Comedia en torno de la modernidad que se impone en el nuevo siglo XX, víspera de la Primera Guerra Mundial, Inconscientes (España, 2004) extrae la risa no de las obsesiones o de las perversiones sexuales de sus protagonistas, sino de su interpretación psicoanalítica.
El manuscrito, hallado en Barcelona, de los cuatro casos en torno de la psicopatía femenina, sirve de pista para encontrar al marido de Alma (Leonor Watling).
León (Alex Brandemühl), un psiquiatra recién estrenado psicoanalista, desaparece dejando a su mujer embarazada, quien recurre a su cuñado Salvador (Luis Tosar), psiquiatra también pero antifreudiano para seguir las pistas que se deducen del estudio clínico.
De ritmo endiablado, las peripecias y los golpes de teatro de Inconscientes recuerdan las comedias de Eugenio Labiche, pero la brillantez y la elegancia de los diálogos le deben más a Oscar Wilde; como si el autor de La importancia de llamarse Ernesto hubiera estudiado a Freud y lo hiciera personaje y material de sus obras.
La dirección y el guión de Joaquín Oristrell sintetizan el espíritu de esa nueva época, la Belle Époque de encajes y aparatos sofisticados, frente a la novedad de las teorías freudianas.
Inconscientes es un recorrido por diferentes perversiones y por todos los lugares comunes de la cultura freudiana de hoy en día; Oristrell y sus coguionistas entablan una forma de complicidad con el espectador medio que conoce al autor de Tótem y Tabú aun sin haberlo leído, contrastando con los protagonistas que se van haciendo "conscientes" del carnaval libidinal en el que bailan.
Alma encarna al tipo de la mujer liberada que lee a Marx y entiende y aplica conceptos como "envidia del pene" frente al aún muy paleto cuñado que sólo cree en desórdenes endocrinos y se escandaliza porque "¿cómo una mujer puede tener envidia del pene?".
Pese a todo, el mérito de esta historia que ocurre en Barcelona en torno de una visita del doctor Sigmund Freud, reposa menos en el juego de ideas y conceptos que en los juegos corporales de los personajes, la saturación física del entorno y la sensualidad del contacto.
La elección de Oristrell y su equipo es clara, en vez de evocar una época basándose en el sabor de nostalgia con que comúnmente se asocia, la fotografía y el diseño de arte, un mural de Klimt o la descomunal lámpara que decide el desenlace, logran un aquí y ahora tangible.
Como pocas cintas, Inconscientes merece detenerse en el vestuario, por su exquisitez y por la manera en que lo hace suyo.
Un flujo sexual circula entre Alma y Salvador (nombres seguramente no elegidos al azar), a pesar del avanzado embarazo de ella y de su precipitado parto que se cura como gripe con aspirinas merced a los servicios de una buena nodriza.
El feminismo de Alma se impone con naturalidad, por temperamento más que por elección.
Esta hija y esposa de psiquiatras rompe constantemente los códigos de la comedia romántica con sus interpretaciones freudianas hasta que el mismo Freud, el más erotizado visto en el cine, se convierte en objeto romántico.
Pistas contradictorias y extravagantes personajes, misteriosos bailes de disfraces y travestismo hilarante, películas porno, tango y crisis de identidad; desde Sherlock Holmes hasta Hitchcock, desde Wilde hasta Kubrick; sin pedantería, la acumulación de referencias logra una farsa sofisticada, un buen rato que deja su huella.
El incipiente psicoanálisis que homenajea y rescata Inconscientes se torna un objeto de deseo amenazante, como el incesto, el pene grande de Salvador o la pistola que marido y mujer utilizan con fines diferentes.
Y como contradice a Freud antes de su conferencia sobre Tótem y Tabú, el jefe de la clínica: Gaudí no es el psicoanálisis aplicado al arte, sino el genio aplicado al arte (ingenio, por lo menos, en el caso de Inconscientes
El Código Freud
Javier Betancourt. Proceso.com.mx