
¿Qué debe saber un gobernante? Al menos, entre otras disciplinas, debe saber de historia, economía, derecho, hacienda, urbanismo, asuntos empresariales, agricultura, ecología, educación, sociología y cuestiones internacionales.

Tiene que caberle el Estado en la cabeza, como suelen decir en España.

Eso incluye tener una idea muy clara del propio papel del gobernante al frente del gobierno.

Ello no quiere decir que debe ser un especialista en estos temas ?casi nadie lo es?, sino que debe dominar los fundamentos y el lenguaje básico de estas materias para poder examinar los problemas que se planteen o los planes que se formulen con los verdaderos especialistas a su servicio.
Experiencia.

La experiencia es también muy importante.

¿Qué experiencia? Son muy variadas.

Un buen gobernante puede provenir del mundo académico.

El mexicano Ernesto Zedillo o el ex presidente de Brasil, Fernando Enrique Cardoso son dos buenos ejemplos.

Lula da Silva, que procede del sindicalismo, tampoco ha decepcionado a los brasileños.

El parlamento es una buena cantera de políticos notables.

O la empresa privada: la familia Rockefeller ha pasado del sector económico al servicio público de una manera positiva.

Al menos en Estados Unidos la milicia ha dado buenos y muy populares presidentes: Andrew Jackson y Dwight Eisenhower son dos valiosos ejemplos.

Incluso, el caso de intelectuales como el del argentino Domingo Faustino Sarmiento demuestra que hasta un oficio solitario, como es el de los escritores, puede ser un buen punto de partida si se cuenta con otras virtudes, valores y saberes.
La cuestión es que el gobernante haya trabajado con métodos y con metas.

Que posea una manera estructurada y racional de enfrentarse a los problemas.

Que tenga sentido de las prioridades, y que haya actuado en alguna zona del mundo real y no solamente en el opaco territorio de la ensoñación ideológica.

El asunto es que su experiencia, de alguna forma, incluya el trato inteligente con personas a las que se ha tenido que persuadir o a las que se ha debido obedecer, porque una de las maneras de aprender a mandar es aprender a obedecer disciplinadamente.
Comunicación.

Para gobernar eficazmente es muy conveniente poder comunicarse con la sociedad.

Es esencial explicar de forma periódica, metódica, creíble y veraz lo que se está haciendo o dejando de hacer.

Nunca para manipular a la opinión pública, sino para informarla.

Nunca escamoteando la verdad, sino diciéndola.

No es posible vivir en una sociedad democrática realmente saludable si los gobernantes no se colocan permanentemente bajo la autoridad de la verdad.


El plan de gobierno



Naturalmente, el mejor de los políticos necesita un buen plan de gobierno y los electores deben conocerlo antes de tomar su decisión.

Eso parece obvio, pero en mi vida, ya no tan corta, he visto más casos de políticos carentes de un plan de gobierno que lo contrario.

Lo frecuente es que en la lucha por alcanzar el poder se olviden para qué quieren alcanzar la jefatura más allá de disfrutar la intensa satisfacción personal que significa contar con la aprobación mayoritaria de la sociedad.

También he visto, como les sucediera a mis amigos Miguel Ángel Rodríguez, ex presidente de Costa Rica, y a Luis Alberto Lacalle, ex presidente de Uruguay, dos extraordinarios políticos, llegar al poder con excelentes planes de gobierno bajo el brazo, y descubrir que la sociedad no estaba dispuesta a acompañarlos en el camino de la profunda (y necesaria) reforma que ambos se proponían llevar a cabo.

Incluso, hasta he visto algo aún más frustrante: ver perder en Perú a Mario Vargas Llosa, en 1990, pese al gran plan de gobierno que había coordinado el Dr.

Luis Bustamante, frente a Alberto Fujimori, un candidato sin ideas propias que se limitaba a descalificar las propuestas de su adversario.
En definitiva, ¿qué hace que un plan de gobierno sea realmente bueno? En primer término, que se ajuste a las prioridades y a las necesidades de la sociedad para la cual fue concebido en un momento dado.

En Estados Unidos en el año 2000 fue posible ganar unas elecciones proponiendo la reconquista de los valores familiares y una mejora de la educación, pero hoy tal vez habría que poner el acento en la lucha contra el terrorismo.
Sin embargo, generalmente lo que las sociedades demandan de los gobernantes es seguridad, estabilidad, mejores servicios públicos y una atmósfera económica esperanzadora en la que sea posible encontrar trabajo sin grandes dificultades.

Cómo se ordenan esas prioridades es algo que, naturalmente, debe identificar el candidato, pero el plan de gobierno consiste en decir qué se debe hacer, cómo se va a llevar a cabo, cuánto va a costar, quiénes y cómo van pagar por las obras y en qué plazo será posible ejecutarlas.
No se debe, pues, tomar en cuenta a quien se limita a establecer un catálogo de necesidades y carencias.

Casi todo el mundo está de acuerdo en que debe haber más y mejores escuelas, universidades, hospitales y carreteras.

En que hay que dotar mejor a la justicia para acelerar los juicios y fabricar cárceles más humanas para los que resulten condenados.

En que sería conveniente abaratar el costo de la electricidad, la gasolina, el suministro de agua y los alimentos básicos, así como una drástica reducción de los precios de las viviendas o de los alquileres.

Simultáneamente, casi todo el mundo está de acuerdo en que ellos mismos pagan demasiados impuestos, pero no el otro, que es quien debe soportar una mayor carga fiscal.
De manera que un elector serio está obligados a admitir que sólo debe tomar en cuenta al candidato que no intenta tomarle el pelo con ofertas demagógicas e irrealizables que no tienen otro propósito que "comprar" con una moneda falsa a un votante al que inevitablemente va a estafar, de la misma manera que los charlatanes de feria venden lociones adelgazantes, o los palmistas, por un módico precio, juran poder leer el futuro en las líneas de la mano de las personas más ingenuas y crédulas.
En todo caso, junto a contar con un buen plan de gobierno, el candidato debe explicar quiénes van a llevarlo a cabo.

Si promete ?por ejemplo? solucionar el escaso suministro de energía eléctrica, además de establecer el monto, deberá contar con los administradores e ingenieros capaces de llevar adelante el proyecto, y probablemente con un supermanager capacitado para establecer los objetivos parciales y un calendario estricto que permita saber dónde estará la obra en un momento dado.
El tiempo es la esencia del quehacer político.

Un buen gobernante tiene que tener una clara noción del tiempo permanentemente alerta en su conciencia, entre otras razones, porque el periodo de que dispone para hacer un buen trabajo siempre es muy corto y muy inferior a las infinitas, cambiantes y crecientes necesidades de la sociedad que lo ha elegido.

De ahí que, además de gobernar para su propia época, si es una persona realmente responsable, debe tratar de estimular la continuidad de su obra mediante la preparación de personas de su entorno político que tal vez en el futuro pudieran ser honradas por los electores con el ascenso al poder.


Los equipos de reflexión y seguimiento



Obviamente, las responsabilidades del votante no terminan con la elección del candidato y del nuevo (o viejo) equipo de gobierno.

La república democrática es un sistema desconfiado por naturaleza, que parte de la base de la imperfección intrínseca de los hombres y mujeres, de donde se derivan los mecanismos de balance y contrapeso institucional que le son característicos.
Dentro de ese espíritu, resulta muy útil que en el seno de la sociedad civil surjan instituciones que permanentemente y de forma independiente evalúen los planes, las leyes, las acciones y las consecuencias de los actos de gobierno y de las llamadas "políticas públicas".
Si uno es accionista de una compañía, uno desea y exige que una competente firma de especialistas realice auditorías periódicamente que confirmen el buen funcionamiento de la empresa.

Pues bien, el Estado puede ser percibido por los ciudadanos como una gran empresa en la que todos tenemos acciones, y a la que todos debemos vigilar y procurarle el mejor funcionamiento posible.

De manera que nada más razonable que contar con competentes "auditores" privados y externos que nos adviertan, primero, si el proyecto del gobierno es razonable, si la ley que le va a dar vida se ajusta a la Constitución, si los recursos adjudicados son escasos, suficientes o excesivos, y luego, si la ejecución ha sido conforme a lo previsto.

A estas instituciones se les suele llamar en inglés, genéricamente, "think-tanks", y en español se va abriendo camino la expresión, un tanto complicada: "equipo de reflexión y seguimiento".  Las sociedades que cuentan con ellas tienen más posibilidades de contribuir a la buena educación de los electores y al buen quehacer de los gobernantes.

Si no existen, es conveniente crearlas, aunque, como se afirmó al inicio de estos papeles: nada es más difícil que encontrar siempre, incluso casi siempre, la persona adecuada para el cargo adecuado.  


Veinte categorías para elegir a un buen candidato



A continuación siguen veinte categorías que deben tomarse en cuenta cuando se seleccione a un candidato para un puesto público.

En las líneas situadas tras los dos párrafos de estas instrucciones, coloque los nombres de los principales aspirantes (digamos que son cinco) junto a las letras A, B, C, D, y E.

Luego examine la lista de las veinte categorías y asígnele a cada candidato una puntuación entre 0 y 5 por cada una de ellas.

Cero es la peor y cinco la mejor puntuación.

Cuando finalice, sume las puntuaciones obtenidas por cada candidato.

El candidato perfecto ?que probablemente no existe? obtendría cien puntos.

El más malo que se puede concebir, cero.

Quizás haya algunos que lo merezcan.
No es seguro que por ese procedimiento, inevitablemente subjetivo, dado que estamos midiendo percepciones, usted haya seleccionado al mejor candidato, pero sin duda alguna ha introducido cierto método en su forma de analizar y elegir a los servidores públicos, a lo que se agrega un conveniente elemento de racionalidad y juicio ético.


Candidatos   1  2  3  4  5  6  7  8  9  10  11 12  13  14  15  16  17  18  19    20
A.                                 
B.
C.
D.
E.
Totales (A:       B:      C:      D:      E:       ) 
 


Categorías


 1.      Liderazgo y visión.

Que inspire la admiración de las personas, especialmentede los jóvenes, y posea una visión o idea clara de hacia dónde debe marchar la sociedad.
2.       Habilidades de manager.  Que sepa "hacer cosas".

Es decir, que pueda concebir y poner en marcha planes, con los correspondientes mecanismos de verificación.
3.      Tolerancia.

Que pueda vivir respetuosamente con aquello o aquellos que no le gustan.
4.      Prudencia.

Que sepa elegir entre el bien y el mal ?como definían los romanos la prudencia?, o, como suele ocurrir, entre la opción mejor de varias buenas o la menos mala cuando todas son desventajosas.
5.      Compasión.

Que sienta el impulso de ayudar al desvalido por solidaridad humana, sin esperar nada a cambio.


6.      Templanza.

Que sepa medir los riesgos y rechazar las acciones innecesariamente peligrosas.
7.      Firmeza.

Que sea capaz de negarse ante la petición ilegal o indecorosa que le propongan los poderosos y que no tome demasiado en serio los halagos de los manipuladores.
8.      Cordialidad cívica.

Que cultive un trato respetuoso con el adversario político sin descender jamás al insulto o a la descalificación personal.
9.      Honradez.

Que rechace tajantemente la corrupción, venga de donde venga, y sea capaz de perseguirla con todo el peso de la ley, especialmente entre los miembros de su propio grupo o gobierno. 
10.   Integridad.

Que demuestre coherencia entre lo que cree, lo que dice y lo que hace.

Que se comporte en el ámbito privado de manera afín a como predica que debe ser el comportamiento en el público.
11.   Sentido común.

Que sea capaz de buscar soluciones prácticas y sencillas a los problemas que inevitablemente surjan.
12.   Autoridad.

Que inspire en sus subordinados una mezcla de respeto y admiración que se transforme en acatamiento voluntario de sus órdenes o sugerencias.
13.   Humildad.

Que sea capaz de decir "no sé" cuando no sabe, o "me equivoqué" cuando yerre.

Que no vacile en pedir perdón cuando actúe incorrectamente.

Que reconozca el talento de amigos y adversarios.
14.   Seguridad en sí mismo.

Que posea una fuerte personalidad que, una vez sopesadas las opciones, le permita tomar decisiones importantes sin vacilación.


15.   Solidez profesional y formación cultural.

Que cuente con un bagaje cultural y profesional suficiente para entender las múltiples labores de gobierno y sea capaz de examinar los problemas del país junto a los especialistas.
16.   Experiencia.

Que a lo largo de su vida pública o privada haya demostrado talento para llevar a cabo tareas exitosas, aunque en algún momento haya fracasado en ciertos empeños.
17.   Capacidad de comunicación.

Que logre ?conectar? con la sociedad y pueda transmitir de manera persuasiva y racional qué está haciendo, por qué lo está haciendo y cuáles son las consecuencias.
18.   Calidad, claridad, y seriedad del plan de gobierno propuesto.

Que haya formulado un proyecto de gobierno en el que estén claras y hayan sido razonadas las prioridades de la sociedad, la viabilidad, los costos, la forma de pago, y el tiempo de realización.
19.   Calidad de los colaboradores.

Que haya sabido rodearse de un equipo de valiosos colaboradores capaces de llevar adelante la obra de gobierno.
20.   Capacidad para trabajar en equipo.

Que entienda que la labor de un gobernante no es controlar los detalles ni supervisar minuciosamente a un ejército de burócratas, sino inspirarlos, concederles a los funcionarios responsables cierta confianza y autonomía, y, finalmente, saber examinar los resultados generales de manera satisfactoria.